La memoria miope que tengo a veces es como los cajones del ropero que mi jefecita compró en abonos y que religiosamente el cobrador de la moto iba cada quince días por la lana, los abría para encontrar cosas interesantes, así llegan recuerdos que mis sentidos perciben en la actualidad y me remontan al pasado, como escuchar aquella canción de Air Supply con la que iniciaba el cassette comprado en el tianguis “Pancho Villa” que le regalé a una chica a la que nunca me le declaré, pasar por la dulcería “La Esmeralda” y ubicarme a los seis años caminando con mi padre comiendo alfajor de coco; observar por el tejado a algún gato que me arranca un suspiro de nostalgia por todos los que he tenido.
Por si no lo saben, para mí, los gatos son la neta del planeta, desde que mi abuela Ramona me leyó El gato con botas publicado por EdiPre en los cómics Clásicos Infantiles, surgió un nexo sentimental por los felinos, es más, encontraba similitudes entre el hijo menor del molinero conmigo. Así que, a partir de ello, comencé a presionar, mi madre hipotecó sus escrúpulos y se dio a la tarea de conseguírmelo, una vez que los obtenía les embarraba manteca en las patas para que nunca se fueran del hogar. En lo que llevo de vida he tenido gatos de mil colores, pardos de noche y de día, amarillos, uno negro al que vimos morir atropellado y que después de un mes de su deceso regresó a casa lambiéndose las patas, convivió todo ese día con nosotros y a la mañana siguiente ya no lo volvimos a ver.
Hoy mi madre, a sus 82 años, me pidió un gato -¿para qué lo quieres?- Ella con su tierna voz respondió: Para que me acompañe cuando esté triste, escuchar sus maullidos, que brinque a mi regazo, tenerlo sobre las piernas y mientras le acaricio escuchar su ronroneó, verlo cómo observa absorto y desconfiado cualquier movimiento ocasionado por el viento, volver a experimentar su necesidad de cariño limitado, acuérdate que ellos saben cuál es la medida exacta de afecto e independencia -¡tantos que tuve y nunca he aprendido a amar como ellos!-; ahora tenemos uno blanco, con sus arañazos y caminito infinito de pelos sobre el sofá, lo novedad es que éste, además de atrapar cucarachas, moscas y besuconas, mata alacranes y continua como si nada, bueno mientras le duran las siete vidas.
Son una serie de artículos que ya han sido publicados en diversos periodícos locales.
jueves, 14 de noviembre de 2019
jueves, 7 de noviembre de 2019
Nihil novum sub sole
Desde que en el film Spectre (2015) pusieron el ejemplo de cómo realizar un desfile al estilo de la alegría brasilera pero con marionetas y alebrijes gigantes de calaveras, el “Día de Muertos” en la Ciudad de México es celebrado tal cual como uno lo vio a través del celuloide mientras James Bond se la rifaba para detener a los criminales, de continuar así, las generaciones futuras olvidarán que la vigesimocuarta película del 007 fue quien fomento la tradición de esta procesión, creyendo que ha sido un rito ancestral.
Como lo dijo el rey Salomón: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol”, es decir, todo tiene un precedente, por ejemplo, las frases con que he enamorado son de Neruda o Baudelaire, las argucias de atraer a la persona amada se las aprendí a Giacomo Girolamo Casanova -si no me creen para muestra ahí tienen al agente secreto de Ian Fleming, citado en el párrafo anterior–, mis celos son una absurda imitación del Otelo de Shakespeare o del Barba Azul de Charles Perrault, en fin, un amasijo de ideas ajenas que en lugar de vivir mi vida, vivo las de otros.
Entonces, no nos sorprenda que nuestros estudiantes se cuelguen el cartelito de innovadores -creo que somos nosotros quienes así los consideramos, debido a nuestra ignorancia-, si en realidad fue gracias a ese tutorial de YouTube con que realizaron lo que les solicitamos hacer a través del emprendedor instrumento de evaluación que de “RubiStar!” copiamos, es decir, no hay nada nuevo bajo el sol, al igual que este texto que tal vez lo pueda reclamar un tal Víctor Manuel como ideas tomadas de una de sus canciones.
