jueves, 17 de septiembre de 2026

Honesty.


Ayer, 16 de septiembre, me dio por poner en el reproductor el disco 52nd Street de Billy Joel. ¡El genial Billy, que ya tiene más años que la campana de Dolores, sonaba mejor que nunca! Y justo cuando empieza Honesty, me entra la vergüenza, “Qué difícil es ser sincero”… Y yo pensando: “Pues sí, Billy, aquí en México la sinceridad dura lo que un taco al pastor en la mesa”.

Porque claro, estas fechas son de ponerse bien mexicano, aunque sea por quince días. En la primaria nos decían: “El cura Hidalgo repicó las campanas en la noche del 15 de septiembre”. Y uno se lo creía, hasta que llega el iconoclasta profesor de historia en la prepa, con su cara de “yo sé más que Wikipedia”, y suelta: “No, chamacos, el 15 de septiembre lo que se celebraba era el cumpleaños de Porfirio Díaz”. ¡Anda, vete pa’ atrás! O sea, que en la medianoche del pachangón al estilo francés del fête d’anniversaire del presidente, por una casualidad del destino, el grito de independencia coincidía gracias a las manecillas del reloj.

Imagínense la escena, Don Porfirio, presidente de México desde 1876 hasta 1911, echando la casa por la ventana cada 15 de septiembre. Y en plena fiesta, un amigo ricachón les trae a unos campesinos músicos de bodas, fiestas parroquiales y bautizos para cantarle Las Mañanitas. El hombre, encantado, pregunta: “¿Cómo se llaman ustedes?”. Y el otro, con acento provinciano: “Mariaitzi”. Y Porfirio: “Oye, ¡qué bien tocan tus mariachis!”. ¡Y zas!, bautizo oficial.

Luego ya vino el cine a ponerles sombrero de charro y mostacho tipo brocha, con Jorge Negrete cantando como si se hubiera empinado una botella de tequila entera, y la China Poblana de su amada Gloria Marín al lado para completar el cuadro. Mientras tanto, Billy Joel seguía cantando: “But if you look for truthfulness, you might just as well be blind; it always seems to be so hard to give” y yo pensando, Billy, vente acá en septiembre y verás lo que es la verdad a medias.

jueves, 10 de septiembre de 2026

La evolución de nuestra autoestima digital.



¿Recuerdan lo del 2007? Aquello fue el apocalipsis de la autoestima. Burger King y Los Simpson se juntaron para decirnos: “Oye, tú también puedes ser amarillo, tener 4 dedos y vivir en Springfield”. Y todos, como lemmings con conexión a internet, corrimos a Simpsonízame —o Simpsonízate, si eras de los que leía los créditos de las películas—. Subías tu foto del Messenger, esa en la que salías con el pelo engomado y una camiseta de manga larga en pleno agosto, y el algoritmo te devolvía una versión caricaturesca al estilo Matt Groening que, sinceramente, era más atractiva que tú en la vida real, y todo orgulloso la ponías en el Messenger o el Myspace.

Luego llegó WhatsApp y dijimos: “Por fin, identidad digital”. Pero claro, ¿quién iba a poner un avatar que se pareciera a uno? Si quien firma lo que escribe pesa más de noventa kilos y tiene más entradas que un cine recién inaugurado en Colima, ¿iba a elegir un calvo con barriga? ¡Ni madres! Así que terminé con un muñequito que parecía a mi primo el guapo, ese que nunca existió.

Con el arribo de la IA, algunas instituciones educativas recomendaban a sus estudiantes: “No utilicen tanto ChatGPT para las tareas escolares, que se les va a desconchinflar el cerebro”, y para ridículo de esos centros educativos, sus empleados y hasta profesores fueron los primeros que subieron sus fotos convertidas en personajes de Miyazaki. Es para fines pedagógicos, dicen, mientras el director del centro tiene de perfil un dibujo animado con ojos del tamaño de platos.

Pero lo que ya es el colmo es este trend de los 80. Mira cómo quedarías con hombreras tipo Mazinger Z, laca y un peinado que desafía la gravedad como el de René Casados en XE-TU. Y lo peor no es que lo hagan los adolescentes, ¡es que lo hacemos los de mi generación! Personas entre los 40 y 50 años subiendo fotos con más volumen en el pelo que en la cuenta corriente. Por favor, dejen eso para la chamacada. Nosotros lo que tenemos que subir es la foto de secundaria, esa en la que el acné te hacía parecer un mapa topográfico y la vida olía a hormona y a desodorante barato. Esa es la verdadera estética de los 80: sufrimiento y confusión; ¡en fin, así es la evolución de nuestra autoestima digital!

jueves, 3 de septiembre de 2026

Crónica de un regreso anunciado.



