miércoles, 2 de octubre de 2013

Yo me bajo en San Jerónimo

Existe una frase en la canción Peces de ciudad de Joaquín Sabina, que dice “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, la cual es un parafraseo inspirado en el hermoso texto El llano en llamas de Juan Rulfo, saco tal cita a colación en este momento en que voy sentado en el descolorido asiento con lamparones del autotransporte, rumbo a la hermosa población de Cuauhtémoc donde aprendí a amar el puesto laboral que hoy ocupo, mientras observo por la ventanilla entre las cortinas de terlenka azul celeste curtidas de polvo y de otras sustancias de extraña procedencia, el paisaje verde de las hortalizas, las vacas comiendo espigas y las ardillas silvestres saltando de una rama a otra.


De pronto recuerdo a todos los que allá conocí, me pregunto, ¿si continuarán igual de amables como los dejé? ¿Si todavía serán tan hospitalarios, dispuestos a trabajar sin poner pretexto y serviciales? Razones por las cuales recordé el fragmento de la canción, pues si encuentro lo contrario, tal vez me decepcione o existe la posibilidad de que mi comportamiento no sea el que ellos esperan y sea yo quien los defraude, pero mejor soy optimista.


En esos momentos sube el pseudo inspector a supervisar que todos los pasajeros conserven su boleto, ese papelito escrito en dos tintas, donde te recuerdan lo clasemediero que eres al señalar en letra mayúscula SERVICIO DE SEGUNDA CLASE; al solicitármelo, llega a la memoria la profesora que seguido me acompañaba y cuando este hecho ocurría, discutía alegando que no le perforaran su ticket, pues en caso de ocurrir algún accidente, con él perforado les resultaría imposible a sus familiares cobrar el seguro contra daños que ella sufriese.


Al descender del vehículo aspiro el característico aire fresco, siento a flor de piel la temperatura agradable como antaño, ese día la maleducada niebla no quiso recibirme, pues no la vi por ningún lado; dirijo los pasos hacia el lugar, mientras camino, como antigua fotografía todo sigue en el mismo sitio, los viejitos al sol sentados sobre las blancas bancas del jardín, en un extremo de ese sitio, ahí está el último tlatoani mexica esperando a que algún mequetrefe le regrese la lanza que le fue birlada, erguido, vigilante como siempre de la integridad de los vecinos, al centro el enorme kiosco de granito, donde tantas veces veneramos al lábaro patrio, afianzando en los púberes esa idiosincrasia nacionalista que nos hace ser mexicanos.


Cuando estoy en el umbral del ingreso, dudo entre regresarme o continuar, pues no quiero erradicar toda expectativa que construimos juntos, cuando hicimos de nuestro empleo un hogar donde la armonía, cordialidad y servicio mutuo transformaban el campo de trabajo en un huerto al que a diario regábamos sus frutos que eran los estudiantes, si, esos jóvenes sinceros, escasos de maldad y con un incansable espíritu de superación. Tales pensamientos alimentan el ánimo e ingreso, en el interior vuelvo a encontrarme las caras amables, las pupilas ensanchadas de gusto y las calurosas sonrisas que dan la bienvenida, como cuando veías caminar por el andén de la estación el arribo de ese ser querido.


Honestamente, mi estancia la traté de hacer efímera, debido a mis inseguridades, pues temía decepcionarlos, darles una mala impresión o que ellos ya no reaccionaran como antaño, así que concluido a lo que había ido, me despedí de los ahí presentes y tomé un taxi sardina, de los de allá, que por el mismo precio que un camión de pasajeros te regresan a la Capital, con la única condición de que lo compartas con otras personas; el chofer al verme se acordó de nuestras peripecias, de Dormimundo, entre otras anécdotas que hicieron ameno el retorno. Cuando bajé del coche pude darme cuenta que había dejado parte de mi alma en ese lugar, entre los recuerdos que ahí viví y que perdurarán siempre en la memoria, por eso yo me bajo en San Jerónimo, yo me quedo en Cuauhtémoc.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Los baches de mi casa, son particular

Ya tiene días que “Manuelito” nos dejó más húmedos que un pañal de recién nacido con cólico, sí, ese fin de semana cuando nuestros políticos ejercieron sus habilidades de meteorólogos vaticinando hasta cuando dejaría el Altísimo de derramar la copa de lluvia sobre nosotros, es más, creo que le importó un carajo nuestras fiestas patrias –aquí si me dan pena ajena esos poser ecológicos, que se la pasan moliendo al prójimo cuando tira agua a la calle, ¿A ver, ahora a quién van a demandar por desperdiciar durante cuatro días litros de H2O? –, también que nos fuéramos quedando sin ropa que ponernos, ¡bueno, nos dio el pretexto de ir a comprar nueva!

