Si eres de los que, después de checar en el espacio godín, juega al gallo, gallina para llegar al cubículo… ¡Ya empezamos mal! Porque hay quien llega a trabajar como si estuviera entrando al programa de concursos: “A ver, si cae águila, prendo la computadora; si cae sol, me voy por un café… y si cae de canto, me quedo platicando con el guardia”.
Y luego están los que abandonan el WhatsApp —que ya es mucho desconectar la neurona, porque ahí está la familia, el grupo de la primaria, el de los vecinos y el de “Placas perdidas, ahora sí sin memes, el de ¿cuándo nos reunimos, chikas?”, etc.— para echarse la chorcha artesanal con las y los camaradas. Que si ya viste quién se peleó, quién pidió incapacidad sin estar enfermo, quién llegó con zapatos nuevos y quién, misteriosamente, lleva tres días diciendo: “Ahorita lo checo”.
Porque en la oficina no se trabaja, se administra información confidencial. Información como: “Dicen que van a cambiar al de…”, “Dicen que habrá bono”, “Dicen que el viernes no se trabaja porque va a fumigar” … Y ahí vamos todos, con una fe que ni en las promesas electorales.
Y claro, ya empezó la cuenta regresiva para el mega puente etílico. No voy a escribir cuál, porque luego uno lo menciona y no se nos hace. Es como cuando dices: “Mañana seguro no llueve”, y al día siguiente amaneces navegando en una lancha de Protección Civil rumbo al estacionamiento.
Pero tú ya haces cuentas. ¿Ya calculaste la cooperación para la contrata que organiza ese compañero que siempre dice: “Es algo tranquilo”? ¡Tranquilo! Y te la entregan; termina uno cantando baladas de despecho arriba de una silla, abrazado al pomo, jurando que ahora sí va a cambiar de vida.
Eso sí, como eres ahorrador, agarraste el último número de la contrata, para que coincida con la fecha del mega puente —del que, insisto, no diremos nada—. Porque tú no apuestas, tú haces planeación financiera de alto nivel. El banco debería pedirte asesoría: “Mire, licenciado, yo no gasto de más; yo aparto para la convivencia institucional”.
Pero ya, hombre, deja las redes sociales un rato. Suelta el video del gatito que habla, el meme de la quincena y el grupo donde todos mandan “buenos días” con stickers que, si te gustan, le das guardar. Ponte a chambear, que el pendiente no se resuelve solo… aunque a veces uno lo mira con tanta intensidad que parece que se intimida y se va.
El humor sobre la oficina revela una realidad común: el trabajo no consiste únicamente en cumplir tareas, sino también en convivir, comunicarse y resistir la rutina. Las charlas y los momentos de distracción pueden fortalecer al equipo, pero se vuelven un problema cuando sustituyen de forma permanente la responsabilidad individual.
Trabajar bien no significa vivir amargado frente a una pantalla ni renunciar a la convivencia; significa encontrar equilibrio. La oficina necesita gente que se ría, comparta y haga equipo, pero también personas capaces de cerrar el WhatsApp, atender los pendientes y entender que la productividad no puede quedar siempre “para después del puente”.
