Cuando estudié el bachillerato, experimenté una especie de salto pa´tras darwiniano, pues de ser el joven siempre bien portado que nunca se atrevería levantarle la falda a la flojera, ese que se arrepentía de haber pisado un blátido, llegó el momento de que renegué de mis progenitores e incluso me dieron tantita pena algunas de sus actitudes, pues como que ingresar a una escuela donde no hay quien te exigiera, casi, casi, obligara a permanecer en el aula, era como estar en una cárcel sin puertas, ya que si el ojete del profesor te sacaba de la clase sentías como quien anda con libertad provisional, además, si encontrabas a alguien podías anteponer la orgullosa justificación de: “me sacó porque lo hice enca… nojar”.
El centro de acopio de aquellos a quienes les otorgaban tal liberación bajo caución era la cafetería, sitio que se abarrotaba en el receso, tiempo en el cual los discípulos de Raffles, el ladrón de las manos de seda, hacían gala de sus habilidades sustrayendo golosinas y pastelitos — ¡ah, cómo extraño esos del logotipo del ave palmípeda!—; si en esos tiempos hubiera tenido la úlcera gástrica de hoy, lo más probable es que no habría sobrevivido a las tortas cubanas atascadas de chile habanero que presumíamos tragar a velocidades extremas y que te dejaban como cicatriz de guerra un tremendo ardor de galillo, alimento no recomendable para personas que se hacen de la boca chiquita.
Mis compañeros además de sus respectivos nombres de pila, respondían sin titubeos cuando alguien les llamaba por Pinzas, Tubas, Ceviche, Pasilla y el Cuñado, ese que contaba con unas hermanas de buen ver. En las listas improvisadas de los profes siempre se colaban cuando éstos hacían el pase reglamentario nombres como: Aquiles Baeza, Rolando Mota o Zoila Vaca Del Campo para sumarse a la guasa popular de mi salón.
En sus amplias canchas, además de la clásica cascarita que nos hacía sentir rockstar de balompié, de los que infla el Carnal de las Estrellas, ahí donde éramos árbitro y equipo a la vez, en las improvisadas bancas se consumían muchísimos tacos de taquicardia, uno que otro sin interesarle el fútbol llanero bien que aprovechaba para echar pasión con su respectiva jainita, ¡ay móndrigo, no te la vayas a acabar!
Compartíamos instalaciones con otro plantel que laboraba en turno opuesto al nuestro, según eso, los que a él asistían eran rete bien estudiosos — ¡na, que se los crea su abuela!—, ya que presumían de tener un nivel académico más alto, y eso que también compartíamos plan de estudios, sólo que según ellos, su planta docente si seguía al pie de la letra los contenidos programáticos y a los alumnos se les motivaba con estímulos académicos a generar hábitos de lectura y cálculo matemático. Además eran bien pinche fresas, o sea, goeee, a nosotros papi nos deja en la meritita puerta del bachi y a ustedes les toca llegar en el camión todos magullados por los brincos de baches y coladeras chuecas, ¡ahí le dejo, porque alguien puede llegar a pensar que estoy ardido! La neta, no, me es intramuscular.
Sin importar cuál de los dos planteles era mejor, la formación que recibí fue útil para rifármela solo, ser organizado para estudiar, investigar por cuenta propia cualquier tema, sin la necesidad de tener un área, pues gracias a mis entrañables profesores, aprendí que el conocimiento es plural y diverso, otra cosa que agradezco y reconozco a mi bachillerato, es que aceptaban por igual a todos sin distinción de alguna diversidad, coexistiendo sin líos, metaleros, rancheros, nerds, fresas y nacos. Un oasis de la variedad pensante en la era cuaternaria.
Son una serie de artículos que ya han sido publicados en diversos periodícos locales.
jueves, 22 de septiembre de 2016
jueves, 15 de septiembre de 2016
Vida pedagógica
Hace unos días recibí de obsequio el libro “Memoria y presente. Tres décadas de Pedagogía en Colima”, donde amuebladas cabezas vierten sus recuerdos sobre el papel, cuyas letras proyectan en la memoria miope del lector la nostalgia de volver a caminar por los pasillos azuliverde de mi entrañable escuela, oler el lápiz que impregnaba las aulas, así como recordar también la aromática fragancia de hojear los cuadernos, ocupar nuevamente el muro del balcón de la segunda planta y sentirse sobre una atalaya, volver a ver la naranja silla de plástico que utilizaba para recibir clases y que avanzaba conmigo en cada semestre, pues era la única en la que cabía el volumen de los 140 kilos que pesaba en esas épocas.