A las 6:10 de la mañana, el fresco del amanecer todavía fingía que venía a ayudarnos. El cielo estaba naranja, como si alguien hubiera dejado encendida una lámpara gigante detrás de los cerros. Era el lunes 31 de agosto y, según los conocimientos meteorológicos heredados de mi abuela materna —que no tenía estudios sobre el clima, pero sí una autoridad incuestionable para anunciar desgracias—, ese día debido lo anaranjado del cielo el calor nos iba a freír al mediodía.

Tomé la avenida Felipe Sevilla y me encontré con el tráfico kamikaze provocado por miles estudiantes y docentes que se dirigían a inundar las aulas con la ilusión de un nuevo ciclo escolar. La ilusión, por supuesto, avanzaba a vuelta de rueda, rodeada de cláxones y personas que ya habían perdido la paciencia antes de llegar a la escuela.

Las y los estudiantes estrenaban mochilas portentosas, calzado nuevo de reconocidas marcas comerciales y esa expresión de quien todavía cree que el año escolar puede salir bien. Algunos profesores, en cambio, vestían sus prendas anacrónicas y marchitas de siempre. Eso sí: todos iban perfectamente perfumados. Porque una cosa es repetir ropa y otra muy distinta repetir olor. En realidad, todos éramos los mismos, envueltos en novedad. Una frase bastante profunda, posiblemente de Miguel Bosé, para no variar.

Los cláxones sonaban a todo volumen. El peatón no era una persona: era un obstáculo que había que librar. Las manecillas del reloj avanzaban con una crueldad administrativa y, en algún momento, la sístole le pidió a la diástole echarse un cha-cha en aquella pista de baile llamada aorta.

Entonces ocurrió lo inevitable: empecé a secretar un líquido salado compuesto principalmente por agua y pequeñas cantidades de sales minerales, producido por las glándulas sudoríparas del cuerpo o, dicho de manera menos científica: ¡híjole, manito, ya se te está haciendo tarde!

A mi alrededor, varios conductores permanecían clavados al celular. No avanzaban cuando se encendía la luz verde porque estaban ocupadísimos revisando las últimas novedades de WhatsApp. La luz ámbar del semáforo se convirtió en una cuenta regresiva: 3, 2, 1… rojo. Y, zas, alguien se lo pasó con ese disimulo que consiste en mirar al frente como si uno no acabara de cometer una infracción.

Por fin llegué a la escuela. Y ahí descubrí la gran verdad del regreso a clases: ese día no tenía nada de novedoso. Era la misma monotonía de siempre: ingresar a un aula para impartir clases o recibirlas, dentro de un sistema basado en la educación obligatoria, los grupos divididos por edades, los horarios estrictos, los timbres, los exámenes estandarizados y las materias fragmentadas. Un modelo que existe desde finales del siglo XVIII y principios del XIX. Es decir, llevamos más de doscientos años entrando a salones a la misma hora, sentándonos por edades y esperando que un reloj nos indique cuándo podemos volver a ser seres ordinarios.

jueves, 27 de agosto de 2026

Cómo perder aura en un segundo.



La semana pasada escribí sobre esas palabritas domingueras que nos echamos los adultos para quedar como señores de alto nivel intelectual… ¡Pues tómala, que esta vez me ha tocado en suerte ver y oír un término de esos que acuña la raza joven, como el YOLO, que viene del You Only Live Once, o sea, “solo vives una vez”, que se puso de moda allá por 2011, después de que el rapero Drake lo soltara en The Motto… ¡Qué cosas!

El viernes, además de ver vídeos y un montón de memes, me topé con eso de “farmear auras”… ¡Farmear! Que viene del inglés farm —cultivar, como quien dice—. Dicen que su origen es gamer, claro, porque en algunos videojuegos le llaman así a repetir tareas para acumular poder o recursos, atrapar objetos, dinero o experiencia… ¡Como cuando repito el café tres veces con el fin de despertarme en la chamba!

Pero en el habla común y en redes, se usa como “farmear aura” para describir acciones o poses con las que alguien intenta verse seguro, carismático o cool… ¡Vaya, cuento! Y en el multiverso de internet, lo consideran una suma, pero de “puntos de aura” imaginarios, mediante actitudes atractivas, gestos con estilo o momentos imponentes… ¡Algo así como entrar en un lujoso restaurante y pedir un platillo sin mirar los precios del menú! Es cuando un acierto te aumenta el aura, mientras que un tropiezo o papelón te hace perder miles de puntos… ¡Ahí es donde hay un ganador y un perdedor, como en la vida!

