En 2 fines de semana comprobé que los humanos somos unos exagerados… y además bien pinches bipolares. Mira, el primer finde, en la iglesia del barrio, había gente que venía con la camiseta del equipo de soccer puesta como si fueran soldados. Es más, hinchaban el pecho que parecía que iban a despegar; ¡eran los Goliat de los filisteos! Y yo pensando: “¿A la misa o al estadio?”
Y el lunes en esas mismas fechas, mis vecinos reciben un coche nuevecito de la agencia. TAN nuevecito que aún traía los plásticos, como si fuera un muñeco de colección. El padre sale todos los días con una franela —franela en mano, frotando— y mientras lo lustra, pone el equipo de sonido a todo lo que da: reguetón misógino que te baja el ánimo solo de escucharlo. Suena hasta que vienen los anuncios y cortan la felicidad en plan: “¡Momento publicitario, aparquen sus emociones!” Y ahí está el sujeto, feliz, con la radio a todo volumen, limpiando un asiento que nadie ha tocado.
El tic, tac, tic, tac no para, y mi vecino se va con sus críos al colegio. De repente, un vocho 2003 lo rebasa. Sí, un vocho, ¿eh? Con todo y sus achaques. El pobre pone el turbo (o lo intenta), patea el acelerador como si fuera a ganar la Fórmula 1 de la colonia, pero el tráfico kamikaze de las siete de la mañana se lo impide. Llega a la oficina hecho una furia; sus compis godínez, sorprendidos porque pasa el día con el ceño fruncido, como si hubiera perdido la final, la comunión y las llaves del coche todo junto.
Y llega el sábado: torneo de Clausura 2026, y a algunos equipos les toca la eliminación. Resultado: El domingo en la iglesia hay menos gente. Los mismos que ocho días antes iban como si se hubieran bebido una tonelada de autoestima, ahora aparecen apagados, desinflados, más tristes que los foquitos del árbol de Navidad en pleno agosto. Y yo me quedo pensando: la felicidad dura lo que un suspiro, ¿no? Como dijo Joan Manuel Serrat, creo, no, más bien preguntó: “¿Cómo ser felices en un mundo infeliz?” Pues eso, que la felicidad viene en ráfagas como ese cutre reguetón del vecino, y nosotros, como bocinas viejas, la ponemos y la quitamos cuando nos da la gana, avergonzados, pero moviendo el pie al mismo tiempo por el ritmo.






