Atrás quedó el trending topic ocasionado por anuncio de que en el matrimonio la cigüeña nueve meses después haría un alunizaje suave. Ahora la criaturita lleva apenas ocho meses de vivir en el vientre de cuna de mamá, ella por su parte ya van tres ecosonogramas – ¡están cañón de interpretar qué forma tiene!–que sube a su Facebook, mismos que han acuñado un titipuchal de like que le enorgullecen; mientras el culeco de papá ha creado una quiniela en su Twitter con el hashtag, #niñaoniño, donde sus amistades realizan pronósticos.
Cuando por fin conoce el mundo, mientras el médico le da la nalgada de bienvenida, papá lo recibe con el Smartphone, sacándole mil y un fotografías que posteará en el Facebook que le creó con el nombre que seleccionaron del libro nombres de bebés para Dummies, desde luego que sin tomar en cuenta su aprobación aceptó a las amistades de él y de mamá con el dominio del actual perfil. Ahí cada uno de ellos descubrirá como mamá se embriaga e incluso se vuelve adicta al olor de los piecitos de su retoño, igual serán testigos de ese paso evolutivo cuando vea a la luz el primer diente, también cual astronauta camine por vez primera sobre la superficie terrestre.
Años más adelante recibirá 569 “me gusta”, gracias a la foto que mamá le sacó aquella vez que iba de abejita al festival de la primavera del kínder; de igual forma atiborrará la red cuando realice sus aportes al arte rupestre en la sala y mamá entre sentimientos encontrados se atreva a llamarlo “campos de oro” con tal de atraer la simpatía de los contactos, a quienes también les resultará imposible evadir cada vez que cumpla años el muro repleto de imágenes donde se evidencia la transformación del querubín.
Lo que no saben sus progenitores es que poco a poco esos contactos que le adjudicaron al bebé ya ni leen lo que “publica”, incluso es posible que hasta lo hayan bloqueado, debido al hartazgo de conocer las peripecias, travesuras y eventos personales con los que los bombardean a diario.
Madres y padres, ya sabemos que su encanto con el nene aún no termina, pero por favor recuerden que existen hechos tan íntimos del pequeño que a los demás ni nos interesan, incluso existen lugares como la CDMX donde de acuerdo al código penal es una falta administrativa tomar fotografías o videos a alguien sin su consentimiento y a ustedes durante los primeros años de vida de su retoño les valió sorbete hacerlo.
Son una serie de artículos que ya han sido publicados en diversos periodícos locales.
jueves, 25 de agosto de 2016
jueves, 18 de agosto de 2016
WhatsApp... casos de la vida real
Era feliz aquella vez cuando alguien tuvo la amabilidad de integrarme a un grupo de WhatsApp, fue tanto el gusto, que para diferenciar el tono de llamada del “Guats” con el del grupo y así saber cuándo alguien enviara mensajes, le programé el ringtone de Chewbacca" de Star Wars. Las primeras horas experimentaba orgullo de que la gente con admiración preguntaba la fuente del sonido, obvio que creía que chui era la neta del planeta, pero a los tres días ya me había hartado de que cada tres o cuatro minutos el alarido del Wookie interrumpiera momentos agradables de mi vida.
Una vez acostumbrado al tono, volví al disfrute de intercambiar ideas y opiniones acordes con la intención del grupo, pero… de pronto uno de los contactos decidió romper con la rutina y sacando sus brillantes dotes de Polo Polo, envió los chistes más pedantes y jocosos, sin cerciorarse de que algunos pudieran ofenderse o experimentar vergüenza del contenido, inmediatamente saturaron de "emoji", que dejaban en duda si aprobaban o no la acción –digo, hay caritas donde les salen lágrimas y uno ignora si son de llanto o de alegría. Ridículamente aseguramos detestar el bullying, pero en el grupo la mayoría disfrutábamos cuando alguien hacía de su patiño a alguno de los contactos, todos –en el chat, claro está–, arremetían contra él, unos a favor de la guasa, otros disque defendiéndolo pero ejecutándoselo a la vez.
En otra ocasión, en plena reunión laboral, suena mi celular, mientras las diapositivas avanzan, la curiosidad me gana y observo en la pantalla un meme de cierto político cuyo nombre omito para no herir susceptibilidades, la risa escapa y el jefe con aire de jalón de orejas, cuestiona mi opinión en relación a lo expuesto, lo cual hace que recurra al hada de la improvisación y la muy torpe se equivoca, entonces el monstruo de la vergüenza acompañado de su amigo ridiculez se quedan conmigo, ¡pinches ojetes!
