jueves, 29 de octubre de 2026

Un nahual de mal agüero.




Dicen que la infancia dura poquito. Mentira. La infancia dura lo que tarda tu abuela en contarte una leyenda mientras te comes un bolillo relleno de frijoles fritos y ahogado en jugo de chile jalapeño. En esa época era un niño con cara de no haber roto un plato. Pero en Día de Muertos me ponía sobresaltado, porque era el tiempo en que la abuela Ramona contaba sus historias de miedo. Y ojo, que las historias de mi abuela no eran cuentos, eran documentales con efectos especiales, música de terror y un final que te dejaba sin dormir.

Me decía: “Marcial, cuando te levantes de una mecedora, no la dejes moviéndose”. ¿Y por qué, abuela? Pues porque el diablo se sigue meciendo. Claro. El diablo, que tiene el infierno entero a su disposición, decide pasar la tarde en la mecedora de tu abuela, dándole aserrín, aserrán a la espalda. Y luego venía lo del pichoacate. Un pájaro que canta y anuncia la muerte. ¡Ay, nanita! Un pajarito con voz de funeral. Tú estás tranquilo, tomando tu chesco, y de pronto, “uju, uju”. Y la abuela ya está haciendo la cruz, buscando el rezo y mirándote como si tú fueras el culpable.

“Abuela, ¿y por qué en la película de Tizoc dicen ‘cuando el tecolote canta, el indio muere’, y no ‘cuando el pichoacate canta’?”. Y ella me soltó que todos los tecolotes eran tunkuluchú. Yo no sabía ni cómo se pronunciaba. Parece nombre de jugador de fútbol o de grupo de cumbia: “¡Con ustedes, Los Tunkuluchú y su hit ‘Se me murió el vecino’!”

Según la tradición maya, el tunkuluchú era un ave sabía que un día se puso una buena peda en un pachangón, de esos de ambientazo. Y la pobre, que ya iba dando tumbos, quiso bailar con una tecolota joven. Ella le dijo que no. Y no solo eso, prefirió bailar con los tecolotillos de su edad. Entonces llegó un hombre bromista, de esos que en toda fiesta hay uno, y se burló del tunkuluchú. Y el ave, entre la cruda, el despecho y la vergüenza, se puso chintilloso, jurando vengarse contra toda la humanidad. ¡Toda! Por un rechazo de baile. Imagínense si a todos nos fuera así, la mitad del planeta estaría maldiciendo a la humanidad por un “no, gracias, ya me voy a dormir”.

Desde entonces, el tunkuluchú aprendió a oler la muerte cuando esta se aproxima a una persona. ¡Híjole, se hizo un pájaro con olfato de funeraria! Y cuando canta, ya sabes, alguien va a estirar la pata. Menudo trabajo tiene el animal. Ni vacaciones, ni bonos, ni seguro médico. Solo cantar y asustar a abuelas.

En Sudamérica tienen otra ave parecida: el urutaú, o pájaro fantasma. Dicen que es el alma de una mujer que llora a un ser querido. Vamos, que en Latinoamérica hasta los pájaros tienen drama. Aquí no hay animalitos tranquilos; todos vienen con tragedia, rencor y una historia de amor no correspondida.

Yo, con nueve años y mucha confianza, le dije a mi abuela: “Abuela, a nosotros ya no nos puede afectar eso. Nosotros ya somos gente civilizada, ya no somos indios”. Gran error. Ella me miró y me dijo: “M’ijo, el peor enemigo del indio es el que cree que ya dejó de serlo”. Y ahí me quedé. Yo quería discutir, pero con una abuela que además te enseña un rezo para ahuyentar pájaros de la muerte, no hay debate posible. Ella tenía más poder que un notario, un policía y el cura de la parroquia juntos.

Gracias a ella aprendí a distinguir el canto de muerte del canto de “Busco novia”. Porque los pájaros también cantan por amor, claro. Aunque con la abuela todo era peligroso, si el pájaro trinaba, era que buscaba pareja; si se trataba de un ulular largo y triste, era que venía la calaca; y si cantaba a las tres de la mañana, era que el pájaro no tenía nada mejor que hacer.

