jueves, 19 de marzo de 2026

Tun, tun, tun, tun caminar.


Ay, ¡amigos, que me han mandado al carajo con la bicicleta por 6 meses, por culpa de un médico que parece que ha estudiado en la escuela de los profetas del apocalipsis! Así que nada, vuelvo a las andadas, pateando las aceras de esta ciudad que parece que les ha declarado la guerra a los peatones. ¡Banquetas con caries, como dientes de abuelo fumador! Busco la sombra como un vampiro en ayunas, porque con este sol de Chernóbil mutado, si me pongo más prieto, voy a parecer una aceituna de las que dan aceite nuclear.

¡Y no te cuento en los semáforos, qué onda! Los coches se mean en el paso de cebra, lo convierten en parking gratis, ¡hasta los topes y las boyas son sus sofás personales! En las esquinas, es un festival de “aquí me estaciono”. Y la señal de ALTO, ¿saben qué? No es un consejito de la abuela, ¡es una orden del universo de que deben detenerse! Ahora que algunos semáforos tienen cronómetro, si antes el amarillo significaba para los kamikazes conductores “aprieta el acelerador porque va a cambiar a rojo”, ahora la cuenta regresiva equivale a “no te pares, aún te queda tiempo”, y es cuando el peatón se transforma en una boya ambulante para esquivar. ¡Somos gente con derechos, no canicas!

Las palomas y pichones por aquí necesitan un diván urgente, un terapeuta que les diga: ¡Ustedes son aves, no ratas con plumas! “¡Dejen de picotear lo que los peatones llevan comiendo como si fuera un buffet!” Y los camellones, ¡por Dios! Esos medianeros que separan avenidas y dividen la vialidad como si fueran muros de Berlín vegetal grisáceo. Si intentas cruzarlos, te tropiezas con montones de hojarasca mojada que parecen trampas de Jurassic Park, y raíces gigantes que salen como tentáculos del Kraken. ¡Imposible caminar ahí sin acabar en urgencias con un tobillo reescrito!

Caminar no es solo mover los pies; es un diálogo silente con el caos del mundo, un recordatorio socrático de que el progreso humano no reside en la velocidad de las máquinas, sino en la lentitud que nos obliga a confrontar nuestras raíces —literalmente— y a redescubrir la sombra como metáfora de la humildad ante un sol que no perdona la prisa. En cada paso torcido por una banqueta rota, hallamos la esencia estoica: el camino no se allana para nosotros, sino que nos forja.

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