jueves, 24 de septiembre de 2026

La realidad birlada por encuadres.



La disminución de la capacidad visual del bonaerense universal Jorge Luis Borges comenzó desde su juventud, marcada por problemas hereditarios como la miopía degenerativa y los antecedentes familiares. Cuando fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina, tomó la decisión de leer todos los ejemplares que ahí se conservaban, consciente de que estaba a punto de perder el universo de las imágenes. Entonces, en lugar de resignarse, decidió inventar un género literario de sí mismo.

Borges creó un universo onírico inteligente, mientras que las generaciones del siglo XXI, con sus teléfonos celulares, intentan captar momentos en los que dejan de ver la vida por sus propios ojos, viviendo de encuadres: miran la realidad como si fuese a través de una cerradura, entonces, lo que no se alcanza a ver mediante ese hueco se ignora o se da por inexistente, lo que genera errores de juicio o análisis incompletos. Eligen qué observar, excluyendo tal vez otras cosas interesantes, capturan una pequeña porción de la totalidad de los hechos, con el fin de cosechar la aprobación de otros, en sus redes sociales.

¿Qué mirar? ¿Cómo mirar? ¿Dónde mirar? Ese accidente o incidente captado puede durar apenas treinta segundos, pero se repite infinitamente según el deseo del espectador. No hay forma de evitarlo ni de salvar a los implicados: solo queda ser testigo, sentado en una oxidada banca del jardín, mostrando a la pareja —con la que ya no se habla ni se acaricia— lo que otros captaron, mientras las horas se consumen.

Ese alumno, distraído por las imágenes que recibe de sus redes sociales, pierde la atención hasta el punto de considerar tediosas las diapositivas que su profesor de Literatura Mexicana proyecta. Entonces regresa a mi memoria miope un fragmento del poema Historia de la noche (1977): “Y pensar que no existiría sin esos tenues instrumentos, los ojos”.

¡Qué razón tienes, Jorge Luis Borges!

jueves, 17 de septiembre de 2026

Honesty.


Ayer, 16 de septiembre, me dio por poner en el reproductor el disco 52nd Street de Billy Joel. ¡El genial Billy, que ya tiene más años que la campana de Dolores, sonaba mejor que nunca! Y justo cuando empieza Honesty, me entra la vergüenza, “Qué difícil es ser sincero”… Y yo pensando: “Pues sí, Billy, aquí en México la sinceridad dura lo que un taco al pastor en la mesa”.

Porque claro, estas fechas son de ponerse bien mexicano, aunque sea por quince días. En la primaria nos decían: “El cura Hidalgo repicó las campanas en la noche del 15 de septiembre”. Y uno se lo creía, hasta que llega el iconoclasta profesor de historia en la prepa, con su cara de “yo sé más que Wikipedia”, y suelta: “No, chamacos, el 15 de septiembre lo que se celebraba era el cumpleaños de Porfirio Díaz”. ¡Anda, vete pa’ atrás! O sea, que en la medianoche del pachangón al estilo francés del fête d’anniversaire del presidente, por una casualidad del destino, el grito de independencia coincidía gracias a las manecillas del reloj.

Imagínense la escena, Don Porfirio, presidente de México desde 1876 hasta 1911, echando la casa por la ventana cada 15 de septiembre. Y en plena fiesta, un amigo ricachón les trae a unos campesinos músicos de bodas, fiestas parroquiales y bautizos para cantarle Las Mañanitas. El hombre, encantado, pregunta: “¿Cómo se llaman ustedes?”. Y el otro, con acento provinciano: “Mariaitzi”. Y Porfirio: “Oye, ¡qué bien tocan tus mariachis!”. ¡Y zas!, bautizo oficial.

Luego ya vino el cine a ponerles sombrero de charro y mostacho tipo brocha, con Jorge Negrete cantando como si se hubiera empinado una botella de tequila entera, y la China Poblana de su amada Gloria Marín al lado para completar el cuadro. Mientras tanto, Billy Joel seguía cantando: “But if you look for truthfulness, you might just as well be blind; it always seems to be so hard to give” y yo pensando, Billy, vente acá en septiembre y verás lo que es la verdad a medias.

jueves, 10 de septiembre de 2026

La evolución de nuestra autoestima digital.



¿Recuerdan lo del 2007? Aquello fue el apocalipsis de la autoestima. Burger King y Los Simpson se juntaron para decirnos: “Oye, tú también puedes ser amarillo, tener 4 dedos y vivir en Springfield”. Y todos, como lemmings con conexión a internet, corrimos a Simpsonízame —o Simpsonízate, si eras de los que leía los créditos de las películas—. Subías tu foto del Messenger, esa en la que salías con el pelo engomado y una camiseta de manga larga en pleno agosto, y el algoritmo te devolvía una versión caricaturesca al estilo Matt Groening que, sinceramente, era más atractiva que tú en la vida real, y todo orgulloso la ponías en el Messenger o el Myspace.

Luego llegó WhatsApp y dijimos: “Por fin, identidad digital”. Pero claro, ¿quién iba a poner un avatar que se pareciera a uno? Si quien firma lo que escribe pesa más de noventa kilos y tiene más entradas que un cine recién inaugurado en Colima, ¿iba a elegir un calvo con barriga? ¡Ni madres! Así que terminé con un muñequito que parecía a mi primo el guapo, ese que nunca existió.

Con el arribo de la IA, algunas instituciones educativas recomendaban a sus estudiantes: “No utilicen tanto ChatGPT para las tareas escolares, que se les va a desconchinflar el cerebro”, y para ridículo de esos centros educativos, sus empleados y hasta profesores fueron los primeros que subieron sus fotos convertidas en personajes de Miyazaki. Es para fines pedagógicos, dicen, mientras el director del centro tiene de perfil un dibujo animado con ojos del tamaño de platos.

Pero lo que ya es el colmo es este trend de los 80. Mira cómo quedarías con hombreras tipo Mazinger Z, laca y un peinado que desafía la gravedad como el de René Casados en XE-TU. Y lo peor no es que lo hagan los adolescentes, ¡es que lo hacemos los de mi generación! Personas entre los 40 y 50 años subiendo fotos con más volumen en el pelo que en la cuenta corriente. Por favor, dejen eso para la chamacada. Nosotros lo que tenemos que subir es la foto de secundaria, esa en la que el acné te hacía parecer un mapa topográfico y la vida olía a hormona y a desodorante barato. Esa es la verdadera estética de los 80: sufrimiento y confusión; ¡en fin, así es la evolución de nuestra autoestima digital!

jueves, 3 de septiembre de 2026

Crónica de un regreso anunciado.