Pero llegó el día en que mi abuela estaba muy enferma. Me llamó a su lado y me dijo: “Gordo, por favor, deja de correr al pichoacate con el rezo. Ya estoy cansada y me quiero ir al otro mundo”. Y esa noche llegó el ave. La abuela me miró, puso el dedo índice en los labios, como diciendo “silencio”, y el ave maltrecha cantó…

Y yo entendí que no era un pájaro de mal agüero. Era simplemente el aviso de que una historia bonita se iba a acabar. Aunque, siendo honestos, a mí todavía me da un poco de miedo levantarme de una mecedora y dejarla meciéndose. Por si acaso. Porque uno nunca sabe; a lo mejor el diablo sí está ahí, sentado, cómodo, y pensando: “Qué buena silla tenía esta abuela”.

jueves, 22 de octubre de 2026

A dos centímetros de la felicidad.


La humanidad vive una tragedia silenciosa, sale de casa y lo primero que hace es buscar un Wi-Fi abierto, no para trabajar, no para estudiar, sino para no tener que hablar con la gente con la que convive. Porque ya está el primo en la mesa, pero mejor revisamos si el vecino tiene red libre. “Conectado a CasaDeLaVecina_5G”. Perfecto, ya no hay que escuchar al primo.

Y luego están los que quieren regular la Inteligencia Artificial en las escuelas, pero sin enseñarle a la chamacada a usarla con neuronas. Porque ojo, tener una IA carísima no te convierte en Einstein. Tú puedes tener el ChatGPT más caro del mundo y seguir preguntándole cómo se escribe “haber” con h. No, mi rey, la inteligencia artificial no viene con inteligencia incluida; eso hay que ponerlo tú, y muchas veces ni con un cargador rápido llega.

Déjense de tonterías de revivir a los difuntos con fotos, hacer que hablen, que digan “estoy bien”. Claro que está bien, hombre, ¡está muerto! Y si le pides que traduzca los ladridos de tu perro, ahí sí se pone cañón. “Guau, guau”. ¿Y qué quiere decir? Pues no sé, pero seguro te está diciendo que le des de comer, porque los perros no tienen problemas existenciales como tu; tienen hambre y ya.

Antes escribíamos diarios secretos. Cosas íntimas, oscuras, con candado, debajo del colchón, para que nadie las leyera jamás. Ahora las publicamos en redes sociales y, lo más triste, nos enojamos si nadie las lee. “Nadie entiende mi dolor”. Claro que no, compadre, si lo pusiste con veintitrés hashtags y una foto sin retoque.

Y al final, la vida se nos va en una sola misión imposible: lograr que el cable del cargador llegue hasta la cama. Ahí sí que no hay tecnología que valga. Pones tres extensiones, un alargador, un cable prestado del vecino… sí, ese al que le birlas el Wi-Fi, y al final el enchufe queda a dos centímetros. Dos centímetros que separan al ser humano de la felicidad.

jueves, 15 de octubre de 2026

Volver a casa, pero a otra vida.




Cuenta Milan Kundera que cuando volvió a su país y se encontró con sus amigos de juventud. Y claro, se reunieron, se abrazaron, se pusieron a hablar… y se dieron cuenta de que ya no entendían ni tantito de lo que decía el otro. No es que hubieran cambiado de idioma. No. Seguían hablando el mismo. Lo que pasaba es que cada uno llevaba dentro una vida distinta, con sus traumas, sus facturas, sus dolores de rodillas y sus opiniones sobre la política, que son peores que las rodillas.

Freud, el padre del psicoanálisis —un señor que cobraba por escucharte y además te hacía sentir culpable—, dijo que perder la patria puede dar duelo. Y sí, porque la patria no es solo un sitio: es tu barrio, la esquina donde te reunías con tus cuates a echar la chorcha, tu madre preguntándote si has comido y tu padre diciendo que antes todo era mejor, aunque antes también había que ir a la tienda de la esquina a comprar queso seco pa´ los frijoles.

Porque volver a un sitio es fácil. Lo difícil es volver a la vida que tenías allí. Puedes regresar al pueblo, pero no puedes regresar a los quince años, cuando tu mayor preocupación era que te vieran con la novia enfrente de la panadería.