Debido a la mala experiencia, mi pareja recomienda que silencie por un año los avisos del grupo, ¡tómala! A las tres horas de hacerlo, tenía un círculo verde que me indicaba chorrocientos mil mensajes sin leer. ¿Cuántas horas de mi escaza existencia implicaría para saber su contenido? ¡Un titipuchal! Los fines de semana no faltaba el ocioso que mandara cadenitas milagrosas, chistes de contenido kilométrico – ¡uff, qué flojera!– de todos colores y sabores, fotos de los lugares paradisiacos a donde iba y de la asquerosa comida que degustaba, como si uno se le fueran a antojar el plato de chilaquiles con mucha crema y salsa verde que más bien se asemejaban al vomito de la chica del exorcista.
A raíz de lo anterior, al cabo de seis meses de permanencia voluntaria en el grupo, por cordura propia y salud mental tomé la audaz – ¡uy! ¡Qué valiente!– decisión de abandonarlo. Considero que es genial utilizar este tipo de aplicaciones como herramienta que facilita la comunicación, cuando de verdad se intercambia información y no me refiero a los chismes de lavadero o como plataforma de prospectos a standuperos, pues es ahí donde nace el problema, y lo peor es cuando se abusa de ella.
Una vez acostumbrado al tono, volví al disfrute de intercambiar ideas y opiniones acordes con la intención del grupo, pero… de pronto uno de los contactos decidió romper con la rutina y sacando sus brillantes dotes de Polo Polo, envió los chistes más pedantes y jocosos, sin cerciorarse de que algunos pudieran ofenderse o experimentar vergüenza del contenido, inmediatamente saturaron de "emoji", que dejaban en duda si aprobaban o no la acción –digo, hay caritas donde les salen lágrimas y uno ignora si son de llanto o de alegría. Ridículamente aseguramos detestar el bullying, pero en el grupo la mayoría disfrutábamos cuando alguien hacía de su patiño a alguno de los contactos, todos –en el chat, claro está–, arremetían contra él, unos a favor de la guasa, otros disque defendiéndolo pero ejecutándoselo a la vez.
En otra ocasión, en plena reunión laboral, suena mi celular, mientras las diapositivas avanzan, la curiosidad me gana y observo en la pantalla un meme de cierto político cuyo nombre omito para no herir susceptibilidades, la risa escapa y el jefe con aire de jalón de orejas, cuestiona mi opinión en relación a lo expuesto, lo cual hace que recurra al hada de la improvisación y la muy torpe se equivoca, entonces el monstruo de la vergüenza acompañado de su amigo ridiculez se quedan conmigo, ¡pinches ojetes!
Debido a la mala experiencia, mi pareja recomienda que silencie por un año los avisos del grupo, ¡tómala! A las tres horas de hacerlo, tenía un círculo verde que me indicaba chorrocientos mil mensajes sin leer. ¿Cuántas horas de mi escaza existencia implicaría para saber su contenido? ¡Un titipuchal! Los fines de semana no faltaba el ocioso que mandara cadenitas milagrosas, chistes de contenido kilométrico – ¡uff, qué flojera!– de todos colores y sabores, fotos de los lugares paradisiacos a donde iba y de la asquerosa comida que degustaba, como si uno se le fueran a antojar el plato de chilaquiles con mucha crema y salsa verde que más bien se asemejaban al vomito de la chica del exorcista.
A raíz de lo anterior, al cabo de seis meses de permanencia voluntaria en el grupo, por cordura propia y salud mental tomé la audaz – ¡uy! ¡Qué valiente!– decisión de abandonarlo. Considero que es genial utilizar este tipo de aplicaciones como herramienta que facilita la comunicación, cuando de verdad se intercambia información y no me refiero a los chismes de lavadero o como plataforma de prospectos a standuperos, pues es ahí donde nace el problema, y lo peor es cuando se abusa de ella.
jueves, 11 de agosto de 2016
¡Lo que callamos los Godínez!
A los oficinistas de antaño se les conocía como “Gutierritos” en honor de aquel obrero bonachón, humilde y honrado que entregaba el sueldo completo a su esposa, la cual le retribuía con humillaciones y desprecios argumentando su mediocridad en el desempeño laboral, opinión que era compartida por el Kool-Aid de su patrón; tal personaje mantuvo pegado al televisor a gran parte de la audiencia de nuestro país a mediados de la década de los sesentas a través de la telenovela. Ahora, con el arribo de la tecnología –adiós máquina de escribir, bienvenida computadora–, Gutiérrez evoluciona hasta transformarse en Godínez.
Pese a su metamorfosis, la sombra de Gutierritos los persigue, pues aún los jefes se siguen pasando de lanza con ellos, no les respetan los horarios laborales, continúan esperando con desesperación los viernes y las quincenas, creen que mejor los identifica el gafete que la credencial de elector y al convivir con los demás empleados, se abstienen de algunas actitudes y acciones, es decir, con tal de mantener la armonía prefieren callarse.
