jueves, 18 de diciembre de 2025

Un paraíso llamado juguetes.


Soy de la generación bendecida con la calle como patio de juegos, donde el “peligro” real era que algún coche despistado pasara demasiado rápido, no como ahora que en cada casa hay más carros que integrantes en la familia, y ni modo de salir sin cita previa y seguro personal. Aquí, el balón ponchado era nuestro mejor amigo, regalo espléndido de la vecina buena onda que no se aguantaba las patadas mal dadas. En las tiendas de la esquina, nos vendían los mortales chupirules que si te descuidabas terminaba enterrando su afilada punta en el paladar, y nos fomentaban el tabaquismo con los cigarros de chocolate. Nuestros padres y madres, esos héroes anónimos, nos dejaban correr, saltar y escondernos hasta que el reloj marcara las 8 de la noche, después de eso ¡adiós libertad! Y entre escondidas y bote pateado, siempre existía ese niño tramposo, el “modificador oficial de reglas”, que convertía cualquier juego en un escándalo digno del
 TvNotas.

Los juguetes eran la economía circular del barrio: canicas, trompos, yoyos y baleros, algunos más útiles para lastimar dedos que para divertir, y unos luchadores que, aunque decían ser El Santo y demás ídolos del pancracio, parecían ser el mismo nada más que pintado de diferentes colores. Las niñas, en su reino bien delimitado y muy de rol doméstico -ya ni la amuelan, pensaban que, por ser mujeres, traían en sus genes, lavar trastes, hacer las compras, cambiar pañales y hacer la comida-, pasaban horas con sus juegos de té, la tiendita de abarrotes, muñecos con pañal que tenían una carrera más activa que muchos bebés reales, y joyería barata que solo servía para rasguñar.

La mañana del 25 de diciembre era la más emocionante del año: abríamos los regalos con la misma emoción que un científico descubriendo una nueva fórmula o un desastre. Había, claro, las muñecas de clase alta —la Barbie importada, que en ese tiempo era más rara que un eclipse total— y las muñecas mexicanas llamadas Beatriz, que con sus 90 cm y caminar torpe se convertían en las verdaderas reinas del barrio.

Y los juguetes “extremos”, otra joya: el Juego de Química Mi Alegría, un llamado riesgoso a la intoxicación infantil, y el de Biología, con su rana disecada, que más que inspirar ciencia parecía una advertencia de zona de peligro. Los legos, esos saboteadores silenciosos, siempre dejaban una pieza escondida, preparada para el ataque furtivo a la planta del pie justo cuando salías de la regadera.

Al final, uno entiende que los juguetes de la infancia no son solo eso: son pequeñas metáforas de la vida. Nos enseñan a jugar con reglas que a veces cambian, a soportar el dolor inesperado y a encontrar la alegría en la pura compañía. En cada pelota ponchada, en cada truco con el trompo o en cada discusión por las canicas, está la historia de quienes aprendimos a vivir antes de saberlo. Y así, sin darnos cuenta, se construye ese paraíso pequeño que llamamos infancia.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Crónicas del Santa más real del barrio.


Durante la adolescencia, mi amigo Javi tenía una chamba muy navideña… o eso creíamos. Cada diciembre, sus papás lo mandaban a ser Santa Claus en una zapatería. Una zapatería con nombre de apellido, para que las ventas subieran más rápido que el mismísimo trineo jalado por Rodolfo y sus amigos renos. El Javi, ahí va, trepado en el cofre del coche, cual figura de aparador estilizado de barrio, mientras por los altavoces anunciaban los modelos de zapatos. Porque no hay nada como que te recuerden que tienes que renovar tus suelas, con espíritu navideño incluido.

Pero claro, el encanto duraba poco. En la colonia Magisterial, mi entrañable barrio, las niña y niños le gritaban: “¡Mira, es Javi! Pero nadie se cree que es Santa”. Y los amigos, para ser más tiernos, le lanzaban naranjas agrias, que eso sí que es un perfume navideño. Una vez le tiraron un globo de agua y Moisés no podría haber hecho mejor separación de “aguas” que con la que cayó en su barba y traje. Imagínate, Santa mojado, más real que en aquella película de 1959 con José Elías Moreno.

Pero la parte bonita, ese resplandor navideño, venía de otros barrios. Los chamacos que realmente creían en Santa, que lo seguían en los semáforos, que le daban la mano, que le dejaban las cartas… Y una carta en especial, que Javi guarda como un tesoro: un niño le pidió no juguetes, sino salud para su mamá que estaba enferma. Y ahí, en ese momento, el ojito de Javi, blanco como Remi en esos dibujos animados que todos vimos a los 12 años, se embarró con algo más fuerte que guirnaldas y luces.

Porque la Navidad no es solo brillos ni zapatos nuevos, sino esos momentos donde la esperanza se vuelve real, donde la magia se siente en el corazón, no en la pátina del coche. Y si de algo nos tenemos que acordar, es que el verdadero regalo es esa humanidad que nos une en diciembre, más allá de los villancicos y los trineos.

jueves, 4 de diciembre de 2025

El Niño Dios nunca me dejó en visto.


