jueves, 26 de febrero de 2026

Jet-Set del empleo.


En 1984, Soda Stereo soltaba la bomba con este temazo: ¿Por qué no puedo ser del jet set? Una crítica a toda esa gente que busca en la superficialidad de la élite un lugar y a la obsesión por lucir como un catrín del juego de lotería. 41 añazos después, con las redes sociales más encendidas que un microondas sin tapa, el personal sigue en las mismas, ¡pero ahora en versión empleo-jet-set! Imagínate: el típico compañero, que se presenta en la reunión con traje de Zara mal planchado, sudando la gota gorda con tal de colarse en la foto oficial. ¡No aportó ni una idea! Pero ahí está, arrejuntadito al mero chipocludo del organigrama como ixodoidea, poniendo su mejor sonrisa al celular pa’ la selfie y exigiendo que pongan filtro de Instagram. ¡Posando como si fuera influencer de la nómina!

Ya se vio, cuando esa foto la suba a sus redes sociales, ¡mírenme, colegas, codeándome con el glitterati del memorándum y el cutis de burocracia! Sus followers: la tía que de niño le pellizcaba los cachetes, el cuñado con el que ve el fútbol los domingos y tres bots, le ponen 12 likes. ¡Éxito mundial! Y mientras, el motivo de la foto, el proyecto o lo que sea, pasa por el arco de la ignominia.

¡Es un safari de egos con menos colmillos que un bebé! Alardeo everywhere, pero cuando toca acción… ¡Fuegos artificiales mojados! Más globos aerostáticos que ideas brillantes, y menos neuronas que un GPS sin Wi-Fi. Durante la foto sobran las y los que quieran salir, todos pavoneándose, inflando el pecho y asumiendo panza como si hubieran inventado la rueda, pero cuando toca trabajar… ¡Pum, globo ponchado! Más farolear que un político en campaña, y menos ideas que un calvo en peluquería. ¡Es como ir a un restaurante finolis y pedir solo café para que todos te vean que perteneces a la alta alcurnia!

jueves, 19 de febrero de 2026

Piensa diferente. Fetiche 17.



¡Oye, qué fuerte! El teléfono celular, ese pedazo de plástico con brillo, se ha convertido en el fetiche total de la raza de ahora. Sí, fetiche, como dice la filosofía esa de los listos: le metes poderes mágicos a un cacharro, como si fuera un diosecillo que hace milagros, y olvidas que lo fabricó un abnegado obrero en una fábrica china. ¡Y míralos! Hay gente que no suelta la pantallita ni para ir al baño, ¡ni un minuto, que si no les da el tramafat!

Imagínate la escena romántica: una parejita en la oxidada banca de un oscuro jardín, y en vez de arrumacos, base por altura con el móvil cada uno. “¡Cariño, mira este meme!” “¡No, amor, espera a ver mi Tiktok!” Adiós al romanticismo, adiós a los besos con sabor a humanidad, todo por las “novedades” que les suelta la cajita idiota esa. ¡Sí hay un accidente en la calle! En lugar de ayudar al pobre desgraciado, ¡zas! Sacan el Pro de última generación, con sus tres cámaras de la NASA, y a grabar en 4K como si fueran Scorsese. ¡Hazte pa’ allá, que subo el vídeo y me hago viral!

Y los conciertos, ni te cuento. Están ahí plantados, pero en vez de disfrutar con la música en vivo, ¡a foto y vídeo! La gracia no es vivirlo, es lo que pasa después: likes a cántaros en las redes, ese subidón digital que te hace sentir el rey del mambo. ¡Pobre alma, que se pierde el momentazo real por un puñadito de corazoncitos virtuales!

En este baile loco con el celular, hemos perdido el sentido humano más puro, ese que se llama presencia. El teléfono móvil nos roba el alma gota a gota, convirtiéndonos en zombis con thumbs up, desconectados del aquí y el ahora. ¿Cuándo volveremos a mirarnos a los ojos sin una pantalla de por medio? Porque al final, la vida no es un post, es un abrazo que no se le da me gusta, que se debe sentir a gusto.

jueves, 12 de febrero de 2026

Crónica de una escuela con raíces profundas.



Dedicado al pedagogo, ¡ese kamikaze que entra al aula sabiendo que hoy alguien le va a lanzar una ráfaga verbal!