A las 6:10 de la mañana, el fresco del amanecer todavía fingía que venía a ayudarnos. El cielo estaba naranja, como si alguien hubiera dejado encendida una lámpara gigante detrás de los cerros. Era el lunes 31 de agosto y, según los conocimientos meteorológicos heredados de mi abuela materna —que no tenía estudios sobre el clima, pero sí una autoridad incuestionable para anunciar desgracias—, ese día debido lo anaranjado del cielo el calor nos iba a freír al mediodía.

Tomé la avenida Felipe Sevilla y me encontré con el tráfico kamikaze provocado por miles estudiantes y docentes que se dirigían a inundar las aulas con la ilusión de un nuevo ciclo escolar. La ilusión, por supuesto, avanzaba a vuelta de rueda, rodeada de cláxones y personas que ya habían perdido la paciencia antes de llegar a la escuela.

Las y los estudiantes estrenaban mochilas portentosas, calzado nuevo de reconocidas marcas comerciales y esa expresión de quien todavía cree que el año escolar puede salir bien. Algunos profesores, en cambio, vestían sus prendas anacrónicas y marchitas de siempre. Eso sí: todos iban perfectamente perfumados. Porque una cosa es repetir ropa y otra muy distinta repetir olor. En realidad, todos éramos los mismos, envueltos en novedad. Una frase bastante profunda, posiblemente de Miguel Bosé, para no variar.

Los cláxones sonaban a todo volumen. El peatón no era una persona: era un obstáculo que había que librar. Las manecillas del reloj avanzaban con una crueldad administrativa y, en algún momento, la sístole le pidió a la diástole echarse un cha-cha en aquella pista de baile llamada aorta.

Entonces ocurrió lo inevitable: empecé a secretar un líquido salado compuesto principalmente por agua y pequeñas cantidades de sales minerales, producido por las glándulas sudoríparas del cuerpo o, dicho de manera menos científica: ¡híjole, manito, ya se te está haciendo tarde!

A mi alrededor, varios conductores permanecían clavados al celular. No avanzaban cuando se encendía la luz verde porque estaban ocupadísimos revisando las últimas novedades de WhatsApp. La luz ámbar del semáforo se convirtió en una cuenta regresiva: 3, 2, 1… rojo. Y, zas, alguien se lo pasó con ese disimulo que consiste en mirar al frente como si uno no acabara de cometer una infracción.

Por fin llegué a la escuela. Y ahí descubrí la gran verdad del regreso a clases: ese día no tenía nada de novedoso. Era la misma monotonía de siempre: ingresar a un aula para impartir clases o recibirlas, dentro de un sistema basado en la educación obligatoria, los grupos divididos por edades, los horarios estrictos, los timbres, los exámenes estandarizados y las materias fragmentadas. Un modelo que existe desde finales del siglo XVIII y principios del XIX. Es decir, llevamos más de doscientos años entrando a salones a la misma hora, sentándonos por edades y esperando que un reloj nos indique cuándo podemos volver a ser seres ordinarios.

jueves, 27 de agosto de 2026

Cómo perder aura en un segundo.



La semana pasada escribí sobre esas palabritas domingueras que nos echamos los adultos para quedar como señores de alto nivel intelectual… ¡Pues tómala, que esta vez me ha tocado en suerte ver y oír un término de esos que acuña la raza joven, como el YOLO, que viene del You Only Live Once, o sea, “solo vives una vez”, que se puso de moda allá por 2011, después de que el rapero Drake lo soltara en The Motto… ¡Qué cosas!

El viernes, además de ver vídeos y un montón de memes, me topé con eso de “farmear auras”… ¡Farmear! Que viene del inglés farm —cultivar, como quien dice—. Dicen que su origen es gamer, claro, porque en algunos videojuegos le llaman así a repetir tareas para acumular poder o recursos, atrapar objetos, dinero o experiencia… ¡Como cuando repito el café tres veces con el fin de despertarme en la chamba!

Pero en el habla común y en redes, se usa como “farmear aura” para describir acciones o poses con las que alguien intenta verse seguro, carismático o cool… ¡Vaya, cuento! Y en el multiverso de internet, lo consideran una suma, pero de “puntos de aura” imaginarios, mediante actitudes atractivas, gestos con estilo o momentos imponentes… ¡Algo así como entrar en un lujoso restaurante y pedir un platillo sin mirar los precios del menú! Es cuando un acierto te aumenta el aura, mientras que un tropiezo o papelón te hace perder miles de puntos… ¡Ahí es donde hay un ganador y un perdedor, como en la vida!

Y ahora viene una mixtura —nótese la palabrita dominguera que me acabo de echar— entre el Street Fighter y la Batalla de Pasarela de Zoolander; sí, el genial Ben Stiller ya había inventado algo semejante en el 2001, en donde las y los jóvenes organizan duelos en plazas pa’ demostrar presencia mediante poses, caminatas o bailes… ¡Miren hasta dónde hemos llegado! El público decide al ganador con aplausos y gritos según quién mantenga mejor el estilo… ¡Es como ponerse de carquis y mirarte al espejo, pero con público y que ellos te aprueben los trapos!

Al final, que la juventud farmee aura, haga poses, baile en una plaza o convierta cualquier tropiezo en una batalla de estilo es perfectamente tolerable: cada generación inventa sus propios rituales para pertenecer, divertirse y sentirse protagonista. Antes bastaba con llevar los pantalones rotos, escuchar música a todo volumen o decir “¡qué onda, ca…!”; hoy se acumulan puntos de aura y se libran combates de pasarela. Cambian las palabras, pero la necesidad de destacar sigue siendo la misma.