Llega diciembre y me acuerdo de mi colega, El Niño Dios. Sí, ya sé, suena raro, pero en mis años de infante, allá por los setentas y principios de los ochentas en Colima, diciembre era un tiro mixto de ansiedad y esperanza para la chaviza. Las visitas obligadas eran a las 2 únicas tiendas departamentales del lugar: Blanco y Conasupo —creo que se escribía en mayúsculas, pues eran siglas—. Y gracias a que mi madre se partía el lomo lavando y planchando ajeno, El Niño Dios nunca me dejaba en visto. Por cierto, acá no éramos de Reyes Magos; esos solo aparecían para la rosca y punto. Y Santa Claus… pues no, ni de broma.

Cuando la abuela ponía el nacimiento, yo me arranaba tipo cazuela ahí, bien pegado, como un mirón profesional, a ver si cazaba la figura del Niño Dios en alguna caja. Jamás lo vi salir de ellas, pero cada 25 de diciembre, allí estaba, con los brazos abiertos, su pelo rizado y el lienzo azul que lo envolvía, y justo al lado, los juguetes que había pedido, gracias a mamá, que en ese entonces imaginaba que ella era la intermediaria.

El Niño Dios era excepcionalmente hábil. Una vez hasta adivinó lo que pensaba. En aquella época, mis series favoritas que veía en el televisor de bulbos eran El Hombre Nuclear y La Mujer Biónica. Un año antes, me había traído al Hombre Nuclear y, para esa Navidad, quería la Mujer Biónica. Pero claro, abrir la caja y ver que parecía una Barbie era demasiado para mi chavito prejuicioso. ¿Qué iban a pensar mis colegas si me veían jugando con ella?

Pues esa Navidad de 1974, ahí estaba, junto al nacimiento, Jamie Sommers lista para la acción, con su jersey blanco, jeans y tenis. Fue la única Navidad en la que no salí a jugar con los niños de la calle. De hecho, cada vez que tocaban mis cuates a la puerta para visitarme, mamá escondía a la Mujer Biónica en el ropero de la abuela. Y yo me sentía como si guardara un secreto monumental. Todavía la conservo juntos con otros juguetes. Gracias mamá, y muchísimas gracias al Niño Dios, fuiste el mejor de mis colegas de la infancia.

jueves, 27 de noviembre de 2025

El aula en repetición.


Hace un montón de años teníamos profesores que eran como el vinilo: cada año sacaban el mismo disco. O sea, repetían las mismas bromas, los mismos chistes malos sobre los temas de la clase, y si preguntabas a los que ya iban en grados más avanzados, te lo describían todo con pelos y señales, hasta te recitaban los chascarrillos, las guasas y las cacofonías. Vamos, que las libretas de algunos docentes eran casi reliquias arqueológicas: páginas amarillas, portada rugosa… parecía que andaban leyendo las notas que tomaron ellos cuando eran estudiantes.

Con todo el avance tecnológico que nos prometían, uno pensaba que las escuelas iban a dar un giro brutal. Que por fin la educación tendría un lavado de cara bien moderno, entre mil y una reformas, capacitaciones y actualizaciones. Pero no, cada ciclo escolar es como ver la película de “Mi Pobre Angelito” en las navidades: vuelven los mismos proyectos transversales de siempre, las mismas ferias de ciencias y las exposiciones que ya has visto una vez en cada ciclo escolar, y lo único que cambia… son los estudiantes.

¿No les pasa que parece que estamos en un remake eterno donde solo se rescatan los actores? Lo peor es que la tecnología a la que tanto le tienen fe, no ha servido para nada más que para que las y los docentes pongan videos que ni ellos mismos entienden y manden tareas a través de las plataformas que nadie revisa. Es decir, que, si la educación fuera una serie de televisión, la cancelaban por baja audiencia y luego la revivirían 20 años después para hacer una versión «retro» que nadie pidió.

Y ahí estamos todos, orgullosos de tener pizarrones digitales y proyectores, cuando en realidad seguimos usando los mismos métodos del siglo pasado, pero con mejor tecnología para aburrirnos más rápido. Es como cambiarle el maquillaje a un cuadro viejo y seguir esperando que la Mona Lisa te sonría de verdad. Híjole, hemos hecho de la educación un eterno déjà vu, un “repítelo conmigo” que ni Netflix se atreve a poner en streaming. Pero oye, eso sí, cada año un desfile nuevo de estudiantes listos para protagonizar la misma obra de teatro.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Navidad Godín: revolución en pausa.


En las oficinas ya están los adornos navideños colgando como si el tiempo se hubiera dado un salto mortal hacia diciembre. El arbolito luce tan feliz con sus foquitos multicolores y esferas que da la impresión de que no ha leído el calendario. Porque todavía estamos en noviembre. Pero claro, nadie le dijo que la Revolución Mexicana no es solo un pretexto para pedir el día libre. Y más, si te mueven la fecha de asueto a un lunes con tal de contar con un “puente etílico”.

Los cerebros Godín acomodan sus neuronas con tal de alistarse para el gran drama del intercambio de regalos: “El Amigo Secreto”, ese juego donde todos ponen golosinas baratas que nadie quiere y luego se quejan de que les tocó el regalo más chafa a comparación de lo que algunos dieron.

Hay un preludio auditivo donde ya suena El karaoke con las rancheras de Vicente Fernández o las baladas melcochonas de Camilo Sesto, para que los gorgoritos más desafinados inunden el lugar y la posada parezca una competencia de “quién aguanta más berridos”.

Hay que recorrer el cinturón 2 o 3 agujeros hacia atrás para que quepa la cena, y luego afinar la garganta para buscar en el fondo del vaso la última gota de brandy, como si el éxito de la noche dependiera de eso.

