jueves, 7 de mayo de 2026

¡El amor de madre se escribe en mayúsculas!


¡Ay, amigos, les cuento! Cuando era un chamaco, cada Día de la Madre me ponía las pilas para ahorrar 4 pesitos y salir corriendo a comprar… ¡utensilios de cocina! Porque para electrodomésticos, ni en sueños me alcanzaban los centavos. Y una vez, ¡qué tarugada!, casi la riego olvidándolo todo. Para salvarme, le regalé una cubeta de plástico Cuplasa. ¿Lo mejor? Se la di y ¡zas!, en ese preciso instante entendí la grandeza de las madres: puro desprendimiento, entrega total, un amor que pasa de los cacharros y las four things materiales. Ella la mira, se le ilumina la cara como un árbol de Navidad y me dice: “¡Hijo, esto es lo más útil del Mundo, con esto limpio la casa entera!”. ¡Alucinante! Boom, lección de vida.

Así que, tú, lector mío, el único que me aguanta y me lee sin bostezar: si estás pensando en endilgarle a tu jefecita cremas antiarrugas o potingues anticelulitis –que suenan a “eh, vieja, arréglate”–, o un lote de ropa que le quede como a una momia, o ¡lencería! por Dios, ni se te ocurra. Eso no es regalo, es un autogol.

¡No, no! Las madres quieren detalles que salgan del alma, tiempos juntitos sin prisas —eso de llevarla el 10 de mayo a un lujoso restaurante, en donde tú y sus nietos se la pasarán clavados al celular, ni se te ocurra—, no más trastos para el ajetreo en casa como mula. Disfruta de su amor, aprende de ella y sabrás que el AMOR DE MADRE, se escribe en mayúsculas.

Infancia analógica.



En la infancia de mi época, las niñas y niños no sabíamos que era el estrés, es más, ni nos preocupaba si el resfriado nos duraba más de 4 semanas, ¡achú! Alegría total; incluso si tenías obligaciones que cumplir, las desarrollabas conjugando la imaginación a nivel dios del Olimpo. Por ejemplo, la escoba era una máquina destructora creada por alguna civilización alienígena o algún supervillano tipo Lex Luthor, que arrasaba con todo a su paso, y que esperaban la intervención de Superman.

Te permitían estar en las calles, echándote una cascarita de futchol, beis o al bote pateado; si tenías sed, con tal de no ir a tu casa, bebías agua directamente del grifo y te sabía fresca –no como ahora, que sabe a cloro de piscina pública–; los juegos de mesa eran la gloria: Turista Nacional -nuestro Monopoly tercer mundista-, Serpientes y Escaleras, La Oca, El Maratón, La Lotería y La Pirinola. Hacíamos bíceps al abrir y cerrar las cortinas de casa, al sacar la basura, éramos menos sedentarios, pues nuestros progenitores nos convertían en el control remoto del televisor y más intrépidos, pues cuando la señal de uno de los dos canales fallaba, nos trepaban al techo a orientar la antena, ¡sube al tejado, Marcial, que la antena no agarra Canal 13! Ahí tenían al Spiderman de la colonia Magisterial. Ya ven, menos sofá, más aventura.

Compartíamos música reproduciendo nuestros casetes en la esquina o afuera de la casa con nuestros cuates; es más, hacíamos originales playlists grabándolos directamente de la radio, y nos indignaba que el locutor hablara encima de la canción. Porque claro, uno estaba creando una obra maestra y venía un señor a abrir su bocota como si nada.

Creo que, con menos tecnologías, menos pantallas, jugar al aire libre, más calle, necesitábamos menos y jugábamos más. Los juguetes no eran tan sofisticados como en la actualidad, pero cuando entraba en acción esa figura de El Santo no tenía precio. Además, sobrevivimos al Globalón, una pasta compuesta de acetato de polivinilo, colorantes y acetona, que la inflábamos a través de popote con la cual hacíamos globos y, claro, también a la toxicidad del Moco de Gorila o Slime.

Pertenecí a una generación que tenía conciencia democrática, pues nos daba igual jugar con infantes de 10 años o de 5, digo, ellos ni sabían que eran de “chocolate”, es decir, se divertían con nosotros sin darse en cuenta que no los tomábamos en serio. A pesar de que las y los adultos nos cansaban con ese discursito de que a nosotros no nos tocó vivir en tiempos duros y siempre tuvimos todo. Fuimos las niñas y niños antes de la revolución digital y los que aprendimos a sacarle provecho de ella, es decir, fuimos los prehistóricos analógicos que luego conquistamos lo digital sin manual de instrucciones.