Mañana acá festejamos el Día del Maestro; quien firma lo que escribe nunca fue a la escuela cuando le correspondía en la edad de estar en cierto nivel educativo. ¡Entonces no me tocaron esos profesores que te marcan la vida… pero para mal! Me cuentan mis congéneres que a ellos sí les dieron clases esos docentes que entran al aula como si les hubieran obligado a ir a una reunión de familia política. Faltos de pasión total, ninguna motivación, como si estuvieran contando los minutos para el recreo eterno. “¡Chamaco, abre el libro!… Bueno, da igual, yo ya me rindo”. Y el trato injusto, ¡uf!, el típico que premia al que le lame las botas y castiga al que pregunta demasiado. ¡Educación selectiva, como la de un reality show!
Pero esperen, que en aquellas épocas había niveles VIP de lo peor. Esos que, en lugar de tomarte el resumen, repartían coscorrones y jalones de orejas como caramelos. O el emocional, que te destroza la autoestima con un “¡Tú no sirves para nada!” en vez de un, “¡Tú puedes, inténtalo otra vez!”. Hoy día, eso es boleto directo a terapia y denuncia, ¡y con razón!
Y el de mal humor perpetuo, gruñendo como si le hubieran robado el café. ¿Preguntas? ¡Cállate, que me estresas! O el que suelta comentarios que hoy te cancelan en redes: machismo vintage, como “Las chicas solo estudian mientras no se han casado”. ¡Boom, titular en un reel de Instagram! Y el colmo, quien utiliza la clase para terapia personal: “Hoy no hay historia, les cuento mi divorcio, los beneficios que es tener hijos como los míos, mis hemorroides y por qué mi gato me odia”. ¡Gracias, profe, por la clase de vida… ajena!
En fin, si ves a uno así, corre. ¡O mejor, grábalo y haz un TikTok! La educación merece pasión, justicia, sabiduría y cero dramas personales. Como me la enseñaron en mis inicios de estudiante, docentes como la maestra Silvia Andrade, el maestro Daniel Pérez y el maestro Enrique Arreola Quiroz, con ellos aprendí que la escuela es un segundo hogar.