Como lo dijo el rey Salomón: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol”, es decir, todo tiene un precedente, por ejemplo, las frases con que he enamorado son de Neruda o Baudelaire, las argucias de atraer a la persona amada se las aprendí a Giacomo Girolamo Casanova -si no me creen para muestra ahí tienen al agente secreto de Ian Fleming, citado en el párrafo anterior–, mis celos son una absurda imitación del Otelo de Shakespeare o del Barba Azul de Charles Perrault, en fin, un amasijo de ideas ajenas que en lugar de vivir mi vida, vivo las de otros.
Entonces, no nos sorprenda que nuestros estudiantes se cuelguen el cartelito de innovadores -creo que somos nosotros quienes así los consideramos, debido a nuestra ignorancia-, si en realidad fue gracias a ese tutorial de YouTube con que realizaron lo que les solicitamos hacer a través del emprendedor instrumento de evaluación que de “RubiStar!” copiamos, es decir, no hay nada nuevo bajo el sol, al igual que este texto que tal vez lo pueda reclamar un tal Víctor Manuel como ideas tomadas de una de sus canciones.
Horario de invierno
Amigos, les comparto el gusto con que amanecí este domingo con el cambio de horario, éste es mi favorito, además, es como la película Back to the future, pues regresamos una hora en el tiempo -y sin el Delorean con el condensador de flujo, simplemente con los deditos-, esta vez mi cuerpo ni lo reciente, es más, lo agradece, ¡dormir una hora extra es de reyes! En lo único que sé extraña es que se modifican las horas de los atracones de comida, y es que una hora antes de los sagrados alimentos mi panza ya los pide.
Por seis meses o creo que son menos de este horario, me olvido de ajustar el ritmo de vida en aras de la ciencia como lo he venido haciendo desde hace 26 años con el detestable horario de verano, la neta, cuando entra en vigencia tengo que mentalizarme de que en realidad voy a gozar de más horas de luz solar -¡ay no manches!- y que vamos a ahorrar, wee suena a los descuentos que perifonean en el supermercado; por cierto, siempre me he preguntado cómo tiznados le hacen para igualar las zonas horarias en todo el país.
Como marketing, lueguito de escuchar invierno viene a la cabeza, las personas disfrazadas de panditas del Día de Muertos, perdón, calaveritas, los rifadísimos caldos calientitos aliviana crudas de las desveladas, los changarros de tamales con el olorcito a manteca que se desprende de las cubetas afuera de Catedral en el docenario de nuestra Lupita y los infaltables fonditos -¿qué esperaban? ¡Frozen!- de las botellas que se van rezagando de las borracheras. “Ve por los hielos, ¿no?” Que para encontrar un pretexto para pachanguear, nos pintamos solitos, pues sabemos que con el cambio de horario a la vuelta de la esquina ya está el Maratón Guadalupe-Reyes.
Por seis meses o creo que son menos de este horario, me olvido de ajustar el ritmo de vida en aras de la ciencia como lo he venido haciendo desde hace 26 años con el detestable horario de verano, la neta, cuando entra en vigencia tengo que mentalizarme de que en realidad voy a gozar de más horas de luz solar -¡ay no manches!- y que vamos a ahorrar, wee suena a los descuentos que perifonean en el supermercado; por cierto, siempre me he preguntado cómo tiznados le hacen para igualar las zonas horarias en todo el país.
Como marketing, lueguito de escuchar invierno viene a la cabeza, las personas disfrazadas de panditas del Día de Muertos, perdón, calaveritas, los rifadísimos caldos calientitos aliviana crudas de las desveladas, los changarros de tamales con el olorcito a manteca que se desprende de las cubetas afuera de Catedral en el docenario de nuestra Lupita y los infaltables fonditos -¿qué esperaban? ¡Frozen!- de las botellas que se van rezagando de las borracheras. “Ve por los hielos, ¿no?” Que para encontrar un pretexto para pachanguear, nos pintamos solitos, pues sabemos que con el cambio de horario a la vuelta de la esquina ya está el Maratón Guadalupe-Reyes.
jueves, 24 de octubre de 2019
Reciclando
Una parvada de pichones neuróticos picotean el asfalto como si de las piedras del añejo chapopote sacaran alimento, ahí estoy con las suelas desgastadas sobre el filo del machuelo con caries de la vieja banqueta, se escuchan cláxones y rechinar de llantas, la pared que tengo a mi espalda es un imán de grafiti catártico. Pasa uno y le chiflo cual pastor al rebaño, se detiene y, como siempre, al abordar un taxi, me preocupan dos situaciones, la clásica estafa con su tarifa de cobrar según la cara de nango que uno ponga, y la otra es lo veloz que conduzca el chófer con tal de llevarte en el menor tiempo posible, para lueguito subir otro pasaje, bueno, sino te lo suben cuando aún no te has bajado, ¡grrrrrrh!