Lo verdaderamente preocupante no es que los jóvenes lo hagan, sino que un adulto se esfuerce demasiado por demostrar que está “a la vanguardia”. Porque una cosa es entender a las nuevas generaciones y otra muy distinta es querer competir con ellas como si la juventud fuera una membresía que se renueva bailando en TikTok. Ahí ya no estamos ante un adulto actualizado, sino ante un adolescente de 40 años: alguien que no acepta su edad con dignidad, que persigue las modas con la misma desesperación con la que uno persigue el camión cuando ya cerró la puerta. Antes de concluir… aprendemos a dejar que los jóvenes acumulen su aura sin que uno se meta a perder la poca que le queda, escribiendo textos como este que acaban de leer.

jueves, 20 de agosto de 2026

Cuando el lenguaje se pone la corbata.




Hace unos días, yo —un tipo que la verdad no me encuentro pa´ tanto, sin pretensiones, de esos que se comen la “d” al hablar y van por la vida con una cara de mascota recién comprada—, acudí como expositor a un evento. No les voy a decir el tema, porque si lo suelto, me quedo como el listo de la clase y yo no soy de esos, ¿eh?

Antes de empezar, esperando a que Khronos —el de los relojes, no el del negocio— fuera complaciente con el que firma lo que escribe, escuché a unos colegas repartirse las temáticas que iban a asesorar. Y ahí va la primera chacota: ufanos, como pavos reales, diciendo en cuál se consideraban expertos. ¡Expertos! ¡Por favor! Desde mi punto de vista, que ya tiene unos cuantos ayeres —como diría la abuela Ramona—, considerarte experto en algo es demasiado pretencioso. ¡Pero demasiado! Es más, ni experto en hervir la leche fui, porque siempre se me derramaba. ¡Siempre!

Luego, ya en la exposición, uno de los asistentes pregunta por la “expertise”. Bueno, yo escuché “expertis”, pero imagino que se refería a la pericia, experiencia o conocimiento especializado que una persona tiene en un área concreta gracias al estudio, la práctica o el entrenamiento —gracias a El Rincón del Vago, por este dato—. ¡Y de pronto dije: “Wow, qué apantallador se escuchó este colega”!

Y es que eso es lo rico de nuestro lenguaje: que acuña palabras domingueras —esas frases rebuscadas, oscuras, que la Academia Mexicana de la Lengua define como expresiones pedantes y poco usuales— para impresionar a quien lo escucha. ¡Como si decir expertise te convirtiera en Einstein!

Aquí viene el monólogo interno, de esos que te motivan a echarte un mambo mental, con el piquito en los labios y la mirada de quien ha vivido unas cuantas: la obsesión por etiquetarnos como “expertos” es un síntoma de una sociedad que confunde el conocimiento con el estatus.

En un Mundo hiperconectado, donde cualquiera puede googlear u obtener de la IA un dato en tres segundos, la verdadera sabiduría no está en acumular títulos o palabrería rimbombante, sino en reconocer los límites del propio saber.

La humildad intelectual —esa capacidad de admitir que no se es experto en todas las materias del mercado debería ser algo que dominemos del todo— es el antídoto contra la pedantería de las palabras domingueras. Porque, al final del día, el conocimiento verdadero no necesita adornos lingüísticos para brillar. La autenticidad, la naturalidad y la capacidad de reírse de las propias meteduras de pata son las que construyen un saber con sentido humano, como este texto al que quise ponerle la corbata.

jueves, 13 de agosto de 2026

Lenguaje sin ofensas.


En los últimos cursos que he dado, me topo con situaciones que parecen sacadas de una peli de ciencia ficción de cuando era chavo. Resulta que ahora hay que pasar por un filtro de “lenguaje correcto” los contenidos programáticos, muchos de ellos con varios siglos encima, para que suenen políticamente correctos y no le incomoden a nadie. Ya no se vale decir las cosas como fueron, ni contar los datos históricos o los postulados tal cual surgieron, porque a lo mejor alguien se ofende. Y lo más chistoso es que la mayoría de esas teorías son más viejas que Matusalén: las hicieron en tiempos donde la tinta masculina era quien las escribía y las costumbres, así como los hábitos, eran de otra galaxia.

Pero lo mejor viene cuando tienes enfrente a estudiantes que crecieron en un Mundo que ni yo entiendo. Yo, que ya soy de otra época, siento que hablo en otro idioma; ellos se ríen y hasta se asombran porque lo que para mí era pan de cada día, para ellos es un “¿qué dices, profe?”. Así que uno ahí va, tratando de poner orden en un despapaye que cambia a diario, con un lenguaje que parece que se actualiza cada 5 minutos. ¿Cómo le harán los de psicología para explicar la teoría de la selección sexual de las conductas? ¿O los de Biología, para que no los acusen de racismo científico del siglo XIX y principios del XX cuando hablan del determinismo biológico en la inteligencia?

La verdad, me queda clarísimo que todos queremos que nadie se sienta excluido, que cada quien tenga su espacio y lo respeten. Pero a veces se me hace un rollo que, apenas armas una oración en clase, tengas que pasar por el “comité político-lingüístico”, con lupa y sello de “aprobado” o “rechazado”, para validar teorías que se hicieron en otros tiempos y, lo peor, no expresan mi opinión ni me representan como algunos estudiantes a veces llegan a pensar.

Lo bueno es que he aprendido que el lenguaje no es solo para hablar, sino para entender mejor al prójimo, para abrir la mente y para construir respeto. Eso, sí que nunca pasa de moda.

jueves, 6 de agosto de 2026

Hacer por hacer.



En 1995, Miguel Bosé, con tal de evidenciar su llegada a la firma discográfica Warner Music, editó un disco de éxitos, donde incluía como novedad una canción de nombre «Hacer por hacer», cuya letra iba: “No sé si hacer o más bien deshacer. Hacerlo mal o hacerlo bien, hacer por hacer, solo pa’ deshacer lo que nunca sé hacer”. Esta cancioncilla viene a la memoria miope cada vez que se aproxima el inicio de un ciclo escolar, y se nos propone hacer un “Proyecto Transversal” —sí, así entre comillas—. Es que, si bien nos va, a veces se generan propuestas metodológicas sensatas, pero a la vez riesgosas si se ejecutan con mediocridad. Luego viene esa tarea de tratar de unir todas las asignaturas de un plan de estudios bajo el cobijo del ejercicio de la docencia, sobre el papel, una decisión audaz.

