Oye, oye, que alguien me explique una cosa, por favor. ¿Cuál es la diferencia entre el Día Internacional del Docente y el Día del Maestro? Porque yo ya no sé ni qué celebrar, ni cuándo, ni con qué, ni si tengo que comprar pastel, ponerme la corbata o llamar a mi familia para que me felicite.
Que unos dicen: “No, no, el primero hace alusión a la profesión”. Que otros dicen: “No, hombre, el segundo se refiere al nivel de estudios”. ¡Pues qué bien! Porque al final, en los 2 casos, hay un ser humano metido en una escuela más horas que en su propia casa. ¡El profe vive tanto en el salón que ya le salen exámenes en la bolsa del pantalón!
Y no me vengan con que el profesorado trabaja de 7 a 3. ¡Ja! Sí, además de trabajar de 7 a 3… y luego en casa califica, planea, llena formatos, atiende padres, responde mensajes de las plataformas, prepara materiales y, de vez en cuando, hace de psicólogo, terapeuta familiar, árbitro de pleitos y hasta detective: ¿Quién se quedó con la calculadora de Susana? ¡Que hable ahora o que aguante la consecuencia de no tener calculadora!”
Y si eso fuera poco, llegan los cursos. ¡Ay, los cursos! Porque cada que hay una reforma educativa —que dura menos que un helado en la mano de un niño en mayo— hay que asistir a una capacitación para aprender lo que el mes siguiente ya cambió. Uno sale del curso con 3 carpetas, 4 constancias y la certeza absoluta de que no entendió nada, pero con una sonrisa institucional de “¡Qué bueno que participé!”.
Pero lo mejor es el calendario moderno. ¡Ese sí que es una obra de arte! Antes había pocas fechas: el Día del Maestro, la Independencia, la Revolución y vacaciones. ¡Listo! Ahora no: hay Día Internacional de esto, Semana Mundial de aquello, Mes de la Prevención, Jornada de la Sensibilización, Conmemoración de la Concientización y Feria de la Reflexión. ¡Ya no sé si voy a la escuela a dar clase o a celebrar el Día Internacional de No Saber Qué Día Es!
Y claro, cada fecha trae su actividad, su convivio, su pachanga, su guateque, sus tamales, sus aguas frescas y su “profe, ¿no va a participar?”. ¡Claro que participa! Porque si no lleva algo, queda como el tacaño del plantel. Y si lleva algo, llega a casa sin pastel, sin refresco y con la sensación de haber financiado medio evento.
No digo que las celebraciones estén mal, ¡qué va! A veces hacen falta un pozole, una risa, una canción mal cantada y un momento para recordar que detrás del ejercicio de la docencia hay una persona. Pero también habría que preguntarse por qué el calendario encuentra espacio para tantas pachangas… y tan poco para que el docente respire, termine su trabajo y no viva con un pendiente colgado en la cabeza como si fuera un adorno navideño.
Al final, celebrar al maestro o al docente no debería reducirse a un día en el calendario, ni a una comida, ni a un discurso bonito que se olvida al día siguiente. La verdadera valoración está en condiciones dignas, tiempo real para trabajar, formación útil —no efímera— y reconocimiento cotidiano.
Porque quienes pertenecemos a la casta sacerdotal del profesorado no necesitamos que el calendario invente más pretextos para festejar; necesitamos que la escuela nos devuelva un poco de lo que entregamos todos los días: respeto, apoyo y la posibilidad de seguir enseñando sin desaparecer entre formatos, cursos y una jubilación.





