jueves, 4 de junio de 2026

El sábado equis que fue Día de El Maestro.



Existen infinidad de frases que a lo largo de la historia se le han ido atribuyendo a Buda. Desde niño, siempre me preguntaba: “¿Por qué hay un Buda gordo y uno flaco?”. Pues resulta que el primero es el monje Budai -que, por cierto, no es un dios-, a quien muchos consideran un símbolo de la buena suerte, de ahí la frase: “Sóbale la panza a Buda”, mientras que el Buda delgado pudiera ser alguna de las 28 personas que han ostentado el título de Buda a lo largo de la historia, y el más famoso de ellos fue Siddhartha Gautama, y es a este último a quien le cuelgan esas frases moralistas tan bonitas como la que voy a citar a continuación:

Agradezcamos, porque si no aprendimos mucho hoy, al menos aprendimos un poco, y si no aprendimos un poco, al menos no nos enfermamos, y si nos enfermamos, al menos no morimos; así que todos debemos estar agradecidos”.

Tal frase viene a mi memoria miope debido a que este sábado, cuando descendía de la Ruta 10 para dirigir mis desgastadas suelas hacia el Bachillerato Semiescolarizado, en las bahías de ascenso/descenso sobre la avenida Universidad, estaba una estudiante de sexto semestre del Bachillerato 3. En cuanto me vio, después de saludarme, sacó una libreta forrada en color verde con adornos de flores de papel que me pidió le escribiera una dedicatoria, pues quería conservar las ideas de las y los profesores que le hicieron comprender la importancia de las asignaturas cursadas y, lo más importante, que las impartieran de forma amena.

Al escucharla, pensé: “¡Esas son palabras de mucho peso para una pulga docente como yo!”. Con el ojo blanco como el de Remi, empecé a escribir una loa sobre el actuar estudiantil de ella en la asignatura; terminada, le devuelvo su libreta y de corazón le doy las gracias por haberme considerado. Ese mismo día, al terminar las clases, ya retirado del aula, me alcanza una alumna que me entrega un sobre mientras dice que me hizo una carta de agradecimiento por los dos semestres que le impartí clases, en los cuales aprendió mucho y que le hice agradables las asignaturas, de nuevo me dejó sin palabras y un nudo en la garganta que dejó escapar un sonido gutural que se asemejaba a un agradecimiento que ni yo mismo comprendí.

Esa tarde fue especial, pues volví a creer que las y los estudiantes siguen confiando su aprendizaje en personas tan desconocidas que les intentan transmitir información de un recetario al que llaman programa de asignatura. Ese sábado equis fue para quien se atreve a firmar lo que escribe El Día de El Maestro.