Después del aguacero, los vecinos de la Ciudad de las Palmeras, nos encontramos ante un panorama desalentador, las pavimentadas calles daban la impresión como si estuviéramos en una película de ciencia ficción, pues por cada tres o cinco metros había una especie de cráter lunar o como si hubiéramos sido invadidos por topos asesinos que en sus madrigueras acechan dispuestos a atacar al inocente peatón, ¡chanfle! ¡Qué no panda el cúnico! Era como si hubieran llovido baches, los automovilistas al esquivarlos se veían como un vulgar juego de vídeo, pero esta vez la adrenalina no era producto del Xbox 360, era la vida real.

La más publicista de mis vecinas, le platicó a miamá que por la Avenida San Fernando una Ruta 10 repleta de pasajeros cayó dentro de un enorme bache y hasta el momento se ignora su paradero, pero según reportes de un conocido canal de tres letras que repite cada hora las noticias, no se explican cómo en China de la nada surgió un camión de lámina oxidada y chacuaco integrado con gente cafecita y barrigona que nanguea a todo el que se cruza a su paso.

Como siempre la chiquillada le encontró el lado divertido, pues en los que se ubican cerca de la acera de la banqueta, le echan barquitos de papel o con sus navíos de control remoto los mueven de un extremo a otro. Unos traviesos adolescentes los transforman dependiendo de lo ancho en jacuzzi o alberca, y se acercan con sus toallas a darse un chapuzón.

Un aficionado a la astronomía dice que existe la probabilidad de que los astronautas de la estación espacial internacional, los vean desde allá, pero yo digo que pura guasa; Don Emiliano me comenta que uno enorme ubicado por las inmediaciones de la Avenida Tecnológico, ha dejado al descubierto la cúspide de lo que el personal de arqueología creen es una pirámide, o sea, ese tramo de vía pública hasta ahí llegó, pues lo más seguro es que lo conviertan en parte de nuestro patrimonio.

Por lo pronto ya tomé el celular y voy a reportarlos como indica la autoridad, pero mientras lo hago, voy a cantar… ♫ ♪ los baches de mi casa, son particular, cuando llueve y se moja, parece que salen más, agáchate y vuélvete a agachar, laralalarala… tan, tan ♪ ♫

jueves, 19 de septiembre de 2013

Somos humanos y nos llaman profesores

Siempre he dicho que las escuelas son espacios donde se transmite lo que en la antigua Grecia denominaban la enkyklios paideía, que en castellano quiere decir “instrucción circular”, esa serie de disciplinas propias de la educación que al cursarlas el individuo se volvía un “iluminado”, por este motivo me atrevo a afirmar que en las escuelas se inculcan conocimientos, razón por la cual los estudiantes deben de acudir educados de casa, pues resulta patético que los padres de familia al no dedicar tiempo para educar a su vástagos, pretenden que otros lo hagan por ellos, dejando tan ínclita función a los abnegados profesores.

Estoy de acuerdo que además de la formación académica, en las escuelas, quienes asistimos a ella aprendemos otras cosas que en casa no habíamos asimilado, pero que sea tarea del docente corregir ciertos hábitos negativos que desde los hogares nunca se pudieron amedrentar, lo veo difícil; por otro lado, dejar a la responsabilidad del docente inculcar las reglas o convencionalismos sociales, pues está carajo, si nosotros los educadores, somos seres humanos, y por ende, errar también es parte de nuestra naturaleza.

Recuerdo que durante mis años de escolante… ¡ups! Perdón, estudiante, tenía mitificada la imagen del profesor, gracias a la influencia de mi madre, ese arquetipo que aún forma parte del inconsciente colectivo, donde se visualiza a este profesional dotado de autoridad y sabiduría, pues cual no sería mi terrible decepción al ingresar al bachillerato y en plena cabalgata de conocida ciudad, vi a mi profesor de… –para evitar herir susceptibilidades se omite este dato–, con cerveza en mano y estéreo del coche a tope de volumen, haciendo guarradas.