Es común que vean llegar a la secretaria en minifalda de bolitas, la saluden sin prestar atención, una vez que pase, zas, clavan su libidinosa mirada donde termina la espalda, mientras se digan así mismo… La verdad por respeto a ustedes eso no se pude publicar. Cuando se integra un nuevo compañero al equipo, el jefe lo presenta y pide que lo asesoren, con sonrisa de oreja a oreja argumentan que es un placer, mientras que más de alguno piense que es una lata enseñar a chambear a ese simio. Pasada varias semanas y éste insiste en que le expliquen algo nuevamente, se responderá: “¡claro, inmediatamente, no estaría de más!” –mientras que por dentro se piense: “¡ah, qué pendejo!Este Vergara vale su apellido”.
Como en todo centro de trabajo, existen individuos que le agradan al jefe –aquí no cuenta la curvilínea experta taquimecanógrafa que continuamente asedia–, son tus compañeros, pero lo que ellos no saben que a pesar de creer que los une una sincera amistad, algunos los consideran lambiscones, barberos y zalameros, algo así como animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija, así, textual como lo expresa Paquita la del Barrio.
Fin de semana, para ser exacto domingo, estás en plena reunión familiar en el Parque Regional degustando una sardina con galletas Pan Crema, entre la algarabía de la reunión, escuchas la alarma del WhatsApp del grupo de la oficina, es el patrón con su clásico saludito lleno de parabienes y melcocha para arremeter después con una sarta de actividades que esperan para el lunes, o sea, desconfía de que por ser día de asueto consumas drinks de más y se te olviden los compromisos laborales. Obviamente, que los compañeros y tú saturan de respuestas afirmativas el grupo, al mismo tiempo que piensan, ¡cómo chifla! ¿A caso no tiene familia? Es mi tiempo de calidad con mis seres queridos y sale con sus estúpidas inseguridades.
El mero mero de arriba –y no es el Creador–, le llama la atención al jefe por una burrada que cometió, llega a la oficina y se desquita con sus subordinados presionándolos para que corrijan el error como si ellos fueran quienes la regaron, sutilmente los trabajadores pondrán cara de que es pan comido, agrado y hasta cierto esmero por evidenciar servicio, pero en su interior aceptarán que son los babosos favoritos que siempre le hacen la valona.
Hay un dicho popular de origen mexica que dice “caras vemos, corazones no sabemos”, el cual se puede interpretar como no confiar en alguien por la simple apariencia, ya que lo exterior no dice nada sobre lo que son y lo que piensan, imagínense si hicieran un lunes antidoping en la chamba, ¡uta! cuántos adictos de esos que hasta varitas de incienso se introducen por… ustedes ya saben por dónde, se encontrarían.
Pese a su metamorfosis, la sombra de Gutierritos los persigue, pues aún los jefes se siguen pasando de lanza con ellos, no les respetan los horarios laborales, continúan esperando con desesperación los viernes y las quincenas, creen que mejor los identifica el gafete que la credencial de elector y al convivir con los demás empleados, se abstienen de algunas actitudes y acciones, es decir, con tal de mantener la armonía prefieren callarse.
Es común que vean llegar a la secretaria en minifalda de bolitas, la saluden sin prestar atención, una vez que pase, zas, clavan su libidinosa mirada donde termina la espalda, mientras se digan así mismo… La verdad por respeto a ustedes eso no se pude publicar. Cuando se integra un nuevo compañero al equipo, el jefe lo presenta y pide que lo asesoren, con sonrisa de oreja a oreja argumentan que es un placer, mientras que más de alguno piense que es una lata enseñar a chambear a ese simio. Pasada varias semanas y éste insiste en que le expliquen algo nuevamente, se responderá: “¡claro, inmediatamente, no estaría de más!” –mientras que por dentro se piense: “¡ah, qué pendejo!
Como en todo centro de trabajo, existen individuos que le agradan al jefe –aquí no cuenta la curvilínea experta taquimecanógrafa que continuamente asedia–, son tus compañeros, pero lo que ellos no saben que a pesar de creer que los une una sincera amistad, algunos los consideran lambiscones, barberos y zalameros, algo así como animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija, así, textual como lo expresa Paquita la del Barrio.
Fin de semana, para ser exacto domingo, estás en plena reunión familiar en el Parque Regional degustando una sardina con galletas Pan Crema, entre la algarabía de la reunión, escuchas la alarma del WhatsApp del grupo de la oficina, es el patrón con su clásico saludito lleno de parabienes y melcocha para arremeter después con una sarta de actividades que esperan para el lunes, o sea, desconfía de que por ser día de asueto consumas drinks de más y se te olviden los compromisos laborales. Obviamente, que los compañeros y tú saturan de respuestas afirmativas el grupo, al mismo tiempo que piensan, ¡cómo chifla! ¿A caso no tiene familia? Es mi tiempo de calidad con mis seres queridos y sale con sus estúpidas inseguridades.
