¿Recuerdan lo del 2007? Aquello fue el apocalipsis de la autoestima. Burger King y Los Simpson se juntaron para decirnos: “Oye, tú también puedes ser amarillo, tener 4 dedos y vivir en Springfield”. Y todos, como lemmings con conexión a internet, corrimos a Simpsonízame —o Simpsonízate, si eras de los que leía los créditos de las películas—. Subías tu foto del Messenger, esa en la que salías con el pelo engomado y una camiseta de manga larga en pleno agosto, y el algoritmo te devolvía una versión caricaturesca al estilo Matt Groening que, sinceramente, era más atractiva que tú en la vida real, y todo orgulloso la ponías en el Messenger o el Myspace.
Luego llegó WhatsApp y dijimos: “Por fin, identidad digital”. Pero claro, ¿quién iba a poner un avatar que se pareciera a uno? Si quien firma lo que escribe pesa más de noventa kilos y tiene más entradas que un cine recién inaugurado en Colima, ¿iba a elegir un calvo con barriga? ¡Ni madres! Así que terminé con un muñequito que parecía a mi primo el guapo, ese que nunca existió.
Con el arribo de la IA, algunas instituciones educativas recomendaban a sus estudiantes: “No utilicen tanto ChatGPT para las tareas escolares, que se les va a desconchinflar el cerebro”, y para ridículo de esos centros educativos, sus empleados y hasta profesores fueron los primeros que subieron sus fotos convertidas en personajes de Miyazaki. Es para fines pedagógicos, dicen, mientras el director del centro tiene de perfil un dibujo animado con ojos del tamaño de platos.
Pero lo que ya es el colmo es este trend de los 80. Mira cómo quedarías con hombreras tipo Mazinger Z, laca y un peinado que desafía la gravedad como el de René Casados en XE-TU. Y lo peor no es que lo hagan los adolescentes, ¡es que lo hacemos los de mi generación! Personas entre los 40 y 50 años subiendo fotos con más volumen en el pelo que en la cuenta corriente. Por favor, dejen eso para la chamacada. Nosotros lo que tenemos que subir es la foto de secundaria, esa en la que el acné te hacía parecer un mapa topográfico y la vida olía a hormona y a desodorante barato. Esa es la verdadera estética de los 80: sufrimiento y confusión; ¡en fin, así es la evolución de nuestra autoestima digital!