Al día siguiente, en clases opté por guardar silencio, pero el más inquieto de mis compañeros de grupo le cuestionó esa actitud, a lo que ufanamente respondió, “¿qué no tengo derecho a divertirme como ustedes? ¡También soy humano!”, Imagino que para no hacerle sentir mal, todos nos reímos como si se tratara de un chascarrillo, mas tal argumento a algunos nos pareció de poca responsabilidad.

Gracias a tal defensa, conforme fui avanzando académicamente por los demás semestres, justifiqué a aquella catedrática que a pesar de estar casada con un ocupadísimo funcionario, en el estacionamiento tenía sus arrumacos con otro de sus colegas, imposible olvidar al profe galán que siempre se hacía una novia entre sus alumnas o el infiel directivo que andaba con la fea secretaria, la verdad su esposa era muy guapa, pero creo que no quería desgastarla, por eso prefería al esperpento de la taquimecanógrafa.

¿Es posible desde la escuela educar a los estudiantes? Sí, pero lamentablemente algunos docentes no predican con el ejemplo, es precisamente ahí, cuando la credibilidad deja de existir; cuántas veces quienes ejercemos la docencia hemos llegado al límite de la hora de inicio de nuestra clase, simplemente arribamos al aula y como especie de fastidio, de pilón pasamos lista, poniéndole falta a los que se hartaron de esperarnos, ah, pero cuando es al revés, cínicamente les aplicamos el reglamento a ellos si llegan tarde, argumentando, ¡los estamos educando!

Nos quejamos de que los jóvenes no saben trabajar en equipo y tristemente nosotros por el maldito ego de querer ser más que el otro, convertimos en Torre de Babel la reunión docente, pues nos resulta imposible ponernos de acuerdo para hacer un trabajo colegiado.

Los profesores somos por el hecho de ejercer nuestra profesión, figuras públicas, por eso dar el ejemplo no es la principal forma de influir sobre los demás, es la única, pero, al final de cuentas, todos somos humanos y profes a la vez, y errar es de… pues… de los alumnos o ¿no? ¡Ajá! Hasta pronto.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Los Banqueros Vampiros

Gracias a la dedicación y el esfuerzo de resistirme a comprar cualquier porquería, logré ahorrar unos cuantos centavos. Con el capital en casa, mi familia me recomendó que debajo del colchón no era ideal guardarlo, entonces recordé que tenían razón, pues durante mi adolescencia cuando ahí escondía las revistas para adultos, por un extraño efecto del colchón las páginas se almidonaban, ¡y no quería que eso le sucediera a mis billetes! Tampoco en la arcaica enciclopedia de doce tomos que hace más de veinticinco años la adquirí en abonos a la editorial del Pegaso. Puede que en ella hasta a mi se me olviden de tanto tiempo que ya ni la utilizo. Entonces, uno de mis hermanos, sabiamente recomendó que abriera una cuenta en algún banco y los depositara, que ahí estarían seguros.

C
omo autómata seguí el consejo, llegué al lugar y un asesor financiero de saco tipo encargado de tienda departamental muy amablemente atendió a mi solicitud, después de “aperturar” la cuenta como ellos dicen –es más, esta pinche expresión ni existe en nuestro idioma–, toma mis datos oficiales y solicita como adicionales, el número de teléfono de casa, celular y alguna cuenta de correo electrónica, pues ahora con lo avanzado de la tecnología, los estados financieros llegarían por mail o por mensaje de texto.

Ahí está su tarado favorito proporcionándoselos, fatal error, pues desde hace unas semanas, llaman a mi casa sin importar la hora, una serie de individuos para ofrecerme mil un promociones, desde tarjetas de crédito que me sacarán de esos pequeños apuros –ajá, para meterme en grandes adeudos–, préstamos preaprobados a sesenta meses, con cero comisión, tasas fijas quincenales y hasta un seguro de vida, con el cual al morir, mi gato sería un magnate de los tejados.