El mero mero de arriba –y no es el Creador–, le llama la atención al jefe por una burrada que cometió, llega a la oficina y se desquita con sus subordinados presionándolos para que corrijan el error como si ellos fueran quienes la regaron, sutilmente los trabajadores pondrán cara de que es pan comido, agrado y hasta cierto esmero por evidenciar servicio, pero en su interior aceptarán que son los babosos favoritos que siempre le hacen la valona.
Hay un dicho popular de origen mexica que dice “caras vemos, corazones no sabemos”, el cual se puede interpretar como no confiar en alguien por la simple apariencia, ya que lo exterior no dice nada sobre lo que son y lo que piensan, imagínense si hicieran un lunes antidoping en la chamba, ¡uta! cuántos adictos de esos que hasta varitas de incienso se introducen por… ustedes ya saben por dónde, se encontrarían.
jueves, 4 de agosto de 2016
Big Brother
En una de mis devotas visitas al supermercado, empujando el carrito entre los pasillos, encontré a una señora con sus dos hijas pequeñas, lo que atrajo mi atención fue la lastimera queja de la menor hacia su madre, evidenciando el maltrato de parte de la hermana mayor hacia su persona, mientras la señora revisaba el color de tinte, sin girar su cabeza para verla entre dientes, balbuceó, “¡Ya cállate, no seas chillona!”. Mientras las dejo atrás, por mi desamueblada cabeza concluyo, si la chavita le hubiera dicho que en lugar de su hermana, una niña de su escuela la estaba molestando, segurito que la doña iría directo con las autoridades educativas del plantel con denuncia en mano de la CNDH a embarrársela a la cara, alegando que el plantel no está atendiendo un problema de bullying, discriminación y abuso hacia su hija.
El hecho está en que para algunos padres y madres, las rencillas entre hermanos son nimiedades y hasta llegan a creer que tienen su lado formativo – ¿qué? ¿cómo? –, pues gracias al tesón, vigilancia y descuidos entre ellos, aprenden diversas pautas de defensa personal, se adentran en ciertas nociones del derecho civil que disciplinan las relaciones personales, patrimoniales, voluntarias o forzosas; adquieren sin necesidad de asistir a cursos la aplicación de los primeros auxilios. No es necesario ver alguna película de terror para que los menores experimenten el miedo, de eso se encargan los familiares al darles a conocer un buen de entelequias, llámese el chamuco, coco, bruja, etcétera, con los cuales aprenderán a compartir, respetar a los adultos y estarse sosiegos.
Desde la infancia, nuestros hermanos mayores sin necesidad de ver En Familia con Chabelo, nos adentran en las bondades del trueque catafixiano al permutarnos premios, ganancias y obsequios – por ejemplo el domingo–, por otros más ostentosos pero con el riesgo de que tal maniobra resulte a la inversa, ¡buuaahh! Otra de sus aportaciones, es el enriquecimiento del lenguaje del menor con múltiples palabras soeces, que los inocentes padres atribuirán a los compañeritos de la escuela. Imposible olvidar ese “lero, lero candelero”, enunciado irrebatible que denotaba el gandallismo del hermano quien experimenta satisfacción al escuchar entre sollozos expresar a su hermanito las palabras de “no oigo, no oigo, soy de palo, tengo orejas de pescado”.
A los hermanos grandes los menores no pueden intimidarlos diciéndoles que su papá tiene una pistola, ya que ese argumento que muchas veces pone fin a cualquier diferencia entre sus colegas chavitos a ellos les hace lo que el viento a Juárez, tampoco surte efecto el “ya córtalas”, pues pese a los resentimientos entre ellos siguen siendo familiares y lo único que queda es decirles “chócalas”, algo así como te perdono nada más porque eres mi gran hermano, no importa que me hagas la vida de cuadritos, chance y hasta también eres mi cuate.
El hecho está en que para algunos padres y madres, las rencillas entre hermanos son nimiedades y hasta llegan a creer que tienen su lado formativo – ¿qué? ¿cómo? –, pues gracias al tesón, vigilancia y descuidos entre ellos, aprenden diversas pautas de defensa personal, se adentran en ciertas nociones del derecho civil que disciplinan las relaciones personales, patrimoniales, voluntarias o forzosas; adquieren sin necesidad de asistir a cursos la aplicación de los primeros auxilios. No es necesario ver alguna película de terror para que los menores experimenten el miedo, de eso se encargan los familiares al darles a conocer un buen de entelequias, llámese el chamuco, coco, bruja, etcétera, con los cuales aprenderán a compartir, respetar a los adultos y estarse sosiegos.