Cada mañana de principios de la década de los noventas, sí, los años del Grunge con sus guitarrazos a lo Cobain, ahí me tenían, llegando a la Facultad de Pedagogía con mi pantalón roto, zapatos de charol, playera de The Cure y una camisa de franela amarrada donde una vez estuvo la cintura. Con el respeto que merece, intentaré, a través de mis escasas condiciones de escritor, rendirle un homenaje por sus 41 añazos a mi entrañable escuela. ¡41 primaveras, que no es de cuéntamelos en un ratito! Pues cada generación que ha egresado de tan ínclita institución, ahí dejó parte de los mejores momentos de la vida.

Lejos del perfil de esa carrera que yo cursé en los noventa, cuando las bibliotecas eran el neceser obligatorio para nuestras neuronas sedientas -¡entrar ahí era como conectar el celular en el cargador después de un finde de batería baja!-. Sus profesoras y profesores nos daban libertad condicional al talento; gracias a ello revivimos la revista Vida Pedagógica, donde escribían estudiantes y docentes, llegando a tres números. Algunos contribuimos en la edición de Los Cuadernos Pedagógicos Universitarios, que la memoria miope no me permite vislumbrar si fueron 8 o 10 los publicados. Conocimos a verdaderos rockstars de la pedagogía como Pablo Latapí, Sylvia Schmelkes, Ángel Díaz Barriga y Juan Carlos Geneyro.

En aquellos años, los trabajos escolares los entregábamos impresos en papel; ¡sí, lamentablemente en esa época contribuíamos a la deforestación como si fuéramos Paul Bunyan, nada más que con apuntes! Nueve semestres nos chutamos, con sus desveladas, macheteando a los grandes pedagogos, explorando en las desamuebladas de nuestras cabezas esas ideas que hicieran clic para la tesis, por cierto, un semestre de más que los estudiantes actuales, que resuelven su licenciatura en ocho como si se tratase de un Mactrío de McDonald’s. Las paredes de Pedagogía fueron un segundo hogar para quien firma esto, pues, como los gatos callejeros en el tejado, volvía a casa solo pa’ roncar… ¡Y mira que las sillas de la facu eran bien cómodas!

En la vida, como en la Facultad de Pedagogía, las raíces profundas de 41 años nos enseñan que el verdadero saber no se mide en semestres, sino en las anécdotas que te hacen volver a casa… aunque sea solo para soñar con el Diccionario de las Ciencias de la Educación fotocopiado.

jueves, 5 de febrero de 2026

El lunes que fue martes.


¡Ay, amigos, este martes post-fin de semana etílico ha sido como despertar en una cruda cruel! Imagínate: son las 6:45 de la mañana, y el tráfico ya es un kamikaze total, un circo de locos al volante. Claxon por todos lados, pitando a los zombis clavados en el celular, que van como si estuvieran en un capítulo de
 The Walking Dead, pero con filtro de Instagram. ¡Muévete, que no es un paso de cebra, es una autopista!, grita uno. Y los camiones urbanos, ¡uf!, sardineros humanos: pasajes papaloteando en las puertas como banderas en huracán, con mochilas volando y el chófer berreando “¡Recórranse pa’ trasssss, que aquí no cabe ni un alfiler y atrás hay lugares para-dos!”. Yo me imagino al pobre diablo del último en subir, colgando de la puerta como un koala desesperado, pensando “esto es peor que una montaña rusa en forma de solitaria”.

Mientras tanto, las y los alumnos llegan a la escuela como si les hubieran dado un shot de Red Bull mezclado con siesta eterna: ojos rojos, pelo de espantapájaros y el cerebro aún en modo “fiesta del sábado”. “Profe, ¿qué es una clase?”, preguntan con cara de “acabo de ver un OVNI”. Y el profesorado… ¡Ah, los profesores! Los que ayer se pusieron las pilas y organizaron sus útiles de la chamba van más frescos que una lechuga en refri de lujo: con powerpoints relucientes, café en mano y una sonrisa de “hoy conquisto el mundo”. Pero los otros, ¡ay, los otros!, los que hace apenas 40 minutos se acordaron de que hay clases, van revolviendo el desván de las ideas como si fuera un cajón de calcetines disparejos. ¡Eureka! Hoy les enseño matemáticas con chistes de gatos… ¿O era historia con memes de perros? ¡Qué más da, improvisemos que para eso estamos!

