jueves, 23 de abril de 2026

Andar con peatonitis.


¡Oye, Colima, el estado donde ser
 gente de a pie” es como confesarte en misa un lunes por la mañana! ¿Peatón? ¡Eso suena a “perdedor con peatonitis aguda”! Pero en la Ciudad de Las Palmeras, caminar es tu superpoder, ¿eh? Tú eliges el rumbo, zigzagueando por recovecos como si fueras Indiana Jones buscando el arca perdida… ¡Pero en vez de tesoros, encuentras unas heces de perro del tamaño de un cráter lunar!

Yo vivo por la colonia… mejor ni la escribo, no vaya a ser que se ofendan mis vecinos, ¿eh? Ahí, para conocer la ciudad, tienes que inventarte una poética del caminar: Paso uno, esquivo el charco, a la vecina que riega la banqueta con el chorro de la manguera sin fijarse quién transita por la calle; paso dos, saludo al perro callejero que me mira como si yo fuera el intruso. Disfruto esta ciudad imperfecta, ¡claro! Gracias a mis pasos, la conozco más que a mis defectos.

Hay zonas donde caminar es una ganga: árboles que te dan sombra como un paraguas gratis, pasos peatonales que funcionan, calles limpias… ¡Pero espera! ¿Casualidad? ¡Qué va! Ahí la vida cuesta un ojo de la cara. Lo verde no es para todos, es como un anuncio: “¡Compra el departamento y te regalamos las buganvillas, geranios, rosales, hortensias, azaleas y helechos!”.

Porque, mira, muchas veces esos “espacios públicos” son trampas: si no compras un café de 100 pesos, ¡fuera! Si no consumes, eres un fantasma. ¡Hasta sentarte en una banca es VIP! En barrios rentables, todo gira en torno al billete: ¿Quiere sombra? ¡Pague la membresía!”.

¿Y la periferia? ¡Ay, Santa Cachucha! Los que sostienen la ciudad, los que no salen en las postales de “La Ciudad de las Palmeras”… ¡Que, por cierto, ya ni quedan palmeras, se las comieron las constructoras! Ahí caminar no es paseo, es supervivencia: esquivas cables sueltos, carros locos y el sol que te fríe como taco al pastor.

Esto me hace pensar, ¿no? La ciudad se organiza por privilegios: hasta caminar bajo sombra es de “clase alta”. ¿Dónde descansamos sin soltar la cartera? ¡En nuestras casas, con las cortinas sujetadas pa´ que entre airecito y un ventilador ruidoso!

jueves, 16 de abril de 2026

Vagaciones.


Mientras ustedes gozaban de sus muy merecidas vacaciones, vagueando con el sol en la cara y el coco loco en la mano, yo, el que firma lo que escribe y no se echa atrás, me quedé en Colima disfrutando el ecosistema sonoro de esta ciudad amada y odiada a la vez, y, ¡vaya ambientazo de barrio! Por la mañana, además del silbido del afilador que se cuela por la cocina, el triciclo de bolillero cuyo chiquihuitedespide un aroma delicioso, enseguida pasa el chatarrero con su perifoneo donde una voz robotizada dice: “¡Se compraaan colchones, lavadoras, estufas, cachivaches del demonio, aluminio viejo que estorba!”. Varios minutos después entra en escena el señor de la canasta tejida, a grito pelado: “¡Paaaanela, quesoooooo fresco, requesón y jocoqueeeee!”. Y al atardecer, para menguar el calorón tenemos ¡los Helados Mexti!: “¡Paletas gordotas de mamey, piña, tamarindo, jamaica, elote con leche, mazapán, Oreo, nuez, nance, guayaba y esquimales!”; mientras anochece, la luna es bienvenida con el pitido de los camotes y plátanos asados, es cuando el carrito que por la mañana era de los tacos de barbacoa, cual Transformers, se convierte en carrito de dogos. ¡Espectacular!

¿Rubíes? ¿Zafiros? ¡Paso! Los colimenses tenemos la piedra más top: la Piedra Lisa, que es como un monolito-tobogán gigante legendario. La tradición dice que, si te resbalas sobre ella una vez siendo foráneo, vuelves a Colima sí o sí. ¡Dos resbalones y zas, encuentra el amor de su vida en la bajada! Y tres… ¡Te quedas pa’ siempre, compadre!

Y el parque de la Piedra Lisa, ¡un zoológico de concreto de lujo! El Pato, El Gallo, ardillitas y conejitos, que datan de una tradición creada por Alberto Pérez Soria, allá por el Distrito Federal en 1969, bajo el encargo del Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI), ahora los de acá, los nuestros, puedes admirarlos tuneados por los genios Héctor Aburto e Ignacio Arceo… ¡Quedaron que te mueres de lindos, como animalitos influencers!

En fin, redescubrir la ciudad sin tanto gentío es un viaje alucinante; sin paisanos pisándote los talones, la ciudad se abre como un libro mágico, como un safari urbano solo para ti. Cierras los ojos y detrás de los párpados te montas la película completa: Colima te lleva de la mano por sus rincones invisibles, mientras te susurra secretos que ni Google sabe.