jueves, 28 de mayo de 2026

De Peso Pluma al peso del miedo.


 

Dedicado a Daniel Muñoz Martínez, por su inspirador cómic.

Esta es la historia de Cris, un chamaco que nació en una zona de miseria y creció rodeado de necesidades, pero el amor y su espíritu de superación lo harán salir adelante, y que en la actualidad cursa sexto semestre de bachillerato, viaja en el asiento 18 de la ruta 10, tuvo suerte, pues le tocó lugar, mientras otros van como moscas y papalotes adheridos en las puertas de acceso y bajada, la música que sonoriza el chófer, es Ella Baila Sola de Peso Pluma, son las 7:15 de la mañana, de pronto entra en estado hipnagogia, es decir, no está ni dormido ni despierto, es cuando suben dos tipos mal encarados con navaja en mano y dicen: “¡Ahora si cabrones —una disculpa apreciado lector por utilizar este léxico prosaico, pero de no ser así, es imposible denotar la maldad de los individuos— saquen la lana o les abrimos un agujero en la barriga!”

Por una hermosa casualidad del destino, en esa misma ruta va Luis Roberto Guzmán, a quien Cris admira por su papel en la serie de El Pantera, y que, gracias a su papá, no se perdía ninguna de las 3 temporadas que se encuentran en la plataforma streaming, y para gusto de él, viaja en el asiento de enfrente. “Híjole, esto se va a poner bueno” —piensa Cris. De pronto, la llanta derecha de atrás del camión se sube a la banqueta del Polideportivo al dar vuelta para entrar a la Calle del Estudiante, lo que provoca una sacudida del camión; Luis Roberto Guzmán con la valentía que caracteriza a su personaje Gervasio Robles formado en los barrios bajos de la Ciudad de México, se arroja contra los maleantes, ¡POW! ¡BAM!

En la sacudida, el joven Cris entra en hipnopómpica y mira a su alrededor. Todo sigue normal; la música de Peso Pluma retumba en la lámina del autotransporte, ahogando las voces de los pasajeros. Son las 7:40 de la mañana; el clásico calor de La Ciudad de Las Palmeras hace que escurra por su frente un hilillo de sudor. Se encuentra a escasos metros de llegar al El Paradero Seguro Universitario, que se encuentra ubicado exactamente en la explanada del Paraninfo Universitario, sobre la Avenida Universidad. Es cuando llega el mensaje por WhatsApp de Jessica, que le pregunta si lleva la Carta de Consentimiento de la Persona Aspirante, pues es un requisito que se requiere para presentar el EXANI-II de ingreso a nivel superior.

La transpiración ahora no es por el ambiente ni por los maleantes del sueño, es por la inseguridad que experimenta, pues ese documento no sabía que tenía que llevarlo para presentar el examen, y ahora sí, ni de esta lo salva El Pantera.

jueves, 21 de mayo de 2026

Finde bipolar en el barrio.



En 2 fines de semana comprobé que los humanos somos unos exagerados… y además bien pinches bipolares. Mira, el primer finde, en la iglesia del barrio, había gente que venía con la camiseta del equipo de soccer puesta como si fueran soldados. Es más, hinchaban el pecho que parecía que iban a despegar; ¡eran los Goliat de los filisteos! Y yo pensando: “¿A la misa o al estadio?”

Y el lunes en esas mismas fechas, mis vecinos reciben un coche nuevecito de la agencia. TAN nuevecito que aún traía los plásticos, como si fuera un muñeco de colección. El padre sale todos los días con una franela —franela en mano, frotando— y mientras lo lustra, pone el equipo de sonido a todo lo que da: reguetón misógino que te baja el ánimo solo de escucharlo. Suena hasta que vienen los anuncios y cortan la felicidad en plan: “¡Momento publicitario, aparquen sus emociones!” Y ahí está el sujeto, feliz, con la radio a todo volumen, limpiando un asiento que nadie ha tocado.

El tic, tac, tic, tac no para, y mi vecino se va con sus críos al colegio. De repente, un vocho 2003 lo rebasa. Sí, un vocho, ¿eh? Con todo y sus achaques. El pobre pone el turbo (o lo intenta), patea el acelerador como si fuera a ganar la Fórmula 1 de la colonia, pero el tráfico kamikaze de las siete de la mañana se lo impide. Llega a la oficina hecho una furia; sus compis godínez, sorprendidos porque pasa el día con el ceño fruncido, como si hubiera perdido la final, la comunión y las llaves del coche todo junto.