El celular suena cada dos horas, con la misma pinche cantaleta de los promocionales bancarios, según yo, haciendo uso del austero cerebro, le puse nombre al número para cuando escuchara el timbre, poder verlo en el identificador y rechazarla, pero ese ejército de tipos con acento de centroamericanos –que ni siquiera saben pronunciar de forma correcta mi apellido–, resultaron más hábiles, pues ahora utilizan un teléfono que el identificador sólo señala como “número desconocido”, y resulta que esa misma leyenda la pone cuando se trata de la compañía telefónica cuyo nombre se asemeja al de la empresa agroalimentaria de Vevey, Suiza, y que casualmente muchos de los compañeros de trabajo utilizan, ya se darán una idea que de nuevo tengo que contestar para saber de quién se trata y va de nuevo la burra al trigo.

Por correo electrónico es igual, cada semana recibo en promedio tres mail, donde me describen las ventajas, bondades y virtudes de los créditos y tarjetas del terrorífico banco; harto de eso, una tarde llamé a mi supuesto asesor financiero con el propósito de reclamarle, este después de preguntarme las causas de rechazar tan exclusivos beneficios, salió con el cuento de que él no puede dar de baja los números telefónicos ni la cuenta de E-mail, que llamará a una serie de oficinas donde debía justificar mil razones por las cuales no quería recibir nada, pues al ser cuentahabiente, él no podía desligarme así de fácil.

Es en situaciones como estas, cuando más me pesa que ya no esté con nosotros Rodolfo Guzmán Huerta, a quien todos conocíamos como El SantoEl Enmascarado de Plata”, pues de seguro vendría en nuestro auxilio a luchar contra los Banqueros Vampiros, que a como dé lugar quieren chupar hasta el último céntimo a los desvalidos ahorradores del poco capital que a cuesta de sudor, esfuerzo y desvelo han reunido, pero como dijera Don Chava Flores, “con sueños de opio no conviene ni soñar”.

Si la esencia de los bancos en sus orígenes era recibir ahorros, ¿ahora por qué hacen hasta lo imposible porque te endeudes con ellos? Además si de contar con dinero rápido se trata, pues ahí está el Monte de Piedad que no raja, y respecto a los telefonistas “Martínez Marroquín” a esos, mejor corro a la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros a ponerles una demanda.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Los Afeitadores

Narra la historia que cierto día Platón observó a Diógenes, entre los desperdicios del imperio recoger una oxidada lechuga para alimentarse. Se aproximó sigilosamente y le comentó: “si estuvieras en la corte del emperador, no estarías alimentándote de las sobras”, entonces el extravagante personaje con la procacidad que le caracterizó, respondió: “prefiero disfrutar de estos manjares, que estar con la zozobra de saber cómo seducir cada día, a quien deseo manipular a mi antojo”.

Diógenes de Sínope, hablaba así porque él era un genio y además fue un tipo que no tenía ningún apego por los bienes materiales, un vagabundo, vecino del universo, más no un miembro del rebaño embrutecido, como los que usted y yo conocemos; esos tipos que continuamente se muestran siempre accesibles a los intereses de otros por conveniencia, por conseguir cada vez más bienes materiales, como dijera mi madre, “no tienen hartadero”.

Charlatanes que abusan de la inseguridad de otros, atiborrándolos de halagos y adulaciones con tal de disfrazar las deficiencias que ellos tienen, es más, sin recato alguno engatusan a sus superiores a través de mimos, buenos tratos –en apariencia e incluso hasta el trabajo pesado se los hacen con tal de conseguir algo, a veces creo que esa actitud zalamera para quien la recibe, llega en exceso a resultar incómodo, digo, ha de ser vergonzoso que delante de todos te llamen con frases en diminutivo. Pero también hay quienes son felices con esos tratos, que incluso se vuelven indispensables, pues hasta los buscan cuando no están cerca.

Muchas veces, estos lamebotas, ocultan tras todos sus elogios, la repugnancia o el odio que experimentan hacia la persona que barbean, he conocido sujetos que antes de que un individuo fuera su jefe, para ellos era considerado de lo peor, un ser non grato, y ahora resulta que hasta íntimos son o lo que es peor, forman parte de su séquito, mientras el pobre ingenuo de tanto que les simpatizan por los atributos que le achacan, se ha vuelto su cómplice, solapando todas esas ineptitudes que ellos querían que pasaran desapercibidas ante los demás.