Pero, espera… ¿Nadie ha notado que apenas es 20 de noviembre? Ah, sí, claro, nuestros héroes revolucionarios, esos que murieron por la patria, están más olvidados que el regalo del “Amigo Secreto” que nadie quiere abrir.


jueves, 13 de noviembre de 2025

Gramática con Flow: Del ansina al sipi.



En México tenemos un español que ya es como una mezcla de la abuela con Netflix, o sea, uno antiguo, pero con influencias extranjeras que lo han vuelto bien coloquial, casi como un taco muy cargado, con todo y salsa de uña. Antonio de Nebrija, que fue como el primer profe del español, publicó en 1492 su famosa Gramática de la lengua castellana, donde definió lo que era el español antiguo. Este hombre fue el que dijo: “Bueno, nuestro idioma tiene usos bien formales y usos más del barrio, como cuando hablas con la vecina.” Ahí empezaron a quedar un poco en el rincón palabras que ahora nos suenan a ancianito diciendo cosas raras: ansina, mesmo, juera, ta’gueno, o puesn, que hoy casi nadie usa sin que te miren como fenómeno.

Antes que él, Alfonso X el Sabio, que era como el jefe supremo del castellano en el siglo XIII, ya estaba poniendo las bases para que el español fuera la lengua oficial, como cuando en la oficina todos acuerdan hablar en un mismo idioma para evitar líos. Y luego, en 1611, Sebastián de Covarrubias, que fue el primero en hacer un diccionario general solo en español, puso en papel todo lo que se escuchaba y se decía, avisándonos de lo que estaba “de moda” en aquel entonces.

Pero hoy, con las redes y los chats, la cosa ha cambiado. La palabra escrita está siendo devorada por imágenes —sí, los emojis son como el nuevo alfabeto universal— y las abreviaturas como “15cena” (cena de los 15, jajaja… no es cierto) o “Gfe” (gracias, fea, que no es feo, es cariño, tampoco se crean esto) se volvieron el pan nuestro de cada día. La coma, esa veterana amiga que pausaba nuestras frases, ahora la sustituimos con un “wey” bien puesto, como diciendo “espera, que esto es importante”. Y ni hablemos de las palabras que se inventan en el camino: holi, obvi, cool, sipi, nop, que parecen el menú de un bar de la juventud moderna.

Así que nuestro español, el mismo que de los códices mutó a los stickers, ese que empezó con Nebrija y sus reglas, sigue vivo, pero con un toque de “traigo la fiesta adentro”, mezclando historia con memes y con la calle, siempre listo para sorprendernos.

jueves, 6 de noviembre de 2025

La feria sobre ruedas.


En estos tiempos tan austeros, uno busca cómo economizar, estirar la quincena hasta que llegue la otra, y ese día que dirigía mis pasos humildemente a cumplir con la labor de “probresor”, pensé: una vuelta por cualquiera de las rutas de autotransporte de nuestra ciudad, es un crucero de lujo, además, en ellas uno experimenta más emociones que cualquier atracción mecánica de la feria, pero sin torcedura de cuello, sin raspones ni tener que comprar esas tarjetas precargadas o cupones de crédito. Imagínate: vas sentado, relajado, disfrutando de la comodidad del servicio de primera clase de nuestros camiones urbanos, esos que cuentan con sauna, aromaterapia y masaje; bueno, eso último me lo inventé, pero cuando se llena el camión, existen muchos “gandallas” que hacen de las suyas.

Si tienes chilpayates a cuestas y la feria te queda cara, no te compliques. Súbelos al camión y vivirán su dosis de emociones intensas. En cuanto el chófer enfurece el acelerador en su intento de llegar a tiempo al checador, es como estar en el juego llamado Nitro, ir a 100 kilómetros por hora, te crispa la piel; sobrevives a las curvas en gravedad cero y, si van junto a la ventana, la sensación es de volar en las sillas voladoras del Ice Jet, ¡eso es adrenalina pura!

Cuando el camión frena, ese chillido que lanza es puro rock and roll, como si estuvieras en el Tagada Shaker It. Si intentas pararte, la inercia te manda de regreso al asiento, mientras que los que van parados, ahora si se recorren hasta atrás; y no, la persona que está firme no es la Monja, es solo alguien que quiere bajarse pronto.

En resumen, dales a tus chamacos un pase VIP en cualquiera de nuestras rutas de autotransporte, pues tendrás diversión asegurada por solo doce pesitos y sin filas ni boletos. ¿Quién dijo que el transporte público no puede ser la feria sobre ruedas?

jueves, 30 de octubre de 2025

Cuando los difuntos nos hacen ser mejores.

 


Estamos a unas cuantas fechas para que llegue el Día de Muertos y parece que todo el Mundo se pone de acuerdo para llenar los campos santos. ¡Una marea de vivos con más flores que un jardín botánico! La gente lleva cempasúchil que parece que va a tapar hasta el epitafio, comida para alimentar a un regimiento, coronas que, si las pusieran una al lado de la otra, harían una pasarela… Y la música no falta, desde mariachis, norteños hasta ese cuate que lleva la bocina a todo lo que da. Es una fiesta que seguro a los muertos les gusta, pero a los vivos… les cuesta un titipuchal, pero no le aunque, eso complace y mucho.