Y llega el sábado: torneo de Clausura 2026, y a algunos equipos les toca la eliminación. Resultado: El domingo en la iglesia hay menos gente. Los mismos que ocho días antes iban como si se hubieran bebido una tonelada de autoestima, ahora aparecen apagados, desinflados, más tristes que los foquitos del árbol de Navidad en pleno agosto. Y yo me quedo pensando: la felicidad dura lo que un suspiro, ¿no? Como dijo Joan Manuel Serrat, creo, no, más bien preguntó: “¿Cómo ser felices en un mundo infeliz?” Pues eso, que la felicidad viene en ráfagas como ese cutre reguetón del vecino, y nosotros, como bocinas viejas, la ponemos y la quitamos cuando nos da la gana, avergonzados, pero moviendo el pie al mismo tiempo por el ritmo.

jueves, 14 de mayo de 2026

De los malos recuerdos a los buenos maestros.



Mañana acá festejamos el Día del Maestro; quien firma lo que escribe nunca fue a la escuela cuando le correspondía en la edad de estar en cierto nivel educativo. ¡Entonces no me tocaron esos profesores que te marcan la vida… pero para mal! Me cuentan mis congéneres que a ellos sí les dieron clases esos docentes que entran al aula como si les hubieran obligado a ir a una reunión de familia política. Faltos de pasión total, ninguna motivación, como si estuvieran contando los minutos para el recreo eterno. “¡Chamaco, abre el libro!… Bueno, da igual, yo ya me rindo”. Y el trato injusto, ¡uf!, el típico que premia al que le lame las botas y castiga al que pregunta demasiado. ¡Educación selectiva, como la de un reality show!

Pero esperen, que en aquellas épocas había niveles VIP de lo peor. Esos que, en lugar de tomarte el resumen, repartían coscorrones y jalones de orejas como caramelos. O el emocional, que te destroza la autoestima con un “¡Tú no sirves para nada!” en vez de un, “¡Tú puedes, inténtalo otra vez!”. Hoy día, eso es boleto directo a terapia y denuncia, ¡y con razón!

Y el de mal humor perpetuo, gruñendo como si le hubieran robado el café. ¿Preguntas? ¡Cállate, que me estresas! O el que suelta comentarios que hoy te cancelan en redes: machismo vintage, como “Las chicas solo estudian mientras no se han casado”. ¡Boom, titular en un reel de Instagram! Y el colmo, quien utiliza la clase para terapia personal: “Hoy no hay historia, les cuento mi divorcio, los beneficios que es tener hijos como los míos, mis hemorroides y por qué mi gato me odia”. ¡Gracias, profe, por la clase de vida… ajena!

En fin, si ves a uno así, corre. ¡O mejor, grábalo y haz un TikTok! La educación merece pasión, justicia, sabiduría y cero dramas personales. Como me la enseñaron en mis inicios de estudiante, docentes como la maestra Silvia Andrade, el maestro Daniel Pérez y el maestro Enrique Arreola Quiroz, con ellos aprendí que la escuela es un segundo hogar.

jueves, 7 de mayo de 2026

¡El amor de madre se escribe en mayúsculas!


¡Ay, amigos, les cuento! Cuando era un chamaco, cada Día de la Madre me ponía las pilas para ahorrar 4 pesitos y salir corriendo a comprar… ¡utensilios de cocina! Porque para electrodomésticos, ni en sueños me alcanzaban los centavos. Y una vez, ¡qué tarugada!, casi la riego olvidándolo todo. Para salvarme, le regalé una cubeta de plástico Cuplasa. ¿Lo mejor? Se la di y ¡zas!, en ese preciso instante entendí la grandeza de las madres: puro desprendimiento, entrega total, un amor que pasa de los cacharros y las four things materiales. Ella la mira, se le ilumina la cara como un árbol de Navidad y me dice: “¡Hijo, esto es lo más útil del Mundo, con esto limpio la casa entera!”. ¡Alucinante! Boom, lección de vida.

