La disminución de la capacidad visual del bonaerense universal Jorge Luis Borges comenzó desde su juventud, marcada por problemas hereditarios como la miopía degenerativa y los antecedentes familiares. Cuando fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina, tomó la decisión de leer todos los ejemplares que ahí se conservaban, consciente de que estaba a punto de perder el universo de las imágenes. Entonces, en lugar de resignarse, decidió inventar un género literario de sí mismo.
Borges creó un universo onírico inteligente, mientras que las generaciones del siglo XXI, con sus teléfonos celulares, intentan captar momentos en los que dejan de ver la vida por sus propios ojos, viviendo de encuadres: miran la realidad como si fuese a través de una cerradura, entonces, lo que no se alcanza a ver mediante ese hueco se ignora o se da por inexistente, lo que genera errores de juicio o análisis incompletos. Eligen qué observar, excluyendo tal vez otras cosas interesantes, capturan una pequeña porción de la totalidad de los hechos, con el fin de cosechar la aprobación de otros, en sus redes sociales.
¿Qué mirar? ¿Cómo mirar? ¿Dónde mirar? Ese accidente o incidente captado puede durar apenas treinta segundos, pero se repite infinitamente según el deseo del espectador. No hay forma de evitarlo ni de salvar a los implicados: solo queda ser testigo, sentado en una oxidada banca del jardín, mostrando a la pareja —con la que ya no se habla ni se acaricia— lo que otros captaron, mientras las horas se consumen.
Ese alumno, distraído por las imágenes que recibe de sus redes sociales, pierde la atención hasta el punto de considerar tediosas las diapositivas que su profesor de Literatura Mexicana proyecta. Entonces regresa a mi memoria miope un fragmento del poema Historia de la noche (1977): “Y pensar que no existiría sin esos tenues instrumentos, los ojos”.
¡Qué razón tienes, Jorge Luis Borges!





