Mientras ustedes gozaban de sus muy merecidas vacaciones, vagueando con el sol en la cara y el coco loco en la mano, yo, el que firma lo que escribe y no se echa atrás, me quedé en Colima disfrutando el ecosistema sonoro de esta ciudad amada y odiada a la vez, y, ¡vaya ambientazo de barrio! Por la mañana, además del silbido del afilador que se cuela por la cocina, el triciclo de bolillero cuyo chiquihuitedespide un aroma delicioso, enseguida pasa el chatarrero con su perifoneo donde una voz robotizada dice: “¡Se compraaan colchones, lavadoras, estufas, cachivaches del demonio, aluminio viejo que estorba!”. Varios minutos después entra en escena el señor de la canasta tejida, a grito pelado: “¡Paaaanela, quesoooooo fresco, requesón y jocoqueeeee!”. Y al atardecer, para menguar el calorón tenemos ¡los Helados Mexti!: “¡Paletas gordotas de mamey, piña, tamarindo, jamaica, elote con leche, mazapán, Oreo, nuez, nance, guayaba y esquimales!”; mientras anochece, la luna es bienvenida con el pitido de los camotes y plátanos asados, es cuando el carrito que por la mañana era de los tacos de barbacoa, cual Transformers, se convierte en carrito de dogos. ¡Espectacular!
¿Rubíes? ¿Zafiros? ¡Paso! Los colimenses tenemos la piedra más top: la Piedra Lisa, que es como un monolito-tobogán gigante legendario. La tradición dice que, si te resbalas sobre ella una vez siendo foráneo, vuelves a Colima sí o sí. ¡Dos resbalones y zas, encuentra el amor de su vida en la bajada! Y tres… ¡Te quedas pa’ siempre, compadre!
Y el parque de la Piedra Lisa, ¡un zoológico de concreto de lujo! El Pato, El Gallo, ardillitas y conejitos, que datan de una tradición creada por Alberto Pérez Soria, allá por el Distrito Federal en 1969, bajo el encargo del Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI), ahora los de acá, los nuestros, puedes admirarlos tuneados por los genios Héctor Aburto e Ignacio Arceo… ¡Quedaron que te mueres de lindos, como animalitos influencers!
En fin, redescubrir la ciudad sin tanto gentío es un viaje alucinante; sin paisanos pisándote los talones, la ciudad se abre como un libro mágico, como un safari urbano solo para ti. Cierras los ojos y detrás de los párpados te montas la película completa: Colima te lleva de la mano por sus rincones invisibles, mientras te susurra secretos que ni Google sabe.