Era en el transitar kamikaze de las 2 de la tarde cuando íbamos por el carril derecho, cual película de acción, por unos escasos centímetros casi chocamos con un coche que de pronto salió como alma que lleva el chamuco. Gracias a la pericia del taxista quien alcanzó a frenar, ocasionando que el vehículo se derrapará y por poquito le pegamos al auto que quedó frente al nuestro. Para acabarla de amolar, el tipo que ocasionó el incidente, sacando las manos por la ventanilla, nos refrescó la memoria de nuestra venerable jefecita. Entre lo apendejado del susto casi entro shock al observar un milagro… sí, un suceso celestial, el taxista en lugar de responder los improperios, de forma parsimoniosa le ofreció una disculpa.
Confundido le pregunté de su actitud, él respondió argumentando que muchas personas van como los camiones recolectores de basura, llenos de sentimientos caducos como la frustración, rabia, envidia y decepción, necesitan, por lo tanto, buscar un depósito dónde arrojar toda esa inmundicia y si uno también anda con su basura, entonces le topas descargándola hasta ver quién es el que se llena más rápido, por lo tanto, como eso ya lo sé, prefiero no ser recolector, ni depósito, opto por quedar como ecologista y reciclar la experiencia de tal forma que me permita cambiar la forma de pensar negativa en positiva. Amigo, tú, ¿qué prefieres, depositar o reciclar? ¡Glup!
Era en el transitar kamikaze de las 2 de la tarde cuando íbamos por el carril derecho, cual película de acción, por unos escasos centímetros casi chocamos con un coche que de pronto salió como alma que lleva el chamuco. Gracias a la pericia del taxista quien alcanzó a frenar, ocasionando que el vehículo se derrapará y por poquito le pegamos al auto que quedó frente al nuestro. Para acabarla de amolar, el tipo que ocasionó el incidente, sacando las manos por la ventanilla, nos refrescó la memoria de nuestra venerable jefecita. Entre lo apendejado del susto casi entro shock al observar un milagro… sí, un suceso celestial, el taxista en lugar de responder los improperios, de forma parsimoniosa le ofreció una disculpa.
Confundido le pregunté de su actitud, él respondió argumentando que muchas personas van como los camiones recolectores de basura, llenos de sentimientos caducos como la frustración, rabia, envidia y decepción, necesitan, por lo tanto, buscar un depósito dónde arrojar toda esa inmundicia y si uno también anda con su basura, entonces le topas descargándola hasta ver quién es el que se llena más rápido, por lo tanto, como eso ya lo sé, prefiero no ser recolector, ni depósito, opto por quedar como ecologista y reciclar la experiencia de tal forma que me permita cambiar la forma de pensar negativa en positiva. Amigo, tú, ¿qué prefieres, depositar o reciclar? ¡Glup!
jueves, 17 de octubre de 2019
Hacer reír a los “normales”
Entre las charlas de los estudiantes, que uno como profesor escucha durante los rituales de acomodar los accesorios para transmitir la clase, durante la algarabía por el evento alusivo al “Día de Muertos”, hubo un comentario que llamó mi atención, el del alumno ciego -la verdad, tengo miedo en si lo llamé de la forma políticamente correcta-, quien dijo se presentaría disfrazado de atleta paraolímpico zombie, todos sus compañeros rieron a carcajadas menos yo, es más, creo que hasta percibí esa incontenible hilaridad como bullying, pero al joven parecía no importarle, se notaba ufano, como quien disfruta de hacer un chascarrillo de sí mismo, algo así como lo que en Comedy Central realizan los standuperos Ojitos de Huevo, El Cojo Feliz y Kike Vázquez alias El Bien Parado, quienes crean comedia a partir de sus discapacidades.
Parte de la clase continúe incómodo por lo acontecido, y más cuando pensaba que está por demás tanta concientización para referirnos con términos adecuados a las personas con alguna discapacidad, si a la mera hora nos salen que el stand up comedy está de moda en nuestro país e imitar a patrones televisivos es lo aceptable y que la tragedia se puede volver cómico. A raíz de lo anterior descubrí mi discapacidad de no entender que los “limites” del humor los define el contexto: quién, cómo, cuándo y dónde, que los prejuicios contribuyen a que se perciba gracioso, así como una disminución en la brecha de la discriminación al llamado sector vulnerable de la sociedad.
