Los nacimientos y luces navideñas, ay, pobres, regresan a sus cajones polvorientos, y los más trajinados, directos a la bolsa de la basura. Como esa corona de flor de Nochebuena que era un fuego rojo y ahora parece un bizcocho quemado, toda sepia y descolorida, ¡vaya drama, parece que ha pasado por la lavadora en ciclo intensivo!
Por cierto, yo lo vengo diciendo desde siempre: el “¡feliz año!” no es exclusivo de la medianoche, ¡es cada vez que te cruzas por primera vez con un conocido en este 2026! Así sea en septiembre, continuemos repartiendo buena vibra, sin prisas ni hipocresías.
¡Por el amor de Dios, dejen ya de suplicarle al 2026 que los sorprenda! ¿No tuvimos bastante con esa alarma sísmica del 2 de enero, que nos dejó bailando salsa de nervios sin música? ¡Si el año nuevo ya nos ha dado un meneo de bienvenida, ahora a trabajar con tal de que no nos sorprenda la cuesta de enero!
En tan pocos días, este año nos ha enseñado que la vida es como un gimnasio: pagas, sudas un poco unas cuantas horas y esperas milagros… pero si no vuelves, acabas como la flor de Nochebuena sepia, olvidada en la basura. ¡Así que ponte abusado, no le pidas sorpresas al calendario, y si timbra la alarma sísmica otra vez, espabílate en vez de asustarte! ¿Quién dijo que los años nuevos no venían con ritmo?

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