jueves, 7 de mayo de 2026

¡El amor de madre se escribe en mayúsculas!


¡Ay, amigos, les cuento! Cuando era un chamaco, cada Día de la Madre me ponía las pilas para ahorrar 4 pesitos y salir corriendo a comprar… ¡utensilios de cocina! Porque para electrodomésticos, ni en sueños me alcanzaban los centavos. Y una vez, ¡qué tarugada!, casi la riego olvidándolo todo. Para salvarme, le regalé una cubeta de plástico Cuplasa. ¿Lo mejor? Se la di y ¡zas!, en ese preciso instante entendí la grandeza de las madres: puro desprendimiento, entrega total, un amor que pasa de los cacharros y las four things materiales. Ella la mira, se le ilumina la cara como un árbol de Navidad y me dice: “¡Hijo, esto es lo más útil del Mundo, con esto limpio la casa entera!”. ¡Alucinante! Boom, lección de vida.

Así que, tú, lector mío, el único que me aguanta y me lee sin bostezar: si estás pensando en endilgarle a tu jefecita cremas antiarrugas o potingues anticelulitis –que suenan a “eh, vieja, arréglate”–, o un lote de ropa que le quede como a una momia, o ¡lencería! por Dios, ni se te ocurra. Eso no es regalo, es un autogol.

¡No, no! Las madres quieren detalles que salgan del alma, tiempos juntitos sin prisas —eso de llevarla el 10 de mayo a un lujoso restaurante, en donde tú y sus nietos se la pasarán clavados al celular, ni se te ocurra—, no más trastos para el ajetreo en casa como mula. Disfruta de su amor, aprende de ella y sabrás que el AMOR DE MADRE, se escribe en mayúsculas.

Infancia analógica.



En la infancia de mi época, las niñas y niños no sabíamos que era el estrés, es más, ni nos preocupaba si el resfriado nos duraba más de 4 semanas, ¡achú! Alegría total; incluso si tenías obligaciones que cumplir, las desarrollabas conjugando la imaginación a nivel dios del Olimpo. Por ejemplo, la escoba era una máquina destructora creada por alguna civilización alienígena o algún supervillano tipo Lex Luthor, que arrasaba con todo a su paso, y que esperaban la intervención de Superman.

Te permitían estar en las calles, echándote una cascarita de futchol, beis o al bote pateado; si tenías sed, con tal de no ir a tu casa, bebías agua directamente del grifo y te sabía fresca –no como ahora, que sabe a cloro de piscina pública–; los juegos de mesa eran la gloria: Turista Nacional -nuestro Monopoly tercer mundista-, Serpientes y Escaleras, La Oca, El Maratón, La Lotería y La Pirinola. Hacíamos bíceps al abrir y cerrar las cortinas de casa, al sacar la basura, éramos menos sedentarios, pues nuestros progenitores nos convertían en el control remoto del televisor y más intrépidos, pues cuando la señal de uno de los dos canales fallaba, nos trepaban al techo a orientar la antena, ¡sube al tejado, Marcial, que la antena no agarra Canal 13! Ahí tenían al Spiderman de la colonia Magisterial. Ya ven, menos sofá, más aventura.

Compartíamos música reproduciendo nuestros casetes en la esquina o afuera de la casa con nuestros cuates; es más, hacíamos originales playlists grabándolos directamente de la radio, y nos indignaba que el locutor hablara encima de la canción. Porque claro, uno estaba creando una obra maestra y venía un señor a abrir su bocota como si nada.

Creo que, con menos tecnologías, menos pantallas, jugar al aire libre, más calle, necesitábamos menos y jugábamos más. Los juguetes no eran tan sofisticados como en la actualidad, pero cuando entraba en acción esa figura de El Santo no tenía precio. Además, sobrevivimos al Globalón, una pasta compuesta de acetato de polivinilo, colorantes y acetona, que la inflábamos a través de popote con la cual hacíamos globos y, claro, también a la toxicidad del Moco de Gorila o Slime.

Pertenecí a una generación que tenía conciencia democrática, pues nos daba igual jugar con infantes de 10 años o de 5, digo, ellos ni sabían que eran de “chocolate”, es decir, se divertían con nosotros sin darse en cuenta que no los tomábamos en serio. A pesar de que las y los adultos nos cansaban con ese discursito de que a nosotros no nos tocó vivir en tiempos duros y siempre tuvimos todo. Fuimos las niñas y niños antes de la revolución digital y los que aprendimos a sacarle provecho de ella, es decir, fuimos los prehistóricos analógicos que luego conquistamos lo digital sin manual de instrucciones.

jueves, 23 de abril de 2026

Andar con peatonitis.


