Mira, yo siempre digo que la vida es un poco como esos paraguas chafas que venden en los negocios de a 10 pesos la pieza: cuando más lo necesitas, se te da la vuelta y te deja descubierto. Y con razón dijo Goethe —que ese hombre no era tonto— que “saberse amado da más fuerza que saberse fuerte”. Piénsalo: ¿qué es más poderoso, ir por la vida con el pecho hinchado y un “yo puedo con todo”, o ir con alguien que te sujete la mano cuando te estás viniendo abajo?
En mi barrio, cuando empieza a llover me pongo en tensión como si fuera a empezar un incendio. No por mí, que tampoco soy muy quisquilloso, sino por la ropa de los vecinos. Hay gente que deja sus trusas “Chavita” en plan exhibición, como si el tendedero fuera una galería de arte contemporáneo, y cuando cae la lluvia parece un drama griego: calcetines empapados, sábanas hechas un trapo… Y yo me pregunto, ¿es eso empatía? Porque la empatía, en la escuela o en la vida, es eso: no dejar que la otra persona se moje sola. No es solo entender que llueve, es bajar la escalera y decir “oye, te meto la ropa” o, como mínimo, tocar el timbre.
En las escuelas la empatía era eso raro que luego se vuelve obligatorio en los programas, con su rúbrica y todo. Pero en la práctica es mucho más sencillo: es mirar al compañero que está callado y preguntarle “¿qué pasa?”, es no reírte cuando se equivoca en la exposición, es prestarle el bolígrafo, aunque luego no te lo devuelva nunca. Y sí, también es asunto de profes: yo a veces al final de cada ciclo escolar me quedo con la duda de si fui aprobado o no al fungir o fingir la profesión de la docencia. No es por nota; es por humanidad. Porque hay profes que vienen con cara de que la clase les debe un favor, y hay otros que te miran como quien te ve por primera vez y te dicen “vamos a intentarlo juntos”.
Y aquí viene… la situación incómoda, cuando un estudiante piensa entes de preguntarte algo, le voy a decir profesor en su cara y noleaunque que a sus espaldas le llamo por el apodo que le pusieron en el grupo. Una verdad inquietante es que en clase hay quien le pone mote al profe —”el Gárgamel”, “la Chimoltrufia”, etc.— y hay quien lo llama por su nombre, con esa mezcla de confianza y respeto. Llamarle por su nombre, en cambio, es reconocer que hay una persona detrás del pizarrón. Y en empatía, el nombre pesa: decir “maestra María, ¿me repite la pregunta?” suena distinto a “oye, maestra, ¿cómo dijiste?”. El nombre abre puertas, y, además, quienes estamos frente a grupo, nos agrada darnos cuenta que esos jóvenes con los que pasamos un semestre, mínimo saben cómo nos llamamos.
Al final, la empatía no es una clase teórica ni una consigna bonita en la pared. Es parar la lluvia del otro, aunque no te esté mojando a ti. Es meterse la ropa en el último minuto. Es aprobar al que te demuestra que aprendió tu asignatura, te llama por el nombre de pila en lugar del apodo. Porque saberse amado —o, por lo menos, saberse visto— da más fuerza que ponerse el chaleco antibalas del orgullo. Y eso no lo enseña ningún libro y menos quien firma lo que escribe; se aprende tendiendo una mano y, a veces, una camiseta, recuerda, nuestros estudiantes y colegas docentes son seres humanos y no son un objeto en nuestra jornada laboral.