Desde mi humilde opinión, creo que no es necesario ser un arrastrado para conseguir lo que se quiere en la vida, considero que si cumples con tu empleo como debe de ser, no ocupas recurrir a colocarle el tapete bajo sus pies a tu jefe cada vez que lo veas, con esto no estoy afirmando que lo ignores, al contrario, la humildad y cordialidad es primero, pues al fin de cuentas lo que debe de valer es el desempeño laboral y la lealtad de uno, más si a los altos mandos les agradan los chupamedias, sólo recuerden que quien cuerda les da, ahorcados los quiere ver.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Pido la palabra entera

Estamos a casi tres lustros de iniciado el siglo veintiuno. La expansión tecnológica en la información la hace que fluya con mayor rapidez que antaño, pues viaja de forma instantánea como aquellas antiguas cámaras en las que te retratabas y minutos después se revelaba la imagen sin tener que acudir a un laboratorio; pese a que hoy existen infinidad de medios que agilizan la comunicación, nuestro lenguaje al intentar entablar un diálogo o querer hacernos comprender ante los demás, continúa siendo el mismo en esencia.

Eso me remite a mi infancia, cuando mi “cabecita de algodón”, es decir, la autora de mis días, era una robusta mujer que se dedicaba a confeccionar ropa a delicadas señoras, al observarla encorvarse sobre la máquina de coser para la elaboración de alguna prenda, llegaba a comparar tal práctica con nuestro cerebro que hilvana ideas, pensamientos y emociones confeccionando palabras que emitimos para ejercer ese antiguo circuito del habla.

A pesar de ser tan antigua la forma verbal de comunicarnos, a ciertos individuos nos cuesta trabajo hacernos comprender, damos por hecho que las ideas al transmitirlas como las visualizamos, los otros también las perciben, por ejemplo, yo hablo tan rápido que se escucha como si emitiera balbuceos y las personas me dicen, ¿no te entendí, qué dijiste? “Snach… cruli… shurtem-iktus”, hablo con mi mujer y ella tampoco me entiende, es como si hablara otro idioma.

Pero lo de mi ecolalia no me agüita, pues hay personas de lenguaje claro a la audición, que aseguran la existencia de vasos de agua, ¿será acaso alguna nueva invención científica? Otros más, afirman que las risas en la boca son hermosas, ¿la nariz y los ojos también emitirán risas? ¡Qué tal cuando nos piden escuchar con los oídos! ¿Algún otro miembro de nuestro cuerpecito también está habilitado a la escucha? Creo que sí, ¡quién no ha escuchado a su conciencia o sus pensamientos! Así como también los que te dicen que quieren que te subas pa´ arriba o te bajes pa´ bajo y que te comas la comida o como si fueras un reptil o ave de uñas largas y afiladas te piden que agarres los objetos.

Bueno, si por ahí he escuchado que tienen hijos superdotados de tan sólo un año de vida que ya son bilingües, pues saben decir “bye” cuando se despiden y “yes” para aceptar las cosas, ¡sólo les falta agregar a su vasto lenguaje “arrivederci” y “ciao”, y obvio hablar español! Es una pena que a veces los animales tengan mayor capacidad de comunicación que una persona, es patético ver como un perro saca a pasear a su amo o el gato obliga a base de maullidos que le alimenten.

Es tan extraña nuestra forma de intentar entablar comunicación, que muchas veces queremos hacerlo al mismo tiempo, evitando con ello el transmitir nuestro mensaje; no es hasta la primaria cuando la “señorita” profesora, a través de un método coercitivo nos enseña que para hacernos escuchar, tenemos que levantar la mano o decir “pedir la palabra entera”, más entre cuates, tal aprendizaje no es tomado en cuenta, razón por la cual mejor optamos por hacerlo a través de los mensajes de texto de algún teléfono celular –¡hágame el favor, cómo seguir llamándole así a ese aparato que tiene radio fm, cámara fotográfica y video!­–, mediante las redes sociales o por correo electrónico, en fin todo sea por dejar de sentirnos solos, ah, ya para terminar, por favor, ¿alguien podría explicarme dónde se ubican los murlos del pollo?

miércoles, 21 de agosto de 2013

Estrellas en la panza

Hace varios años, en una entrevista el cantautor español Joan Manuel Serrat dijo que es imposible ser feliz en un mundo de infelices. ¿Qué nos hace infelices, una necesidad sin satisfacer? ¡Pero si nada nos satisface del todo, a los habitantes del globo terráqueo nada nos resulta suficiente! Los pobres quieren ser ricos, los ricos desean ser más ricos, el flaco intenta engordar y el gordo hace mil barbaridades para perder esos kilos que tiene de sobra.