Conforme iba leyendo cada una de las 223 páginas que lo integran volvía a ver a los profesores que compartieron con nosotros además de las asignaturas, sus anécdotas familiares, las dificultades domésticas que implicaban el matrimonio, los anhelos de regresar a su tierra natal y saber que ahí esperaban al docente, el viejo perro y las ricas tortillas hechas en el comal por su mamá. Lo único que no logro encontrar entre esas letras del libro cuya portada es una combinación de naranja y rojo, es alguien que hiciera alusión de forma amplia a la revista “Vida Pedagógica”, ¡híjole, a ella sí que me la olvidaron! Sólo un exdirector en menos de un párrafo la describe.
A tal revista, le guardo un hermoso cariño, pues era el medio de difusión de quienes en ese entonces integrábamos la comunidad estudiantil de la facultad, y que nos dábamos a la tarea de diseñar un número cada mes, sin el interés de recibir a cambio una calificación o punto extra en las asignaturas, pues se elaboraba por el deseo y gusto de intercambiar ideas, opiniones, puntos de vista, entre otras cosas muy de nosotros, cuya intención era el acto universal de crear, razón por la cual a través de ella lográbamos que su existencia nos llenara de felicidad y plenitud.
No escatimábamos la inversión de tiempo en fotocopiar el material, transcribir los artículos de compañeros y uno que otro docente que se colaba con su humilde colaboración, pegarlos con cinta adhesiva a hojas tamaño oficio, reproducirlas, engraparlas y recortar los bordes hasta que cada ejemplar viera la luz, después pasar a los grupos –que en ese entonces era uno por semestre, sí éramos pocos pero bien productivos– con la intención de venderla, ¿y qué creen? Se agotaban, pues ciertos textos a veces se transformaban en temas de clase de alguna materia.
A mí me correspondió formar parte de ella como articulista, que en un principio me daba la impresión de participar en la segunda época de aquella revista también creada por estudiantes denominada “Praxis Educativa”, y que en cierto momento llegué a leer uno de sus ejemplares, y a quienes les debemos la motivación de construir ideas gracias a la infinita paciencia y escasa inspiración pero que nos legaba una sólida experiencia, la de hacer de nuestra facultad, una casa creativa que no se embelesaba en politizar la formación académica, sino, en contribuir en la profesionalización de su comunidad estudiantil.
Conforme iba leyendo cada una de las 223 páginas que lo integran volvía a ver a los profesores que compartieron con nosotros además de las asignaturas, sus anécdotas familiares, las dificultades domésticas que implicaban el matrimonio, los anhelos de regresar a su tierra natal y saber que ahí esperaban al docente, el viejo perro y las ricas tortillas hechas en el comal por su mamá. Lo único que no logro encontrar entre esas letras del libro cuya portada es una combinación de naranja y rojo, es alguien que hiciera alusión de forma amplia a la revista “Vida Pedagógica”, ¡híjole, a ella sí que me la olvidaron! Sólo un exdirector en menos de un párrafo la describe.
A tal revista, le guardo un hermoso cariño, pues era el medio de difusión de quienes en ese entonces integrábamos la comunidad estudiantil de la facultad, y que nos dábamos a la tarea de diseñar un número cada mes, sin el interés de recibir a cambio una calificación o punto extra en las asignaturas, pues se elaboraba por el deseo y gusto de intercambiar ideas, opiniones, puntos de vista, entre otras cosas muy de nosotros, cuya intención era el acto universal de crear, razón por la cual a través de ella lográbamos que su existencia nos llenara de felicidad y plenitud.
No escatimábamos la inversión de tiempo en fotocopiar el material, transcribir los artículos de compañeros y uno que otro docente que se colaba con su humilde colaboración, pegarlos con cinta adhesiva a hojas tamaño oficio, reproducirlas, engraparlas y recortar los bordes hasta que cada ejemplar viera la luz, después pasar a los grupos –que en ese entonces era uno por semestre, sí éramos pocos pero bien productivos– con la intención de venderla, ¿y qué creen? Se agotaban, pues ciertos textos a veces se transformaban en temas de clase de alguna materia.
