¡Oye, qué fuerte! El teléfono celular, ese pedazo de plástico con brillo, se ha convertido en el fetiche total de la raza de ahora. Sí, fetiche, como dice la filosofía esa de los listos: le metes poderes mágicos a un cacharro, como si fuera un diosecillo que hace milagros, y olvidas que lo fabricó un abnegado obrero en una fábrica china. ¡Y míralos! Hay gente que no suelta la pantallita ni para ir al baño, ¡ni un minuto, que si no les da el tramafat!
Imagínate la escena romántica: una parejita en la oxidada banca de un oscuro jardín, y en vez de arrumacos, base por altura con el móvil cada uno. “¡Cariño, mira este meme!” “¡No, amor, espera a ver mi Tiktok!” Adiós al romanticismo, adiós a los besos con sabor a humanidad, todo por las “novedades” que les suelta la cajita idiota esa. ¡Sí hay un accidente en la calle! En lugar de ayudar al pobre desgraciado, ¡zas! Sacan el Pro de última generación, con sus tres cámaras de la NASA, y a grabar en 4K como si fueran Scorsese. ¡Hazte pa’ allá, que subo el vídeo y me hago viral!
Y los conciertos, ni te cuento. Están ahí plantados, pero en vez de disfrutar con la música en vivo, ¡a foto y vídeo! La gracia no es vivirlo, es lo que pasa después: likes a cántaros en las redes, ese subidón digital que te hace sentir el rey del mambo. ¡Pobre alma, que se pierde el momentazo real por un puñadito de corazoncitos virtuales!
En este baile loco con el celular, hemos perdido el sentido humano más puro, ese que se llama presencia. El teléfono móvil nos roba el alma gota a gota, convirtiéndonos en zombis con thumbs up, desconectados del aquí y el ahora. ¿Cuándo volveremos a mirarnos a los ojos sin una pantalla de por medio? Porque al final, la vida no es un post, es un abrazo que no se le da me gusta, que se debe sentir a gusto.

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