jueves, 16 de octubre de 2025

Impartiendo clases en el siglo equivocado.


Como profe, llevo muuuuchas anécdotas, y una que me mata de risa: cuando no hay listas oficiales y tú, de buen corazón, les dices que se anoten en una hoja blanca provisional. Hasta ahí todo bien, ¿no? Pues nooo. Llega el día de tomar lista y yo digo: “Zoila Vaca del Campo”, y se empiezan a reír todos como si hubiera dicho algo de otro planeta, pero, ¿saben qué es lo más lamentable? Que en cada grupo nuevo me sucede. Esa es la vida en la docencia, un sarcasmo constante.

Pero lo que me dejó con la boca más cuadrada que una caja fue enterarme de que el 90% de mis alumnos creen que estamos en el siglo XX, ¡en lugar del XXI! Que, para ellos, el siglo XIX fue el anterior porque era “novecientos” y este es dos mil, pues es “veinte”… Vamos, que el calendario les parece confuso.

Así que ahí me puse, con toda la entereza del mundo, y les expliqué que el siglo veinte abarcó de 1901 a 2000 porque no existe el año cero y el primer siglo comenzó en el año 1 d.C. Siguiendo esta lógica, el siglo I comprendió los años 1 a 100, el siglo II de 101 a 200 y, por lo tanto, el siglo XX comenzó en 1901 y terminó el 31 de diciembre de 2000. El período de 1900 a 1999 es comúnmente asociado con el siglo XX, pero técnicamente este se completó con el año 2000. 

Otra bronca heavy del tiempo fue con el calendario gregoriano que empezó en 1582, resulta que a solicitud del Papa Gregorio XIII, y con el pretexto de arreglar los líos del calendario juliano. ¿Líos? Pues que la Pascua no cuadraba con las estaciones del año, y eso era un problema gordo. Para componerlo, eliminaron 10 días, del 5 al 15 de octubre. Imagínate acostarte un 4 de octubre y despertar que ya es 15, ¡qué locura! Y de ahí también salieron las reglas de los años bisiestos, para que no se les descuadre el año con el sol…

Para terminar la clase, les dejé de tarea que analizaran qué sucedió con la hora que cada Horario de Verano nos quitaba, ¿captan? Ser profe no es solo hablar por hablar ni proyectar diapositivas en PowerPoint saturadas de tediosa información, ¡es explicar esos desórdenes que ni Google entiende! Aunque siga nombrando en las listas provisionales a Zoila Vaca del Campo.

jueves, 9 de octubre de 2025

¿Quedó claro?…

Dicen que la verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimientos, sino el hecho de negarse a adquirirlos, si eres profe, seguro que ahora mismo te viene a la cabeza ese joven de acné mental que lleva más auriculares que orejas y va por el pasillo de la escuela con la patineta como si fuera el rey del Mundo, o esa chica que no puede soltar el celular ni en clase, aunque le estén contando la historia del universo, digo, pa´que se aburre escuchando cosas tan antiguas, si las Stories y Reels de Instagram son la puritita verdad.

Pero, ¿te has parado a pensar en esa frasecita que sueltas al acabar la clase? “¿Quedó claro?” Y te dicen que sí, pero… ¿qué calidad de “sí” es esa? Eso es lo que deberíamos preguntarnos, puede que te den tal respuesta debido a que ya están hartos de que los que hablamos seamos nosotros los profes, además, en la mayoría de las clases se trata de imponer ideas que rompen la emoción del conocimiento y, no es justo decir que es dialogo a hablar hasta que te den la razón.

Si con suerte uno de esos jóvenes aprendiera, aunque sea un grano de alpiste de lo que pretendemos enseñar, no habría examen que les hiciera sombra. Pero no, nos gusta creernos bien chingones y pensar que ese “si” o el silencio sepulcral después de lanzar la pregunta es porque hacemos una auténtica MasterClass de la asignatura que impartimos, cuando en verdad le estamos dando scroll a la realidad de la educación en la que estamos inmersos y como nuestros estudiantes seguimos pensando en la hora del receso o en la camioneta rojo rubí que vamos a comprar con el aguinaldo.

jueves, 2 de octubre de 2025

Adiós a la costumbre epistolar.



En el calendario de la beatitud, cada vez se crean fechas conmemorativas, como esas de las profesiones, por ejemplo, el “Día del Pedagogo”, que se celebra cada 26 de junio, ¡perdónalos Comenio, porque no saben lo que hacen! También existen otras fechas que uno ya ni las recuerda por la falta de uso de la profesión, ahí tenemos el 12 de noviembre, que mi abuelita a vísperas de ese día, siempre esperaba que pasara el cartero para regalarle una mano de plátanos, y ahora ya casi ni los vemos, es que, en la actualidad, son pocos los que escriben cartas.