En esta última categoría estoy, durante mi adolescencia y adultez primaria estar pasado de peso no me importaba, disfrutaba de engullir cualquier cosa que dejara transparente la servilleta de papel, era un deleite esos pastelitos que tienen nombre de aves o los chicharrones en taco de doble tortilla, ¡huy, la delicia de los churros con chocolate bien caliente! Con el arribo del siglo XXI, a los obesos se nos acusó de desorden nutricional, pues según eso tenemos malos hábitos alimenticios –entonces, ¿por qué tiznados continúan promocionando la venta de golosinas, frituras, pizzas y otras delicias?

Antaño la preocupación era por la desnutrición, te exhibían a niños que de tan flaquitos se les notaban las costillas sin secarse radiografía alguna, ahora vemos al maltratado gordito, que además de sobrarle apodos en cualquier nivel escolar, todavía aseguran los médicos que de continuar así, en unos años más se convertirá en paciente con diabetes e hipertensión. Imagínese, con tan oscura publicidad y la llegada a la edad de los “enta”, es decir, treinta, cuarenta, etcétera, etc., invadió a mi mente un pánico terrible por bajar de peso, si a ello le sumamos que nos bombardean las campañas de marketing con una imagen estilizada donde los panzones no tenemos cabida por ser así.

Es más, es tanta la psicosis, que a veces llego a creer que si lamo una dona, voy a aumentar unos gramos, curiosamente siempre que empiezo un régimen alimenticio bajo en calorías, me da la impresión que mi pareja pone a prueba mi capacidad de resistencia, haciéndome pasar por reposterías, taquerías, panaderías y cenadurías de esas del foquito y la mesa en la calle.

Por fortuna toda dieta tiene su día libre, donde sin ningún complejo le atoro a todo lo que en otros días me abstuve, pero como les sucede a los adictos, al día siguiente tengo una cruda moral, y con la exclusividad de sus respectivas flatulencias. Una exalumna de la escuela de nutrición, me pasó el tip de eso que llegué a criticar sobre las personas que se comen tres sopes de trompa con un refresco light, tiene su efecto positivo en las dietas, pues al combinarlos evitas consumir el doble de calorías que con una bebida normal, más los tres sopes, ¡esos, lo más seguro se te quedarán guardados en tu abdomen!

Otra cosa que influye en castrar una dieta es la pésima costumbre al atractivo visual, pues no resulta nada antojable la imagen de una ensalada de apio con champiñones a diferencia de la humeante torta de pierna con su jitomate y aguacate saliendo de entre la telera, el primero parece alimento de conejos y el segundo se antoja darle un atascón. Otro punto que evita continuar bajo cierto régimen alimenticio son los colegas de la chamba, pues ellos en realidad no tienen culpa alguna de que ahora los veas como gánster peligrosos que te invitan o según tú “te obligan a romper tu voto de castidad alimenticio” al ofrecerte esos grasocitos tamales de ceniza.

Desesperado recurres a una solución mágica o milagro de la ciencia, a esas pastillas o tés que quemarán tu grasa corporal sin necesidad de ejercicio o dieta alguna, aquí si existe la posibilidad de perder dos cosas, parte de tu salario y lo que el cuerpo no necesita, pues algunos de esos productos convertirán el esfínter en una especie de regadera, que te hará pasar minutos de ansiedad por acudir al baño más cercano.

Apreciable lector, si crees que los zancudos en lugar de chupar sangre deberían sustraer nuestra grasa, te estresa el tener cerca de ti una báscula y cuando te montas en ella descubres que la aguja avanza de forma vertiginosa hacia adelante, no te preocupes, recuerda que el 70% del cuerpo está constituido por agua, así que uno no está gordo, está inundado, además un hombre sin panza, es como un cielo sin estrellas.