jueves, 12 de marzo de 2026

Los impostores “fashion”.



¡Atención, que viene la invasión de los impostores fashion! Tipos sin currículum ni para fregar platos en el área, que se meten a expertos en lo que es trending topic por redes o por los millonarios del poder. ¡Escritores y oradores del tedio dando conferencias sobre ChatGPT – ¿qué no eran los mismos que años atrás nos hablaban con harta sapiencia de las virtudes de la educación basada en competencias? -, preguntando qué tiznados es la “GPT”: “¿Generador de Pasteles Tontos?”! ¡Madre mía, qué circo con estos “expertos” de pacotilla que surfean en la ola de lo que está de moda!

Los de izquierda radical, que antes tiraban bombas verbales contra el Mundo entero, ahora santones de la paz con sonrisa de anuncio de yogur dando charlas motivacionales, con pinta de haber descubierto la paloma blanca ayer, que según, eso les hace imperfectos gurús de la concordia en ponencias, con aura de santo vivo, que camufla a un hippie con MasterCard. ¿Paz? ¡Sí, wey, pero con subsidio, mientras posan con su latte orgánico y critican a los que no reciclan! Expertos en informática, de esos que se ponen filtro hasta en la vida real con tal de aparentar menos edad, queriendo colaborar en libros sobre pedagogos míticos, ¡como si hubieran cambiado el código por un libro de Freire en vez de un meme! Diciendo “el andamiaje cognitivo es como un algoritmo de machine learning, queridos educandos”.

Y luego, el colmo: un pedagogo de manual que firma lo que garabatea, creyéndose el articulista estrella – puro copy-paste de Wikipedia con pose de intelectual de tianguis – y locutor de radio. ¡Pero si parece que le han dado el micro en un karaoke de barrio! ¡Si hasta en las reuniones de profes parece que está en prime time o graba un podcast! Pura comedia por hype ajeno. ¡No hay quien lo pare! ¿No les agrada esta fauna de “simiespertos” motivados por las tendencias de quienes dictan el rumbo de este planeta? ¡Ay, pobres hámsteres en rueda de la fama falsa!

jueves, 5 de marzo de 2026

Ya no es el Mariachi Loco, fue febrero.



Marzo nos cayó encima como mariachi del Barrio del Agua Fría en plena canción de La Cigarra con sus dificultades técnicas debido a los agudos y vibratos, es el tercer mes, nueve pendientes pa’ despachar este 2026 tan alborotado que parece quinceañera con banda sinaloense. Tan inquieto, que parece un perro con pulgas dando brincos sin parar. 

Febrero se nos coló y salió con todo y su 14 empalagoso, repleto de arrumacos, golosinas que pegan más que chicle en zapato, besos de tornillo aderezados con chocolates que derriten voluntades como sol de Colima a mediodía. Tuvimos un día 24 diferente a los de otros meses, pues este manifestó historia: Plan de Iguala 1821, fusionando insurgentes con realistas pa’ la independencia y regalándonos la bandera tricolor que nos eriza más que grito de gol en el Azteca. ¿Algún vivo les hizo serenata norteña a los bichos de Satoshi Tajiri? ¡Pokémon a sus 30 febreros, más curtido que charro montado en caballo con artritis! ¡Pikachu ya es treintón, con más arrugas que un Charizard jubilado!

Y febrero que nos deja a Punch, un changuito con peluche pegado al alma, que se asemeja a un meme viral con corazón de algodón de azúcar, ¡ternurita nivel experto, como tamagochi revivido con alma de novela lacrimógena!

Al final, la vida es como un Pokémon salvaje: viene con sorpresas históricas, banderas que nos unen y peluches que nos ablandan el alma, recordándonos que, en este calendario kamikaze, lo que de verdad captura nuestra Pokébola es el momento efímero que une pasado, ternura y un poquito de caos, sí, el de ese fin de semana con puente obligado. Así que, ¡vive el despapaye antes de que el año te capture a ti! Además, no olvides ese adagio de febrero loco, marzo otro poco.

jueves, 26 de febrero de 2026

Jet-Set del empleo.


En 1984, Soda Stereo soltaba la bomba con este temazo: ¿Por qué no puedo ser del jet set? Una crítica a toda esa gente que busca en la superficialidad de la élite un lugar y a la obsesión por lucir como un catrín del juego de lotería. 41 añazos después, con las redes sociales más encendidas que un microondas sin tapa, el personal sigue en las mismas, ¡pero ahora en versión empleo-jet-set! Imagínate: el típico compañero, que se presenta en la reunión con traje de Zara mal planchado, sudando la gota gorda con tal de colarse en la foto oficial. ¡No aportó ni una idea! Pero ahí está, arrejuntadito al mero chipocludo del organigrama como ixodoidea, poniendo su mejor sonrisa al celular pa’ la selfie y exigiendo que pongan filtro de Instagram. ¡Posando como si fuera influencer de la nómina!