Así que, tú, lector mío, el único que me aguanta y me lee sin bostezar: si estás pensando en endilgarle a tu jefecita cremas antiarrugas o potingues anticelulitis –que suenan a “eh, vieja, arréglate”–, o un lote de ropa que le quede como a una momia, o ¡lencería! por Dios, ni se te ocurra. Eso no es regalo, es un autogol.

¡No, no! Las madres quieren detalles que salgan del alma, tiempos juntitos sin prisas —eso de llevarla el 10 de mayo a un lujoso restaurante, en donde tú y sus nietos se la pasarán clavados al celular, ni se te ocurra—, no más trastos para el ajetreo en casa como mula. Disfruta de su amor, aprende de ella y sabrás que el AMOR DE MADRE, se escribe en mayúsculas.

Infancia analógica.



En la infancia de mi época, las niñas y niños no sabíamos que era el estrés, es más, ni nos preocupaba si el resfriado nos duraba más de 4 semanas, ¡achú! Alegría total; incluso si tenías obligaciones que cumplir, las desarrollabas conjugando la imaginación a nivel dios del Olimpo. Por ejemplo, la escoba era una máquina destructora creada por alguna civilización alienígena o algún supervillano tipo Lex Luthor, que arrasaba con todo a su paso, y que esperaban la intervención de Superman.

Te permitían estar en las calles, echándote una cascarita de futchol, beis o al bote pateado; si tenías sed, con tal de no ir a tu casa, bebías agua directamente del grifo y te sabía fresca –no como ahora, que sabe a cloro de piscina pública–; los juegos de mesa eran la gloria: Turista Nacional -nuestro Monopoly tercer mundista-, Serpientes y Escaleras, La Oca, El Maratón, La Lotería y La Pirinola. Hacíamos bíceps al abrir y cerrar las cortinas de casa, al sacar la basura, éramos menos sedentarios, pues nuestros progenitores nos convertían en el control remoto del televisor y más intrépidos, pues cuando la señal de uno de los dos canales fallaba, nos trepaban al techo a orientar la antena, ¡sube al tejado, Marcial, que la antena no agarra Canal 13! Ahí tenían al Spiderman de la colonia Magisterial. Ya ven, menos sofá, más aventura.

Compartíamos música reproduciendo nuestros casetes en la esquina o afuera de la casa con nuestros cuates; es más, hacíamos originales playlists grabándolos directamente de la radio, y nos indignaba que el locutor hablara encima de la canción. Porque claro, uno estaba creando una obra maestra y venía un señor a abrir su bocota como si nada.

Creo que, con menos tecnologías, menos pantallas, jugar al aire libre, más calle, necesitábamos menos y jugábamos más. Los juguetes no eran tan sofisticados como en la actualidad, pero cuando entraba en acción esa figura de El Santo no tenía precio. Además, sobrevivimos al Globalón, una pasta compuesta de acetato de polivinilo, colorantes y acetona, que la inflábamos a través de popote con la cual hacíamos globos y, claro, también a la toxicidad del Moco de Gorila o Slime.

Pertenecí a una generación que tenía conciencia democrática, pues nos daba igual jugar con infantes de 10 años o de 5, digo, ellos ni sabían que eran de “chocolate”, es decir, se divertían con nosotros sin darse en cuenta que no los tomábamos en serio. A pesar de que las y los adultos nos cansaban con ese discursito de que a nosotros no nos tocó vivir en tiempos duros y siempre tuvimos todo. Fuimos las niñas y niños antes de la revolución digital y los que aprendimos a sacarle provecho de ella, es decir, fuimos los prehistóricos analógicos que luego conquistamos lo digital sin manual de instrucciones.

jueves, 23 de abril de 2026

Andar con peatonitis.


¡Oye, Colima, el estado donde ser
 gente de a pie” es como confesarte en misa un lunes por la mañana! ¿Peatón? ¡Eso suena a “perdedor con peatonitis aguda”! Pero en la Ciudad de Las Palmeras, caminar es tu superpoder, ¿eh? Tú eliges el rumbo, zigzagueando por recovecos como si fueras Indiana Jones buscando el arca perdida… ¡Pero en vez de tesoros, encuentras unas heces de perro del tamaño de un cráter lunar!