Ustedes saben que nuestra población estudiantil oscila entre los 15 y 17 años, jóvenes hiperconectados, «nativos digitales» que arrastran problemas que van mucho más allá de una simple calificación y, cabe aclarar, que la reprobación no es el origen, sino el síntoma de una fractura socioemocional; ahí es donde la Nueva Escuela Mexicana tiene toda la razón, y donde quienes ejercemos la docencia estamos operando como un escudo de contención.

Porque cuando intentamos meter en una licuadora la tabla periódica, escritores universales, ecuaciones de primer y segundo grado con una necesidad social o socioemocional, a pesar de sonar idílico, es pertinente, académico y pedagógico. Lo patético es navegar a ciegas, intentando cruzar la línea entre un proyecto interdisciplinario y un festival escolar caótico de fin de cursos, pues es extremadamente delgada, que termina olvidando los aprendizajes que se buscaron fomentar por un like a la foto de los chamacos disfrazados o bailando.

Creo que un “proyecto transversal” exige rigor científico que no se diluya en el entretenimiento barato. No me interesa ver a jóvenes «entusiasmados» unas cuantas horas si al final del curso no entendieron cómo la ciencia moldeó la soberanía o el desarrollo industrial de este país. El uso de la tecnología debe ser académico y no de ocio. No queremos adolescentes haciendo TikToks vacíos; queremos pensamiento crítico aplicado.

La transversalidad no es una moda o que la comunidad se entere de lo que sus docentes hacen; la transversalidad es la única forma de rescatar a una generación que se aburre soberanamente con la educación unidimensional de pintarrón y plumones.

jueves, 30 de julio de 2026

La tragicomedia del fucho.



Infantino, que ya se cree más emprendedor que Elon Musk en quincena, está planeando vender el Mundial a un fondo de inversión… ¡Liderado por él mismo! O sea, el tipo se va a vender el Mundial a sí mismo, se lo va a comprar, se lo va a financiar, y si lo descuidas, hasta se lo va a narrar en vivo. Todo a través de una filial que va a captar inversores para las próximas copas del Mundo. Vamos, que al paso que sigue, la próxima copa de fucho se va a jugar en una bolsa de valores.

Y claro, como el pasado campeonato mundial les salió “tan bien”, pues van por más. Tres sedes, que aquello parecía más tour que torneo: un partido en un país, otro en otro, y el otro en donde les dio la gana. Pausas de hidratación cada 22 minutos, que uno ya no sabía si estaba viendo futbol o un telemaratón de comerciales: las marcas vendiéndonos sus porquerías mientras los jugadores aprovechaban para checar el TikTok. Licencias de proyección pública y comercial, que en cristiano quiere decir: “Ni se te ocurra sacar la tele en el changarro, porque te cae el cobrador de derechos más rápido que el VAR”.

La gente sencilla, ordinaria y vulgar, como quien firma lo que escribe y como cualquiera que ve el futbol con tortilla en mano rellena de guacamole, nos conformábamos con los partidos de la televisión pública: 32 de 104. Los otros 72 estaban secuestrados en plataformas que uno ni sabe si son canales de deportes o de tienda de compras en línea. Y con esa repartidera, regresó con todo el monstruo de la xenofobia, el kraken de la violencia y la medusa de la gentrificación, ¿dónde están El Santo y Blue Demon? Eso sí, el abuso en la venta de productos mundialistas estuvo de campeonato: ¡ya ni la hacen! Una camiseta de la selección que antes la encontrabas en el tianguis a 250 pesos, ahora ahí mismo te la querían atorar en 800. El mismo diseño, la misma tela, el mismo sudor… lo único nuevo era el sablazo. ¡Óigale, a ver, acérquese, mire, compruebe de a doscientos cincuenta a ochocientos pesitos!

Y luego la Final, que aquello parecía más festival de música que partido de futbol. El país sede ignorado fue México, así, olímpicamente. En el espectáculo de medio tiempo —que era como un remedo de clausura, un remix raro entre Super Bowl y festival escolar— Canadá tuvo a Justin Bieber, Estados Unidos a Madonna, que ya daba la apariencia de ser la telonera de los BTS, y México… ¿A quién creen que le tocó? ¿A Juan Gabriel, que prometieron regresaría en Avengers: Doomsday? ¿Al Tri de Lora con El Chavo del 8 de invitado? No, hombre: ¡The Muppets!

Que de repente ves al estadio entero, luces, fuegos artificiales, y en medio del show… ¡La Rana René! Que sale con su chalequito, su micrófono, yo de pronto imaginé que cantaba el Cielito Lindo. René, hermano, ya eres mexicano: nomás te falta tu credencial con fotografía y que te regateen una gordita de chicharrón en el mercado.

https://orcid.org/0009-0008-1179-5327

jueves, 2 de julio de 2026

Empatía: más allá de la rúbrica.


Mira, yo siempre digo que la vida es un poco como esos paraguas chafas que venden en los negocios de a 10 pesos la pieza: cuando más lo necesitas, se te da la vuelta y te deja descubierto. Y con razón dijo Goethe —que ese hombre no era tonto— que “saberse amado da más fuerza que saberse fuerte”. Piénsalo: ¿qué es más poderoso, ir por la vida con el pecho hinchado y un “yo puedo con todo”, o ir con alguien que te sujete la mano cuando te estás viniendo abajo?

En mi barrio, cuando empieza a llover me pongo en tensión como si fuera a empezar un incendio. No por mí, que tampoco soy muy quisquilloso, sino por la ropa de los vecinos. Hay gente que deja sus trusas “Chavita” en plan exhibición, como si el tendedero fuera una galería de arte contemporáneo, y cuando cae la lluvia parece un drama griego: calcetines empapados, sábanas hechas un trapo… Y yo me pregunto, ¿es eso empatía? Porque la empatía, en la escuela o en la vida, es eso: no dejar que la otra persona se moje sola. No es solo entender que llueve, es bajar la escalera y decir “oye, te meto la ropa” o, como mínimo, tocar el timbre.

En las escuelas la empatía era eso raro que luego se vuelve obligatorio en los programas, con su rúbrica y todo. Pero en la práctica es mucho más sencillo: es mirar al compañero que está callado y preguntarle “¿qué pasa?”, es no reírte cuando se equivoca en la exposición, es prestarle el bolígrafo, aunque luego no te lo devuelva nunca. Y sí, también es asunto de profes: yo a veces al final de cada ciclo escolar me quedo con la duda de si fui aprobado o no al fungir o fingir la profesión de la docencia. No es por nota; es por humanidad. Porque hay profes que vienen con cara de que la clase les debe un favor, y hay otros que te miran como quien te ve por primera vez y te dicen “vamos a intentarlo juntos”.

