En la infancia de mi época, las niñas y niños no sabíamos que era el estrés, es más, ni nos preocupaba si el resfriado nos duraba más de 4 semanas, ¡achú! Alegría total; incluso si tenías obligaciones que cumplir, las desarrollabas conjugando la imaginación a nivel dios del Olimpo. Por ejemplo, la escoba era una máquina destructora creada por alguna civilización alienígena o algún supervillano tipo Lex Luthor, que arrasaba con todo a su paso, y que esperaban la intervención de Superman.
Te permitían estar en las calles, echándote una cascarita de futchol, beis o al bote pateado; si tenías sed, con tal de no ir a tu casa, bebías agua directamente del grifo y te sabía fresca –no como ahora, que sabe a cloro de piscina pública–; los juegos de mesa eran la gloria: Turista Nacional -nuestro Monopoly tercer mundista-, Serpientes y Escaleras, La Oca, El Maratón, La Lotería y La Pirinola. Hacíamos bíceps al abrir y cerrar las cortinas de casa, al sacar la basura, éramos menos sedentarios, pues nuestros progenitores nos convertían en el control remoto del televisor y más intrépidos, pues cuando la señal de uno de los dos canales fallaba, nos trepaban al techo a orientar la antena, ¡sube al tejado, Marcial, que la antena no agarra Canal 13! Ahí tenían al Spiderman de la colonia Magisterial. Ya ven, menos sofá, más aventura.
Compartíamos música reproduciendo nuestros casetes en la esquina o afuera de la casa con nuestros cuates; es más, hacíamos originales playlists grabándolos directamente de la radio, y nos indignaba que el locutor hablara encima de la canción. Porque claro, uno estaba creando una obra maestra y venía un señor a abrir su bocota como si nada.
Creo que, con menos tecnologías, menos pantallas, jugar al aire libre, más calle, necesitábamos menos y jugábamos más. Los juguetes no eran tan sofisticados como en la actualidad, pero cuando entraba en acción esa figura de El Santo no tenía precio. Además, sobrevivimos al Globalón, una pasta compuesta de acetato de polivinilo, colorantes y acetona, que la inflábamos a través de popote con la cual hacíamos globos y, claro, también a la toxicidad del Moco de Gorila o Slime.
Pertenecí a una generación que tenía conciencia democrática, pues nos daba igual jugar con infantes de 10 años o de 5, digo, ellos ni sabían que eran de “chocolate”, es decir, se divertían con nosotros sin darse en cuenta que no los tomábamos en serio. A pesar de que las y los adultos nos cansaban con ese discursito de que a nosotros no nos tocó vivir en tiempos duros y siempre tuvimos todo. Fuimos las niñas y niños antes de la revolución digital y los que aprendimos a sacarle provecho de ella, es decir, fuimos los prehistóricos analógicos que luego conquistamos lo digital sin manual de instrucciones.

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