A mí me correspondió formar parte de ella como articulista, que en un principio me daba la impresión de participar en la segunda época de aquella revista también creada por estudiantes denominada “Praxis Educativa”, y que en cierto momento llegué a leer uno de sus ejemplares, y a quienes les debemos la motivación de construir ideas gracias a la infinita paciencia y escasa inspiración pero que nos legaba una sólida experiencia, la de hacer de nuestra facultad, una casa creativa que no se embelesaba en politizar la formación académica, sino, en contribuir en la profesionalización de su comunidad estudiantil.
jueves, 8 de septiembre de 2016
Alzheimer digital
Revisando la agenda electrónica me doy cuenta que hemos llegado a septiembre, el noveno mes del año, esto significa que durante los primeros dieciséis días en todos lados se mirará la mexicanidad, nada que ver con el Mexican style de nuestros vecinos del norte, con su aburrida lucha libre que ni se acerca un ápice a la de los panzones enmascarados nuestros o las aberraciones a lo que ellos llaman tacos con las tiesas tortillas y el manufacturado guacamole, y lo peor de todo es que a los aborígenes de origen latino les hacen creer que un cinco de mayo es más patriótico que el quince de septiembre.
Es una bendición el contar con la agenda, pues así le programo los pendientes del mes y adiós preocupaciones, ya que consciente estoy de que la alarma me avisará cuando se aproxime la fecha, entonces puedo concentrar la atención en cosas más importantes, como revisar los grupos de WhatsApp, postear frases trascendentales en Facebook o escuchar música. Consciente estoy de que vivir en un mundo acelerado como el actual no es fácil, razón por la cual resulta gratificante y muchas veces inevitable el contar con aparatos tecnológicos que suavicen el velocísimo ritmo.
Muchos de esos aparatos tecnológicos ocupan parte de nuestro cerebro, ya que nos esmeramos en aprender su óptimo funcionamiento, para después de ello invertir tiempo en programarlos con tal de que no nos vayan a fallar. Mientras nos habituamos a su uso la memoria operativa, esa que se mantiene por poco tiempo en la mente y es la que nos permite realizar ciertos trabajos específicos la concentramos en realizar estas actividades y descuidamos otras en donde debiéramos poner mayor atención.
Es un hecho que con el uso de la calculadora se nos ha olvidado realizar operaciones simples de aritmética en nuestra mente; el aprendizaje de las tareas se desvirtúa debido al exagerado copy paste o también al clipboard, pues a veces ni es leído el contenido que se bajó del internet por los estudiantes. Los sentimientos se expresan a través de emojis, o sea, una figura representa equis emoción; los aniversarios de nuestros conocidos, ahora no pueden pasar inadvertidos, pues las redes sociales nos los recordarán, pero, por una fatal casualidad del destino se nos pasa el cumpleaños de alguien, tenemos el pretexto de justificar que por esas fechas no contábamos con megas ni red.
Tanto yo como ustedes, gracias al exagerado uso de ciertos gadgets corremos el riesgo de padecer esa enfermedad mental progresiva que se caracteriza por la pérdida de memoria, desorientación temporal, espacial y psicomotriz, mas, si colocas cualquiera de tus aparatejos a un lado y pones atención a quien te está hablando, no se trata de ninguna apps, es simplemente respeto.
Es una bendición el contar con la agenda, pues así le programo los pendientes del mes y adiós preocupaciones, ya que consciente estoy de que la alarma me avisará cuando se aproxime la fecha, entonces puedo concentrar la atención en cosas más importantes, como revisar los grupos de WhatsApp, postear frases trascendentales en Facebook o escuchar música. Consciente estoy de que vivir en un mundo acelerado como el actual no es fácil, razón por la cual resulta gratificante y muchas veces inevitable el contar con aparatos tecnológicos que suavicen el velocísimo ritmo.
Muchos de esos aparatos tecnológicos ocupan parte de nuestro cerebro, ya que nos esmeramos en aprender su óptimo funcionamiento, para después de ello invertir tiempo en programarlos con tal de que no nos vayan a fallar. Mientras nos habituamos a su uso la memoria operativa, esa que se mantiene por poco tiempo en la mente y es la que nos permite realizar ciertos trabajos específicos la concentramos en realizar estas actividades y descuidamos otras en donde debiéramos poner mayor atención.