Y aquí viene… la situación incómoda, cuando un estudiante piensa entes de preguntarte algo, le voy a decir profesor en su cara y noleaunque que a sus espaldas le llamo por el apodo que le pusieron en el grupo. Una verdad inquietante es que en clase hay quien le pone mote al profe —”el Gárgamel”, “la Chimoltrufia”, etc.— y hay quien lo llama por su nombre, con esa mezcla de confianza y respeto. Llamarle por su nombre, en cambio, es reconocer que hay una persona detrás del pizarrón. Y en empatía, el nombre pesa: decir “maestra María, ¿me repite la pregunta?” suena distinto a “oye, maestra, ¿cómo dijiste?”. El nombre abre puertas, y, además, quienes estamos frente a grupo, nos agrada darnos cuenta que esos jóvenes con los que pasamos un semestre, mínimo saben cómo nos llamamos.

Al final, la empatía no es una clase teórica ni una consigna bonita en la pared. Es parar la lluvia del otro, aunque no te esté mojando a ti. Es meterse la ropa en el último minuto. Es aprobar al que te demuestra que aprendió tu asignatura, te llama por el nombre de pila en lugar del apodo. Porque saberse amado —o, por lo menos, saberse visto— da más fuerza que ponerse el chaleco antibalas del orgullo. Y eso no lo enseña ningún libro y menos quien firma lo que escribe; se aprende tendiendo una mano y, a veces, una camiseta, recuerda, nuestros estudiantes y colegas docentes son seres humanos y no son un objeto en nuestra jornada laboral.

jueves, 25 de junio de 2026

Educación pa´la libertad.


Para Paulo Freire, la educación es una cosa seria: no es repetir y ya, sino una práctica de libertad, o sea, una acción social para que uno se realice como persona. Yo lo entiendo así: tan libre como yo me deje… o como me dejen, que es distinto.

No soy de armar broncas, la neta. Tengo mucho respeto por la gente y no quiero ser “tan libre” como para andar fastidiando a los demás. Vivo en sociedad; soy tan libre como la sociedad y yo mismo lo permitimos. Es decir, no voy por la vida haciendo lo que se me antoja si con eso voy a joder a alguien.

¿Han visto a esos tipos que se creen libres y hablan a voz en cuello durante la película en el cine? ¡Pa’ qué! Esas personas deben pensar que el cine es como su sala: “¡Eh, chavos, pongan otra vez esa parte, que no la agarré!” No, gracias. Esa libertad no la quiero.

Y otra cosa: mención honorífica para las personas que acuden a sitios donde las aguarda una enorme fila. Llegan, ven que hay un titipuchal de gente antes que ellos y hacen como que no se enteran: —¿Qué hay que formarse? —No, guey. Nos juntamos todos los lunes aquí parados para ver el paisaje citadino. ¡Pásale, compa, bienvenido a la fila!

Esas actitudes me enseñan algo: la libertad tiene que llevar etiqueta y horario, ¿no? Libre sí, pero con educación y sin arruinarle la función a los demás.

jueves, 18 de junio de 2026

Consecuencialismo en la barbería de la vida.



Cuentan las y los historiadores que, en la tumba del cardenal Richelieu (Armand Jean du Plessis), hay un epitafio cuyo texto resume su controvertida y pragmática forma de actuar: Aquí yace un famoso cardenal que hizo más mal que bien: el bien que hizo, lo hizo mal; el mal que hizo, lo hizo bien. La persona que escribió el epitafio, tal vez fue de los afectados por sus políticas de Estado; una opinión distinta tendrá aquellos que se vieron beneficiados. A consecuencia de lo anterior, realizar un juicio moral sobre las acciones de cualquier persona son difusos pretextos para justificar privilegios y desigualdades.

El sabio y filósofo Bertrand Russell decía que los juicios morales no son falsos ni tampoco verdaderos, sino expresiones de nuestras emociones y deseos subjetivos, lo que significa que cada una de nuestras acciones, quienes las observan, dependiendo de sus estados de ánimo, es como las determinarán si son positivas o negativas. A ello Russell lo llamaba consecuencialismo, es decir, un acto es “correcto” si sus consecuencias esperadas promueven la felicidad y el bienestar general mejor que cualquier otra alternativa.

Quienes llegan a considerar a un actuar negativo, en realidad están expresando un sentimiento de desaprobación, que busca influir en la conducta de quien lo hizo, con tal de que su actuar vaya de acuerdo con sus intereses. Él proponía juzgar las acciones por sus resultados prácticos y su utilidad, no por el apego a reglas rígidas.

Entonces, mi apreciado y único lector, cuando alguien le critique o enjuicie sus acciones, recuérdele a ese individuo aquella antigua costumbre de los barberos, quienes enjuagaban ese vello grueso y largo que crece entre el mentón, mejillas, mandíbula y cuello de sus clientes con agua caliente para ablandarlo y así afeitarlo más fácilmente, y que quienes esperaban su turno sabían que las suyas serían las siguientes o como decía la abuela: “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”.

jueves, 4 de junio de 2026

El sábado equis que fue Día de El Maestro.



Existen infinidad de frases que a lo largo de la historia se le han ido atribuyendo a Buda. Desde niño, siempre me preguntaba: “¿Por qué hay un Buda gordo y uno flaco?”. Pues resulta que el primero es el monje Budai -que, por cierto, no es un dios-, a quien muchos consideran un símbolo de la buena suerte, de ahí la frase: “Sóbale la panza a Buda”, mientras que el Buda delgado pudiera ser alguna de las 28 personas que han ostentado el título de Buda a lo largo de la historia, y el más famoso de ellos fue Siddhartha Gautama, y es a este último a quien le cuelgan esas frases moralistas tan bonitas como la que voy a citar a continuación:

“Agradezcamos, porque si no aprendimos mucho hoy, al menos aprendimos un poco, y si no aprendimos un poco, al menos no nos enfermamos, y si nos enfermamos, al menos no morimos; así que todos debemos estar agradecidos”.

