Dedicado al pedagogo, ¡ese kamikaze que entra al aula sabiendo que hoy alguien le va a lanzar una ráfaga verbal!
Cada mañana de principios de la década de los noventas, sí, los años del Grunge con sus guitarrazos a lo Cobain, ahí me tenían, llegando a la Facultad de Pedagogía con mi pantalón roto, zapatos de charol, playera de The Cure y una camisa de franela amarrada donde una vez estuvo la cintura. Con el respeto que merece, intentaré, a través de mis escasas condiciones de escritor, rendirle un homenaje por sus 41 añazos a mi entrañable escuela. ¡41 primaveras, que no es de cuéntamelos en un ratito! Pues cada generación que ha egresado de tan ínclita institución, ahí dejó parte de los mejores momentos de la vida.
Lejos del perfil de esa carrera que yo cursé en los noventa, cuando las bibliotecas eran el neceser obligatorio para nuestras neuronas sedientas -¡entrar ahí era como conectar el celular en el cargador después de un finde de batería baja!-. Sus profesoras y profesores nos daban libertad condicional al talento; gracias a ello revivimos la revista Vida Pedagógica, donde escribían estudiantes y docentes, llegando a tres números. Algunos contribuimos en la edición de Los Cuadernos Pedagógicos Universitarios, que la memoria miope no me permite vislumbrar si fueron 8 o 10 los publicados. Conocimos a verdaderos rockstars de la pedagogía como Pablo Latapí, Sylvia Schmelkes, Ángel Díaz Barriga y Juan Carlos Geneyro.
En aquellos años, los trabajos escolares los entregábamos impresos en papel; ¡sí, lamentablemente en esa época contribuíamos a la deforestación como si fuéramos Paul Bunyan, nada más que con apuntes! Nueve semestres nos chutamos, con sus desveladas, macheteando a los grandes pedagogos, explorando en las desamuebladas de nuestras cabezas esas ideas que hicieran clic para la tesis, por cierto, un semestre de más que los estudiantes actuales, que resuelven su licenciatura en ocho como si se tratase de un Mactrío de McDonald’s. Las paredes de Pedagogía fueron un segundo hogar para quien firma esto, pues, como los gatos callejeros en el tejado, volvía a casa solo pa’ roncar… ¡Y mira que las sillas de la facu eran bien cómodas!
En la vida, como en la Facultad de Pedagogía, las raíces profundas de 41 años nos enseñan que el verdadero saber no se mide en semestres, sino en las anécdotas que te hacen volver a casa… aunque sea solo para soñar con el Diccionario de las Ciencias de la Educación fotocopiado.