Porque, seamos sinceros, en vida a esos a quienes recordamos con tanta devoción, no siempre les dimos ni la mitad de lo que les damos ese día. Les costaba que les hablaras o que les dedicaras un momento, y ahora, de repente, compras la ofrenda más cara, haces tamales, pollo en mole, enchiladas y hasta invitas a toda la familia para que se acuerden juntos. ¿Será que el Día de Muertos es la excusa perfecta para salir de la rutina y ser un poco mejores? Pues igual y sí.

Al final lo que importa es que, aunque haya que hipotecar el orgullo, nos juntamos y recordamos. Nos sentamos a platicarles a los que ya no están, brindamos por ellos y, sobre todo, agradecemos que, aunque se hayan ido, siguen siendo el motivo de tanta bulla y cariño. Así que, viva el Día de Muertos, que a veces los vivos somos mejores cuando pensamos en los que no están.

jueves, 23 de octubre de 2025

YouTube me lo enseñó, profe o la pedagogía del clic.


El otro día sucedió una cosa que me hizo abrir los ojos, te lo juro: llega un chamaco que llevaba 2 días sin dar señales al salón, la lista vacía de participaciones y aportes de la clase en donde iba su nombre. Pero cuando aparece, su compañero le suelta el torito: ¿Traes justificante o qué? Y el joven, todo ufano, le dice: Sí, claro que sí, wey. El otro replica con sarcasmo: ¡Cómo vas a hacerle para recuperar las clases que te perdiste! Y el muchacho responde con toda la paz del mundo: ¿Perder? ¡No, cómo crees! Me puse a ver tutoriales en YouTube y vídeos sobre lo que ustedes se chutaron en las aburridas clases. Ahí fue cuando mi cerebro desamueblado empezó a sacudir los engranes y pensar: ¿Será que, con tanta información en la web, quienes ejercemos la docencia ya no vamos a ser útiles?

Pues te digo que no, eso es pensar así porque sí y luego la realidad es otra. Los tutoriales en YouTube son la neta para echar una mano, pero no son un profesor, ni de lejos. Por ejemplo, un vídeo no les resuelve sus dudas, ni les hace ver los errores que tienen; menos aún, se da cuenta cuando no comprenden. Ni se adapta a cómo ellos puedan mejorar su aprendizaje, ni brinda más tiempo o una explicación más completa, para reafirmar la información.

Y que conste que los tutoriales no les motivan a seguir, ni les dicen: ¡Ey, que así no! Eso solo lo hace un docente que los está viendo en directo y que tiene la paciencia justa para sacarlos adelante. Otra cosa es la calidad de lo que hay en YouTube; como ustedes saben, cualquiera con un celular puede subir un tutorial y no siempre está bien explicado ni es fiable esa información. En cambio, el profesorado está más puestos que un calcetín, cuentan con formación profesional y dejan el contenido bien afianzado y en orden.

Además, muchos tutoriales son de esos que solo les cuentan la puntita del iceberg, no les meten en profundidad ni les ayudan a conectar ideas como hace un buen docente. Y ojo, que ver vídeos es cómodo, sí, pero eso a veces los convierte en un espectador pasivo. Enseñar de verdad es permanecer de pie a un costado del pintarrón, mancharse los dedos con el plumón, caminar entre los pupitres, mientras el estudiantado se les entume el coxis, preguntar, develar teorías y resolver dudas, y para eso los profesores somos bien rifados.

Así que la cosa no es que los tutoriales o la tecnología sean el enemigo, sino más bien la ayuda que todos necesitamos. Lo ideal es combinar la libertad de que, si nuestros alumnos tienen la habilidad autodidacta de aprender a su ritmo con vídeos, y la experiencia, el apoyo y el sentido de responsabilidad del profesor para que no se pierdan en el camino. Eso sí que es una combinación ganadora.

jueves, 16 de octubre de 2025

Impartiendo clases en el siglo equivocado.


Como profe, llevo muuuuchas anécdotas, y una que me mata de risa: cuando no hay listas oficiales y tú, de buen corazón, les dices que se anoten en una hoja blanca provisional. Hasta ahí todo bien, ¿no? Pues nooo. Llega el día de tomar lista y yo digo: “Zoila Vaca del Campo”, y se empiezan a reír todos como si hubiera dicho algo de otro planeta, pero, ¿saben qué es lo más lamentable? Que en cada grupo nuevo me sucede. Esa es la vida en la docencia, un sarcasmo constante.

Pero lo que me dejó con la boca más cuadrada que una caja fue enterarme de que el 90% de mis alumnos creen que estamos en el siglo XX, ¡en lugar del XXI! Que, para ellos, el siglo XIX fue el anterior porque era “novecientos” y este es dos mil, pues es “veinte”… Vamos, que el calendario les parece confuso.

Así que ahí me puse, con toda la entereza del mundo, y les expliqué que el siglo veinte abarcó de 1901 a 2000 porque no existe el año cero y el primer siglo comenzó en el año 1 d.C. Siguiendo esta lógica, el siglo I comprendió los años 1 a 100, el siglo II de 101 a 200 y, por lo tanto, el siglo XX comenzó en 1901 y terminó el 31 de diciembre de 2000. El período de 1900 a 1999 es comúnmente asociado con el siglo XX, pero técnicamente este se completó con el año 2000. 

