Pero lo mejor viene cuando tienes enfrente a estudiantes que crecieron en un Mundo que ni yo entiendo. Yo, que ya soy de otra época, siento que hablo en otro idioma; ellos se ríen y hasta se asombran porque lo que para mí era pan de cada día, para ellos es un “¿qué dices, profe?”. Así que uno ahí va, tratando de poner orden en un despapaye que cambia a diario, con un lenguaje que parece que se actualiza cada 5 minutos. ¿Cómo le harán los de psicología para explicar la teoría de la selección sexual de las conductas? ¿O los de Biología, para que no los acusen de racismo científico del siglo XIX y principios del XX cuando hablan del determinismo biológico en la inteligencia?
La verdad, me queda clarísimo que todos queremos que nadie se sienta excluido, que cada quien tenga su espacio y lo respeten. Pero a veces se me hace un rollo que, apenas armas una oración en clase, tengas que pasar por el “comité político-lingüístico”, con lupa y sello de “aprobado” o “rechazado”, para validar teorías que se hicieron en otros tiempos y, lo peor, no expresan mi opinión ni me representan como algunos estudiantes a veces llegan a pensar.
Lo bueno es que he aprendido que el lenguaje no es solo para hablar, sino para entender mejor al prójimo, para abrir la mente y para construir respeto. Eso, sí que nunca pasa de moda.

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