Hace unos días, yo —un tipo que la verdad no me encuentro pa´ tanto, sin pretensiones, de esos que se comen la “d” al hablar y van por la vida con una cara de mascota recién comprada—, acudí como expositor a un evento. No les voy a decir el tema, porque si lo suelto, me quedo como el listo de la clase y yo no soy de esos, ¿eh?
Antes de empezar, esperando a que Khronos —el de los relojes, no el del negocio— fuera complaciente con el que firma lo que escribe, escuché a unos colegas repartirse las temáticas que iban a asesorar. Y ahí va la primera chacota: ufanos, como pavos reales, diciendo en cuál se consideraban expertos. ¡Expertos! ¡Por favor! Desde mi punto de vista, que ya tiene unos cuantos ayeres —como diría la abuela Ramona—, considerarte experto en algo es demasiado pretencioso. ¡Pero demasiado! Es más, ni experto en hervir la leche fui, porque siempre se me derramaba. ¡Siempre!
Luego, ya en la exposición, uno de los asistentes pregunta por la “expertise”. Bueno, yo escuché “expertis”, pero imagino que se refería a la pericia, experiencia o conocimiento especializado que una persona tiene en un área concreta gracias al estudio, la práctica o el entrenamiento —gracias a El Rincón del Vago, por este dato—. ¡Y de pronto dije: “Wow, qué apantallador se escuchó este colega”!
Y es que eso es lo rico de nuestro lenguaje: que acuña palabras domingueras —esas frases rebuscadas, oscuras, que la Academia Mexicana de la Lengua define como expresiones pedantes y poco usuales— para impresionar a quien lo escucha. ¡Como si decir expertise te convirtiera en Einstein!
Aquí viene el monólogo interno, de esos que te motivan a echarte un mambo mental, con el piquito en los labios y la mirada de quien ha vivido unas cuantas: la obsesión por etiquetarnos como “expertos” es un síntoma de una sociedad que confunde el conocimiento con el estatus.
En un Mundo hiperconectado, donde cualquiera puede googlear u obtener de la IA un dato en tres segundos, la verdadera sabiduría no está en acumular títulos o palabrería rimbombante, sino en reconocer los límites del propio saber.
La humildad intelectual —esa capacidad de admitir que no se es experto en todas las materias del mercado debería ser algo que dominemos del todo— es el antídoto contra la pedantería de las palabras domingueras. Porque, al final del día, el conocimiento verdadero no necesita adornos lingüísticos para brillar. La autenticidad, la naturalidad y la capacidad de reírse de las propias meteduras de pata son las que construyen un saber con sentido humano, como este texto al que quise ponerle la corbata.