Otra bronca heavy del tiempo fue con el calendario gregoriano que empezó en 1582, resulta que a solicitud del Papa Gregorio XIII, y con el pretexto de arreglar los líos del calendario juliano. ¿Líos? Pues que la Pascua no cuadraba con las estaciones del año, y eso era un problema gordo. Para componerlo, eliminaron 10 días, del 5 al 15 de octubre. Imagínate acostarte un 4 de octubre y despertar que ya es 15, ¡qué locura! Y de ahí también salieron las reglas de los años bisiestos, para que no se les descuadre el año con el sol…

Para terminar la clase, les dejé de tarea que analizaran qué sucedió con la hora que cada Horario de Verano nos quitaba, ¿captan? Ser profe no es solo hablar por hablar ni proyectar diapositivas en PowerPoint saturadas de tediosa información, ¡es explicar esos desórdenes que ni Google entiende! Aunque siga nombrando en las listas provisionales a Zoila Vaca del Campo.

jueves, 9 de octubre de 2025

¿Quedó claro?…

Dicen que la verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimientos, sino el hecho de negarse a adquirirlos, si eres profe, seguro que ahora mismo te viene a la cabeza ese joven de acné mental que lleva más auriculares que orejas y va por el pasillo de la escuela con la patineta como si fuera el rey del Mundo, o esa chica que no puede soltar el celular ni en clase, aunque le estén contando la historia del universo, digo, pa´que se aburre escuchando cosas tan antiguas, si las Stories y Reels de Instagram son la puritita verdad.

Pero, ¿te has parado a pensar en esa frasecita que sueltas al acabar la clase? “¿Quedó claro?” Y te dicen que sí, pero… ¿qué calidad de “sí” es esa? Eso es lo que deberíamos preguntarnos, puede que te den tal respuesta debido a que ya están hartos de que los que hablamos seamos nosotros los profes, además, en la mayoría de las clases se trata de imponer ideas que rompen la emoción del conocimiento y, no es justo decir que es dialogo a hablar hasta que te den la razón.

Si con suerte uno de esos jóvenes aprendiera, aunque sea un grano de alpiste de lo que pretendemos enseñar, no habría examen que les hiciera sombra. Pero no, nos gusta creernos bien chingones y pensar que ese “si” o el silencio sepulcral después de lanzar la pregunta es porque hacemos una auténtica MasterClass de la asignatura que impartimos, cuando en verdad le estamos dando scroll a la realidad de la educación en la que estamos inmersos y como nuestros estudiantes seguimos pensando en la hora del receso o en la camioneta rojo rubí que vamos a comprar con el aguinaldo.

jueves, 2 de octubre de 2025

Adiós a la costumbre epistolar.



En el calendario de la beatitud, cada vez se crean fechas conmemorativas, como esas de las profesiones, por ejemplo, el “Día del Pedagogo”, que se celebra cada 26 de junio, ¡perdónalos Comenio, porque no saben lo que hacen! También existen otras fechas que uno ya ni las recuerda por la falta de uso de la profesión, ahí tenemos el 12 de noviembre, que mi abuelita a vísperas de ese día, siempre esperaba que pasara el cartero para regalarle una mano de plátanos, y ahora ya casi ni los vemos, es que, en la actualidad, son pocos los que escriben cartas.

Mira, las cartas en nuestra época eran el WhatsApp artesanal, ¿sabes? Te sentabas tranquilo, bolígrafo chingón, hoja de papel impoluta, así como unas cuantas musas inspiradoras, con estos elementos le dedicabas un rato bueno a escribirle a alguien, porque eso era crear un vínculo de verdad, no un mensaje rápido que se va por ahí. Como decía Julio Iglesias en aquella canción, a veces llegaban cartas llenas de alegría, otras de melancolía, tristeza y hasta de esperanza, que nos daban la calma. Y nuestro ghosting… Sí carnalito, en mi época también existía, consistía en no contestar la carta, ¡no escribas tonterías! Efectivamente, eso era el bloqueo total.

Los emojis, ni eso, eran dibujitos que hacíamos con cariño, como si fuésemos monjes copistas adornando la letra, todo un arte. Y en diciembre, la alegría era recibir esas tarjetas navideñas que traían relieve, brillantina por todas partes y nieve seca que se caía nada más tocarla. Cuando viajabas por el país, era obligatorio comprar las postales con paisajes de ensueño, para enseñarle al abuelo lo bonito que es el mundo.

Y ahora, qué pena, lo hemos cambiado todo por esos textos fríos, que a veces ni son originales, porque lo único que haces es reenviar la idea de otro… ¡Bla, bla, bla! ¿Dónde quedó el cariño, el tiempo y el arte de escribir? Eso es lo que echo yo de menos, de verdad.

jueves, 25 de septiembre de 2025

El Netflix medieval de Oriente.


De niño disfrutaba horas escuchando a la abuela materna, platicarme esas historias de paisajes extraordinarios y de personajes llenos de valores morales, los cuales varios años después descubrí que se recolectaban en… la verdad no podría llamarle libro, porque en realidad al principio fueron una especie de compilación de narraciones, donde la historia principal gira en torno al sultán Shahriar, quien, tras ser traicionado por su esposa, decide casarse cada noche con una mujer distinta y ejecutarla al amanecer. Sherezade, hija del visir, logra sobrevivir contando historias fascinantes que dejan el final inconcluso -en pocas palabras, ella, estaba inventando el cliffhanger– obligando al sultán a perdonarle la vida para escuchar el desenlace al día siguiente -imagino que los guionistas de las telenovelas y series hacen lo mismo con tal de seguir estando en la nómina-. Este proceso se repite durante mil y una noches, hasta que el sultán se enamora de ella y abandona su venganza, moraleja, busca una pareja que sea buena conversadora.

