En 1995, Miguel Bosé, con tal de evidenciar su llegada a la firma discográfica Warner Music, editó un disco de éxitos, donde incluía como novedad una canción de nombre «Hacer por hacer», cuya letra iba: “No sé si hacer o más bien deshacer. Hacerlo mal o hacerlo bien, hacer por hacer, solo pa’ deshacer lo que nunca sé hacer”. Esta cancioncilla viene a la memoria miope cada vez que se aproxima el inicio de un ciclo escolar, y se nos propone hacer un “Proyecto Transversal” —sí, así entre comillas—. Es que, si bien nos va, a veces se generan propuestas metodológicas sensatas, pero a la vez riesgosas si se ejecutan con mediocridad. Luego viene esa tarea de tratar de unir todas las asignaturas de un plan de estudios bajo el cobijo del ejercicio de la docencia, sobre el papel, una decisión audaz.
Ustedes saben que nuestra población estudiantil oscila entre los 15 y 17 años, jóvenes hiperconectados, «nativos digitales» que arrastran problemas que van mucho más allá de una simple calificación y, cabe aclarar, que la reprobación no es el origen, sino el síntoma de una fractura socioemocional; ahí es donde la Nueva Escuela Mexicana tiene toda la razón, y donde quienes ejercemos la docencia estamos operando como un escudo de contención.
Porque cuando intentamos meter en una licuadora la tabla periódica, escritores universales, ecuaciones de primer y segundo grado con una necesidad social o socioemocional, a pesar de sonar idílico, es pertinente, académico y pedagógico. Lo patético es navegar a ciegas, intentando cruzar la línea entre un proyecto interdisciplinario y un festival escolar caótico de fin de cursos, pues es extremadamente delgada, que termina olvidando los aprendizajes que se buscaron fomentar por un like a la foto de los chamacos disfrazados o bailando.
Creo que un “proyecto transversal” exige rigor científico que no se diluya en el entretenimiento barato. No me interesa ver a jóvenes «entusiasmados» unas cuantas horas si al final del curso no entendieron cómo la ciencia moldeó la soberanía o el desarrollo industrial de este país. El uso de la tecnología debe ser académico y no de ocio. No queremos adolescentes haciendo TikToks vacíos; queremos pensamiento crítico aplicado.
La transversalidad no es una moda o que la comunidad se entere de lo que sus docentes hacen; la transversalidad es la única forma de rescatar a una generación que se aburre soberanamente con la educación unidimensional de pintarrón y plumones.