Es un hecho que con el uso de la calculadora se nos ha olvidado realizar operaciones simples de aritmética en nuestra mente; el aprendizaje de las tareas se desvirtúa debido al exagerado copy paste o también al clipboard, pues a veces ni es leído el contenido que se bajó del internet por los estudiantes. Los sentimientos se expresan a través de emojis, o sea, una figura representa equis emoción; los aniversarios de nuestros conocidos, ahora no pueden pasar inadvertidos, pues las redes sociales nos los recordarán, pero, por una fatal casualidad del destino se nos pasa el cumpleaños de alguien, tenemos el pretexto de justificar que por esas fechas no contábamos con megas ni red.
Tanto yo como ustedes, gracias al exagerado uso de ciertos gadgets corremos el riesgo de padecer esa enfermedad mental progresiva que se caracteriza por la pérdida de memoria, desorientación temporal, espacial y psicomotriz, mas, si colocas cualquiera de tus aparatejos a un lado y pones atención a quien te está hablando, no se trata de ninguna apps, es simplemente respeto.
jueves, 1 de septiembre de 2016
Sincretismo gastronómico
Debido a lo estrecho de mi tiempo, almorzar y cenar son dos actividades que realizo fuera de casa, degustando esa comida callejera de dudosa procedencia e higiene, a veces disfruto de alimentos mugrositos pero sabrosísimos, no hay mayor deleite que atracar sin complejos a esa telera, bolillo o birote partido por la mitad atiborrado de cualquier cosa que atraiga el cariño visual y se vuelva un capricho.
Entre mis gustos también se encuentra esa comida que se rellena de otros platillos, por ejemplo la torta de chilaquiles tan cremosita y jugosa, los tamales de sushi acompañados del atole de calpico – ¡wow, riquísimos! Con tan sólo recordar la pizza de chile relleno o de hamburguesa, mi paladar saliva, ¡pinche Pávlov!
Así es mi país, donde el sincretismo culinario se mezcla con los olores, colores y llena al gusto de la panza nuestra glotonería nacional; entre las mesas, además de la clientela, uno convive con los perros y pichones quienes alertas esperan a que al mordisco se nos caigan trozos de comida que los alimenten, igual no pueden faltar las moscas a las que les excita revolcarse por nuestra piel hasta distraernos para terminar posándose sobre lo que comemos. Todo ese ambiente es sonorizado por diversos géneros musicales y no puede faltar la señal de televisión sin audio, pues entonces cómo tiznados oímos los éxitos de los Ángeles Azules o Calibre 50.
Entre las mesas es posible escuchar a los comensales hablar de los poderes místicos de los chilaquiles que reviven muertos de la cruda, otros dicen que si ser alcohólico fuera una enfermedad los venderían en las farmacias, así también advierten que si no estás crudelio ni se te ocurra echarle de esa salsa verde del molcajete en forma de marranito, pues se vuelven chilakillers que son una explosión estomacal. Otros expresan maravillas de una exótica torta de crepa que se vende al por mayor en cierta lonchería del sur.
No me considero un gourmet, pero cuando de hablar de comida se trata, quienes como yo han acumulado centímetros en el sitio donde una vez estuvo la cintura, saca su sapiencia y busca en donde exista la mejor comida, sabrosa y barata, obviamente que probando se tiene la habilidad de certificar el mejor lugar para hincar el diente sin la necesidad de contar con una app de esas que lleva el antojo callejero a domicilio.
Entre mis gustos también se encuentra esa comida que se rellena de otros platillos, por ejemplo la torta de chilaquiles tan cremosita y jugosa, los tamales de sushi acompañados del atole de calpico – ¡wow, riquísimos! Con tan sólo recordar la pizza de chile relleno o de hamburguesa, mi paladar saliva, ¡pinche Pávlov!
Así es mi país, donde el sincretismo culinario se mezcla con los olores, colores y llena al gusto de la panza nuestra glotonería nacional; entre las mesas, además de la clientela, uno convive con los perros y pichones quienes alertas esperan a que al mordisco se nos caigan trozos de comida que los alimenten, igual no pueden faltar las moscas a las que les excita revolcarse por nuestra piel hasta distraernos para terminar posándose sobre lo que comemos. Todo ese ambiente es sonorizado por diversos géneros musicales y no puede faltar la señal de televisión sin audio, pues entonces cómo tiznados oímos los éxitos de los Ángeles Azules o Calibre 50.
Entre las mesas es posible escuchar a los comensales hablar de los poderes místicos de los chilaquiles que reviven muertos de la cruda, otros dicen que si ser alcohólico fuera una enfermedad los venderían en las farmacias, así también advierten que si no estás crudelio ni se te ocurra echarle de esa salsa verde del molcajete en forma de marranito, pues se vuelven chilakillers que son una explosión estomacal. Otros expresan maravillas de una exótica torta de crepa que se vende al por mayor en cierta lonchería del sur.
