jueves, 24 de septiembre de 2026

La realidad birlada por encuadres.



La disminución de la capacidad visual del bonaerense universal Jorge Luis Borges comenzó desde su juventud, marcada por problemas hereditarios como la miopía degenerativa y los antecedentes familiares. Cuando fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina, tomó la decisión de leer todos los ejemplares que ahí se conservaban, consciente de que estaba a punto de perder el universo de las imágenes. Entonces, en lugar de resignarse, decidió inventar un género literario de sí mismo.

Borges creó un universo onírico inteligente, mientras que las generaciones del siglo XXI, con sus teléfonos celulares, intentan captar momentos en los que dejan de ver la vida por sus propios ojos, viviendo de encuadres: miran la realidad como si fuese a través de una cerradura, entonces, lo que no se alcanza a ver mediante ese hueco se ignora o se da por inexistente, lo que genera errores de juicio o análisis incompletos. Eligen qué observar, excluyendo tal vez otras cosas interesantes, capturan una pequeña porción de la totalidad de los hechos, con el fin de cosechar la aprobación de otros, en sus redes sociales.

¿Qué mirar? ¿Cómo mirar? ¿Dónde mirar? Ese accidente o incidente captado puede durar apenas treinta segundos, pero se repite infinitamente según el deseo del espectador. No hay forma de evitarlo ni de salvar a los implicados: solo queda ser testigo, sentado en una oxidada banca del jardín, mostrando a la pareja —con la que ya no se habla ni se acaricia— lo que otros captaron, mientras las horas se consumen.

Ese alumno, distraído por las imágenes que recibe de sus redes sociales, pierde la atención hasta el punto de considerar tediosas las diapositivas que su profesor de Literatura Mexicana proyecta. Entonces regresa a mi memoria miope un fragmento del poema Historia de la noche (1977): “Y pensar que no existiría sin esos tenues instrumentos, los ojos”.

¡Qué razón tienes, Jorge Luis Borges!

jueves, 17 de septiembre de 2026

Honesty.


Ayer, 16 de septiembre, me dio por poner en el reproductor el disco 52nd Street de Billy Joel. ¡El genial Billy, que ya tiene más años que la campana de Dolores, sonaba mejor que nunca! Y justo cuando empieza Honesty, me entra la vergüenza, “Qué difícil es ser sincero”… Y yo pensando: “Pues sí, Billy, aquí en México la sinceridad dura lo que un taco al pastor en la mesa”.

Porque claro, estas fechas son de ponerse bien mexicano, aunque sea por quince días. En la primaria nos decían: “El cura Hidalgo repicó las campanas en la noche del 15 de septiembre”. Y uno se lo creía, hasta que llega el iconoclasta profesor de historia en la prepa, con su cara de “yo sé más que Wikipedia”, y suelta: “No, chamacos, el 15 de septiembre lo que se celebraba era el cumpleaños de Porfirio Díaz”. ¡Anda, vete pa’ atrás! O sea, que en la medianoche del pachangón al estilo francés del fête d’anniversaire del presidente, por una casualidad del destino, el grito de independencia coincidía gracias a las manecillas del reloj.

Imagínense la escena, Don Porfirio, presidente de México desde 1876 hasta 1911, echando la casa por la ventana cada 15 de septiembre. Y en plena fiesta, un amigo ricachón les trae a unos campesinos músicos de bodas, fiestas parroquiales y bautizos para cantarle Las Mañanitas. El hombre, encantado, pregunta: “¿Cómo se llaman ustedes?”. Y el otro, con acento provinciano: “Mariaitzi”. Y Porfirio: “Oye, ¡qué bien tocan tus mariachis!”. ¡Y zas!, bautizo oficial.

Luego ya vino el cine a ponerles sombrero de charro y mostacho tipo brocha, con Jorge Negrete cantando como si se hubiera empinado una botella de tequila entera, y la China Poblana de su amada Gloria Marín al lado para completar el cuadro. Mientras tanto, Billy Joel seguía cantando: “But if you look for truthfulness, you might just as well be blind; it always seems to be so hard to give” y yo pensando, Billy, vente acá en septiembre y verás lo que es la verdad a medias.

jueves, 10 de septiembre de 2026

La evolución de nuestra autoestima digital.



¿Recuerdan lo del 2007? Aquello fue el apocalipsis de la autoestima. Burger King y Los Simpson se juntaron para decirnos: “Oye, tú también puedes ser amarillo, tener 4 dedos y vivir en Springfield”. Y todos, como lemmings con conexión a internet, corrimos a Simpsonízame —o Simpsonízate, si eras de los que leía los créditos de las películas—. Subías tu foto del Messenger, esa en la que salías con el pelo engomado y una camiseta de manga larga en pleno agosto, y el algoritmo te devolvía una versión caricaturesca al estilo Matt Groening que, sinceramente, era más atractiva que tú en la vida real, y todo orgulloso la ponías en el Messenger o el Myspace.