Tal frase viene a mi memoria miope debido a que este sábado, cuando descendía de la Ruta 10 para dirigir mis desgastadas suelas hacia el Bachillerato Semiescolarizado, en las bahías de ascenso/descenso sobre la avenida Universidad, estaba una estudiante de sexto semestre del Bachillerato 3. En cuanto me vio, después de saludarme, sacó una libreta forrada en color verde con adornos de flores de papel que me pidió le escribiera una dedicatoria, pues quería conservar las ideas de las y los profesores que le hicieron comprender la importancia de las asignaturas cursadas y, lo más importante, que las impartieran de forma amena.

Al escucharla, pensé: “¡Esas son palabras de mucho peso para una pulga docente como yo!”. Con el ojo blanco como el de Remi, empecé a escribir una loa sobre el actuar estudiantil de ella en la asignatura; terminada, le devuelvo su libreta y de corazón le doy las gracias por haberme considerado. Ese mismo día, al terminar las clases, ya retirado del aula, me alcanza una alumna que me entrega un sobre mientras dice que me hizo una carta de agradecimiento por los dos semestres que le impartí clases, en los cuales aprendió mucho y que le hice agradables las asignaturas, de nuevo me dejó sin palabras y un nudo en la garganta que dejó escapar un sonido gutural que se asemejaba a un agradecimiento que ni yo mismo comprendí.

Esa tarde fue especial, pues volví a creer que las y los estudiantes siguen confiando su aprendizaje en personas tan desconocidas que les intentan transmitir información de un recetario al que llaman programa de asignatura. Ese sábado equis fue para quien se atreve a firmar lo que escribe El Día de El Maestro.

jueves, 28 de mayo de 2026

De Peso Pluma al peso del miedo.


 

Dedicado a Daniel Muñoz Martínez, por su inspirador cómic.

Esta es la historia de Cris, un chamaco que nació en una zona de miseria y creció rodeado de necesidades, pero el amor y su espíritu de superación lo harán salir adelante, y que en la actualidad cursa sexto semestre de bachillerato, viaja en el asiento 18 de la ruta 10, tuvo suerte, pues le tocó lugar, mientras otros van como moscas y papalotes adheridos en las puertas de acceso y bajada, la música que sonoriza el chófer, es Ella Baila Sola de Peso Pluma, son las 7:15 de la mañana, de pronto entra en estado hipnagogia, es decir, no está ni dormido ni despierto, es cuando suben dos tipos mal encarados con navaja en mano y dicen: “¡Ahora si cabrones —una disculpa apreciado lector por utilizar este léxico prosaico, pero de no ser así, es imposible denotar la maldad de los individuos— saquen la lana o les abrimos un agujero en la barriga!”

Por una hermosa casualidad del destino, en esa misma ruta va Luis Roberto Guzmán, a quien Cris admira por su papel en la serie de El Pantera, y que, gracias a su papá, no se perdía ninguna de las 3 temporadas que se encuentran en la plataforma streaming, y para gusto de él, viaja en el asiento de enfrente. “Híjole, esto se va a poner bueno” —piensa Cris. De pronto, la llanta derecha de atrás del camión se sube a la banqueta del Polideportivo al dar vuelta para entrar a la Calle del Estudiante, lo que provoca una sacudida del camión; Luis Roberto Guzmán con la valentía que caracteriza a su personaje Gervasio Robles formado en los barrios bajos de la Ciudad de México, se arroja contra los maleantes, ¡POW! ¡BAM!

En la sacudida, el joven Cris entra en hipnopómpica y mira a su alrededor. Todo sigue normal; la música de Peso Pluma retumba en la lámina del autotransporte, ahogando las voces de los pasajeros. Son las 7:40 de la mañana; el clásico calor de La Ciudad de Las Palmeras hace que escurra por su frente un hilillo de sudor. Se encuentra a escasos metros de llegar al El Paradero Seguro Universitario, que se encuentra ubicado exactamente en la explanada del Paraninfo Universitario, sobre la Avenida Universidad. Es cuando llega el mensaje por WhatsApp de Jessica, que le pregunta si lleva la Carta de Consentimiento de la Persona Aspirante, pues es un requisito que se requiere para presentar el EXANI-II de ingreso a nivel superior.

La transpiración ahora no es por el ambiente ni por los maleantes del sueño, es por la inseguridad que experimenta, pues ese documento no sabía que tenía que llevarlo para presentar el examen, y ahora sí, ni de esta lo salva El Pantera.

jueves, 21 de mayo de 2026

Finde bipolar en el barrio.



En 2 fines de semana comprobé que los humanos somos unos exagerados… y además bien pinches bipolares. Mira, el primer finde, en la iglesia del barrio, había gente que venía con la camiseta del equipo de soccer puesta como si fueran soldados. Es más, hinchaban el pecho que parecía que iban a despegar; ¡eran los Goliat de los filisteos! Y yo pensando: “¿A la misa o al estadio?”

Y el lunes en esas mismas fechas, mis vecinos reciben un coche nuevecito de la agencia. TAN nuevecito que aún traía los plásticos, como si fuera un muñeco de colección. El padre sale todos los días con una franela —franela en mano, frotando— y mientras lo lustra, pone el equipo de sonido a todo lo que da: reguetón misógino que te baja el ánimo solo de escucharlo. Suena hasta que vienen los anuncios y cortan la felicidad en plan: “¡Momento publicitario, aparquen sus emociones!” Y ahí está el sujeto, feliz, con la radio a todo volumen, limpiando un asiento que nadie ha tocado.

El tic, tac, tic, tac no para, y mi vecino se va con sus críos al colegio. De repente, un vocho 2003 lo rebasa. Sí, un vocho, ¿eh? Con todo y sus achaques. El pobre pone el turbo (o lo intenta), patea el acelerador como si fuera a ganar la Fórmula 1 de la colonia, pero el tráfico kamikaze de las siete de la mañana se lo impide. Llega a la oficina hecho una furia; sus compis godínez, sorprendidos porque pasa el día con el ceño fruncido, como si hubiera perdido la final, la comunión y las llaves del coche todo junto.