Mira, las cartas en nuestra época eran el WhatsApp artesanal, ¿sabes? Te sentabas tranquilo, bolígrafo chingón, hoja de papel impoluta, así como unas cuantas musas inspiradoras, con estos elementos le dedicabas un rato bueno a escribirle a alguien, porque eso era crear un vínculo de verdad, no un mensaje rápido que se va por ahí. Como decía Julio Iglesias en aquella canción, a veces llegaban cartas llenas de alegría, otras de melancolía, tristeza y hasta de esperanza, que nos daban la calma. Y nuestro ghosting… Sí carnalito, en mi época también existía, consistía en no contestar la carta, ¡no escribas tonterías! Efectivamente, eso era el bloqueo total.

Los emojis, ni eso, eran dibujitos que hacíamos con cariño, como si fuésemos monjes copistas adornando la letra, todo un arte. Y en diciembre, la alegría era recibir esas tarjetas navideñas que traían relieve, brillantina por todas partes y nieve seca que se caía nada más tocarla. Cuando viajabas por el país, era obligatorio comprar las postales con paisajes de ensueño, para enseñarle al abuelo lo bonito que es el mundo.

Y ahora, qué pena, lo hemos cambiado todo por esos textos fríos, que a veces ni son originales, porque lo único que haces es reenviar la idea de otro… ¡Bla, bla, bla! ¿Dónde quedó el cariño, el tiempo y el arte de escribir? Eso es lo que echo yo de menos, de verdad.

jueves, 25 de septiembre de 2025

El Netflix medieval de Oriente.


De niño disfrutaba horas escuchando a la abuela materna, platicarme esas historias de paisajes extraordinarios y de personajes llenos de valores morales, los cuales varios años después descubrí que se recolectaban en… la verdad no podría llamarle libro, porque en realidad al principio fueron una especie de compilación de narraciones, donde la historia principal gira en torno al sultán Shahriar, quien, tras ser traicionado por su esposa, decide casarse cada noche con una mujer distinta y ejecutarla al amanecer. Sherezade, hija del visir, logra sobrevivir contando historias fascinantes que dejan el final inconcluso -en pocas palabras, ella, estaba inventando el cliffhanger– obligando al sultán a perdonarle la vida para escuchar el desenlace al día siguiente -imagino que los guionistas de las telenovelas y series hacen lo mismo con tal de seguir estando en la nómina-. Este proceso se repite durante mil y una noches, hasta que el sultán se enamora de ella y abandona su venganza, moraleja, busca una pareja que sea buena conversadora.

Este libro es como una serie de Netflix, pero en lugar de episodios, tienes historias que no acaban nunca. Sherezade es como la productora que dice: ‘¡No, no, no! ¡Hay más! ¡Hay más!’ Y el sultán es como el espectador enganchado que no quiere que se acabe la serie. Y es que su estructura se basa en “relatos enmarcados”, donde una historia principal da lugar a otras narraciones entrelazadas. Este estilo permite que cada cuento abra paso a otro antes de concluir el primero, y su impacto cultural fue inmenso en Europa durante el Romanticismo del siglo XIX, donde evocaba las exóticas culturas orientales, pues este librazo incluye una variedad de géneros: tragedias, comedias, poemas, leyendas religiosas e incluso cuentos eróticos.

Aunque muchas personas asocian cuentos como Aladino y la lámpara maravillosa, Alí Babá y los cuarenta ladrones, y Simbad el marino con esta obra, algunos de ellos no forman parte del texto original. Por ejemplo, Aladino fue agregado por Antoine Galland, un traductor europeo inspirado por narraciones orales. Las Mil y Una Noches no tiene un autor conocido. Es una recopilación de cuentos que evolucionó a lo largo de los siglos, comenzando probablemente en Persia en el siglo X con la obra Hazār afsāneh (Mil leyendas). Los cuentos no solo provienen de Persia, sino también de India, Siria, Egipto, China y otros lugares. Esto refleja la riqueza cultural y las influencias de las civilizaciones que interactuaron con Persia a lo largo de los siglos.

Pero en serio, es un libro que te hace reflexionar sobre cómo las historias pueden mantenernos vivos, incluso en las situaciones más absurdas. Imagínense que cada noche es como un sketch de comedia, pero en lugar de reír, te salvas la cabeza. ¡Eso es poder!

jueves, 18 de septiembre de 2025

Piensa por ti mismo, no por los muros ni por las Stories.


Dicen que, en las redes sociales, esas que tanto nos gustan para chismear y ver vídeos de gatitos, a veces pulula un odio incontrolable, ¡no me vengan que nada más ocurre en X! Es que antes, cuando no existían, teníamos un consenso de ideas… vamos, que nos poníamos más o menos de acuerdo en algunas cosas. Pero ahora, con las redes, ¡madre mía! Se ha fragmentado todo. Cada perfil es un Mundo diferente, con ideas distintas, y lo peor es que ya ni importa si lo que dicen es verdad o no, lo que cuenta es si creen que es verdad. ¡Así estamos!

Pero ustedes sigan leyendo las lamentaciones, actos de contrición o tributos al ego que sus “amigos” publican en sus muros, los hilos de tweets y Stories, además de aceptar todo lo que encuentran en cada red social, aunque sea como quien se toma un caballito en el bar: con ojo crítico y un poco de gracia. Porque al final, las redes sociales son solo divertimentos, un pasatiempo.