¡Oye, Colima, el estado donde ser
 gente de a pie” es como confesarte en misa un lunes por la mañana! ¿Peatón? ¡Eso suena a “perdedor con peatonitis aguda”! Pero en la Ciudad de Las Palmeras, caminar es tu superpoder, ¿eh? Tú eliges el rumbo, zigzagueando por recovecos como si fueras Indiana Jones buscando el arca perdida… ¡Pero en vez de tesoros, encuentras unas heces de perro del tamaño de un cráter lunar!

Yo vivo por la colonia… mejor ni la escribo, no vaya a ser que se ofendan mis vecinos, ¿eh? Ahí, para conocer la ciudad, tienes que inventarte una poética del caminar: Paso uno, esquivo el charco, a la vecina que riega la banqueta con el chorro de la manguera sin fijarse quién transita por la calle; paso dos, saludo al perro callejero que me mira como si yo fuera el intruso. Disfruto esta ciudad imperfecta, ¡claro! Gracias a mis pasos, la conozco más que a mis defectos.

Hay zonas donde caminar es una ganga: árboles que te dan sombra como un paraguas gratis, pasos peatonales que funcionan, calles limpias… ¡Pero espera! ¿Casualidad? ¡Qué va! Ahí la vida cuesta un ojo de la cara. Lo verde no es para todos, es como un anuncio: “¡Compra el departamento y te regalamos las buganvillas, geranios, rosales, hortensias, azaleas y helechos!”.

Porque, mira, muchas veces esos “espacios públicos” son trampas: si no compras un café de 100 pesos, ¡fuera! Si no consumes, eres un fantasma. ¡Hasta sentarte en una banca es VIP! En barrios rentables, todo gira en torno al billete: ¿Quiere sombra? ¡Pague la membresía!”.

¿Y la periferia? ¡Ay, Santa Cachucha! Los que sostienen la ciudad, los que no salen en las postales de “La Ciudad de las Palmeras”… ¡Que, por cierto, ya ni quedan palmeras, se las comieron las constructoras! Ahí caminar no es paseo, es supervivencia: esquivas cables sueltos, carros locos y el sol que te fríe como taco al pastor.

Esto me hace pensar, ¿no? La ciudad se organiza por privilegios: hasta caminar bajo sombra es de “clase alta”. ¿Dónde descansamos sin soltar la cartera? ¡En nuestras casas, con las cortinas sujetadas pa´ que entre airecito y un ventilador ruidoso!

jueves, 16 de abril de 2026

Vagaciones.


Mientras ustedes gozaban de sus muy merecidas vacaciones, vagueando con el sol en la cara y el coco loco en la mano, yo, el que firma lo que escribe y no se echa atrás, me quedé en Colima disfrutando el ecosistema sonoro de esta ciudad amada y odiada a la vez, y, ¡vaya ambientazo de barrio! Por la mañana, además del silbido del afilador que se cuela por la cocina, el triciclo de bolillero cuyo chiquihuitedespide un aroma delicioso, enseguida pasa el chatarrero con su perifoneo donde una voz robotizada dice: “¡Se compraaan colchones, lavadoras, estufas, cachivaches del demonio, aluminio viejo que estorba!”. Varios minutos después entra en escena el señor de la canasta tejida, a grito pelado: “¡Paaaanela, quesoooooo fresco, requesón y jocoqueeeee!”. Y al atardecer, para menguar el calorón tenemos ¡los Helados Mexti!: “¡Paletas gordotas de mamey, piña, tamarindo, jamaica, elote con leche, mazapán, Oreo, nuez, nance, guayaba y esquimales!”; mientras anochece, la luna es bienvenida con el pitido de los camotes y plátanos asados, es cuando el carrito que por la mañana era de los tacos de barbacoa, cual Transformers, se convierte en carrito de dogos. ¡Espectacular!

¿Rubíes? ¿Zafiros? ¡Paso! Los colimenses tenemos la piedra más top: la Piedra Lisa, que es como un monolito-tobogán gigante legendario. La tradición dice que, si te resbalas sobre ella una vez siendo foráneo, vuelves a Colima sí o sí. ¡Dos resbalones y zas, encuentra el amor de su vida en la bajada! Y tres… ¡Te quedas pa’ siempre, compadre!