No me considero un gourmet, pero cuando de hablar de comida se trata, quienes como yo han acumulado centímetros en el sitio donde una vez estuvo la cintura, saca su sapiencia y busca en donde exista la mejor comida, sabrosa y barata, obviamente que probando se tiene la habilidad de certificar el mejor lugar para hincar el diente sin la necesidad de contar con una app de esas que lleva el antojo callejero a domicilio.
jueves, 25 de agosto de 2016
Posts baby
Atrás quedó el trending topic ocasionado por anuncio de que en el matrimonio la cigüeña nueve meses después haría un alunizaje suave. Ahora la criaturita lleva apenas ocho meses de vivir en el vientre de cuna de mamá, ella por su parte ya van tres ecosonogramas – ¡están cañón de interpretar qué forma tiene!–que sube a su Facebook, mismos que han acuñado un titipuchal de like que le enorgullecen; mientras el culeco de papá ha creado una quiniela en su Twitter con el hashtag, #niñaoniño, donde sus amistades realizan pronósticos.
Cuando por fin conoce el mundo, mientras el médico le da la nalgada de bienvenida, papá lo recibe con el Smartphone, sacándole mil y un fotografías que posteará en el Facebook que le creó con el nombre que seleccionaron del libro nombres de bebés para Dummies, desde luego que sin tomar en cuenta su aprobación aceptó a las amistades de él y de mamá con el dominio del actual perfil. Ahí cada uno de ellos descubrirá como mamá se embriaga e incluso se vuelve adicta al olor de los piecitos de su retoño, igual serán testigos de ese paso evolutivo cuando vea a la luz el primer diente, también cual astronauta camine por vez primera sobre la superficie terrestre.
Años más adelante recibirá 569 “me gusta”, gracias a la foto que mamá le sacó aquella vez que iba de abejita al festival de la primavera del kínder; de igual forma atiborrará la red cuando realice sus aportes al arte rupestre en la sala y mamá entre sentimientos encontrados se atreva a llamarlo “campos de oro” con tal de atraer la simpatía de los contactos, a quienes también les resultará imposible evadir cada vez que cumpla años el muro repleto de imágenes donde se evidencia la transformación del querubín.
Lo que no saben sus progenitores es que poco a poco esos contactos que le adjudicaron al bebé ya ni leen lo que “publica”, incluso es posible que hasta lo hayan bloqueado, debido al hartazgo de conocer las peripecias, travesuras y eventos personales con los que los bombardean a diario.
Madres y padres, ya sabemos que su encanto con el nene aún no termina, pero por favor recuerden que existen hechos tan íntimos del pequeño que a los demás ni nos interesan, incluso existen lugares como la CDMX donde de acuerdo al código penal es una falta administrativa tomar fotografías o videos a alguien sin su consentimiento y a ustedes durante los primeros años de vida de su retoño les valió sorbete hacerlo.
Cuando por fin conoce el mundo, mientras el médico le da la nalgada de bienvenida, papá lo recibe con el Smartphone, sacándole mil y un fotografías que posteará en el Facebook que le creó con el nombre que seleccionaron del libro nombres de bebés para Dummies, desde luego que sin tomar en cuenta su aprobación aceptó a las amistades de él y de mamá con el dominio del actual perfil. Ahí cada uno de ellos descubrirá como mamá se embriaga e incluso se vuelve adicta al olor de los piecitos de su retoño, igual serán testigos de ese paso evolutivo cuando vea a la luz el primer diente, también cual astronauta camine por vez primera sobre la superficie terrestre.
Años más adelante recibirá 569 “me gusta”, gracias a la foto que mamá le sacó aquella vez que iba de abejita al festival de la primavera del kínder; de igual forma atiborrará la red cuando realice sus aportes al arte rupestre en la sala y mamá entre sentimientos encontrados se atreva a llamarlo “campos de oro” con tal de atraer la simpatía de los contactos, a quienes también les resultará imposible evadir cada vez que cumpla años el muro repleto de imágenes donde se evidencia la transformación del querubín.
Lo que no saben sus progenitores es que poco a poco esos contactos que le adjudicaron al bebé ya ni leen lo que “publica”, incluso es posible que hasta lo hayan bloqueado, debido al hartazgo de conocer las peripecias, travesuras y eventos personales con los que los bombardean a diario.