Desde la infancia, nuestros hermanos mayores sin necesidad de ver En Familia con Chabelo, nos adentran en las bondades del trueque catafixiano al permutarnos premios, ganancias y obsequios – por ejemplo el domingo–, por otros más ostentosos pero con el riesgo de que tal maniobra resulte a la inversa, ¡buuaahh! Otra de sus aportaciones, es el enriquecimiento del lenguaje del menor con múltiples palabras soeces, que los inocentes padres atribuirán a los compañeritos de la escuela. Imposible olvidar ese “lero, lero candelero”, enunciado irrebatible que denotaba el gandallismo del hermano quien experimenta satisfacción al escuchar entre sollozos expresar a su hermanito las palabras de “no oigo, no oigo, soy de palo, tengo orejas de pescado”.
A los hermanos grandes los menores no pueden intimidarlos diciéndoles que su papá tiene una pistola, ya que ese argumento que muchas veces pone fin a cualquier diferencia entre sus colegas chavitos a ellos les hace lo que el viento a Juárez, tampoco surte efecto el “ya córtalas”, pues pese a los resentimientos entre ellos siguen siendo familiares y lo único que queda es decirles “chócalas”, algo así como te perdono nada más porque eres mi gran hermano, no importa que me hagas la vida de cuadritos, chance y hasta también eres mi cuate.
jueves, 14 de julio de 2016
¿Actuamos como empleados o como lo que somos? (Segunda parte)
Continuando con el recuento anecdótico de esos personajes urbanos que en vida desarrollan un tercio de su existencia en las oficinas: los empleados, quienes además de cumplir con su horario conectados a internet o consultando los comentarios del WhatsApp, calman la ansiedad fumándose uno que otro taco de taquicardia, atiborran en horas pico los camiones – ¡sí los menos afortunados utilizamos este citadino medio de transporte!–, reciben, si bien les va, esa codiciada presea que llena de envidia a quienes no les toca llamado bono – náquever con el vocalista de U2–, a veces tienen que acatar ciertas normas, algunas escritas, otras simplemente se transmiten de forma verbal, algo así como óyelo Pedro, entiéndelo Juan.
Entre esos principios que a muchos se nos hacen hasta coercitivos, pero que en realidad debiéramos de adoptar con tal de evidenciar conductas correctas ante los compañeros, clientes y autoridades de la institución donde se labora, se encuentra esa insana costumbre de publicar a través de las redes sociales algún rencor, crítica o mofa sobre cualquier integrante de la dependencia, ten en cuenta que a pesar de no ser tu contacto esa personita que ventilas, tarde que temprano alguien le chismeará. Esta norma sí debiera de estar escrita, pues es horrible entrar a un espacio cerrado donde huele al almuerzo que recalentaste en el microondas e incluso hasta impregnaste la ropa de los demás a tu suculenta torta de huevo con chorizo. Por piedad, no compartas tus gustos musicales – ¡ya chole con Juanga! –, si piensas que poniéndote audífonos es la solución, ten en cuenta que los demás no tienen ninguna necesidad de escuchar tus dotes de cantante, eso déjalo para el karaoke de los juevebes o en tu casa.
¡Por favor, casi, casi por compasión! Nunca se quiten los zapatos, pinten las uñas, depilen o rasuren, planchen el pelo y maquillen en horas de trabajo, da una imagen exquisitamente doméstica que no va para nada con el de una oficina, ah y borren de sus cabecitas que sus colegas no notarán si van crudos o sin bañarse, pues con el puro olor basta para que el más ingenuo de ellos se dé cuenta. Si llegara a existir flirteo entre colegas, por favor sean discretos, pues los demás no son ni celestinas, mucho menos sacerdotes que guarden secretos de confesión y en una de esas puede que se entere el cónyuge que ostenta las protuberancias sobre la mollera, ¡qué culpa tiene una honorable institución de que dañen la reputación con sus calenturas!
Jefes, consideren que así hagan los convivios que sean nunca van a satisfacer el gusto de sus subordinados, no olviden que quien cuerda les da ahorcados los quiere ver, graben en sus cerebros que cualquier regalo o favor hecho por un empleado es inversamente proporcional a lo que éste espera a cambio de ello. Su personal tiene jornada establecida que cubrir en horarios constituidos y no están a disposición de lo que les plazca en cualquier momento, de igual forma su desempeño lo deben de realizar en sus respectivos espacios, o sea, si quieres que poden el césped o reparen algún desperfecto de tu residencia tendrás que pagarlo de tu bolsillo y en horario ajeno al de la dependencia, entiende que no es parte de su salario laboral.