Este libro es como una serie de Netflix, pero en lugar de episodios, tienes historias que no acaban nunca. Sherezade es como la productora que dice: ‘¡No, no, no! ¡Hay más! ¡Hay más!’ Y el sultán es como el espectador enganchado que no quiere que se acabe la serie. Y es que su estructura se basa en “relatos enmarcados”, donde una historia principal da lugar a otras narraciones entrelazadas. Este estilo permite que cada cuento abra paso a otro antes de concluir el primero, y su impacto cultural fue inmenso en Europa durante el Romanticismo del siglo XIX, donde evocaba las exóticas culturas orientales, pues este librazo incluye una variedad de géneros: tragedias, comedias, poemas, leyendas religiosas e incluso cuentos eróticos.

Aunque muchas personas asocian cuentos como Aladino y la lámpara maravillosa, Alí Babá y los cuarenta ladrones, y Simbad el marino con esta obra, algunos de ellos no forman parte del texto original. Por ejemplo, Aladino fue agregado por Antoine Galland, un traductor europeo inspirado por narraciones orales. Las Mil y Una Noches no tiene un autor conocido. Es una recopilación de cuentos que evolucionó a lo largo de los siglos, comenzando probablemente en Persia en el siglo X con la obra Hazār afsāneh (Mil leyendas). Los cuentos no solo provienen de Persia, sino también de India, Siria, Egipto, China y otros lugares. Esto refleja la riqueza cultural y las influencias de las civilizaciones que interactuaron con Persia a lo largo de los siglos.

Pero en serio, es un libro que te hace reflexionar sobre cómo las historias pueden mantenernos vivos, incluso en las situaciones más absurdas. Imagínense que cada noche es como un sketch de comedia, pero en lugar de reír, te salvas la cabeza. ¡Eso es poder!

jueves, 18 de septiembre de 2025

Piensa por ti mismo, no por los muros ni por las Stories.


Dicen que, en las redes sociales, esas que tanto nos gustan para chismear y ver vídeos de gatitos, a veces pulula un odio incontrolable, ¡no me vengan que nada más ocurre en X! Es que antes, cuando no existían, teníamos un consenso de ideas… vamos, que nos poníamos más o menos de acuerdo en algunas cosas. Pero ahora, con las redes, ¡madre mía! Se ha fragmentado todo. Cada perfil es un Mundo diferente, con ideas distintas, y lo peor es que ya ni importa si lo que dicen es verdad o no, lo que cuenta es si creen que es verdad. ¡Así estamos!

Pero ustedes sigan leyendo las lamentaciones, actos de contrición o tributos al ego que sus “amigos” publican en sus muros, los hilos de tweets y Stories, además de aceptar todo lo que encuentran en cada red social, aunque sea como quien se toma un caballito en el bar: con ojo crítico y un poco de gracia. Porque al final, las redes sociales son solo divertimentos, un pasatiempo.

No olviden que todos esos contenidos son efímeros, depende de los ánimos de quienes los publican, como las fotos y vídeos, que desaparecen después de 24 horas de ser divulgados. Y lo importante de verdad es que cada uno piense por sí mismo, que no dejemos que esas pantallas nos digan qué tenemos que pensar ni cómo tenemos que vivir la vida. Que eso, amigos míos, solo depende de nosotros.

jueves, 11 de septiembre de 2025

Las historias más tristes del Mundo.



¿Se han dado cuenta una cosa? Que casi todos tenemos ese complejo de inseguridad que nos convierte en unos narradores de las “historias más tristes del Mundo” cuando alguien nos pide un favor… y no podemos o no queremos ayudarlos, pues ya hemos tenido una amarga experiencia por hacerlo.

Por ejemplo, llega alguien y te pide prestado dinero. Y tú, en vez de decir “No, no tengo o ahora no te puedo prestar” con tranquilidad, ¡pum!, sueltas una tragedia al estilo La Rosa de Guadalupe: “Es que no tengo dinero, resulta que la abuela está enferma, que si se me desconchinfló la lavadora…” Pero, dama o caballero, ¿y por qué no dices simplemente “No puedo prestarte”? Pues no, ahí te pones a contar una telenovela, para justificarte.

Luego pasa con el celular. Te lo piden para mandar un mensaje y tú piensas, “Uy, es que me quedan pocos datos.” Y ahí empieza el discurso dramático: “Fíjate, que se me acabó el plan tarifario”. “Estoy esperando una llamada importantísima”. Buscando como siempre, disimular que no se lo vas a prestar, aunque en realidad es porque no quieres prestarlo, porque sabes que esa persona se cuelga en el WhatsApp.

Y lo mejor es lo del vecino, que viene con la solicitud de una herramienta. Tú temes que se la quede para siempre, como lo hizo con las tijeras para podar, entonces el ingenio histriónico vuelve a salir del pecho más lacrimógeno que una película de esas que te hacen llorar a moco tendido.

Por favor, señoras y señores, ¡es hora de aprender a decir “NO”! Claro que te pueden llamar pérfido, vil, canalla, mala persona, pero a veces el que pide llega abusar de la confianza, no tú, digo, cuando algunos se han quedado con lo prestado o no te pagan el dinero, y lo más lamentable se enojan cuando les cobras o pides esos objetos que eran tuyos, ahí, ¿cómo o qué? Y no pasa nada por negarte sin ponerte a inventar historias tristes. Que el “NO” también es bonito y necesario.

jueves, 4 de septiembre de 2025

¡Ya´tamos en septiembre!