Y el parque de la Piedra Lisa, ¡un zoológico de concreto de lujo! El Pato, El Gallo, ardillitas y conejitos, que datan de una tradición creada por Alberto Pérez Soria, allá por el Distrito Federal en 1969, bajo el encargo del Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI), ahora los de acá, los nuestros, puedes admirarlos tuneados por los genios Héctor Aburto e Ignacio Arceo… ¡Quedaron que te mueres de lindos, como animalitos influencers!

En fin, redescubrir la ciudad sin tanto gentío es un viaje alucinante; sin paisanos pisándote los talones, la ciudad se abre como un libro mágico, como un safari urbano solo para ti. Cierras los ojos y detrás de los párpados te montas la película completa: Colima te lleva de la mano por sus rincones invisibles, mientras te susurra secretos que ni Google sabe.

jueves, 26 de marzo de 2026

¡Feliz, feliz no cumpleaños, a tú!


¡Mira qué bonito! -frases heredadas de mamá, cuando te cachaba en tus movidas-. Hoy nos sobran motivos para felicitar en su cumpleaños a todas y todos nuestros “conocidos” del Mundo, aunque no sean ni amigos ni nada por el estilo. Las redes sociales, ese circo de actitudes artificiosas, te lo ponen en bandeja: ¡sugerencias de mensajes automáticos! Sí, para los que no se molestan en escribir 2 palabras con cariño, ahí tienes plantillas prefabricadas, ¡copia, pega y a alardear de buena onda!

Fríamente, sin la tontería de los lazos afectivos –que para qué–, ¿alguien se traga que esas felicitaciones son sinceras? ¿Qué reflejan el “sentimiento” del que le da clic a enviar como un zombie? ¡Por favor! El onomástico –término de abuelo pa’ quedar cultos, ¿eh? – se ha convertido en un like masivo, una farsa digital donde fingimos empatía mientras el algoritmo nos hace la chambita emocional. ¡Viva la amistad 2.0! ¡Qué estafa tan lucrativa!

La tecnología irrumpe en lo emocional generando textos “humanos”, ¿estamos delegando emociones auténticas a algoritmos? Sí, pero al ser tan repetitivas, pues revelan la fragilidad de nuestros afectos: automatizan la cortesía, ahorrando esfuerzo real, lo que podría vaciar de autenticidad las interacciones. Esto diluye la espontaneidad humana, convirtiendo sentimientos en fórmulas predecibles; sin embargo, también democratiza la expresión, permitiendo conexiones superficiales que, en exceso, podrían erosionar la empatía genuina. Pero no la reemplaza.

Aun así, ofrecen un puente para los tímidos o distraídos, recordándonos que la tecnología no crea sentimientos, solo los simula; el riesgo está en confundir la copia con el original, erosionando la conexión humana profunda. Recuerde que el verdadero calor está en lo imperfecto y personal.

jueves, 19 de marzo de 2026

Tun, tun, tun, tun caminar.


Ay, ¡amigos, que me han mandado al carajo con la bicicleta por 6 meses, por culpa de un médico que parece que ha estudiado en la escuela de los profetas del apocalipsis! Así que nada, vuelvo a las andadas, pateando las aceras de esta ciudad que parece que les ha declarado la guerra a los peatones. ¡Banquetas con caries, como dientes de abuelo fumador! Busco la sombra como un vampiro en ayunas, porque con este sol de Chernóbil mutado, si me pongo más prieto, voy a parecer una aceituna de las que dan aceite nuclear.

¡Y no te cuento en los semáforos, qué onda! Los coches se mean en el paso de cebra, lo convierten en parking gratis, ¡hasta los topes y las boyas son sus sofás personales! En las esquinas, es un festival de “aquí me estaciono”. Y la señal de ALTO, ¿saben qué? No es un consejito de la abuela, ¡es una orden del universo de que deben detenerse! Ahora que algunos semáforos tienen cronómetro, si antes el amarillo significaba para los kamikazes conductores “aprieta el acelerador porque va a cambiar a rojo”, ahora la cuenta regresiva equivale a “no te pares, aún te queda tiempo”, y es cuando el peatón se transforma en una boya ambulante para esquivar. ¡Somos gente con derechos, no canicas!