Tu hermano ya no puede quedar contigo porque tiene hijos, hipoteca, perro, dentista y una reunión de vecinos para discutir si se puede poner una pérgola en la cochera de su casa. Una pérgola, señores. Antes discutíamos de fútbol; ahora hay comités para decidir si la sombra es legal.

Tus amigos ya no se juntan como antes. Antes quedábamos sin avisar: “¡Oye, estamos en el bar, ven!”. Ahora, para ver a un amigo, hay que pedir cita con tres meses de antelación, mandar un formulario y esperar que no le toque ese día llevar al niño al pediatra.

Y luego está la comida. Tú llegas con ganas de contar tu vida, lo que te ha pasado, tus viajes, tus cosas… y resulta que no caben en la conversación. Porque ellos hablan de la reforma de la cocina y tú, de repente, sueltas: “Pues yo estuve a punto de perder el trabajo en un país donde no sabía ni pedir un café”. Y se queda un silencio tan grande que se oye al perro del vecino rascándose.

Al final, la cosa es esta, puedes recuperar el sitio, pero no la versión de ti que vivía allí. Vuelves al mismo lugar, ves las mismas calles, hueles lo mismo… y te das cuenta de que el que ha cambiado eres tú. Aunque, bueno, también ha cambiado la tienda de la esquina; ya no es La Coronita, ahora es un depósito de cervezas. Y uno se pregunta: ¿he vuelto a casa o he ido de turista a mi propia vida?

jueves, 8 de octubre de 2026

La casta sacerdotal del profesorado.




Oye, oye, que alguien me explique una cosa, por favor. ¿Cuál es la diferencia entre el Día Internacional del Docente y el Día del Maestro? Porque yo ya no sé ni qué celebrar, ni cuándo, ni con qué, ni si tengo que comprar pastel, ponerme la corbata o llamar a mi familia para que me felicite.

Que unos dicen: “No, no, el primero hace alusión a la profesión”. Que otros dicen: “No, hombre, el segundo se refiere al nivel de estudios”. ¡Pues qué bien! Porque al final, en los 2 casos, hay un ser humano metido en una escuela más horas que en su propia casa. ¡El profe vive tanto en el salón que ya le salen exámenes en la bolsa del pantalón!

Y no me vengan con que el profesorado trabaja de 7 a 3. ¡Ja! Sí, además de trabajar de 7 a 3… y luego en casa califica, planea, llena formatos, atiende padres, responde mensajes de las plataformas, prepara materiales y, de vez en cuando, hace de psicólogo, terapeuta familiar, árbitro de pleitos y hasta detective: ¿Quién se quedó con la calculadora de Susana? ¡Que hable ahora o que aguante la consecuencia de no tener calculadora!”

Y si eso fuera poco, llegan los cursos. ¡Ay, los cursos! Porque cada que hay una reforma educativa —que dura menos que un helado en la mano de un niño en mayo— hay que asistir a una capacitación para aprender lo que el mes siguiente ya cambió. Uno sale del curso con 3 carpetas, 4 constancias y la certeza absoluta de que no entendió nada, pero con una sonrisa institucional de “¡Qué bueno que participé!”.

Pero lo mejor es el calendario moderno. ¡Ese sí que es una obra de arte! Antes había pocas fechas: el Día del Maestro, la Independencia, la Revolución y vacaciones. ¡Listo! Ahora no: hay Día Internacional de esto, Semana Mundial de aquello, Mes de la Prevención, Jornada de la Sensibilización, Conmemoración de la Concientización y Feria de la Reflexión. ¡Ya no sé si voy a la escuela a dar clase o a celebrar el Día Internacional de No Saber Qué Día Es!

Y claro, cada fecha trae su actividad, su convivio, su pachanga, su guateque, sus tamales, sus aguas frescas y su “profe, ¿no va a participar?”. ¡Claro que participa! Porque si no lleva algo, queda como el tacaño del plantel. Y si lleva algo, llega a casa sin pastel, sin refresco y con la sensación de haber financiado medio evento.