En México, septiembre es el mes de la patria, que aquí es casi como el mes del “orgullo nacional” y, con todo el pozole, los sopitos picaditos y las enchiladas que a cantidades industriales se consumen. Los días 13, 15 y 16 son como la temporada alta para ponernos el sombrero de piloncillo, pero sin que esté pintado, que eso ya no se lleva mucho, ¿sabes? Es un rollo que mezcla: tradición que huele a limón —que aquí usamos, como si fuera nuestra medicina milagrosa— y cosmopolitismo, que es cuando te crees muy moderno, pero sigues comiendo chile hasta en el café. Porque sin chile, el taco se siente como sin alma, y el limón es nuestro jarabe multiusos. Lo mismo te cura un resfriado que lo echas en el tequila pa’ olvidarlo todo.

Es cuando la mayoría de conductores suicidas de las empedradas y llenas de cráteres de nuestras calles, prefieren ponerle banderitas de México al coche, que la direccionales cuando van a dar vuelta; las oficinas godín se adornan “retechulas” de bonitas, con sombreros de charros, carrilleras, jorongos multicolores y enormes mostachos -o sea, olvidan de lo lampiño del aborigen de nuestro país-, se espera con mucha enjundia la “Noche Mexicana de la Oficina”, donde lucirán ajuares de adelitas -así es, existe cierta confusión con la revolución-, charros y ningún gachupín.

Y claro, esas fiestas patrias son muy bonitas, muy pomposas, pero también la gente habla del 19, que es el día en que la tierra dijo “aquí estoy yo, a ver si se mueven un poco, que no todo es fiesta”. Eso sí que es una conmemoración sorpresa por todo lo alto, y todos nos quedamos aterrorizados, más que nada porque después del temblor se vino la cruda de la celebración, y eso sí que es para temer.

En fin, que en México somos castizos con celular, que no olvidamos nuestras raíces, pero tampoco dejamos de mandar un “WhatsApp” pa’ todo, y de paso a veces nos quejamos del chilito que pica mucho, del limón que está muy ácido y del temblor que nos dejó comiendo birote pa´l susto… Eso sí, siempre con mucho orgullo, porque si algo tenemos es eso: orgullo de ser mexicano, no le hace que le aunque tiemble.

jueves, 28 de agosto de 2025

Temporada de lluvias o la época cuaternaria 2.0



¿Han visto lo que pasa con el pronóstico del tiempo en el teléfono celular? Es como si tuvieras a un burro, sí, un burro cabezón que nunca va parejo. Que, si llueve, que, si no, que sale el sol, que viene tormenta… ¡pero vamos, que ni ellos mismos llegan a un acuerdo a ver quién tiene la razón, digo, no por algo les llaman teléfonos inteligentes! Eso sí, con los relojes del celular, gracias a Internet, todos vamos igualitos, como soldaditos, pero con el clima… ¡madre mía, eso es un desbarajuste!

Pero, si alguno le atina y empieza a llover, la gente se pone como en la prehistoria, en plena época cuaternaria otra vez, porque si ven un rayo, te juro que parece que va a caer el apocalipsis encima. El agua cayendo les da pánico, y si hay viento fuerte… ¡huyen a refugiarse como si fuera un huracán categoría 5 que está a la vuelta de la esquina! En esos momentos tomar un taxi en plena lluvia es misión imposible. Mejor ni lo intentes, porque los coches de las aplicaciones esos que te alquilan, nada más ven llover y suben las tarifas, o directamente cuelgan el cartelito de “sin disponibilidad”. Anda, como si fueran los últimos supervivientes del planeta que deciden que hoy, pa’ lante no van.

Y en casa, bueno, en casa si se va la luz, ahí sí que nos convertimos en inútiles. Nada de cenas románticas a la luz de las velas ni nada de eso, no, nos aburrimos porque el ocio somos nosotros mismos. Ya no sabemos ni mirarnos a los ojos sin la pantalla que nos distraiga. Así que nada, la lluvia nos devuelve a tiempos prehistóricos, solo que ahora con WiFi y celulares malditos que no se ponen de acuerdo ni para decir si hace fresco o calor.

jueves, 21 de agosto de 2025

La silenciosa complicidad.



Si hay algo en esta vida que no falla, es la habilidad que tenemos para complicarnos la existencia con conspiraciones que sólo existen en nuestra imaginación… o eso creemos. Pero ojo, no hablo de cosas serias, no, hablo de esas silenciosas, esas pequeñas maquinaciones que pasan cada día y que, sin darnos cuenta, nos hacen cómplices de un complot universal que desafía la paz en el hogar, la oficina y hasta en los lugares menos pensados.

Primero, la oficina. ¿Quién no ha vivido ese momento en que las y los colegas parecen tener un sindicato secreto con la administración? Que, si el jefe pide que se cumpla un horario, que, si “la cafetera no funciona”, pero todos saben que el café está guardado en lo más recóndito de la oficina, pa´l que no coopera no le llegue, escondido como si fuera el oro del rey Salomón. Y mientras tanto, los Godínez lanzan miraditas de “ya te llegó la hora”, sin decir palabra, porque en realidad todos estamos ahí, conspirando para hacer la jornada un poco más amena.