Y ahora viene una mixtura —nótese la palabrita dominguera que me acabo de echar— entre el Street Fighter y la Batalla de Pasarela de Zoolander; sí, el genial Ben Stiller ya había inventado algo semejante en el 2001, en donde las y los jóvenes organizan duelos en plazas pa’ demostrar presencia mediante poses, caminatas o bailes… ¡Miren hasta dónde hemos llegado! El público decide al ganador con aplausos y gritos según quién mantenga mejor el estilo… ¡Es como ponerse de carquis y mirarte al espejo, pero con público y que ellos te aprueben los trapos!

Al final, que la juventud farmee aura, haga poses, baile en una plaza o convierta cualquier tropiezo en una batalla de estilo es perfectamente tolerable: cada generación inventa sus propios rituales para pertenecer, divertirse y sentirse protagonista. Antes bastaba con llevar los pantalones rotos, escuchar música a todo volumen o decir “¡qué onda, ca…!”; hoy se acumulan puntos de aura y se libran combates de pasarela. Cambian las palabras, pero la necesidad de destacar sigue siendo la misma.

Lo verdaderamente preocupante no es que los jóvenes lo hagan, sino que un adulto se esfuerce demasiado por demostrar que está “a la vanguardia”. Porque una cosa es entender a las nuevas generaciones y otra muy distinta es querer competir con ellas como si la juventud fuera una membresía que se renueva bailando en TikTok. Ahí ya no estamos ante un adulto actualizado, sino ante un adolescente de 40 años: alguien que no acepta su edad con dignidad, que persigue las modas con la misma desesperación con la que uno persigue el camión cuando ya cerró la puerta. Antes de concluir… aprendemos a dejar que los jóvenes acumulen su aura sin que uno se meta a perder la poca que le queda, escribiendo textos como este que acaban de leer.

jueves, 20 de agosto de 2026

Cuando el lenguaje se pone la corbata.




Hace unos días, yo —un tipo que la verdad no me encuentro pa´ tanto, sin pretensiones, de esos que se comen la “d” al hablar y van por la vida con una cara de mascota recién comprada—, acudí como expositor a un evento. No les voy a decir el tema, porque si lo suelto, me quedo como el listo de la clase y yo no soy de esos, ¿eh?

Antes de empezar, esperando a que Khronos —el de los relojes, no el del negocio— fuera complaciente con el que firma lo que escribe, escuché a unos colegas repartirse las temáticas que iban a asesorar. Y ahí va la primera chacota: ufanos, como pavos reales, diciendo en cuál se consideraban expertos. ¡Expertos! ¡Por favor! Desde mi punto de vista, que ya tiene unos cuantos ayeres —como diría la abuela Ramona—, considerarte experto en algo es demasiado pretencioso. ¡Pero demasiado! Es más, ni experto en hervir la leche fui, porque siempre se me derramaba. ¡Siempre!

Luego, ya en la exposición, uno de los asistentes pregunta por la “expertise”. Bueno, yo escuché “expertis”, pero imagino que se refería a la pericia, experiencia o conocimiento especializado que una persona tiene en un área concreta gracias al estudio, la práctica o el entrenamiento —gracias a El Rincón del Vago, por este dato—. ¡Y de pronto dije: “Wow, qué apantallador se escuchó este colega”!

Y es que eso es lo rico de nuestro lenguaje: que acuña palabras domingueras —esas frases rebuscadas, oscuras, que la Academia Mexicana de la Lengua define como expresiones pedantes y poco usuales— para impresionar a quien lo escucha. ¡Como si decir expertise te convirtiera en Einstein!

Aquí viene el monólogo interno, de esos que te motivan a echarte un mambo mental, con el piquito en los labios y la mirada de quien ha vivido unas cuantas: la obsesión por etiquetarnos como “expertos” es un síntoma de una sociedad que confunde el conocimiento con el estatus.

En un Mundo hiperconectado, donde cualquiera puede googlear u obtener de la IA un dato en tres segundos, la verdadera sabiduría no está en acumular títulos o palabrería rimbombante, sino en reconocer los límites del propio saber.

La humildad intelectual —esa capacidad de admitir que no se es experto en todas las materias del mercado debería ser algo que dominemos del todo— es el antídoto contra la pedantería de las palabras domingueras. Porque, al final del día, el conocimiento verdadero no necesita adornos lingüísticos para brillar. La autenticidad, la naturalidad y la capacidad de reírse de las propias meteduras de pata son las que construyen un saber con sentido humano, como este texto al que quise ponerle la corbata.

jueves, 13 de agosto de 2026

Lenguaje sin ofensas.


