La humanidad vive una tragedia silenciosa, sale de casa y lo primero que hace es buscar un Wi-Fi abierto, no para trabajar, no para estudiar, sino para no tener que hablar con la gente con la que convive. Porque ya está el primo en la mesa, pero mejor revisamos si el vecino tiene red libre. “Conectado a CasaDeLaVecina_5G”. Perfecto, ya no hay que escuchar al primo.
Y luego están los que quieren regular la Inteligencia Artificial en las escuelas, pero sin enseñarle a la chamacada a usarla con neuronas. Porque ojo, tener una IA carísima no te convierte en Einstein. Tú puedes tener el ChatGPT más caro del mundo y seguir preguntándole cómo se escribe “haber” con h. No, mi rey, la inteligencia artificial no viene con inteligencia incluida; eso hay que ponerlo tú, y muchas veces ni con un cargador rápido llega.
Déjense de tonterías de revivir a los difuntos con fotos, hacer que hablen, que digan “estoy bien”. Claro que está bien, hombre, ¡está muerto! Y si le pides que traduzca los ladridos de tu perro, ahí sí se pone cañón. “Guau, guau”. ¿Y qué quiere decir? Pues no sé, pero seguro te está diciendo que le des de comer, porque los perros no tienen problemas existenciales como tu; tienen hambre y ya.
Antes escribíamos diarios secretos. Cosas íntimas, oscuras, con candado, debajo del colchón, para que nadie las leyera jamás. Ahora las publicamos en redes sociales y, lo más triste, nos enojamos si nadie las lee. “Nadie entiende mi dolor”. Claro que no, compadre, si lo pusiste con veintitrés hashtags y una foto sin retoque.
Y al final, la vida se nos va en una sola misión imposible: lograr que el cable del cargador llegue hasta la cama. Ahí sí que no hay tecnología que valga. Pones tres extensiones, un alargador, un cable prestado del vecino… sí, ese al que le birlas el Wi-Fi, y al final el enchufe queda a dos centímetros. Dos centímetros que separan al ser humano de la felicidad.