Total, que el día arranca con más drama que La Rosa de Guadalupe: sudores, prisas y un olor a café quemado que impregna el aire. Pero oye, en medio de este desmadre matutino, reflexionemos un segundo: la vida escolar es como ese tráfico loco, caótica y llena de imprevistos, pero al final, con un poco de organización (o un milagro), todos llegamos a puerto. Nos recuerda que no hay que ser perfecto para empezar el día; basta con levantarse, reírse del lío y a echarle ganas. Porque si no, ¿qué gracia tiene? ¡Deja de preocuparte por ese martes que parecía lunes, que el fin de semana ya pasó! Recuerda que la próxima, sí inicia en lunes.

jueves, 29 de enero de 2026

Profes del siglo XXI.


¡Oye, ejercer la docencia es una acción… EXTREMA! ¿Eh? ¡Extrema, como saltar en paracaídas sin paracaídas! Porque, mira, cuando los jóvenes están de vacaciones, tú piensas: “¡Por fin, playa, cervecita!”, ¿no? ¡Pues no! Te mandan a cursos para que te quiten lo testarudo… ¡Lo testarudo! A que aprendas a no tenerle miedo a la IA, que ya nos tiene acomplejados… Y lo peor, ¡lo peor de lo peor!, a perder el pánico de que tus alumnos te rebasen manejándola. ¡Imagínate! Tú, que con el celular solo llamas a tu madre, y mientras el chamaco de 15 años te clona el alma con ChatGPT, y tú: ¡Perdón, joven! ¡Qué terror!

Y después de los cursos, cuando dices: “¡Ya está, mis clases ahora son Cátedra Magíster, es tiempo de sofá, Netflix y palomitas!”, ¡zas! Te cae encima planear los cursos… ¡No uno, eh! ¡Varios! Y no tú solo, no, ¡de forma colegiada! Ponerse de acuerdo con 20 profes es como subir al último piso de la Torre de Babel… ¡Pero con el ascensor descompuesto y todos gritando en lenguas muertas! “¡No, el contenido programático así no va!”, “¡No, transversal!”, “¡IA sí, IA no!”. ¡Caos total! Es como cuando de niño jugabas al teléfono descompuesto y los últimos de la fila en recibir el mensaje lo tergiversaban completamente.

Y al final, ¿qué tienes en casa? Pos una torre de papel de tanto borrador, montañas de folios… Sin que Mahoma, vaya a ellas. Porque los profes, ¡seguimos siendo analógicos! ¡Papelitos everywhere! ¿Digital? ¡Eso es para los jóvenes, que nosotros con el bolígrafo y el corrector, como Dios manda! ¡Santa Cachucha, ser profe del siglo XXI es una aventura… EXTREMA!

jueves, 22 de enero de 2026

Lentes detrás de los ojos.



¿Han visto a Charly García, el rey del rock argentino, con esos lentes que no se pone en los ojos como Dios manda, sino que se los mete debajo, como si fueran a tapar las ojeras de una cruda eterna? ¡Santa Cachucha, aquí estoy de nuevo escribiendo textos que a nadie le importan, y se lo voy a soltar sin filtro, que en este periódico no hay censura ni tonterías! Esa imagen icónica sale disparada de “Cinema Verité”, de Serú Girán, uno de los grupos a los que perteneció este genio de la música en 1981, donde dice “Anteojos negros de carey… No ve y yo puedo observar tranquilo”, ¡y no me salgan con que es poesía fina, que es puro desconsuelo, como si el tipo se hubiera bebido la tristeza entera y los cristales se le resbalasen por la cara de tanto llorar!

Imagínense los lentes no por fuera como cualquier ordinario individuo, que protege la mirada del mundo cruel, ¡no! Detrás de los ojos, colgando como bolsas de supermercado llenas de dramas, simbolizando esa vulnerabilidad que te deja desnudo de emociones. Es el aislamiento total, el observador pasivo que mira el dolor propio o ajeno desde un rincón oscuro, con la noche bajando el telón como si Dios dijera “¡Se acabó el show, hipócritas!”. Ojeras profundas, mirada derrotada, el peso de la vida deslizando todo hacia abajo… ¡Es Charly diciéndonos “estoy jodido, pero con estilo”!

