Cuenta Milan Kundera que cuando volvió a su país y se encontró con sus amigos de juventud. Y claro, se reunieron, se abrazaron, se pusieron a hablar… y se dieron cuenta de que ya no entendían ni tantito de lo que decía el otro. No es que hubieran cambiado de idioma. No. Seguían hablando el mismo. Lo que pasaba es que cada uno llevaba dentro una vida distinta, con sus traumas, sus facturas, sus dolores de rodillas y sus opiniones sobre la política, que son peores que las rodillas.
Freud, el padre del psicoanálisis —un señor que cobraba por escucharte y además te hacía sentir culpable—, dijo que perder la patria puede dar duelo. Y sí, porque la patria no es solo un sitio: es tu barrio, la esquina donde te reunías con tus cuates a echar la chorcha, tu madre preguntándote si has comido y tu padre diciendo que antes todo era mejor, aunque antes también había que ir a la tienda de la esquina a comprar queso seco pa´ los frijoles.
Porque volver a un sitio es fácil. Lo difícil es volver a la vida que tenías allí. Puedes regresar al pueblo, pero no puedes regresar a los quince años, cuando tu mayor preocupación era que te vieran con la novia enfrente de la panadería.
Tu hermano ya no puede quedar contigo porque tiene hijos, hipoteca, perro, dentista y una reunión de vecinos para discutir si se puede poner una pérgola en la cochera de su casa. Una pérgola, señores. Antes discutíamos de fútbol; ahora hay comités para decidir si la sombra es legal.
Tus amigos ya no se juntan como antes. Antes quedábamos sin avisar: “¡Oye, estamos en el bar, ven!”. Ahora, para ver a un amigo, hay que pedir cita con tres meses de antelación, mandar un formulario y esperar que no le toque ese día llevar al niño al pediatra.
Y luego está la comida. Tú llegas con ganas de contar tu vida, lo que te ha pasado, tus viajes, tus cosas… y resulta que no caben en la conversación. Porque ellos hablan de la reforma de la cocina y tú, de repente, sueltas: “Pues yo estuve a punto de perder el trabajo en un país donde no sabía ni pedir un café”. Y se queda un silencio tan grande que se oye al perro del vecino rascándose.
Al final, la cosa es esta, puedes recuperar el sitio, pero no la versión de ti que vivía allí. Vuelves al mismo lugar, ves las mismas calles, hueles lo mismo… y te das cuenta de que el que ha cambiado eres tú. Aunque, bueno, también ha cambiado la tienda de la esquina; ya no es La Coronita, ahora es un depósito de cervezas. Y uno se pregunta: ¿he vuelto a casa o he ido de turista a mi propia vida?