Ya se vio, cuando esa foto la suba a sus redes sociales, ¡mírenme, colegas, codeándome con el glitterati del memorándum y el cutis de burocracia! Sus followers: la tía que de niño le pellizcaba los cachetes, el cuñado con el que ve el fútbol los domingos y tres bots, le ponen 12 likes. ¡Éxito mundial! Y mientras, el motivo de la foto, el proyecto o lo que sea, pasa por el arco de la ignominia.

¡Es un safari de egos con menos colmillos que un bebé! Alardeo everywhere, pero cuando toca acción… ¡Fuegos artificiales mojados! Más globos aerostáticos que ideas brillantes, y menos neuronas que un GPS sin Wi-Fi. Durante la foto sobran las y los que quieran salir, todos pavoneándose, inflando el pecho y asumiendo panza como si hubieran inventado la rueda, pero cuando toca trabajar… ¡Pum, globo ponchado! Más farolear que un político en campaña, y menos ideas que un calvo en peluquería. ¡Es como ir a un restaurante finolis y pedir solo café para que todos te vean que perteneces a la alta alcurnia!

jueves, 19 de febrero de 2026

Piensa diferente. Fetiche 17.



¡Oye, qué fuerte! El teléfono celular, ese pedazo de plástico con brillo, se ha convertido en el fetiche total de la raza de ahora. Sí, fetiche, como dice la filosofía esa de los listos: le metes poderes mágicos a un cacharro, como si fuera un diosecillo que hace milagros, y olvidas que lo fabricó un abnegado obrero en una fábrica china. ¡Y míralos! Hay gente que no suelta la pantallita ni para ir al baño, ¡ni un minuto, que si no les da el tramafat!

Imagínate la escena romántica: una parejita en la oxidada banca de un oscuro jardín, y en vez de arrumacos, base por altura con el móvil cada uno. “¡Cariño, mira este meme!” “¡No, amor, espera a ver mi Tiktok!” Adiós al romanticismo, adiós a los besos con sabor a humanidad, todo por las “novedades” que les suelta la cajita idiota esa. ¡Sí hay un accidente en la calle! En lugar de ayudar al pobre desgraciado, ¡zas! Sacan el Pro de última generación, con sus tres cámaras de la NASA, y a grabar en 4K como si fueran Scorsese. ¡Hazte pa’ allá, que subo el vídeo y me hago viral!

Y los conciertos, ni te cuento. Están ahí plantados, pero en vez de disfrutar con la música en vivo, ¡a foto y vídeo! La gracia no es vivirlo, es lo que pasa después: likes a cántaros en las redes, ese subidón digital que te hace sentir el rey del mambo. ¡Pobre alma, que se pierde el momentazo real por un puñadito de corazoncitos virtuales!

En este baile loco con el celular, hemos perdido el sentido humano más puro, ese que se llama presencia. El teléfono móvil nos roba el alma gota a gota, convirtiéndonos en zombis con thumbs up, desconectados del aquí y el ahora. ¿Cuándo volveremos a mirarnos a los ojos sin una pantalla de por medio? Porque al final, la vida no es un post, es un abrazo que no se le da me gusta, que se debe sentir a gusto.

jueves, 12 de febrero de 2026

Crónica de una escuela con raíces profundas.



Dedicado al pedagogo, ¡ese kamikaze que entra al aula sabiendo que hoy alguien le va a lanzar una ráfaga verbal!

Cada mañana de principios de la década de los noventas, sí, los años del Grunge con sus guitarrazos a lo Cobain, ahí me tenían, llegando a la Facultad de Pedagogía con mi pantalón roto, zapatos de charol, playera de The Cure y una camisa de franela amarrada donde una vez estuvo la cintura. Con el respeto que merece, intentaré, a través de mis escasas condiciones de escritor, rendirle un homenaje por sus 41 añazos a mi entrañable escuela. ¡41 primaveras, que no es de cuéntamelos en un ratito! Pues cada generación que ha egresado de tan ínclita institución, ahí dejó parte de los mejores momentos de la vida.

Lejos del perfil de esa carrera que yo cursé en los noventa, cuando las bibliotecas eran el neceser obligatorio para nuestras neuronas sedientas -¡entrar ahí era como conectar el celular en el cargador después de un finde de batería baja!-. Sus profesoras y profesores nos daban libertad condicional al talento; gracias a ello revivimos la revista Vida Pedagógica, donde escribían estudiantes y docentes, llegando a tres números. Algunos contribuimos en la edición de Los Cuadernos Pedagógicos Universitarios, que la memoria miope no me permite vislumbrar si fueron 8 o 10 los publicados. Conocimos a verdaderos rockstars de la pedagogía como Pablo Latapí, Sylvia Schmelkes, Ángel Díaz Barriga y Juan Carlos Geneyro.

En aquellos años, los trabajos escolares los entregábamos impresos en papel; ¡sí, lamentablemente en esa época contribuíamos a la deforestación como si fuéramos Paul Bunyan, nada más que con apuntes! Nueve semestres nos chutamos, con sus desveladas, macheteando a los grandes pedagogos, explorando en las desamuebladas de nuestras cabezas esas ideas que hicieran clic para la tesis, por cierto, un semestre de más que los estudiantes actuales, que resuelven su licenciatura en ocho como si se tratase de un Mactrío de McDonald’s. Las paredes de Pedagogía fueron un segundo hogar para quien firma esto, pues, como los gatos callejeros en el tejado, volvía a casa solo pa’ roncar… ¡Y mira que las sillas de la facu eran bien cómodas!