Las palomas y pichones por aquí necesitan un diván urgente, un terapeuta que les diga: ¡Ustedes son aves, no ratas con plumas! “¡Dejen de picotear lo que los peatones llevan comiendo como si fuera un buffet!” Y los camellones, ¡por Dios! Esos medianeros que separan avenidas y dividen la vialidad como si fueran muros de Berlín vegetal grisáceo. Si intentas cruzarlos, te tropiezas con montones de hojarasca mojada que parecen trampas de Jurassic Park, y raíces gigantes que salen como tentáculos del Kraken. ¡Imposible caminar ahí sin acabar en urgencias con un tobillo reescrito!

Caminar no es solo mover los pies; es un diálogo silente con el caos del mundo, un recordatorio socrático de que el progreso humano no reside en la velocidad de las máquinas, sino en la lentitud que nos obliga a confrontar nuestras raíces —literalmente— y a redescubrir la sombra como metáfora de la humildad ante un sol que no perdona la prisa. En cada paso torcido por una banqueta rota, hallamos la esencia estoica: el camino no se allana para nosotros, sino que nos forja.

jueves, 12 de marzo de 2026

Los impostores “fashion”.



¡Atención, que viene la invasión de los impostores fashion! Tipos sin currículum ni para fregar platos en el área, que se meten a expertos en lo que es trending topic por redes o por los millonarios del poder. ¡Escritores y oradores del tedio dando conferencias sobre ChatGPT – ¿qué no eran los mismos que años atrás nos hablaban con harta sapiencia de las virtudes de la educación basada en competencias? -, preguntando qué tiznados es la “GPT”: “¿Generador de Pasteles Tontos?”! ¡Madre mía, qué circo con estos “expertos” de pacotilla que surfean en la ola de lo que está de moda!

Los de izquierda radical, que antes tiraban bombas verbales contra el Mundo entero, ahora santones de la paz con sonrisa de anuncio de yogur dando charlas motivacionales, con pinta de haber descubierto la paloma blanca ayer, que según, eso les hace imperfectos gurús de la concordia en ponencias, con aura de santo vivo, que camufla a un hippie con MasterCard. ¿Paz? ¡Sí, wey, pero con subsidio, mientras posan con su latte orgánico y critican a los que no reciclan! Expertos en informática, de esos que se ponen filtro hasta en la vida real con tal de aparentar menos edad, queriendo colaborar en libros sobre pedagogos míticos, ¡como si hubieran cambiado el código por un libro de Freire en vez de un meme! Diciendo “el andamiaje cognitivo es como un algoritmo de machine learning, queridos educandos”.

Y luego, el colmo: un pedagogo de manual que firma lo que garabatea, creyéndose el articulista estrella – puro copy-paste de Wikipedia con pose de intelectual de tianguis – y locutor de radio. ¡Pero si parece que le han dado el micro en un karaoke de barrio! ¡Si hasta en las reuniones de profes parece que está en prime time o graba un podcast! Pura comedia por hype ajeno. ¡No hay quien lo pare! ¿No les agrada esta fauna de “simiespertos” motivados por las tendencias de quienes dictan el rumbo de este planeta? ¡Ay, pobres hámsteres en rueda de la fama falsa!

jueves, 5 de marzo de 2026

Ya no es el Mariachi Loco, fue febrero.



Marzo nos cayó encima como mariachi del Barrio del Agua Fría en plena canción de La Cigarra con sus dificultades técnicas debido a los agudos y vibratos, es el tercer mes, nueve pendientes pa’ despachar este 2026 tan alborotado que parece quinceañera con banda sinaloense. Tan inquieto, que parece un perro con pulgas dando brincos sin parar. 

Febrero se nos coló y salió con todo y su 14 empalagoso, repleto de arrumacos, golosinas que pegan más que chicle en zapato, besos de tornillo aderezados con chocolates que derriten voluntades como sol de Colima a mediodía. Tuvimos un día 24 diferente a los de otros meses, pues este manifestó historia: Plan de Iguala 1821, fusionando insurgentes con realistas pa’ la independencia y regalándonos la bandera tricolor que nos eriza más que grito de gol en el Azteca. ¿Algún vivo les hizo serenata norteña a los bichos de Satoshi Tajiri? ¡Pokémon a sus 30 febreros, más curtido que charro montado en caballo con artritis! ¡Pikachu ya es treintón, con más arrugas que un Charizard jubilado!

Y febrero que nos deja a Punch, un changuito con peluche pegado al alma, que se asemeja a un meme viral con corazón de algodón de azúcar, ¡ternurita nivel experto, como tamagochi revivido con alma de novela lacrimógena!