No digo que las celebraciones estén mal, ¡qué va! A veces hacen falta un pozole, una risa, una canción mal cantada y un momento para recordar que detrás del ejercicio de la docencia hay una persona. Pero también habría que preguntarse por qué el calendario encuentra espacio para tantas pachangas… y tan poco para que el docente respire, termine su trabajo y no viva con un pendiente colgado en la cabeza como si fuera un adorno navideño.

Al final, celebrar al maestro o al docente no debería reducirse a un día en el calendario, ni a una comida, ni a un discurso bonito que se olvida al día siguiente. La verdadera valoración está en condiciones dignas, tiempo real para trabajar, formación útil —no efímera— y reconocimiento cotidiano.

Porque quienes pertenecemos a la casta sacerdotal del profesorado no necesitamos que el calendario invente más pretextos para festejar; necesitamos que la escuela nos devuelva un poco de lo que entregamos todos los días: respeto, apoyo y la posibilidad de seguir enseñando sin desaparecer entre formatos, cursos y una jubilación.

jueves, 1 de octubre de 2026

Crónica de un cubículo anunciado.




Si eres de los que, después de checar en el espacio godín, juega al gallo, gallina para llegar al cubículo… ¡Ya empezamos mal! Porque hay quien llega a trabajar como si estuviera entrando al programa de concursos: “A ver, si cae águila, prendo la computadora; si cae sol, me voy por un café… y si cae de canto, me quedo platicando con el guardia”.

Y luego están los que abandonan el WhatsApp —que ya es mucho desconectar la neurona, porque ahí está la familia, el grupo de la primaria, el de los vecinos y el de “Placas perdidas, ahora sí sin memes, el de ¿cuándo nos reunimos, chikas?”, etc.— para echarse la chorcha artesanal con las y los camaradas. Que si ya viste quién se peleó, quién pidió incapacidad sin estar enfermo, quién llegó con zapatos nuevos y quién, misteriosamente, lleva tres días diciendo: “Ahorita lo checo”.

Porque en la oficina no se trabaja, se administra información confidencial. Información como: “Dicen que van a cambiar al de…”, “Dicen que habrá bono”, “Dicen que el viernes no se trabaja porque va a fumigar” … Y ahí vamos todos, con una fe que ni en las promesas electorales.

Y claro, ya empezó la cuenta regresiva para el mega puente etílico. No voy a escribir cuál, porque luego uno lo menciona y no se nos hace. Es como cuando dices: “Mañana seguro no llueve”, y al día siguiente amaneces navegando en una lancha de Protección Civil rumbo al estacionamiento.

Pero tú ya haces cuentas. ¿Ya calculaste la cooperación para la contrata que organiza ese compañero que siempre dice: “Es algo tranquilo”? ¡Tranquilo! Y te la entregan; termina uno cantando baladas de despecho arriba de una silla, abrazado al pomo, jurando que ahora sí va a cambiar de vida.

Eso sí, como eres ahorrador, agarraste el último número de la contrata, para que coincida con la fecha del mega puente —del que, insisto, no diremos nada—. Porque tú no apuestas, tú haces planeación financiera de alto nivel. El banco debería pedirte asesoría: “Mire, licenciado, yo no gasto de más; yo aparto para la convivencia institucional”.

Pero ya, hombre, deja las redes sociales un rato. Suelta el video del gatito que habla, el meme de la quincena y el grupo donde todos mandan “buenos días” con stickers que, si te gustan, le das guardar. Ponte a chambear, que el pendiente no se resuelve solo… aunque a veces uno lo mira con tanta intensidad que parece que se intimida y se va.

El humor sobre la oficina revela una realidad común: el trabajo no consiste únicamente en cumplir tareas, sino también en convivir, comunicarse y resistir la rutina. Las charlas y los momentos de distracción pueden fortalecer al equipo, pero se vuelven un problema cuando sustituyen de forma permanente la responsabilidad individual.

Trabajar bien no significa vivir amargado frente a una pantalla ni renunciar a la convivencia; significa encontrar equilibrio. La oficina necesita gente que se ría, comparta y haga equipo, pero también personas capaces de cerrar el WhatsApp, atender los pendientes y entender que la productividad no puede quedar siempre “para después del puente”.

jueves, 24 de septiembre de 2026

La realidad birlada por encuadres.