Yo vivo por la colonia… mejor ni la escribo, no vaya a ser que se ofendan mis vecinos, ¿eh? Ahí, para conocer la ciudad, tienes que inventarte una poética del caminar: Paso uno, esquivo el charco, a la vecina que riega la banqueta con el chorro de la manguera sin fijarse quién transita por la calle; paso dos, saludo al perro callejero que me mira como si yo fuera el intruso. Disfruto esta ciudad imperfecta, ¡claro! Gracias a mis pasos, la conozco más que a mis defectos.

Hay zonas donde caminar es una ganga: árboles que te dan sombra como un paraguas gratis, pasos peatonales que funcionan, calles limpias… ¡Pero espera! ¿Casualidad? ¡Qué va! Ahí la vida cuesta un ojo de la cara. Lo verde no es para todos, es como un anuncio: “¡Compra el departamento y te regalamos las buganvillas, geranios, rosales, hortensias, azaleas y helechos!”.

Porque, mira, muchas veces esos “espacios públicos” son trampas: si no compras un café de 100 pesos, ¡fuera! Si no consumes, eres un fantasma. ¡Hasta sentarte en una banca es VIP! En barrios rentables, todo gira en torno al billete: ¿Quiere sombra? ¡Pague la membresía!”.

¿Y la periferia? ¡Ay, Santa Cachucha! Los que sostienen la ciudad, los que no salen en las postales de “La Ciudad de las Palmeras”… ¡Que, por cierto, ya ni quedan palmeras, se las comieron las constructoras! Ahí caminar no es paseo, es supervivencia: esquivas cables sueltos, carros locos y el sol que te fríe como taco al pastor.

Esto me hace pensar, ¿no? La ciudad se organiza por privilegios: hasta caminar bajo sombra es de “clase alta”. ¿Dónde descansamos sin soltar la cartera? ¡En nuestras casas, con las cortinas sujetadas pa´ que entre airecito y un ventilador ruidoso!

jueves, 16 de abril de 2026

Vagaciones.


Mientras ustedes gozaban de sus muy merecidas vacaciones, vagueando con el sol en la cara y el coco loco en la mano, yo, el que firma lo que escribe y no se echa atrás, me quedé en Colima disfrutando el ecosistema sonoro de esta ciudad amada y odiada a la vez, y, ¡vaya ambientazo de barrio! Por la mañana, además del silbido del afilador que se cuela por la cocina, el triciclo de bolillero cuyo chiquihuitedespide un aroma delicioso, enseguida pasa el chatarrero con su perifoneo donde una voz robotizada dice: “¡Se compraaan colchones, lavadoras, estufas, cachivaches del demonio, aluminio viejo que estorba!”. Varios minutos después entra en escena el señor de la canasta tejida, a grito pelado: “¡Paaaanela, quesoooooo fresco, requesón y jocoqueeeee!”. Y al atardecer, para menguar el calorón tenemos ¡los Helados Mexti!: “¡Paletas gordotas de mamey, piña, tamarindo, jamaica, elote con leche, mazapán, Oreo, nuez, nance, guayaba y esquimales!”; mientras anochece, la luna es bienvenida con el pitido de los camotes y plátanos asados, es cuando el carrito que por la mañana era de los tacos de barbacoa, cual Transformers, se convierte en carrito de dogos. ¡Espectacular!

¿Rubíes? ¿Zafiros? ¡Paso! Los colimenses tenemos la piedra más top: la Piedra Lisa, que es como un monolito-tobogán gigante legendario. La tradición dice que, si te resbalas sobre ella una vez siendo foráneo, vuelves a Colima sí o sí. ¡Dos resbalones y zas, encuentra el amor de su vida en la bajada! Y tres… ¡Te quedas pa’ siempre, compadre!

Y el parque de la Piedra Lisa, ¡un zoológico de concreto de lujo! El Pato, El Gallo, ardillitas y conejitos, que datan de una tradición creada por Alberto Pérez Soria, allá por el Distrito Federal en 1969, bajo el encargo del Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI), ahora los de acá, los nuestros, puedes admirarlos tuneados por los genios Héctor Aburto e Ignacio Arceo… ¡Quedaron que te mueres de lindos, como animalitos influencers!

En fin, redescubrir la ciudad sin tanto gentío es un viaje alucinante; sin paisanos pisándote los talones, la ciudad se abre como un libro mágico, como un safari urbano solo para ti. Cierras los ojos y detrás de los párpados te montas la película completa: Colima te lleva de la mano por sus rincones invisibles, mientras te susurra secretos que ni Google sabe.