En la vida, como en la Facultad de Pedagogía, las raíces profundas de 41 años nos enseñan que el verdadero saber no se mide en semestres, sino en las anécdotas que te hacen volver a casa… aunque sea solo para soñar con el Diccionario de las Ciencias de la Educación fotocopiado.

jueves, 5 de febrero de 2026

El lunes que fue martes.


¡Ay, amigos, este martes post-fin de semana etílico ha sido como despertar en una cruda cruel! Imagínate: son las 6:45 de la mañana, y el tráfico ya es un kamikaze total, un circo de locos al volante. Claxon por todos lados, pitando a los zombis clavados en el celular, que van como si estuvieran en un capítulo de
 The Walking Dead, pero con filtro de Instagram. ¡Muévete, que no es un paso de cebra, es una autopista!, grita uno. Y los camiones urbanos, ¡uf!, sardineros humanos: pasajes papaloteando en las puertas como banderas en huracán, con mochilas volando y el chófer berreando “¡Recórranse pa’ trasssss, que aquí no cabe ni un alfiler y atrás hay lugares para-dos!”. Yo me imagino al pobre diablo del último en subir, colgando de la puerta como un koala desesperado, pensando “esto es peor que una montaña rusa en forma de solitaria”.

Mientras tanto, las y los alumnos llegan a la escuela como si les hubieran dado un shot de Red Bull mezclado con siesta eterna: ojos rojos, pelo de espantapájaros y el cerebro aún en modo “fiesta del sábado”. “Profe, ¿qué es una clase?”, preguntan con cara de “acabo de ver un OVNI”. Y el profesorado… ¡Ah, los profesores! Los que ayer se pusieron las pilas y organizaron sus útiles de la chamba van más frescos que una lechuga en refri de lujo: con powerpoints relucientes, café en mano y una sonrisa de “hoy conquisto el mundo”. Pero los otros, ¡ay, los otros!, los que hace apenas 40 minutos se acordaron de que hay clases, van revolviendo el desván de las ideas como si fuera un cajón de calcetines disparejos. ¡Eureka! Hoy les enseño matemáticas con chistes de gatos… ¿O era historia con memes de perros? ¡Qué más da, improvisemos que para eso estamos!

Total, que el día arranca con más drama que La Rosa de Guadalupe: sudores, prisas y un olor a café quemado que impregna el aire. Pero oye, en medio de este desmadre matutino, reflexionemos un segundo: la vida escolar es como ese tráfico loco, caótica y llena de imprevistos, pero al final, con un poco de organización (o un milagro), todos llegamos a puerto. Nos recuerda que no hay que ser perfecto para empezar el día; basta con levantarse, reírse del lío y a echarle ganas. Porque si no, ¿qué gracia tiene? ¡Deja de preocuparte por ese martes que parecía lunes, que el fin de semana ya pasó! Recuerda que la próxima, sí inicia en lunes.

jueves, 29 de enero de 2026

Profes del siglo XXI.


¡Oye, ejercer la docencia es una acción… EXTREMA! ¿Eh? ¡Extrema, como saltar en paracaídas sin paracaídas! Porque, mira, cuando los jóvenes están de vacaciones, tú piensas: “¡Por fin, playa, cervecita!”, ¿no? ¡Pues no! Te mandan a cursos para que te quiten lo testarudo… ¡Lo testarudo! A que aprendas a no tenerle miedo a la IA, que ya nos tiene acomplejados… Y lo peor, ¡lo peor de lo peor!, a perder el pánico de que tus alumnos te rebasen manejándola. ¡Imagínate! Tú, que con el celular solo llamas a tu madre, y mientras el chamaco de 15 años te clona el alma con ChatGPT, y tú: ¡Perdón, joven! ¡Qué terror!

Y después de los cursos, cuando dices: “¡Ya está, mis clases ahora son Cátedra Magíster, es tiempo de sofá, Netflix y palomitas!”, ¡zas! Te cae encima planear los cursos… ¡No uno, eh! ¡Varios! Y no tú solo, no, ¡de forma colegiada! Ponerse de acuerdo con 20 profes es como subir al último piso de la Torre de Babel… ¡Pero con el ascensor descompuesto y todos gritando en lenguas muertas! “¡No, el contenido programático así no va!”, “¡No, transversal!”, “¡IA sí, IA no!”. ¡Caos total! Es como cuando de niño jugabas al teléfono descompuesto y los últimos de la fila en recibir el mensaje lo tergiversaban completamente.

Y al final, ¿qué tienes en casa? Pos una torre de papel de tanto borrador, montañas de folios… Sin que Mahoma, vaya a ellas. Porque los profes, ¡seguimos siendo analógicos! ¡Papelitos everywhere! ¿Digital? ¡Eso es para los jóvenes, que nosotros con el bolígrafo y el corrector, como Dios manda! ¡Santa Cachucha, ser profe del siglo XXI es una aventura… EXTREMA!