Pero gracias al chamaco aprendí que es posible convertir lo que uno llega a creer como causal de dolo, discriminación y estigmatización en risas que crean conciencia de la adaptación del individuo al mundo de los “normales”, sí, entre comillas, que ya de por sí es absurda la palabra.
Parte de la clase continúe incómodo por lo acontecido, y más cuando pensaba que está por demás tanta concientización para referirnos con términos adecuados a las personas con alguna discapacidad, si a la mera hora nos salen que el stand up comedy está de moda en nuestro país e imitar a patrones televisivos es lo aceptable y que la tragedia se puede volver cómico. A raíz de lo anterior descubrí mi discapacidad de no entender que los “limites” del humor los define el contexto: quién, cómo, cuándo y dónde, que los prejuicios contribuyen a que se perciba gracioso, así como una disminución en la brecha de la discriminación al llamado sector vulnerable de la sociedad.
Pero gracias al chamaco aprendí que es posible convertir lo que uno llega a creer como causal de dolo, discriminación y estigmatización en risas que crean conciencia de la adaptación del individuo al mundo de los “normales”, sí, entre comillas, que ya de por sí es absurda la palabra.
jueves, 10 de octubre de 2019
Inventor del amor.
Ayer, el chafirete de la ruta 10 cambió las rolas de Espinoza Paz por las del Príncipe de la Canción, y todos los pasajeros las iban cantando al unísono, ¡Chidísimo! México sigue de luto nacional por la pérdida de ese personaje de la cultura popular en lo que va de estos últimos cincuenta años, el príncipe entrañable que a través de sus canciones fue la encarnación de las guerras que perdimos en el amor, y que al escucharlo se convertía en la analgesia de ese ingrato dolor de muelas del corazón. Seguro estoy que ahora con su muerte más de alguno estará de acuerdo en mandarle cartas al Papa Francisco para que nos lo canonice y se integre a la Santísima Trinidad junto con Camilo Sesto y Juan Gabriel.
Sus canciones han sido tributadas por un titipuchal de géneros musicales, roqueros, gruperos, rancheros y hasta baladistas que dejaron de pertenecer a la nómina de cierta empresa mexicana de medios de comunicación, me atrevo asegurar de que no hay adolorido que mientras buscaba en el fondo del vaso el consuelo a su mal de amores, saboreaba las amarguras sin pedir compasión ni piedad, mientras sus oídos alentaban el bajón de autoestima tarareando: “Lo que no fue no será”, para luego despertar y cerciorase que ella ya no estaba, solo está la almohada. Pedagogo que contribuyó a nuestra educación romántica, indeleble esa cátedra de que amar y querer no es igual, amar es sufrir, querer es gozar.
Frank Sinatra no pudo resistirse a sus interpretaciones y lo invitó a cantar en una de sus fiestas, hasta le regaló uno de sus anillos, no se le hizo el dueto con los Bee Gees, por lo ojete de su representante artístico. El crepúsculo que lo envolvía, tipo maldición de los que alcanzan la cumbre gracias a su talento, siempre rodeado de escándalos, perseguido del alcohol y estupefacientes, para mí, bien podría ser considerado como uno de los poetas malditos de manufactura nacional, claro, él no escribió ninguno de sus éxitos, pero estoy seguro de que inventó el amor, y gracias a la magia de la tecnología, en unos diez o quince años más como nuestro apreciado Pedro Infante va a cantar cada vez mejor.
Sus canciones han sido tributadas por un titipuchal de géneros musicales, roqueros, gruperos, rancheros y hasta baladistas que dejaron de pertenecer a la nómina de cierta empresa mexicana de medios de comunicación, me atrevo asegurar de que no hay adolorido que mientras buscaba en el fondo del vaso el consuelo a su mal de amores, saboreaba las amarguras sin pedir compasión ni piedad, mientras sus oídos alentaban el bajón de autoestima tarareando: “Lo que no fue no será”, para luego despertar y cerciorase que ella ya no estaba, solo está la almohada. Pedagogo que contribuyó a nuestra educación romántica, indeleble esa cátedra de que amar y querer no es igual, amar es sufrir, querer es gozar.
