En 1984, Soda Stereo soltaba la bomba con este temazo: ¿Por qué no puedo ser del jet set? Una crítica a toda esa gente que busca en la superficialidad de la élite un lugar y a la obsesión por lucir como un catrín del juego de lotería. 41 añazos después, con las redes sociales más encendidas que un microondas sin tapa, el personal sigue en las mismas, ¡pero ahora en versión empleo-jet-set! Imagínate: el típico compañero, que se presenta en la reunión con traje de Zara mal planchado, sudando la gota gorda con tal de colarse en la foto oficial. ¡No aportó ni una idea! Pero ahí está, arrejuntadito al mero chipocludo del organigrama como ixodoidea, poniendo su mejor sonrisa al celular pa’ la selfie y exigiendo que pongan filtro de Instagram. ¡Posando como si fuera influencer de la nómina!
Ya se vio, cuando esa foto la suba a sus redes sociales, ¡mírenme, colegas, codeándome con el glitterati del memorándum y el cutis de burocracia! Sus followers: la tía que de niño le pellizcaba los cachetes, el cuñado con el que ve el fútbol los domingos y tres bots, le ponen 12 likes. ¡Éxito mundial! Y mientras, el motivo de la foto, el proyecto o lo que sea, pasa por el arco de la ignominia.
¡Es un safari de egos con menos colmillos que un bebé! Alardeo everywhere, pero cuando toca acción… ¡Fuegos artificiales mojados! Más globos aerostáticos que ideas brillantes, y menos neuronas que un GPS sin Wi-Fi. Durante la foto sobran las y los que quieran salir, todos pavoneándose, inflando el pecho y asumiendo panza como si hubieran inventado la rueda, pero cuando toca trabajar… ¡Pum, globo ponchado! Más farolear que un político en campaña, y menos ideas que un calvo en peluquería. ¡Es como ir a un restaurante finolis y pedir solo café para que todos te vean que perteneces a la alta alcurnia!

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