Madres y padres, ya sabemos que su encanto con el nene aún no termina, pero por favor recuerden que existen hechos tan íntimos del pequeño que a los demás ni nos interesan, incluso existen lugares como la CDMX donde de acuerdo al código penal es una falta administrativa tomar fotografías o videos a alguien sin su consentimiento y a ustedes durante los primeros años de vida de su retoño les valió sorbete hacerlo.
jueves, 18 de agosto de 2016
WhatsApp... casos de la vida real
Era feliz aquella vez cuando alguien tuvo la amabilidad de integrarme a un grupo de WhatsApp, fue tanto el gusto, que para diferenciar el tono de llamada del “Guats” con el del grupo y así saber cuándo alguien enviara mensajes, le programé el ringtone de Chewbacca" de Star Wars. Las primeras horas experimentaba orgullo de que la gente con admiración preguntaba la fuente del sonido, obvio que creía que chui era la neta del planeta, pero a los tres días ya me había hartado de que cada tres o cuatro minutos el alarido del Wookie interrumpiera momentos agradables de mi vida.
Una vez acostumbrado al tono, volví al disfrute de intercambiar ideas y opiniones acordes con la intención del grupo, pero… de pronto uno de los contactos decidió romper con la rutina y sacando sus brillantes dotes de Polo Polo, envió los chistes más pedantes y jocosos, sin cerciorarse de que algunos pudieran ofenderse o experimentar vergüenza del contenido, inmediatamente saturaron de "emoji", que dejaban en duda si aprobaban o no la acción –digo, hay caritas donde les salen lágrimas y uno ignora si son de llanto o de alegría. Ridículamente aseguramos detestar el bullying, pero en el grupo la mayoría disfrutábamos cuando alguien hacía de su patiño a alguno de los contactos, todos –en el chat, claro está–, arremetían contra él, unos a favor de la guasa, otros disque defendiéndolo pero ejecutándoselo a la vez.
En otra ocasión, en plena reunión laboral, suena mi celular, mientras las diapositivas avanzan, la curiosidad me gana y observo en la pantalla un meme de cierto político cuyo nombre omito para no herir susceptibilidades, la risa escapa y el jefe con aire de jalón de orejas, cuestiona mi opinión en relación a lo expuesto, lo cual hace que recurra al hada de la improvisación y la muy torpe se equivoca, entonces el monstruo de la vergüenza acompañado de su amigo ridiculez se quedan conmigo, ¡pinches ojetes!
Debido a la mala experiencia, mi pareja recomienda que silencie por un año los avisos del grupo, ¡tómala! A las tres horas de hacerlo, tenía un círculo verde que me indicaba chorrocientos mil mensajes sin leer. ¿Cuántas horas de mi escaza existencia implicaría para saber su contenido? ¡Un titipuchal! Los fines de semana no faltaba el ocioso que mandara cadenitas milagrosas, chistes de contenido kilométrico – ¡uff, qué flojera!– de todos colores y sabores, fotos de los lugares paradisiacos a donde iba y de la asquerosa comida que degustaba, como si uno se le fueran a antojar el plato de chilaquiles con mucha crema y salsa verde que más bien se asemejaban al vomito de la chica del exorcista.
A raíz de lo anterior, al cabo de seis meses de permanencia voluntaria en el grupo, por cordura propia y salud mental tomé la audaz – ¡uy! ¡Qué valiente!– decisión de abandonarlo. Considero que es genial utilizar este tipo de aplicaciones como herramienta que facilita la comunicación, cuando de verdad se intercambia información y no me refiero a los chismes de lavadero o como plataforma de prospectos a standuperos, pues es ahí donde nace el problema, y lo peor es cuando se abusa de ella.
Una vez acostumbrado al tono, volví al disfrute de intercambiar ideas y opiniones acordes con la intención del grupo, pero… de pronto uno de los contactos decidió romper con la rutina y sacando sus brillantes dotes de Polo Polo, envió los chistes más pedantes y jocosos, sin cerciorarse de que algunos pudieran ofenderse o experimentar vergüenza del contenido, inmediatamente saturaron de "emoji", que dejaban en duda si aprobaban o no la acción –digo, hay caritas donde les salen lágrimas y uno ignora si son de llanto o de alegría. Ridículamente aseguramos detestar el bullying, pero en el grupo la mayoría disfrutábamos cuando alguien hacía de su patiño a alguno de los contactos, todos –en el chat, claro está–, arremetían contra él, unos a favor de la guasa, otros disque defendiéndolo pero ejecutándoselo a la vez.