En los últimos cursos que he dado, me topo con situaciones que parecen sacadas de una peli de ciencia ficción de cuando era chavo. Resulta que ahora hay que pasar por un filtro de “lenguaje correcto” los contenidos programáticos, muchos de ellos con varios siglos encima, para que suenen políticamente correctos y no le incomoden a nadie. Ya no se vale decir las cosas como fueron, ni contar los datos históricos o los postulados tal cual surgieron, porque a lo mejor alguien se ofende. Y lo más chistoso es que la mayoría de esas teorías son más viejas que Matusalén: las hicieron en tiempos donde la tinta masculina era quien las escribía y las costumbres, así como los hábitos, eran de otra galaxia.

Pero lo mejor viene cuando tienes enfrente a estudiantes que crecieron en un Mundo que ni yo entiendo. Yo, que ya soy de otra época, siento que hablo en otro idioma; ellos se ríen y hasta se asombran porque lo que para mí era pan de cada día, para ellos es un “¿qué dices, profe?”. Así que uno ahí va, tratando de poner orden en un despapaye que cambia a diario, con un lenguaje que parece que se actualiza cada 5 minutos. ¿Cómo le harán los de psicología para explicar la teoría de la selección sexual de las conductas? ¿O los de Biología, para que no los acusen de racismo científico del siglo XIX y principios del XX cuando hablan del determinismo biológico en la inteligencia?

La verdad, me queda clarísimo que todos queremos que nadie se sienta excluido, que cada quien tenga su espacio y lo respeten. Pero a veces se me hace un rollo que, apenas armas una oración en clase, tengas que pasar por el “comité político-lingüístico”, con lupa y sello de “aprobado” o “rechazado”, para validar teorías que se hicieron en otros tiempos y, lo peor, no expresan mi opinión ni me representan como algunos estudiantes a veces llegan a pensar.

Lo bueno es que he aprendido que el lenguaje no es solo para hablar, sino para entender mejor al prójimo, para abrir la mente y para construir respeto. Eso, sí que nunca pasa de moda.

jueves, 6 de agosto de 2026

Hacer por hacer.



En 1995, Miguel Bosé, con tal de evidenciar su llegada a la firma discográfica Warner Music, editó un disco de éxitos, donde incluía como novedad una canción de nombre «Hacer por hacer», cuya letra iba: “No sé si hacer o más bien deshacer. Hacerlo mal o hacerlo bien, hacer por hacer, solo pa’ deshacer lo que nunca sé hacer”. Esta cancioncilla viene a la memoria miope cada vez que se aproxima el inicio de un ciclo escolar, y se nos propone hacer un “Proyecto Transversal” —sí, así entre comillas—. Es que, si bien nos va, a veces se generan propuestas metodológicas sensatas, pero a la vez riesgosas si se ejecutan con mediocridad. Luego viene esa tarea de tratar de unir todas las asignaturas de un plan de estudios bajo el cobijo del ejercicio de la docencia, sobre el papel, una decisión audaz.

Ustedes saben que nuestra población estudiantil oscila entre los 15 y 17 años, jóvenes hiperconectados, «nativos digitales» que arrastran problemas que van mucho más allá de una simple calificación y, cabe aclarar, que la reprobación no es el origen, sino el síntoma de una fractura socioemocional; ahí es donde la Nueva Escuela Mexicana tiene toda la razón, y donde quienes ejercemos la docencia estamos operando como un escudo de contención.

Porque cuando intentamos meter en una licuadora la tabla periódica, escritores universales, ecuaciones de primer y segundo grado con una necesidad social o socioemocional, a pesar de sonar idílico, es pertinente, académico y pedagógico. Lo patético es navegar a ciegas, intentando cruzar la línea entre un proyecto interdisciplinario y un festival escolar caótico de fin de cursos, pues es extremadamente delgada, que termina olvidando los aprendizajes que se buscaron fomentar por un like a la foto de los chamacos disfrazados o bailando.

Creo que un “proyecto transversal” exige rigor científico que no se diluya en el entretenimiento barato. No me interesa ver a jóvenes «entusiasmados» unas cuantas horas si al final del curso no entendieron cómo la ciencia moldeó la soberanía o el desarrollo industrial de este país. El uso de la tecnología debe ser académico y no de ocio. No queremos adolescentes haciendo TikToks vacíos; queremos pensamiento crítico aplicado.

La transversalidad no es una moda o que la comunidad se entere de lo que sus docentes hacen; la transversalidad es la única forma de rescatar a una generación que se aburre soberanamente con la educación unidimensional de pintarrón y plumones.