Ahora visualiza a la abuela después de ver las noticias, con el Mundo en crisis. Toma sus gafas de leer y las desliza detrás de los ojos, como si el peso de la tristeza las hubiera empujado. Vive sola, tiene 5 días sin recibir ninguna visita, solo el pinche celular que suena una vez al día, para escuchar que le preguntan cómo está e inmediatamente cuelgan. Representa al observador pasivo, aislado en su sillón, viendo el dolor ajeno sin poder hacer nada y menos el de ella, con el telón de la noche bajando lento. ¡Qué imagen, eh, pa’ ponerte a reflexionar con un café!

Piensen en una persona que se divorcia, ¿listos? Llega a casa, se quita los lentes de sol de la cabeza y ¡zas!, se los coloca detrás de los ojos para esconder las lágrimas que no paran. No tapa la mirada, ¡la expone! Está frente al televisor sin encender; prefiere ver la programación de sus recuerdos, como Charly en su caos personal; es el desconsuelo puro. “Mira mis ojeras, Mundo, que me has dado hasta nadar en el fango del orgullo, de recordarme que no aprendí a ser tolerante y aquí estoy, vulnerable como un chamaco perdido en la noche solitaria”.

O el pobre sujeto que odia su chamba, llega al bar a las 3 de la mañana, con los lentes de pasta resbalando detrás de los ojos rojizos e hinchados de insomnio; lleva 3 días saliendo a esa hora con tal de sacar los pendientes; su esposa ha estado molesta, pues han pasado dos fines de semana sin salir. Utiliza lentes oscuros no para evitar ser encandilado, ¡es para ocultar el vacío! Representa ese aislamiento del que observa su propia situación sin poder hacer nada, con la noche cerrándose como una cortina negra sobre sueños rotos; es desconsuelo puro. “Mira mi cartera vacía, mi familia en el olvido, que la vida me ha dado un low cost emocional y aquí estoy, solo con mi noche cerrada”… Deseando que no amanezca nunca. ¡Charly lo hizo, el cabrón!

Al final, amigos, esos lentes detrás de los ojos son el grito mudo de la derrota emocional: no esconden nada, lo muestran todo crudo y sin maquillaje. Charly nos pinta la vulnerabilidad del solitario que ya no ilusiona, solo sobrevive en su propio cinematógrafo vérité de inmundicia. ¡Y si no lo captas, vuelve a leerlo con un mezcal en la mano, que igual se te resbalan tus lentes algo por detrás de los ojos!

jueves, 15 de enero de 2026

¡Feliz año, aunque sea en septiembre!


¡Qué tal, estamos en 2026, empezando el año nuevo con más prisa que un caracol practicando taichí! Los gimnasios ya se han hecho del dineral con esa tropa de héroes que paga la cuota, va un ratito el día 2, posa para la foto en el espejo… ¡Y zas! ¡Ya se creen el Terminator fitness! “¡Soy totalmente fitness, gueeee!”, otros gritan: ¡Mira, ya tengo abdominales de acero!, mientras se comen la pizza con refresco light en el sofá del gym.

Los nacimientos y luces navideñas, ay, pobres, regresan a sus cajones polvorientos, y los más trajinados, directos a la bolsa de la basura. Como esa corona de flor de Nochebuena que era un fuego rojo y ahora parece un bizcocho quemado, toda sepia y descolorida, ¡vaya drama, parece que ha pasado por la lavadora en ciclo intensivo!

Por cierto, yo lo vengo diciendo desde siempre: el “¡feliz año!” no es exclusivo de la medianoche, ¡es cada vez que te cruzas por primera vez con un conocido en este 2026! Así sea en septiembre, continuemos repartiendo buena vibra, sin prisas ni hipocresías.

¡Por el amor de Dios, dejen ya de suplicarle al 2026 que los sorprenda! ¿No tuvimos bastante con esa alarma sísmica del 2 de enero, que nos dejó bailando salsa de nervios sin música? ¡Si el año nuevo ya nos ha dado un meneo de bienvenida, ahora a trabajar con tal de que no nos sorprenda la cuesta de enero!

En tan pocos días, este año nos ha enseñado que la vida es como un gimnasio: pagas, sudas un poco unas cuantas horas y esperas milagros… pero si no vuelves, acabas como la flor de Nochebuena sepia, olvidada en la basura. ¡Así que ponte abusado, no le pidas sorpresas al calendario, y si timbra la alarma sísmica otra vez, espabílate en vez de asustarte! ¿Quién dijo que los años nuevos no venían con ritmo?