Luego llegó WhatsApp y dijimos: “Por fin, identidad digital”. Pero claro, ¿quién iba a poner un avatar que se pareciera a uno? Si quien firma lo que escribe pesa más de noventa kilos y tiene más entradas que un cine recién inaugurado en Colima, ¿iba a elegir un calvo con barriga? ¡Ni madres! Así que terminé con un muñequito que parecía a mi primo el guapo, ese que nunca existió.

Con el arribo de la IA, algunas instituciones educativas recomendaban a sus estudiantes: “No utilicen tanto ChatGPT para las tareas escolares, que se les va a desconchinflar el cerebro”, y para ridículo de esos centros educativos, sus empleados y hasta profesores fueron los primeros que subieron sus fotos convertidas en personajes de Miyazaki. Es para fines pedagógicos, dicen, mientras el director del centro tiene de perfil un dibujo animado con ojos del tamaño de platos.

Pero lo que ya es el colmo es este trend de los 80. Mira cómo quedarías con hombreras tipo Mazinger Z, laca y un peinado que desafía la gravedad como el de René Casados en XE-TU. Y lo peor no es que lo hagan los adolescentes, ¡es que lo hacemos los de mi generación! Personas entre los 40 y 50 años subiendo fotos con más volumen en el pelo que en la cuenta corriente. Por favor, dejen eso para la chamacada. Nosotros lo que tenemos que subir es la foto de secundaria, esa en la que el acné te hacía parecer un mapa topográfico y la vida olía a hormona y a desodorante barato. Esa es la verdadera estética de los 80: sufrimiento y confusión; ¡en fin, así es la evolución de nuestra autoestima digital!

jueves, 3 de septiembre de 2026

Crónica de un regreso anunciado.



A las 6:10 de la mañana, el fresco del amanecer todavía fingía que venía a ayudarnos. El cielo estaba naranja, como si alguien hubiera dejado encendida una lámpara gigante detrás de los cerros. Era el lunes 31 de agosto y, según los conocimientos meteorológicos heredados de mi abuela materna —que no tenía estudios sobre el clima, pero sí una autoridad incuestionable para anunciar desgracias—, ese día debido lo anaranjado del cielo el calor nos iba a freír al mediodía.

Tomé la avenida Felipe Sevilla y me encontré con el tráfico kamikaze provocado por miles estudiantes y docentes que se dirigían a inundar las aulas con la ilusión de un nuevo ciclo escolar. La ilusión, por supuesto, avanzaba a vuelta de rueda, rodeada de cláxones y personas que ya habían perdido la paciencia antes de llegar a la escuela.

Las y los estudiantes estrenaban mochilas portentosas, calzado nuevo de reconocidas marcas comerciales y esa expresión de quien todavía cree que el año escolar puede salir bien. Algunos profesores, en cambio, vestían sus prendas anacrónicas y marchitas de siempre. Eso sí: todos iban perfectamente perfumados. Porque una cosa es repetir ropa y otra muy distinta repetir olor. En realidad, todos éramos los mismos, envueltos en novedad. Una frase bastante profunda, posiblemente de Miguel Bosé, para no variar.

Los cláxones sonaban a todo volumen. El peatón no era una persona: era un obstáculo que había que librar. Las manecillas del reloj avanzaban con una crueldad administrativa y, en algún momento, la sístole le pidió a la diástole echarse un cha-cha en aquella pista de baile llamada aorta.

Entonces ocurrió lo inevitable: empecé a secretar un líquido salado compuesto principalmente por agua y pequeñas cantidades de sales minerales, producido por las glándulas sudoríparas del cuerpo o, dicho de manera menos científica: ¡híjole, manito, ya se te está haciendo tarde!

A mi alrededor, varios conductores permanecían clavados al celular. No avanzaban cuando se encendía la luz verde porque estaban ocupadísimos revisando las últimas novedades de WhatsApp. La luz ámbar del semáforo se convirtió en una cuenta regresiva: 3, 2, 1… rojo. Y, zas, alguien se lo pasó con ese disimulo que consiste en mirar al frente como si uno no acabara de cometer una infracción.

Por fin llegué a la escuela. Y ahí descubrí la gran verdad del regreso a clases: ese día no tenía nada de novedoso. Era la misma monotonía de siempre: ingresar a un aula para impartir clases o recibirlas, dentro de un sistema basado en la educación obligatoria, los grupos divididos por edades, los horarios estrictos, los timbres, los exámenes estandarizados y las materias fragmentadas. Un modelo que existe desde finales del siglo XVIII y principios del XIX. Es decir, llevamos más de doscientos años entrando a salones a la misma hora, sentándonos por edades y esperando que un reloj nos indique cuándo podemos volver a ser seres ordinarios.