Consiente estoy de que somos humanos y nos cuesta trabajo comportarnos como obreros, pero no es justo que bajo el pretexto de la amistad algunos te quieran hacer cómplice de los complot, atentados e incluso hasta golpes de estado fraguados hacia las autoridades o lo peor, te hagan decidir por cualquiera de los grupos en que se encuentran divididos para que te afilies a uno de ellos. Uno simplemente va a cumplir con su compromiso laboral, mientras que los apadrinamientos, amistades y sentimentalismos deben de quedarse afuera de las paredes de la oficina, no del cubículo, así que por favor respétalo y regresa los artículos que se te prestaron, ¡ámonos!
Entre esos principios que a muchos se nos hacen hasta coercitivos, pero que en realidad debiéramos de adoptar con tal de evidenciar conductas correctas ante los compañeros, clientes y autoridades de la institución donde se labora, se encuentra esa insana costumbre de publicar a través de las redes sociales algún rencor, crítica o mofa sobre cualquier integrante de la dependencia, ten en cuenta que a pesar de no ser tu contacto esa personita que ventilas, tarde que temprano alguien le chismeará. Esta norma sí debiera de estar escrita, pues es horrible entrar a un espacio cerrado donde huele al almuerzo que recalentaste en el microondas e incluso hasta impregnaste la ropa de los demás a tu suculenta torta de huevo con chorizo. Por piedad, no compartas tus gustos musicales – ¡ya chole con Juanga! –, si piensas que poniéndote audífonos es la solución, ten en cuenta que los demás no tienen ninguna necesidad de escuchar tus dotes de cantante, eso déjalo para el karaoke de los juevebes o en tu casa.
¡Por favor, casi, casi por compasión! Nunca se quiten los zapatos, pinten las uñas, depilen o rasuren, planchen el pelo y maquillen en horas de trabajo, da una imagen exquisitamente doméstica que no va para nada con el de una oficina, ah y borren de sus cabecitas que sus colegas no notarán si van crudos o sin bañarse, pues con el puro olor basta para que el más ingenuo de ellos se dé cuenta. Si llegara a existir flirteo entre colegas, por favor sean discretos, pues los demás no son ni celestinas, mucho menos sacerdotes que guarden secretos de confesión y en una de esas puede que se entere el cónyuge que ostenta las protuberancias sobre la mollera, ¡qué culpa tiene una honorable institución de que dañen la reputación con sus calenturas!
Jefes, consideren que así hagan los convivios que sean nunca van a satisfacer el gusto de sus subordinados, no olviden que quien cuerda les da ahorcados los quiere ver, graben en sus cerebros que cualquier regalo o favor hecho por un empleado es inversamente proporcional a lo que éste espera a cambio de ello. Su personal tiene jornada establecida que cubrir en horarios constituidos y no están a disposición de lo que les plazca en cualquier momento, de igual forma su desempeño lo deben de realizar en sus respectivos espacios, o sea, si quieres que poden el césped o reparen algún desperfecto de tu residencia tendrás que pagarlo de tu bolsillo y en horario ajeno al de la dependencia, entiende que no es parte de su salario laboral.
Consiente estoy de que somos humanos y nos cuesta trabajo comportarnos como obreros, pero no es justo que bajo el pretexto de la amistad algunos te quieran hacer cómplice de los complot, atentados e incluso hasta golpes de estado fraguados hacia las autoridades o lo peor, te hagan decidir por cualquiera de los grupos en que se encuentran divididos para que te afilies a uno de ellos. Uno simplemente va a cumplir con su compromiso laboral, mientras que los apadrinamientos, amistades y sentimentalismos deben de quedarse afuera de las paredes de la oficina, no del cubículo, así que por favor respétalo y regresa los artículos que se te prestaron, ¡ámonos!
jueves, 7 de julio de 2016
¿Actuamos como empleados o como lo que somos? (Primera parte)
Esta vez el texto aborda nuevamente – ¡vuelve la burra al trigo! – el quehacer de cualquier centro de trabajo a nivel nacional, y como ustedes saben hay oficinas en todos lados, de todo tipo, con personal calificado o no, por lo tanto, apreciado lector, si por mera casualidad del destino lo que a continuación redacto se parece a tu realidad, no vayas a salir con el cuento de que estoy criticándote o burlándome de ti, de tus compañeros y de tu jefe. Una vez aclarado esto, regresamos al asunto. Como en todo empleo, quienes laboran deben de cumplir con un horario fijo, gracias a ello a alguien se le ocurrió la brillante idea de llamar a la jornada laboral “días hábiles”.
