jueves, 3 de septiembre de 2026

Crónica de un regreso anunciado.



A las 6:10 de la mañana, el fresco del amanecer todavía fingía que venía a ayudarnos. El cielo estaba naranja, como si alguien hubiera dejado encendida una lámpara gigante detrás de los cerros. Era el lunes 31 de agosto y, según los conocimientos meteorológicos heredados de mi abuela materna —que no tenía estudios sobre el clima, pero sí una autoridad incuestionable para anunciar desgracias—, ese día debido lo anaranjado del cielo el calor nos iba a freír al mediodía.

Tomé la avenida Felipe Sevilla y me encontré con el tráfico kamikaze provocado por miles estudiantes y docentes que se dirigían a inundar las aulas con la ilusión de un nuevo ciclo escolar. La ilusión, por supuesto, avanzaba a vuelta de rueda, rodeada de cláxones y personas que ya habían perdido la paciencia antes de llegar a la escuela.

Las y los estudiantes estrenaban mochilas portentosas, calzado nuevo de reconocidas marcas comerciales y esa expresión de quien todavía cree que el año escolar puede salir bien. Algunos profesores, en cambio, vestían sus prendas anacrónicas y marchitas de siempre. Eso sí: todos iban perfectamente perfumados. Porque una cosa es repetir ropa y otra muy distinta repetir olor. En realidad, todos éramos los mismos, envueltos en novedad. Una frase bastante profunda, posiblemente de Miguel Bosé, para no variar.

Los cláxones sonaban a todo volumen. El peatón no era una persona: era un obstáculo que había que librar. Las manecillas del reloj avanzaban con una crueldad administrativa y, en algún momento, la sístole le pidió a la diástole echarse un cha-cha en aquella pista de baile llamada aorta.

Entonces ocurrió lo inevitable: empecé a secretar un líquido salado compuesto principalmente por agua y pequeñas cantidades de sales minerales, producido por las glándulas sudoríparas del cuerpo o, dicho de manera menos científica: ¡híjole, manito, ya se te está haciendo tarde!

A mi alrededor, varios conductores permanecían clavados al celular. No avanzaban cuando se encendía la luz verde porque estaban ocupadísimos revisando las últimas novedades de WhatsApp. La luz ámbar del semáforo se convirtió en una cuenta regresiva: 3, 2, 1… rojo. Y, zas, alguien se lo pasó con ese disimulo que consiste en mirar al frente como si uno no acabara de cometer una infracción.

Por fin llegué a la escuela. Y ahí descubrí la gran verdad del regreso a clases: ese día no tenía nada de novedoso. Era la misma monotonía de siempre: ingresar a un aula para impartir clases o recibirlas, dentro de un sistema basado en la educación obligatoria, los grupos divididos por edades, los horarios estrictos, los timbres, los exámenes estandarizados y las materias fragmentadas. Un modelo que existe desde finales del siglo XVIII y principios del XIX. Es decir, llevamos más de doscientos años entrando a salones a la misma hora, sentándonos por edades y esperando que un reloj nos indique cuándo podemos volver a ser seres ordinarios.

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