En otra ocasión, en plena reunión laboral, suena mi celular, mientras las diapositivas avanzan, la curiosidad me gana y observo en la pantalla un meme de cierto político cuyo nombre omito para no herir susceptibilidades, la risa escapa y el jefe con aire de jalón de orejas, cuestiona mi opinión en relación a lo expuesto, lo cual hace que recurra al hada de la improvisación y la muy torpe se equivoca, entonces el monstruo de la vergüenza acompañado de su amigo ridiculez se quedan conmigo, ¡pinches ojetes!
Debido a la mala experiencia, mi pareja recomienda que silencie por un año los avisos del grupo, ¡tómala! A las tres horas de hacerlo, tenía un círculo verde que me indicaba chorrocientos mil mensajes sin leer. ¿Cuántas horas de mi escaza existencia implicaría para saber su contenido? ¡Un titipuchal! Los fines de semana no faltaba el ocioso que mandara cadenitas milagrosas, chistes de contenido kilométrico – ¡uff, qué flojera!– de todos colores y sabores, fotos de los lugares paradisiacos a donde iba y de la asquerosa comida que degustaba, como si uno se le fueran a antojar el plato de chilaquiles con mucha crema y salsa verde que más bien se asemejaban al vomito de la chica del exorcista.
A raíz de lo anterior, al cabo de seis meses de permanencia voluntaria en el grupo, por cordura propia y salud mental tomé la audaz – ¡uy! ¡Qué valiente!– decisión de abandonarlo. Considero que es genial utilizar este tipo de aplicaciones como herramienta que facilita la comunicación, cuando de verdad se intercambia información y no me refiero a los chismes de lavadero o como plataforma de prospectos a standuperos, pues es ahí donde nace el problema, y lo peor es cuando se abusa de ella.
jueves, 11 de agosto de 2016
¡Lo que callamos los Godínez!
A los oficinistas de antaño se les conocía como “Gutierritos” en honor de aquel obrero bonachón, humilde y honrado que entregaba el sueldo completo a su esposa, la cual le retribuía con humillaciones y desprecios argumentando su mediocridad en el desempeño laboral, opinión que era compartida por el Kool-Aid de su patrón; tal personaje mantuvo pegado al televisor a gran parte de la audiencia de nuestro país a mediados de la década de los sesentas a través de la telenovela. Ahora, con el arribo de la tecnología –adiós máquina de escribir, bienvenida computadora–, Gutiérrez evoluciona hasta transformarse en Godínez.
Pese a su metamorfosis, la sombra de Gutierritos los persigue, pues aún los jefes se siguen pasando de lanza con ellos, no les respetan los horarios laborales, continúan esperando con desesperación los viernes y las quincenas, creen que mejor los identifica el gafete que la credencial de elector y al convivir con los demás empleados, se abstienen de algunas actitudes y acciones, es decir, con tal de mantener la armonía prefieren callarse.
Es común que vean llegar a la secretaria en minifalda de bolitas, la saluden sin prestar atención, una vez que pase, zas, clavan su libidinosa mirada donde termina la espalda, mientras se digan así mismo… La verdad por respeto a ustedes eso no se pude publicar. Cuando se integra un nuevo compañero al equipo, el jefe lo presenta y pide que lo asesoren, con sonrisa de oreja a oreja argumentan que es un placer, mientras que más de alguno piense que es una lata enseñar a chambear a ese simio. Pasada varias semanas y éste insiste en que le expliquen algo nuevamente, se responderá: “¡claro, inmediatamente, no estaría de más!” –mientras que por dentro se piense: “¡ah, qué pendejo!Este Vergara vale su apellido”.
Como en todo centro de trabajo, existen individuos que le agradan al jefe –aquí no cuenta la curvilínea experta taquimecanógrafa que continuamente asedia–, son tus compañeros, pero lo que ellos no saben que a pesar de creer que los une una sincera amistad, algunos los consideran lambiscones, barberos y zalameros, algo así como animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija, así, textual como lo expresa Paquita la del Barrio.