Durante el transcurso de la semana, el día que más agüita a cualquier oficinista es el lunes –tú sabes, el domingo te la pachangueaste tan sabrosón que se te hizo rete bien cortito–, con el ingrato despertador taladrando los oídos al dolor de cabeza de la crudelia que te cargas, lo bueno es que te espera ese café tipo Lázaro que te levanta y hace andar; el mejor, y hasta eterno se vuelve, es el anhelado viernes, deseo que es superado por el fervor de las quincenas en cuyas fechas sé es feliz durante las primeras horas de saberse con dinero, pues llegando a casa, una vez exprimido el cajero automático, hay que distribuirlo en los múltiples pagos que se adeudan, ahora comprenden la razón del por qué muchos compañeros se convierten en tianguistas de oficina ofertándote sábanas y edredones de encaje, ya que tienen que obtener dividendos extras.
Cada uno de los empleados, además de llevar los sagrados alimentos en tóper, cuyos sobrantes van a ir a parar al museo del refrigerador, poseen una cuenta de correo electrónico cuyo dominio es de la empresa –por si pensabas intercambiar información de otra índole olvídalo, existe la probabilidad de que te agarren infraganti–, desempeñan su trabajo en espacios igualitos que se conocen como cubículos, pero para diferenciarlos cada quien los decora muy a su estilo, a pesar de no ir acorde con el refinado y exquisito agrado del jefe. No sé si experimenten sentimientos de orgullo con ese símbolo distintivo que cuelga de sus arrugadas camisas al que denominan gafete, pues incluso fuera de espacios y horarios laborales lo portan, ya que toco el tema de la camisa, es común que se pongan de acuerdo para elegir un color diferente para cada día de la semana, dándole al traste a quienes gustan de portar sus mejores galas y beneficiando a los tigres de la oficina, esos que siempre llevan las mismas garras.
Como en la mayoría de los empleos, es común que existan dos clases de jefes, el mero chiplocudo, o sea, quien cuenta con nombramiento oficial y a quien por simple hueva o falta de autoridad del primero designa para ejecutar y poner orden sobre los demás; las fiestas en estos lugares evolucionan hasta dar origen a los convivios, donde el grupo de trabajadores demuestra a través de su interactuar que son unidos…pero de víboras –naah, eso es un mito, pues sino compaginaran entre ellos no se irían a comprar tamales de sushi en caravana a la esquina en los momentos que más enguasados están, mientras el patrón saborea un sorbete de bilis con veneno.
Durante el transcurso de la semana, el día que más agüita a cualquier oficinista es el lunes –tú sabes, el domingo te la pachangueaste tan sabrosón que se te hizo rete bien cortito–, con el ingrato despertador taladrando los oídos al dolor de cabeza de la crudelia que te cargas, lo bueno es que te espera ese café tipo Lázaro que te levanta y hace andar; el mejor, y hasta eterno se vuelve, es el anhelado viernes, deseo que es superado por el fervor de las quincenas en cuyas fechas sé es feliz durante las primeras horas de saberse con dinero, pues llegando a casa, una vez exprimido el cajero automático, hay que distribuirlo en los múltiples pagos que se adeudan, ahora comprenden la razón del por qué muchos compañeros se convierten en tianguistas de oficina ofertándote sábanas y edredones de encaje, ya que tienen que obtener dividendos extras.
Cada uno de los empleados, además de llevar los sagrados alimentos en tóper, cuyos sobrantes van a ir a parar al museo del refrigerador, poseen una cuenta de correo electrónico cuyo dominio es de la empresa –por si pensabas intercambiar información de otra índole olvídalo, existe la probabilidad de que te agarren infraganti–, desempeñan su trabajo en espacios igualitos que se conocen como cubículos, pero para diferenciarlos cada quien los decora muy a su estilo, a pesar de no ir acorde con el refinado y exquisito agrado del jefe. No sé si experimenten sentimientos de orgullo con ese símbolo distintivo que cuelga de sus arrugadas camisas al que denominan gafete, pues incluso fuera de espacios y horarios laborales lo portan, ya que toco el tema de la camisa, es común que se pongan de acuerdo para elegir un color diferente para cada día de la semana, dándole al traste a quienes gustan de portar sus mejores galas y beneficiando a los tigres de la oficina, esos que siempre llevan las mismas garras.
Como en la mayoría de los empleos, es común que existan dos clases de jefes, el mero chiplocudo, o sea, quien cuenta con nombramiento oficial y a quien por simple hueva o falta de autoridad del primero designa para ejecutar y poner orden sobre los demás; las fiestas en estos lugares evolucionan hasta dar origen a los convivios, donde el grupo de trabajadores demuestra a través de su interactuar que son unidos…pero de víboras –naah, eso es un mito, pues sino compaginaran entre ellos no se irían a comprar tamales de sushi en caravana a la esquina en los momentos que más enguasados están, mientras el patrón saborea un sorbete de bilis con veneno.
jueves, 23 de junio de 2016
El enemigo del Rector
Hoy abordaré un asunto que tal vez a ciertos individuos les resulte algo incómodo, porque probablemente ellos lleguen a pensar que es un texto redactado con la finalidad de abordar situaciones que para sus prejuiciosas mentes sean temas escabrosos, y más aún, por el título. Pues no es así, ya que creo que sobran las palabras para decir lo que nuestro actual Rector ha realizado durante su gestión, quienes lo hemos acompañado, de sobra sabemos que ahí están sus hechos que hablan por sí solos.