Y llega el sábado: torneo de Clausura 2026, y a algunos equipos les toca la eliminación. Resultado: El domingo en la iglesia hay menos gente. Los mismos que ocho días antes iban como si se hubieran bebido una tonelada de autoestima, ahora aparecen apagados, desinflados, más tristes que los foquitos del árbol de Navidad en pleno agosto. Y yo me quedo pensando: la felicidad dura lo que un suspiro, ¿no? Como dijo Joan Manuel Serrat, creo, no, más bien preguntó: “¿Cómo ser felices en un mundo infeliz?” Pues eso, que la felicidad viene en ráfagas como ese cutre reguetón del vecino, y nosotros, como bocinas viejas, la ponemos y la quitamos cuando nos da la gana, avergonzados, pero moviendo el pie al mismo tiempo por el ritmo.

jueves, 14 de mayo de 2026

De los malos recuerdos a los buenos maestros.



Mañana acá festejamos el Día del Maestro; quien firma lo que escribe nunca fue a la escuela cuando le correspondía en la edad de estar en cierto nivel educativo. ¡Entonces no me tocaron esos profesores que te marcan la vida… pero para mal! Me cuentan mis congéneres que a ellos sí les dieron clases esos docentes que entran al aula como si les hubieran obligado a ir a una reunión de familia política. Faltos de pasión total, ninguna motivación, como si estuvieran contando los minutos para el recreo eterno. “¡Chamaco, abre el libro!… Bueno, da igual, yo ya me rindo”. Y el trato injusto, ¡uf!, el típico que premia al que le lame las botas y castiga al que pregunta demasiado. ¡Educación selectiva, como la de un reality show!

Pero esperen, que en aquellas épocas había niveles VIP de lo peor. Esos que, en lugar de tomarte el resumen, repartían coscorrones y jalones de orejas como caramelos. O el emocional, que te destroza la autoestima con un “¡Tú no sirves para nada!” en vez de un, “¡Tú puedes, inténtalo otra vez!”. Hoy día, eso es boleto directo a terapia y denuncia, ¡y con razón!

Y el de mal humor perpetuo, gruñendo como si le hubieran robado el café. ¿Preguntas? ¡Cállate, que me estresas! O el que suelta comentarios que hoy te cancelan en redes: machismo vintage, como “Las chicas solo estudian mientras no se han casado”. ¡Boom, titular en un reel de Instagram! Y el colmo, quien utiliza la clase para terapia personal: “Hoy no hay historia, les cuento mi divorcio, los beneficios que es tener hijos como los míos, mis hemorroides y por qué mi gato me odia”. ¡Gracias, profe, por la clase de vida… ajena!

En fin, si ves a uno así, corre. ¡O mejor, grábalo y haz un TikTok! La educación merece pasión, justicia, sabiduría y cero dramas personales. Como me la enseñaron en mis inicios de estudiante, docentes como la maestra Silvia Andrade, el maestro Daniel Pérez y el maestro Enrique Arreola Quiroz, con ellos aprendí que la escuela es un segundo hogar.

jueves, 7 de mayo de 2026

¡El amor de madre se escribe en mayúsculas!


¡Ay, amigos, les cuento! Cuando era un chamaco, cada Día de la Madre me ponía las pilas para ahorrar 4 pesitos y salir corriendo a comprar… ¡utensilios de cocina! Porque para electrodomésticos, ni en sueños me alcanzaban los centavos. Y una vez, ¡qué tarugada!, casi la riego olvidándolo todo. Para salvarme, le regalé una cubeta de plástico Cuplasa. ¿Lo mejor? Se la di y ¡zas!, en ese preciso instante entendí la grandeza de las madres: puro desprendimiento, entrega total, un amor que pasa de los cacharros y las four things materiales. Ella la mira, se le ilumina la cara como un árbol de Navidad y me dice: “¡Hijo, esto es lo más útil del Mundo, con esto limpio la casa entera!”. ¡Alucinante! Boom, lección de vida.

Así que, tú, lector mío, el único que me aguanta y me lee sin bostezar: si estás pensando en endilgarle a tu jefecita cremas antiarrugas o potingues anticelulitis –que suenan a “eh, vieja, arréglate”–, o un lote de ropa que le quede como a una momia, o ¡lencería! por Dios, ni se te ocurra. Eso no es regalo, es un autogol.

¡No, no! Las madres quieren detalles que salgan del alma, tiempos juntitos sin prisas —eso de llevarla el 10 de mayo a un lujoso restaurante, en donde tú y sus nietos se la pasarán clavados al celular, ni se te ocurra—, no más trastos para el ajetreo en casa como mula. Disfruta de su amor, aprende de ella y sabrás que el AMOR DE MADRE, se escribe en mayúsculas.

Infancia analógica.



En la infancia de mi época, las niñas y niños no sabíamos que era el estrés, es más, ni nos preocupaba si el resfriado nos duraba más de 4 semanas, ¡achú! Alegría total; incluso si tenías obligaciones que cumplir, las desarrollabas conjugando la imaginación a nivel dios del Olimpo. Por ejemplo, la escoba era una máquina destructora creada por alguna civilización alienígena o algún supervillano tipo Lex Luthor, que arrasaba con todo a su paso, y que esperaban la intervención de Superman.

Te permitían estar en las calles, echándote una cascarita de futchol, beis o al bote pateado; si tenías sed, con tal de no ir a tu casa, bebías agua directamente del grifo y te sabía fresca –no como ahora, que sabe a cloro de piscina pública–; los juegos de mesa eran la gloria: Turista Nacional -nuestro Monopoly tercer mundista-, Serpientes y Escaleras, La Oca, El Maratón, La Lotería y La Pirinola. Hacíamos bíceps al abrir y cerrar las cortinas de casa, al sacar la basura, éramos menos sedentarios, pues nuestros progenitores nos convertían en el control remoto del televisor y más intrépidos, pues cuando la señal de uno de los dos canales fallaba, nos trepaban al techo a orientar la antena, ¡sube al tejado, Marcial, que la antena no agarra Canal 13! Ahí tenían al Spiderman de la colonia Magisterial. Ya ven, menos sofá, más aventura.

Compartíamos música reproduciendo nuestros casetes en la esquina o afuera de la casa con nuestros cuates; es más, hacíamos originales playlists grabándolos directamente de la radio, y nos indignaba que el locutor hablara encima de la canción. Porque claro, uno estaba creando una obra maestra y venía un señor a abrir su bocota como si nada.

