jueves, 25 de junio de 2026

Educación pa´la libertad.


Para Paulo Freire, la educación es una cosa seria: no es repetir y ya, sino una práctica de libertad, o sea, una acción social para que uno se realice como persona. Yo lo entiendo así: tan libre como yo me deje… o como me dejen, que es distinto.

No soy de armar broncas, la neta. Tengo mucho respeto por la gente y no quiero ser “tan libre” como para andar fastidiando a los demás. Vivo en sociedad; soy tan libre como la sociedad y yo mismo lo permitimos. Es decir, no voy por la vida haciendo lo que se me antoja si con eso voy a joder a alguien.

¿Han visto a esos tipos que se creen libres y hablan a voz en cuello durante la película en el cine? ¡Pa’ qué! Esas personas deben pensar que el cine es como su sala: “¡Eh, chavos, pongan otra vez esa parte, que no la agarré!” No, gracias. Esa libertad no la quiero.

Y otra cosa: mención honorífica para las personas que acuden a sitios donde las aguarda una enorme fila. Llegan, ven que hay un titipuchal de gente antes que ellos y hacen como que no se enteran: —¿Qué hay que formarse? —No, guey. Nos juntamos todos los lunes aquí parados para ver el paisaje citadino. ¡Pásale, compa, bienvenido a la fila!

Esas actitudes me enseñan algo: la libertad tiene que llevar etiqueta y horario, ¿no? Libre sí, pero con educación y sin arruinarle la función a los demás.

jueves, 18 de junio de 2026

Consecuencialismo en la barbería de la vida.



Cuentan las y los historiadores que, en la tumba del cardenal Richelieu (Armand Jean du Plessis), hay un epitafio cuyo texto resume su controvertida y pragmática forma de actuar: Aquí yace un famoso cardenal que hizo más mal que bien: el bien que hizo, lo hizo mal; el mal que hizo, lo hizo bien. La persona que escribió el epitafio, tal vez fue de los afectados por sus políticas de Estado; una opinión distinta tendrá aquellos que se vieron beneficiados. A consecuencia de lo anterior, realizar un juicio moral sobre las acciones de cualquier persona son difusos pretextos para justificar privilegios y desigualdades.

El sabio y filósofo Bertrand Russell decía que los juicios morales no son falsos ni tampoco verdaderos, sino expresiones de nuestras emociones y deseos subjetivos, lo que significa que cada una de nuestras acciones, quienes las observan, dependiendo de sus estados de ánimo, es como las determinarán si son positivas o negativas. A ello Russell lo llamaba consecuencialismo, es decir, un acto es “correcto” si sus consecuencias esperadas promueven la felicidad y el bienestar general mejor que cualquier otra alternativa.

Quienes llegan a considerar a un actuar negativo, en realidad están expresando un sentimiento de desaprobación, que busca influir en la conducta de quien lo hizo, con tal de que su actuar vaya de acuerdo con sus intereses. Él proponía juzgar las acciones por sus resultados prácticos y su utilidad, no por el apego a reglas rígidas.

Entonces, mi apreciado y único lector, cuando alguien le critique o enjuicie sus acciones, recuérdele a ese individuo aquella antigua costumbre de los barberos, quienes enjuagaban ese vello grueso y largo que crece entre el mentón, mejillas, mandíbula y cuello de sus clientes con agua caliente para ablandarlo y así afeitarlo más fácilmente, y que quienes esperaban su turno sabían que las suyas serían las siguientes o como decía la abuela: “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”.

jueves, 4 de junio de 2026

El sábado equis que fue Día de El Maestro.



Existen infinidad de frases que a lo largo de la historia se le han ido atribuyendo a Buda. Desde niño, siempre me preguntaba: “¿Por qué hay un Buda gordo y uno flaco?”. Pues resulta que el primero es el monje Budai -que, por cierto, no es un dios-, a quien muchos consideran un símbolo de la buena suerte, de ahí la frase: “Sóbale la panza a Buda”, mientras que el Buda delgado pudiera ser alguna de las 28 personas que han ostentado el título de Buda a lo largo de la historia, y el más famoso de ellos fue Siddhartha Gautama, y es a este último a quien le cuelgan esas frases moralistas tan bonitas como la que voy a citar a continuación:

Agradezcamos, porque si no aprendimos mucho hoy, al menos aprendimos un poco, y si no aprendimos un poco, al menos no nos enfermamos, y si nos enfermamos, al menos no morimos; así que todos debemos estar agradecidos”.

Tal frase viene a mi memoria miope debido a que este sábado, cuando descendía de la Ruta 10 para dirigir mis desgastadas suelas hacia el Bachillerato Semiescolarizado, en las bahías de ascenso/descenso sobre la avenida Universidad, estaba una estudiante de sexto semestre del Bachillerato 3. En cuanto me vio, después de saludarme, sacó una libreta forrada en color verde con adornos de flores de papel que me pidió le escribiera una dedicatoria, pues quería conservar las ideas de las y los profesores que le hicieron comprender la importancia de las asignaturas cursadas y, lo más importante, que las impartieran de forma amena.

Al escucharla, pensé: “¡Esas son palabras de mucho peso para una pulga docente como yo!”. Con el ojo blanco como el de Remi, empecé a escribir una loa sobre el actuar estudiantil de ella en la asignatura; terminada, le devuelvo su libreta y de corazón le doy las gracias por haberme considerado. Ese mismo día, al terminar las clases, ya retirado del aula, me alcanza una alumna que me entrega un sobre mientras dice que me hizo una carta de agradecimiento por los dos semestres que le impartí clases, en los cuales aprendió mucho y que le hice agradables las asignaturas, de nuevo me dejó sin palabras y un nudo en la garganta que dejó escapar un sonido gutural que se asemejaba a un agradecimiento que ni yo mismo comprendí.

Esa tarde fue especial, pues volví a creer que las y los estudiantes siguen confiando su aprendizaje en personas tan desconocidas que les intentan transmitir información de un recetario al que llaman programa de asignatura. Ese sábado equis fue para quien se atreve a firmar lo que escribe El Día de El Maestro.