Frank Sinatra no pudo resistirse a sus interpretaciones y lo invitó a cantar en una de sus fiestas, hasta le regaló uno de sus anillos, no se le hizo el dueto con los Bee Gees, por lo ojete de su representante artístico. El crepúsculo que lo envolvía, tipo maldición de los que alcanzan la cumbre gracias a su talento, siempre rodeado de escándalos, perseguido del alcohol y estupefacientes, para mí, bien podría ser considerado como uno de los poetas malditos de manufactura nacional, claro, él no escribió ninguno de sus éxitos, pero estoy seguro de que inventó el amor, y gracias a la magia de la tecnología, en unos diez o quince años más como nuestro apreciado Pedro Infante va a cantar cada vez mejor.
jueves, 3 de octubre de 2019
¡¿Signos?!
Tenemos que hablar muy seriamente de este fenómeno, porque es una aberración, casi casi una catástrofe que no se abran ni signos de exclamación ni de interrogación en las conversaciones de WhatsApp, y no es culpa de la aplicación, pues en el teclado sí existen, creo que los responsables de tal descarrío son los usuarios de nuestro país, ya que en México siempre, al expresarnos de forma escrita, redactamos un signo de apertura y otro de cierre para determinar el sentido de la expresión, y sucede que durante toda una charla -¿se le puede llamar así, a lo que hacemos con esa aplicación?-, concluyen la intervención con cualquiera de los dos signos, entonces uno no logra adivinar desde el inicio la intención del diálogo.
La consecuencia de todo esto es que los millennials llegan a creer que el signo de exclamación de apertura es el que lleva el puntito para abajo -aquí debiera de ir el emoji que se tapa las orejas-, entonces, cuando en la escuela les pides un texto de cinco párrafos, pues hacen de sus mensajes todo un desgarriate. Caso especial son las tildes, las pobres, si se incluyen las colocan en la vocal equivocada o de plano ni se acuerdan de ellas; la hache, no sé si por ser muda, esa sí que ni existe a pesar de estar en el teclado, pues la excluyen al principio y ni se acuerdan de ella en las palabras donde va intercalada, pero eso sí, según ellos, para las carcajadas cometen el anglicismo: “hahahaha”, en lugar del “jajajajaja” tan nuestro. De los signos de puntuación ni hablar, solo se abusan de ellos cuando son tres puntos suspensivos seguidos de unas cuántas palabras, y cerrando con otros tres o de plano tapizando el texto de ellos… ¡ya ni la amuelan!
En fin, sabemos que a través de WhatsApp prolifera una especie de redacción que erradica las reglas gramaticales y ortográficas del español, pero si hacemos un mínimo esfuerzo de ir corrigiendo esos errores cada vez que lo utilicemos, tengo la esperanza que a lo mejor algún día recuperemos la escritura correcta, no se preocupen, me sentaré para no cansarme y más aún con tal de que no me tizne la ciática.
La consecuencia de todo esto es que los millennials llegan a creer que el signo de exclamación de apertura es el que lleva el puntito para abajo -aquí debiera de ir el emoji que se tapa las orejas-, entonces, cuando en la escuela les pides un texto de cinco párrafos, pues hacen de sus mensajes todo un desgarriate. Caso especial son las tildes, las pobres, si se incluyen las colocan en la vocal equivocada o de plano ni se acuerdan de ellas; la hache, no sé si por ser muda, esa sí que ni existe a pesar de estar en el teclado, pues la excluyen al principio y ni se acuerdan de ella en las palabras donde va intercalada, pero eso sí, según ellos, para las carcajadas cometen el anglicismo: “hahahaha”, en lugar del “jajajajaja” tan nuestro. De los signos de puntuación ni hablar, solo se abusan de ellos cuando son tres puntos suspensivos seguidos de unas cuántas palabras, y cerrando con otros tres o de plano tapizando el texto de ellos… ¡ya ni la amuelan!
En fin, sabemos que a través de WhatsApp prolifera una especie de redacción que erradica las reglas gramaticales y ortográficas del español, pero si hacemos un mínimo esfuerzo de ir corrigiendo esos errores cada vez que lo utilicemos, tengo la esperanza que a lo mejor algún día recuperemos la escritura correcta, no se preocupen, me sentaré para no cansarme y más aún con tal de que no me tizne la ciática.
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