Creo que, con menos tecnologías, menos pantallas, jugar al aire libre, más calle, necesitábamos menos y jugábamos más. Los juguetes no eran tan sofisticados como en la actualidad, pero cuando entraba en acción esa figura de El Santo no tenía precio. Además, sobrevivimos al Globalón, una pasta compuesta de acetato de polivinilo, colorantes y acetona, que la inflábamos a través de popote con la cual hacíamos globos y, claro, también a la toxicidad del Moco de Gorila o Slime.

Pertenecí a una generación que tenía conciencia democrática, pues nos daba igual jugar con infantes de 10 años o de 5, digo, ellos ni sabían que eran de “chocolate”, es decir, se divertían con nosotros sin darse en cuenta que no los tomábamos en serio. A pesar de que las y los adultos nos cansaban con ese discursito de que a nosotros no nos tocó vivir en tiempos duros y siempre tuvimos todo. Fuimos las niñas y niños antes de la revolución digital y los que aprendimos a sacarle provecho de ella, es decir, fuimos los prehistóricos analógicos que luego conquistamos lo digital sin manual de instrucciones.

jueves, 23 de abril de 2026

Andar con peatonitis.


¡Oye, Colima, el estado donde ser
 “gente de a pie” es como confesarte en misa un lunes por la mañana! ¿Peatón? ¡Eso suena a “perdedor con peatonitis aguda”! Pero en la Ciudad de Las Palmeras, caminar es tu superpoder, ¿eh? Tú eliges el rumbo, zigzagueando por recovecos como si fueras Indiana Jones buscando el arca perdida… ¡Pero en vez de tesoros, encuentras unas heces de perro del tamaño de un cráter lunar!

Yo vivo por la colonia… mejor ni la escribo, no vaya a ser que se ofendan mis vecinos, ¿eh? Ahí, para conocer la ciudad, tienes que inventarte una poética del caminar: Paso uno, esquivo el charco, a la vecina que riega la banqueta con el chorro de la manguera sin fijarse quién transita por la calle; paso dos, saludo al perro callejero que me mira como si yo fuera el intruso. Disfruto esta ciudad imperfecta, ¡claro! Gracias a mis pasos, la conozco más que a mis defectos.

Hay zonas donde caminar es una ganga: árboles que te dan sombra como un paraguas gratis, pasos peatonales que funcionan, calles limpias… ¡Pero espera! ¿Casualidad? ¡Qué va! Ahí la vida cuesta un ojo de la cara. Lo verde no es para todos, es como un anuncio: “¡Compra el departamento y te regalamos las buganvillas, geranios, rosales, hortensias, azaleas y helechos!”.

Porque, mira, muchas veces esos “espacios públicos” son trampas: si no compras un café de 100 pesos, ¡fuera! Si no consumes, eres un fantasma. ¡Hasta sentarte en una banca es VIP! En barrios rentables, todo gira en torno al billete: ¿Quiere sombra? ¡Pague la membresía!”.

¿Y la periferia? ¡Ay, Santa Cachucha! Los que sostienen la ciudad, los que no salen en las postales de “La Ciudad de las Palmeras”… ¡Que, por cierto, ya ni quedan palmeras, se las comieron las constructoras! Ahí caminar no es paseo, es supervivencia: esquivas cables sueltos, carros locos y el sol que te fríe como taco al pastor.

Esto me hace pensar, ¿no? La ciudad se organiza por privilegios: hasta caminar bajo sombra es de “clase alta”. ¿Dónde descansamos sin soltar la cartera? ¡En nuestras casas, con las cortinas sujetadas pa´ que entre airecito y un ventilador ruidoso!

jueves, 16 de abril de 2026

Vagaciones.


Mientras ustedes gozaban de sus muy merecidas vacaciones, vagueando con el sol en la cara y el coco loco en la mano, yo, el que firma lo que escribe y no se echa atrás, me quedé en Colima disfrutando el ecosistema sonoro de esta ciudad amada y odiada a la vez, y, ¡vaya ambientazo de barrio! Por la mañana, además del silbido del afilador que se cuela por la cocina, el triciclo de bolillero cuyo chiquihuitedespide un aroma delicioso, enseguida pasa el chatarrero con su perifoneo donde una voz robotizada dice: “¡Se compraaan colchones, lavadoras, estufas, cachivaches del demonio, aluminio viejo que estorba!”. Varios minutos después entra en escena el señor de la canasta tejida, a grito pelado: “¡Paaaanela, quesoooooo fresco, requesón y jocoqueeeee!”. Y al atardecer, para menguar el calorón tenemos ¡los Helados Mexti!: “¡Paletas gordotas de mamey, piña, tamarindo, jamaica, elote con leche, mazapán, Oreo, nuez, nance, guayaba y esquimales!”; mientras anochece, la luna es bienvenida con el pitido de los camotes y plátanos asados, es cuando el carrito que por la mañana era de los tacos de barbacoa, cual Transformers, se convierte en carrito de dogos. ¡Espectacular!

¿Rubíes? ¿Zafiros? ¡Paso! Los colimenses tenemos la piedra más top: la Piedra Lisa, que es como un monolito-tobogán gigante legendario. La tradición dice que, si te resbalas sobre ella una vez siendo foráneo, vuelves a Colima sí o sí. ¡Dos resbalones y zas, encuentra el amor de su vida en la bajada! Y tres… ¡Te quedas pa’ siempre, compadre!

Y el parque de la Piedra Lisa, ¡un zoológico de concreto de lujo! El Pato, El Gallo, ardillitas y conejitos, que datan de una tradición creada por Alberto Pérez Soria, allá por el Distrito Federal en 1969, bajo el encargo del Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI), ahora los de acá, los nuestros, puedes admirarlos tuneados por los genios Héctor Aburto e Ignacio Arceo… ¡Quedaron que te mueres de lindos, como animalitos influencers!

En fin, redescubrir la ciudad sin tanto gentío es un viaje alucinante; sin paisanos pisándote los talones, la ciudad se abre como un libro mágico, como un safari urbano solo para ti. Cierras los ojos y detrás de los párpados te montas la película completa: Colima te lleva de la mano por sus rincones invisibles, mientras te susurra secretos que ni Google sabe.