Al final, la vida es como un Pokémon salvaje: viene con sorpresas históricas, banderas que nos unen y peluches que nos ablandan el alma, recordándonos que, en este calendario kamikaze, lo que de verdad captura nuestra Pokébola es el momento efímero que une pasado, ternura y un poquito de caos, sí, el de ese fin de semana con puente obligado. Así que, ¡vive el despapaye antes de que el año te capture a ti! Además, no olvides ese adagio de febrero loco, marzo otro poco.

jueves, 26 de febrero de 2026

Jet-Set del empleo.


En 1984, Soda Stereo soltaba la bomba con este temazo: ¿Por qué no puedo ser del jet set? Una crítica a toda esa gente que busca en la superficialidad de la élite un lugar y a la obsesión por lucir como un catrín del juego de lotería. 41 añazos después, con las redes sociales más encendidas que un microondas sin tapa, el personal sigue en las mismas, ¡pero ahora en versión empleo-jet-set! Imagínate: el típico compañero, que se presenta en la reunión con traje de Zara mal planchado, sudando la gota gorda con tal de colarse en la foto oficial. ¡No aportó ni una idea! Pero ahí está, arrejuntadito al mero chipocludo del organigrama como ixodoidea, poniendo su mejor sonrisa al celular pa’ la selfie y exigiendo que pongan filtro de Instagram. ¡Posando como si fuera influencer de la nómina!

Ya se vio, cuando esa foto la suba a sus redes sociales, ¡mírenme, colegas, codeándome con el glitterati del memorándum y el cutis de burocracia! Sus followers: la tía que de niño le pellizcaba los cachetes, el cuñado con el que ve el fútbol los domingos y tres bots, le ponen 12 likes. ¡Éxito mundial! Y mientras, el motivo de la foto, el proyecto o lo que sea, pasa por el arco de la ignominia.

¡Es un safari de egos con menos colmillos que un bebé! Alardeo everywhere, pero cuando toca acción… ¡Fuegos artificiales mojados! Más globos aerostáticos que ideas brillantes, y menos neuronas que un GPS sin Wi-Fi. Durante la foto sobran las y los que quieran salir, todos pavoneándose, inflando el pecho y asumiendo panza como si hubieran inventado la rueda, pero cuando toca trabajar… ¡Pum, globo ponchado! Más farolear que un político en campaña, y menos ideas que un calvo en peluquería. ¡Es como ir a un restaurante finolis y pedir solo café para que todos te vean que perteneces a la alta alcurnia!

jueves, 19 de febrero de 2026

Piensa diferente. Fetiche 17.



¡Oye, qué fuerte! El teléfono celular, ese pedazo de plástico con brillo, se ha convertido en el fetiche total de la raza de ahora. Sí, fetiche, como dice la filosofía esa de los listos: le metes poderes mágicos a un cacharro, como si fuera un diosecillo que hace milagros, y olvidas que lo fabricó un abnegado obrero en una fábrica china. ¡Y míralos! Hay gente que no suelta la pantallita ni para ir al baño, ¡ni un minuto, que si no les da el tramafat!

Imagínate la escena romántica: una parejita en la oxidada banca de un oscuro jardín, y en vez de arrumacos, base por altura con el móvil cada uno. “¡Cariño, mira este meme!” “¡No, amor, espera a ver mi Tiktok!” Adiós al romanticismo, adiós a los besos con sabor a humanidad, todo por las “novedades” que les suelta la cajita idiota esa. ¡Sí hay un accidente en la calle! En lugar de ayudar al pobre desgraciado, ¡zas! Sacan el Pro de última generación, con sus tres cámaras de la NASA, y a grabar en 4K como si fueran Scorsese. ¡Hazte pa’ allá, que subo el vídeo y me hago viral!

Y los conciertos, ni te cuento. Están ahí plantados, pero en vez de disfrutar con la música en vivo, ¡a foto y vídeo! La gracia no es vivirlo, es lo que pasa después: likes a cántaros en las redes, ese subidón digital que te hace sentir el rey del mambo. ¡Pobre alma, que se pierde el momentazo real por un puñadito de corazoncitos virtuales!

En este baile loco con el celular, hemos perdido el sentido humano más puro, ese que se llama presencia. El teléfono móvil nos roba el alma gota a gota, convirtiéndonos en zombis con thumbs up, desconectados del aquí y el ahora. ¿Cuándo volveremos a mirarnos a los ojos sin una pantalla de por medio? Porque al final, la vida no es un post, es un abrazo que no se le da me gusta, que se debe sentir a gusto.

jueves, 12 de febrero de 2026

Crónica de una escuela con raíces profundas.