Ha demostrado que la soberbia y el despotismo no son parte de su personalidad, prueba de ello es que el dirigente de la Máxima Casa de Estudios ha sido un hombre que en reiteradas ocasiones ha concientizado a los orgullosos egresados de las distintas escuelas y facultades que al recibir ese documento que les acredita la culminación de su periodo de estudios no sólo son aptos para afrontar los retos de la sociedad del conocimiento, sino que también existe la responsabilidad de retribuir lo que la comunidad universitaria les brindó a la sociedad.
Sabe que al desempeñar el puesto que ocupa en el Siglo XXI, que es sin lugar a dudas el siglo de la acción, no debe permanecer estático, menos aún en una Universidad que está en constante efervescencia, debido a su incansable cruzada por mantenerse en la vanguardia tecnológica, dar respuestas a las diversas condiciones de cooperación, multiculturalidad e internacionalización.
Ávido lector de la poesía y aficionado a la oratoria, decidió dejar a un lado a ambas para tomar partido a través de la acción, en la actualidad si leemos sus entrevistas en lugar de expresar datos que inflen el ego de todo lo que ha gestionado en favor de la institución, denota preocupación de que en las aulas se imparta una formación que no sólo sea antídoto contra la ignorancia, sino también que concientice sobre las repercusiones de los prejuicios que generan la violencia, de ahí su sentida inquietud de que se ofrezca una educación con calidad, donde además de preservar el conocimiento se fomente el respeto como seres humanos entre los que formamos parte del proceso enseñanza-aprendizaje, con la seguridad de que ello se traducirá en respetar a la sociedad en sí y a la vida misma.
Para quien firma lo que están leyendo, la valía de una persona se mide o se considera según sea el tamaño de su enemigo, y no hay más grande rival que la ignorancia, ustedes dirán si nuestro Rector no ha elegido un buen adversario, ahora nos toca a nosotros brindarle apoyo desde las trincheras académicas para acompañarlo durante cada round. Algunos tal vez me acusen de servilismo ante lo expuesto, de que ni siquiera es una reflexión, pero el mensaje que me deja es que no se nos vaya acabar el tiempo sin saber exactamente quién tiznados es nuestro enemigo y pasemos por la vida sin pena ni gloria.
Ha demostrado que la soberbia y el despotismo no son parte de su personalidad, prueba de ello es que el dirigente de la Máxima Casa de Estudios ha sido un hombre que en reiteradas ocasiones ha concientizado a los orgullosos egresados de las distintas escuelas y facultades que al recibir ese documento que les acredita la culminación de su periodo de estudios no sólo son aptos para afrontar los retos de la sociedad del conocimiento, sino que también existe la responsabilidad de retribuir lo que la comunidad universitaria les brindó a la sociedad.
Sabe que al desempeñar el puesto que ocupa en el Siglo XXI, que es sin lugar a dudas el siglo de la acción, no debe permanecer estático, menos aún en una Universidad que está en constante efervescencia, debido a su incansable cruzada por mantenerse en la vanguardia tecnológica, dar respuestas a las diversas condiciones de cooperación, multiculturalidad e internacionalización.
Ávido lector de la poesía y aficionado a la oratoria, decidió dejar a un lado a ambas para tomar partido a través de la acción, en la actualidad si leemos sus entrevistas en lugar de expresar datos que inflen el ego de todo lo que ha gestionado en favor de la institución, denota preocupación de que en las aulas se imparta una formación que no sólo sea antídoto contra la ignorancia, sino también que concientice sobre las repercusiones de los prejuicios que generan la violencia, de ahí su sentida inquietud de que se ofrezca una educación con calidad, donde además de preservar el conocimiento se fomente el respeto como seres humanos entre los que formamos parte del proceso enseñanza-aprendizaje, con la seguridad de que ello se traducirá en respetar a la sociedad en sí y a la vida misma.
Para quien firma lo que están leyendo, la valía de una persona se mide o se considera según sea el tamaño de su enemigo, y no hay más grande rival que la ignorancia, ustedes dirán si nuestro Rector no ha elegido un buen adversario, ahora nos toca a nosotros brindarle apoyo desde las trincheras académicas para acompañarlo durante cada round. Algunos tal vez me acusen de servilismo ante lo expuesto, de que ni siquiera es una reflexión, pero el mensaje que me deja es que no se nos vaya acabar el tiempo sin saber exactamente quién tiznados es nuestro enemigo y pasemos por la vida sin pena ni gloria.
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