Dicen que la infancia dura poquito. Mentira. La infancia dura lo que tarda tu abuela en contarte una leyenda mientras te comes un bolillo relleno de frijoles fritos y ahogado en jugo de chile jalapeño. En esa época era un niño con cara de no haber roto un plato. Pero en Día de Muertos me ponía sobresaltado, porque era el tiempo en que la abuela Ramona contaba sus historias de miedo. Y ojo, que las historias de mi abuela no eran cuentos, eran documentales con efectos especiales, música de terror y un final que te dejaba sin dormir.
Me decía: “Marcial, cuando te levantes de una mecedora, no la dejes moviéndose”. ¿Y por qué, abuela? Pues porque el diablo se sigue meciendo. Claro. El diablo, que tiene el infierno entero a su disposición, decide pasar la tarde en la mecedora de tu abuela, dándole aserrín, aserrán a la espalda. Y luego venía lo del pichoacate. Un pájaro que canta y anuncia la muerte. ¡Ay, nanita! Un pajarito con voz de funeral. Tú estás tranquilo, tomando tu chesco, y de pronto, “uju, uju”. Y la abuela ya está haciendo la cruz, buscando el rezo y mirándote como si tú fueras el culpable.
“Abuela, ¿y por qué en la película de Tizoc dicen ‘cuando el tecolote canta, el indio muere’, y no ‘cuando el pichoacate canta’?”. Y ella me soltó que todos los tecolotes eran tunkuluchú. Yo no sabía ni cómo se pronunciaba. Parece nombre de jugador de fútbol o de grupo de cumbia: “¡Con ustedes, Los Tunkuluchú y su hit ‘Se me murió el vecino’!”
Según la tradición maya, el tunkuluchú era un ave sabía que un día se puso una buena peda en un pachangón, de esos de ambientazo. Y la pobre, que ya iba dando tumbos, quiso bailar con una tecolota joven. Ella le dijo que no. Y no solo eso, prefirió bailar con los tecolotillos de su edad. Entonces llegó un hombre bromista, de esos que en toda fiesta hay uno, y se burló del tunkuluchú. Y el ave, entre la cruda, el despecho y la vergüenza, se puso chintilloso, jurando vengarse contra toda la humanidad. ¡Toda! Por un rechazo de baile. Imagínense si a todos nos fuera así, la mitad del planeta estaría maldiciendo a la humanidad por un “no, gracias, ya me voy a dormir”.
Desde entonces, el tunkuluchú aprendió a oler la muerte cuando esta se aproxima a una persona. ¡Híjole, se hizo un pájaro con olfato de funeraria! Y cuando canta, ya sabes, alguien va a estirar la pata. Menudo trabajo tiene el animal. Ni vacaciones, ni bonos, ni seguro médico. Solo cantar y asustar a abuelas.
En Sudamérica tienen otra ave parecida: el urutaú, o pájaro fantasma. Dicen que es el alma de una mujer que llora a un ser querido. Vamos, que en Latinoamérica hasta los pájaros tienen drama. Aquí no hay animalitos tranquilos; todos vienen con tragedia, rencor y una historia de amor no correspondida.
Yo, con nueve años y mucha confianza, le dije a mi abuela: “Abuela, a nosotros ya no nos puede afectar eso. Nosotros ya somos gente civilizada, ya no somos indios”. Gran error. Ella me miró y me dijo: “M’ijo, el peor enemigo del indio es el que cree que ya dejó de serlo”. Y ahí me quedé. Yo quería discutir, pero con una abuela que además te enseña un rezo para ahuyentar pájaros de la muerte, no hay debate posible. Ella tenía más poder que un notario, un policía y el cura de la parroquia juntos.
Gracias a ella aprendí a distinguir el canto de muerte del canto de “Busco novia”. Porque los pájaros también cantan por amor, claro. Aunque con la abuela todo era peligroso, si el pájaro trinaba, era que buscaba pareja; si se trataba de un ulular largo y triste, era que venía la calaca; y si cantaba a las tres de la mañana, era que el pájaro no tenía nada mejor que hacer.
Pero llegó el día en que mi abuela estaba muy enferma. Me llamó a su lado y me dijo: “Gordo, por favor, deja de correr al pichoacate con el rezo. Ya estoy cansada y me quiero ir al otro mundo”. Y esa noche llegó el ave. La abuela me miró, puso el dedo índice en los labios, como diciendo “silencio”, y el ave maltrecha cantó…
Y yo entendí que no era un pájaro de mal agüero. Era simplemente el aviso de que una historia bonita se iba a acabar. Aunque, siendo honestos, a mí todavía me da un poco de miedo levantarme de una mecedora y dejarla meciéndose. Por si acaso. Porque uno nunca sabe; a lo mejor el diablo sí está ahí, sentado, cómodo, y pensando: “Qué buena silla tenía esta abuela”.