Dedicado al pedagogo, ¡ese kamikaze que entra al aula sabiendo que hoy alguien le va a lanzar una ráfaga verbal!

Cada mañana de principios de la década de los noventas, sí, los años del Grunge con sus guitarrazos a lo Cobain, ahí me tenían, llegando a la Facultad de Pedagogía con mi pantalón roto, zapatos de charol, playera de The Cure y una camisa de franela amarrada donde una vez estuvo la cintura. Con el respeto que merece, intentaré, a través de mis escasas condiciones de escritor, rendirle un homenaje por sus 41 añazos a mi entrañable escuela. ¡41 primaveras, que no es de cuéntamelos en un ratito! Pues cada generación que ha egresado de tan ínclita institución, ahí dejó parte de los mejores momentos de la vida.

Lejos del perfil de esa carrera que yo cursé en los noventa, cuando las bibliotecas eran el neceser obligatorio para nuestras neuronas sedientas -¡entrar ahí era como conectar el celular en el cargador después de un finde de batería baja!-. Sus profesoras y profesores nos daban libertad condicional al talento; gracias a ello revivimos la revista Vida Pedagógica, donde escribían estudiantes y docentes, llegando a tres números. Algunos contribuimos en la edición de Los Cuadernos Pedagógicos Universitarios, que la memoria miope no me permite vislumbrar si fueron 8 o 10 los publicados. Conocimos a verdaderos rockstars de la pedagogía como Pablo Latapí, Sylvia Schmelkes, Ángel Díaz Barriga y Juan Carlos Geneyro.

En aquellos años, los trabajos escolares los entregábamos impresos en papel; ¡sí, lamentablemente en esa época contribuíamos a la deforestación como si fuéramos Paul Bunyan, nada más que con apuntes! Nueve semestres nos chutamos, con sus desveladas, macheteando a los grandes pedagogos, explorando en las desamuebladas de nuestras cabezas esas ideas que hicieran clic para la tesis, por cierto, un semestre de más que los estudiantes actuales, que resuelven su licenciatura en ocho como si se tratase de un Mactrío de McDonald’s. Las paredes de Pedagogía fueron un segundo hogar para quien firma esto, pues, como los gatos callejeros en el tejado, volvía a casa solo pa’ roncar… ¡Y mira que las sillas de la facu eran bien cómodas!

En la vida, como en la Facultad de Pedagogía, las raíces profundas de 41 años nos enseñan que el verdadero saber no se mide en semestres, sino en las anécdotas que te hacen volver a casa… aunque sea solo para soñar con el Diccionario de las Ciencias de la Educación fotocopiado.

jueves, 5 de febrero de 2026

El lunes que fue martes.


¡Ay, amigos, este martes post-fin de semana etílico ha sido como despertar en una cruda cruel! Imagínate: son las 6:45 de la mañana, y el tráfico ya es un kamikaze total, un circo de locos al volante. Claxon por todos lados, pitando a los zombis clavados en el celular, que van como si estuvieran en un capítulo de
 The Walking Dead, pero con filtro de Instagram. ¡Muévete, que no es un paso de cebra, es una autopista!, grita uno. Y los camiones urbanos, ¡uf!, sardineros humanos: pasajes papaloteando en las puertas como banderas en huracán, con mochilas volando y el chófer berreando “¡Recórranse pa’ trasssss, que aquí no cabe ni un alfiler y atrás hay lugares para-dos!”. Yo me imagino al pobre diablo del último en subir, colgando de la puerta como un koala desesperado, pensando “esto es peor que una montaña rusa en forma de solitaria”.

Mientras tanto, las y los alumnos llegan a la escuela como si les hubieran dado un shot de Red Bull mezclado con siesta eterna: ojos rojos, pelo de espantapájaros y el cerebro aún en modo “fiesta del sábado”. “Profe, ¿qué es una clase?”, preguntan con cara de “acabo de ver un OVNI”. Y el profesorado… ¡Ah, los profesores! Los que ayer se pusieron las pilas y organizaron sus útiles de la chamba van más frescos que una lechuga en refri de lujo: con powerpoints relucientes, café en mano y una sonrisa de “hoy conquisto el mundo”. Pero los otros, ¡ay, los otros!, los que hace apenas 40 minutos se acordaron de que hay clases, van revolviendo el desván de las ideas como si fuera un cajón de calcetines disparejos. ¡Eureka! Hoy les enseño matemáticas con chistes de gatos… ¿O era historia con memes de perros? ¡Qué más da, improvisemos que para eso estamos!