No olviden que todos esos contenidos son efímeros, depende de los ánimos de quienes los publican, como las fotos y vídeos, que desaparecen después de 24 horas de ser divulgados. Y lo importante de verdad es que cada uno piense por sí mismo, que no dejemos que esas pantallas nos digan qué tenemos que pensar ni cómo tenemos que vivir la vida. Que eso, amigos míos, solo depende de nosotros.

jueves, 11 de septiembre de 2025

Las historias más tristes del Mundo.



¿Se han dado cuenta una cosa? Que casi todos tenemos ese complejo de inseguridad que nos convierte en unos narradores de las “historias más tristes del Mundo” cuando alguien nos pide un favor… y no podemos o no queremos ayudarlos, pues ya hemos tenido una amarga experiencia por hacerlo.

Por ejemplo, llega alguien y te pide prestado dinero. Y tú, en vez de decir “No, no tengo o ahora no te puedo prestar” con tranquilidad, ¡pum!, sueltas una tragedia al estilo La Rosa de Guadalupe: “Es que no tengo dinero, resulta que la abuela está enferma, que si se me desconchinfló la lavadora…” Pero, dama o caballero, ¿y por qué no dices simplemente “No puedo prestarte”? Pues no, ahí te pones a contar una telenovela, para justificarte.

Luego pasa con el celular. Te lo piden para mandar un mensaje y tú piensas, “Uy, es que me quedan pocos datos.” Y ahí empieza el discurso dramático: “Fíjate, que se me acabó el plan tarifario”. “Estoy esperando una llamada importantísima”. Buscando como siempre, disimular que no se lo vas a prestar, aunque en realidad es porque no quieres prestarlo, porque sabes que esa persona se cuelga en el WhatsApp.

Y lo mejor es lo del vecino, que viene con la solicitud de una herramienta. Tú temes que se la quede para siempre, como lo hizo con las tijeras para podar, entonces el ingenio histriónico vuelve a salir del pecho más lacrimógeno que una película de esas que te hacen llorar a moco tendido.

Por favor, señoras y señores, ¡es hora de aprender a decir “NO”! Claro que te pueden llamar pérfido, vil, canalla, mala persona, pero a veces el que pide llega abusar de la confianza, no tú, digo, cuando algunos se han quedado con lo prestado o no te pagan el dinero, y lo más lamentable se enojan cuando les cobras o pides esos objetos que eran tuyos, ahí, ¿cómo o qué? Y no pasa nada por negarte sin ponerte a inventar historias tristes. Que el “NO” también es bonito y necesario.

jueves, 4 de septiembre de 2025

¡Ya´tamos en septiembre!



En México, septiembre es el mes de la patria, que aquí es casi como el mes del “orgullo nacional” y, con todo el pozole, los sopitos picaditos y las enchiladas que a cantidades industriales se consumen. Los días 13, 15 y 16 son como la temporada alta para ponernos el sombrero de piloncillo, pero sin que esté pintado, que eso ya no se lleva mucho, ¿sabes? Es un rollo que mezcla: tradición que huele a limón —que aquí usamos, como si fuera nuestra medicina milagrosa— y cosmopolitismo, que es cuando te crees muy moderno, pero sigues comiendo chile hasta en el café. Porque sin chile, el taco se siente como sin alma, y el limón es nuestro jarabe multiusos. Lo mismo te cura un resfriado que lo echas en el tequila pa’ olvidarlo todo.

Es cuando la mayoría de conductores suicidas de las empedradas y llenas de cráteres de nuestras calles, prefieren ponerle banderitas de México al coche, que la direccionales cuando van a dar vuelta; las oficinas godín se adornan “retechulas” de bonitas, con sombreros de charros, carrilleras, jorongos multicolores y enormes mostachos -o sea, olvidan de lo lampiño del aborigen de nuestro país-, se espera con mucha enjundia la “Noche Mexicana de la Oficina”, donde lucirán ajuares de adelitas -así es, existe cierta confusión con la revolución-, charros y ningún gachupín.

Y claro, esas fiestas patrias son muy bonitas, muy pomposas, pero también la gente habla del 19, que es el día en que la tierra dijo “aquí estoy yo, a ver si se mueven un poco, que no todo es fiesta”. Eso sí que es una conmemoración sorpresa por todo lo alto, y todos nos quedamos aterrorizados, más que nada porque después del temblor se vino la cruda de la celebración, y eso sí que es para temer.

En fin, que en México somos castizos con celular, que no olvidamos nuestras raíces, pero tampoco dejamos de mandar un “WhatsApp” pa’ todo, y de paso a veces nos quejamos del chilito que pica mucho, del limón que está muy ácido y del temblor que nos dejó comiendo birote pa´l susto… Eso sí, siempre con mucho orgullo, porque si algo tenemos es eso: orgullo de ser mexicano, no le hace que le aunque tiemble.