La disminución de la capacidad visual del bonaerense universal Jorge Luis Borges comenzó desde su juventud, marcada por problemas hereditarios como la miopía degenerativa y los antecedentes familiares. Cuando fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina, tomó la decisión de leer todos los ejemplares que ahí se conservaban, consciente de que estaba a punto de perder el universo de las imágenes. Entonces, en lugar de resignarse, decidió inventar un género literario de sí mismo.

Borges creó un universo onírico inteligente, mientras que las generaciones del siglo XXI, con sus teléfonos celulares, intentan captar momentos en los que dejan de ver la vida por sus propios ojos, viviendo de encuadres: miran la realidad como si fuese a través de una cerradura, entonces, lo que no se alcanza a ver mediante ese hueco se ignora o se da por inexistente, lo que genera errores de juicio o análisis incompletos. Eligen qué observar, excluyendo tal vez otras cosas interesantes, capturan una pequeña porción de la totalidad de los hechos, con el fin de cosechar la aprobación de otros, en sus redes sociales.

¿Qué mirar? ¿Cómo mirar? ¿Dónde mirar? Ese accidente o incidente captado puede durar apenas treinta segundos, pero se repite infinitamente según el deseo del espectador. No hay forma de evitarlo ni de salvar a los implicados: solo queda ser testigo, sentado en una oxidada banca del jardín, mostrando a la pareja —con la que ya no se habla ni se acaricia— lo que otros captaron, mientras las horas se consumen.

Ese alumno, distraído por las imágenes que recibe de sus redes sociales, pierde la atención hasta el punto de considerar tediosas las diapositivas que su profesor de Literatura Mexicana proyecta. Entonces regresa a mi memoria miope un fragmento del poema Historia de la noche (1977): “Y pensar que no existiría sin esos tenues instrumentos, los ojos”.

¡Qué razón tienes, Jorge Luis Borges!

jueves, 17 de septiembre de 2026

Honesty.


Ayer, 16 de septiembre, me dio por poner en el reproductor el disco 52nd Street de Billy Joel. ¡El genial Billy, que ya tiene más años que la campana de Dolores, sonaba mejor que nunca! Y justo cuando empieza Honesty, me entra la vergüenza, “Qué difícil es ser sincero”… Y yo pensando: “Pues sí, Billy, aquí en México la sinceridad dura lo que un taco al pastor en la mesa”.

Porque claro, estas fechas son de ponerse bien mexicano, aunque sea por quince días. En la primaria nos decían: “El cura Hidalgo repicó las campanas en la noche del 15 de septiembre”. Y uno se lo creía, hasta que llega el iconoclasta profesor de historia en la prepa, con su cara de “yo sé más que Wikipedia”, y suelta: “No, chamacos, el 15 de septiembre lo que se celebraba era el cumpleaños de Porfirio Díaz”. ¡Anda, vete pa’ atrás! O sea, que en la medianoche del pachangón al estilo francés del fête d’anniversaire del presidente, por una casualidad del destino, el grito de independencia coincidía gracias a las manecillas del reloj.

Imagínense la escena, Don Porfirio, presidente de México desde 1876 hasta 1911, echando la casa por la ventana cada 15 de septiembre. Y en plena fiesta, un amigo ricachón les trae a unos campesinos músicos de bodas, fiestas parroquiales y bautizos para cantarle Las Mañanitas. El hombre, encantado, pregunta: “¿Cómo se llaman ustedes?”. Y el otro, con acento provinciano: “Mariaitzi”. Y Porfirio: “Oye, ¡qué bien tocan tus mariachis!”. ¡Y zas!, bautizo oficial.

Luego ya vino el cine a ponerles sombrero de charro y mostacho tipo brocha, con Jorge Negrete cantando como si se hubiera empinado una botella de tequila entera, y la China Poblana de su amada Gloria Marín al lado para completar el cuadro. Mientras tanto, Billy Joel seguía cantando: “But if you look for truthfulness, you might just as well be blind; it always seems to be so hard to give” y yo pensando, Billy, vente acá en septiembre y verás lo que es la verdad a medias.