Total, que el día arranca con más drama que La Rosa de Guadalupe: sudores, prisas y un olor a café quemado que impregna el aire. Pero oye, en medio de este desmadre matutino, reflexionemos un segundo: la vida escolar es como ese tráfico loco, caótica y llena de imprevistos, pero al final, con un poco de organización (o un milagro), todos llegamos a puerto. Nos recuerda que no hay que ser perfecto para empezar el día; basta con levantarse, reírse del lío y a echarle ganas. Porque si no, ¿qué gracia tiene? ¡Deja de preocuparte por ese martes que parecía lunes, que el fin de semana ya pasó! Recuerda que la próxima, sí inicia en lunes.

jueves, 29 de enero de 2026

Profes del siglo XXI.


¡Oye, ejercer la docencia es una acción… EXTREMA! ¿Eh? ¡Extrema, como saltar en paracaídas sin paracaídas! Porque, mira, cuando los jóvenes están de vacaciones, tú piensas: “¡Por fin, playa, cervecita!”, ¿no? ¡Pues no! Te mandan a cursos para que te quiten lo testarudo… ¡Lo testarudo! A que aprendas a no tenerle miedo a la IA, que ya nos tiene acomplejados… Y lo peor, ¡lo peor de lo peor!, a perder el pánico de que tus alumnos te rebasen manejándola. ¡Imagínate! Tú, que con el celular solo llamas a tu madre, y mientras el chamaco de 15 años te clona el alma con ChatGPT, y tú: ¡Perdón, joven! ¡Qué terror!

Y después de los cursos, cuando dices: “¡Ya está, mis clases ahora son Cátedra Magíster, es tiempo de sofá, Netflix y palomitas!”, ¡zas! Te cae encima planear los cursos… ¡No uno, eh! ¡Varios! Y no tú solo, no, ¡de forma colegiada! Ponerse de acuerdo con 20 profes es como subir al último piso de la Torre de Babel… ¡Pero con el ascensor descompuesto y todos gritando en lenguas muertas! “¡No, el contenido programático así no va!”, “¡No, transversal!”, “¡IA sí, IA no!”. ¡Caos total! Es como cuando de niño jugabas al teléfono descompuesto y los últimos de la fila en recibir el mensaje lo tergiversaban completamente.

Y al final, ¿qué tienes en casa? Pos una torre de papel de tanto borrador, montañas de folios… Sin que Mahoma, vaya a ellas. Porque los profes, ¡seguimos siendo analógicos! ¡Papelitos everywhere! ¿Digital? ¡Eso es para los jóvenes, que nosotros con el bolígrafo y el corrector, como Dios manda! ¡Santa Cachucha, ser profe del siglo XXI es una aventura… EXTREMA!

jueves, 22 de enero de 2026

Lentes detrás de los ojos.



¿Han visto a Charly García, el rey del rock argentino, con esos lentes que no se pone en los ojos como Dios manda, sino que se los mete debajo, como si fueran a tapar las ojeras de una cruda eterna? ¡Santa Cachucha, aquí estoy de nuevo escribiendo textos que a nadie le importan, y se lo voy a soltar sin filtro, que en este periódico no hay censura ni tonterías! Esa imagen icónica sale disparada de “Cinema Verité”, de Serú Girán, uno de los grupos a los que perteneció este genio de la música en 1981, donde dice “Anteojos negros de carey… No ve y yo puedo observar tranquilo”, ¡y no me salgan con que es poesía fina, que es puro desconsuelo, como si el tipo se hubiera bebido la tristeza entera y los cristales se le resbalasen por la cara de tanto llorar!

Imagínense los lentes no por fuera como cualquier ordinario individuo, que protege la mirada del mundo cruel, ¡no! Detrás de los ojos, colgando como bolsas de supermercado llenas de dramas, simbolizando esa vulnerabilidad que te deja desnudo de emociones. Es el aislamiento total, el observador pasivo que mira el dolor propio o ajeno desde un rincón oscuro, con la noche bajando el telón como si Dios dijera “¡Se acabó el show, hipócritas!”. Ojeras profundas, mirada derrotada, el peso de la vida deslizando todo hacia abajo… ¡Es Charly diciéndonos “estoy jodido, pero con estilo”!