Fin de semana, para ser exacto domingo, estás en plena reunión familiar en el Parque Regional degustando una sardina con galletas Pan Crema, entre la algarabía de la reunión, escuchas la alarma del WhatsApp del grupo de la oficina, es el patrón con su clásico saludito lleno de parabienes y melcocha para arremeter después con una sarta de actividades que esperan para el lunes, o sea, desconfía de que por ser día de asueto consumas drinks de más y se te olviden los compromisos laborales. Obviamente, que los compañeros y tú saturan de respuestas afirmativas el grupo, al mismo tiempo que piensan, ¡cómo chifla! ¿A caso no tiene familia? Es mi tiempo de calidad con mis seres queridos y sale con sus estúpidas inseguridades.
El mero mero de arriba –y no es el Creador–, le llama la atención al jefe por una burrada que cometió, llega a la oficina y se desquita con sus subordinados presionándolos para que corrijan el error como si ellos fueran quienes la regaron, sutilmente los trabajadores pondrán cara de que es pan comido, agrado y hasta cierto esmero por evidenciar servicio, pero en su interior aceptarán que son los babosos favoritos que siempre le hacen la valona.
Hay un dicho popular de origen mexica que dice “caras vemos, corazones no sabemos”, el cual se puede interpretar como no confiar en alguien por la simple apariencia, ya que lo exterior no dice nada sobre lo que son y lo que piensan, imagínense si hicieran un lunes antidoping en la chamba, ¡uta! cuántos adictos de esos que hasta varitas de incienso se introducen por… ustedes ya saben por dónde, se encontrarían.
Pese a su metamorfosis, la sombra de Gutierritos los persigue, pues aún los jefes se siguen pasando de lanza con ellos, no les respetan los horarios laborales, continúan esperando con desesperación los viernes y las quincenas, creen que mejor los identifica el gafete que la credencial de elector y al convivir con los demás empleados, se abstienen de algunas actitudes y acciones, es decir, con tal de mantener la armonía prefieren callarse.
Es común que vean llegar a la secretaria en minifalda de bolitas, la saluden sin prestar atención, una vez que pase, zas, clavan su libidinosa mirada donde termina la espalda, mientras se digan así mismo… La verdad por respeto a ustedes eso no se pude publicar. Cuando se integra un nuevo compañero al equipo, el jefe lo presenta y pide que lo asesoren, con sonrisa de oreja a oreja argumentan que es un placer, mientras que más de alguno piense que es una lata enseñar a chambear a ese simio. Pasada varias semanas y éste insiste en que le expliquen algo nuevamente, se responderá: “¡claro, inmediatamente, no estaría de más!” –mientras que por dentro se piense: “¡ah, qué pendejo!
Como en todo centro de trabajo, existen individuos que le agradan al jefe –aquí no cuenta la curvilínea experta taquimecanógrafa que continuamente asedia–, son tus compañeros, pero lo que ellos no saben que a pesar de creer que los une una sincera amistad, algunos los consideran lambiscones, barberos y zalameros, algo así como animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija, así, textual como lo expresa Paquita la del Barrio.
Fin de semana, para ser exacto domingo, estás en plena reunión familiar en el Parque Regional degustando una sardina con galletas Pan Crema, entre la algarabía de la reunión, escuchas la alarma del WhatsApp del grupo de la oficina, es el patrón con su clásico saludito lleno de parabienes y melcocha para arremeter después con una sarta de actividades que esperan para el lunes, o sea, desconfía de que por ser día de asueto consumas drinks de más y se te olviden los compromisos laborales. Obviamente, que los compañeros y tú saturan de respuestas afirmativas el grupo, al mismo tiempo que piensan, ¡cómo chifla! ¿A caso no tiene familia? Es mi tiempo de calidad con mis seres queridos y sale con sus estúpidas inseguridades.
El mero mero de arriba –y no es el Creador–, le llama la atención al jefe por una burrada que cometió, llega a la oficina y se desquita con sus subordinados presionándolos para que corrijan el error como si ellos fueran quienes la regaron, sutilmente los trabajadores pondrán cara de que es pan comido, agrado y hasta cierto esmero por evidenciar servicio, pero en su interior aceptarán que son los babosos favoritos que siempre le hacen la valona.
Hay un dicho popular de origen mexica que dice “caras vemos, corazones no sabemos”, el cual se puede interpretar como no confiar en alguien por la simple apariencia, ya que lo exterior no dice nada sobre lo que son y lo que piensan, imagínense si hicieran un lunes antidoping en la chamba, ¡uta! cuántos adictos de esos que hasta varitas de incienso se introducen por… ustedes ya saben por dónde, se encontrarían.
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