Ahora visualiza a la abuela después de ver las noticias, con el Mundo en crisis. Toma sus gafas de leer y las desliza detrás de los ojos, como si el peso de la tristeza las hubiera empujado. Vive sola, tiene 5 días sin recibir ninguna visita, solo el pinche celular que suena una vez al día, para escuchar que le preguntan cómo está e inmediatamente cuelgan. Representa al observador pasivo, aislado en su sillón, viendo el dolor ajeno sin poder hacer nada y menos el de ella, con el telón de la noche bajando lento. ¡Qué imagen, eh, pa’ ponerte a reflexionar con un café!

Piensen en una persona que se divorcia, ¿listos? Llega a casa, se quita los lentes de sol de la cabeza y ¡zas!, se los coloca detrás de los ojos para esconder las lágrimas que no paran. No tapa la mirada, ¡la expone! Está frente al televisor sin encender; prefiere ver la programación de sus recuerdos, como Charly en su caos personal; es el desconsuelo puro. “Mira mis ojeras, Mundo, que me has dado hasta nadar en el fango del orgullo, de recordarme que no aprendí a ser tolerante y aquí estoy, vulnerable como un chamaco perdido en la noche solitaria”.

O el pobre sujeto que odia su chamba, llega al bar a las 3 de la mañana, con los lentes de pasta resbalando detrás de los ojos rojizos e hinchados de insomnio; lleva 3 días saliendo a esa hora con tal de sacar los pendientes; su esposa ha estado molesta, pues han pasado dos fines de semana sin salir. Utiliza lentes oscuros no para evitar ser encandilado, ¡es para ocultar el vacío! Representa ese aislamiento del que observa su propia situación sin poder hacer nada, con la noche cerrándose como una cortina negra sobre sueños rotos; es desconsuelo puro. “Mira mi cartera vacía, mi familia en el olvido, que la vida me ha dado un low cost emocional y aquí estoy, solo con mi noche cerrada”… Deseando que no amanezca nunca. ¡Charly lo hizo, el cabrón!

Al final, amigos, esos lentes detrás de los ojos son el grito mudo de la derrota emocional: no esconden nada, lo muestran todo crudo y sin maquillaje. Charly nos pinta la vulnerabilidad del solitario que ya no ilusiona, solo sobrevive en su propio cinematógrafo vérité de inmundicia. ¡Y si no lo captas, vuelve a leerlo con un mezcal en la mano, que igual se te resbalan tus lentes algo por detrás de los ojos!

jueves, 15 de enero de 2026

¡Feliz año, aunque sea en septiembre!


¡Qué tal, estamos en 2026, empezando el año nuevo con más prisa que un caracol practicando taichí! Los gimnasios ya se han hecho del dineral con esa tropa de héroes que paga la cuota, va un ratito el día 2, posa para la foto en el espejo… ¡Y zas! ¡Ya se creen el Terminator fitness! “¡Soy totalmente fitness, gueeee!”, otros gritan: ¡Mira, ya tengo abdominales de acero!, mientras se comen la pizza con refresco light en el sofá del gym.

Los nacimientos y luces navideñas, ay, pobres, regresan a sus cajones polvorientos, y los más trajinados, directos a la bolsa de la basura. Como esa corona de flor de Nochebuena que era un fuego rojo y ahora parece un bizcocho quemado, toda sepia y descolorida, ¡vaya drama, parece que ha pasado por la lavadora en ciclo intensivo!

Por cierto, yo lo vengo diciendo desde siempre: el “¡feliz año!” no es exclusivo de la medianoche, ¡es cada vez que te cruzas por primera vez con un conocido en este 2026! Así sea en septiembre, continuemos repartiendo buena vibra, sin prisas ni hipocresías.

¡Por el amor de Dios, dejen ya de suplicarle al 2026 que los sorprenda! ¿No tuvimos bastante con esa alarma sísmica del 2 de enero, que nos dejó bailando salsa de nervios sin música? ¡Si el año nuevo ya nos ha dado un meneo de bienvenida, ahora a trabajar con tal de que no nos sorprenda la cuesta de enero!

En tan pocos días, este año nos ha enseñado que la vida es como un gimnasio: pagas, sudas un poco unas cuantas horas y esperas milagros… pero si no vuelves, acabas como la flor de Nochebuena sepia, olvidada en la basura. ¡Así que ponte abusado, no le pidas sorpresas al calendario, y si timbra la alarma sísmica otra vez, espabílate en vez de asustarte! ¿Quién dijo que los años nuevos no venían con ritmo?