Luego, los hermanos. Ah, esos seres maravillosos que, pese a la sangre, tienen un doctorado en sabotaje. ¿Una camiseta desaparecida justo el día que los amigos vienen a casa? ¿Un secreto confesado con voz bajita que luego se convierte en motivo de chiste durante toda la reunión familiar? Eso no es casualidad, amigos, eso es obra del gremio fraternal de la silenciosa complicidad.

Y en casa, ¡ay! La eterna guerra fría entre suegra y esposa. Un complot sin estridencias que se mueve a la sombra, con sonrisas que enmascaran estrategias dignas de una novela de espionaje. Regaños disfrazados de consejos, invitaciones que parecen ofrecimientos, pero esconden trampas sutiles… Todo para mantener en jaque al pobre y confundido esposo que, claro, observa desde su trinchera sin entender muy bien qué le ha tocado en suerte.

Al final, lo que tenemos es una especie de pacto tácito. Un acuerdo colectivo que nos mantiene unidos por el hilo invisible de la complicidad silenciosa, donde todos somos tanto cómplices como víctimas de un juego que sólo termina cuando alguien se atreve a romper la cadena… o se cansa y decide reírse con todo este sainete.

Por eso digo, y esto no es mío sino del gran maestro de la confusión nacional, que, a todo este complot, a toda esta conspiración cotidiana… ¡les preparamos unos tamales de cúrcuma, con atole de pasiflora y santas pascuas!

jueves, 14 de agosto de 2025

El Sísifo moderno.


¿Sabes eso de Sísifo empujando la piedra montaña arriba? Pues es como si Zeus le hubiera puesto tarea de oficina en pleno 2025, ¿no? En la actualidad Sísifo sería esa persona que se levanta a las 6:30 de la madrugada, sale con su enorme piedra a buscar un camión que lo lleve de mosca, sí, por lo repleto que van a las horas pico de ingreso y egreso laboral, llega a su oficina, se sienta en su mesa con la computadora, empieza a “trabajar” y al cuarto de hora después la piedra esa, que ahora es el correo electrónico, el WhatsApp o cualquier red social, ya le ha caído otra vez al suelo. Y vuelta a empezar. Porque claro, en la era del quehacer
 Godin tú puedes estar 8 horas haciendo como que haces cosas y al final, cuando miras el reloj, ¡zas!, “Todo sigue igual”, o, mejor dicho, todo está en constante flujo, pa´que quede más elegante.

Por no hablar de las rutinas domésticas… Sísifo empujando esa roca refleja perfectamente cuando tú miras alrededor con la intención de ordenar la casa, claro, con las pilas apagadas y el cuerpo pidiendo sofá, pero llegas al patio de servicio y como Mahoma la montaña de ropa vuelve a estar ahí, con el cesto lleno y la ropa sucia que nunca se acaba. Eso sí, con la filosofía griega podríamos decir que Τα πάντα ῥέοντα (Ta panta rheonta), o sea, que todo fluye… pero en mi casa lleva años fluyendo por el mismo sitio, y lo único que cambia es el polvo, por otras capas más.

La vida sedentaria también es otro cuento. Sísifo no tenía que lidiar con las series de Netflix ni con los anuncios de “haz ejercicio en 5 minutos”. Él sudaría empujando la piedra, pero nosotros, que estamos sentados todo el día, ¡ni para levantar el control remoto! Es como que la piedra pesa menos, pero aquí el castigo es quedarte pegado a la silla, que es una condena moderna. Y cuando intentas moverte un poco, te duele todo, o sea, que vuelves al principio, a esa piedra que nunca llega a la cima porque estamos demasiado cómodos.

En resumen, Sísifo hoy sería un oficinista de contrato temporal, con una montaña de correos sin responder y un montón de ropa para lavar… que todos los días dice “mañana cambio”, pero al final, entre el trabajo, la casa desordenada y la pereza, solo fluye eso, fluye la rutina, como cuando la piedra rueda sin parar y tú piensas: “Esto es mi vida, empujando la misma piedra, pero al menos me río que es gratis”.

jueves, 7 de agosto de 2025

Tuba en mano, corazón en la calle.



Hace unos días, la población de nuestra Ciudad de las Palmeras leía en las diversas redes sociales que se sumaran a la oración familiar, que por cierta intervención quirúrgica se sometería Baldo el tubero, un incansable trabajador con grandeza fiel. En cada palma dejó su piel, un lazo urbano que legó miel, en cada banqueta. Ese personaje que no solo vendía tuba, sino que ponía alegría y sazón a las calles de Colima. Porque, claro, él no era un simple vendedor, era nuestro camarada, carnal de barrio, alma sagrada, tuba y cariño, fórmula sagrada que deleitaba desde adultos, adolescentes y niños; era el alma de la esquina, de las escuelas, el buen amigo que siempre tenía una sonrisa y un saludo para todos.

Lo que a muchos nos conquistaba era su humildad y esa tuba que llevaba como si fuera un trofeo, siempre fresca, siempre lista para refrescar el día, para apaciguar el calorón. En las escuelas, los profesores, que eran más serios que una novela sin final feliz, entre cambio de hora de clase, los esperaba Baldo con un vaso de ese néctar extraído de la savia de palma fermentada, que se los regalaba mediado entre frío y al tiempo, pa’ que no se dañaran la garganta. Era un reconocimiento a la labor docente con que este señor de cabellos de plata premiaba en los pasillos —un premio de reyes, vamos. Y el estudiantado, esos que a veces no tenían para ese día, se las fiaba sin pensarlo dos veces. Así que cuando lo veían venir, no solo corriendo detrás de la tuba, le echaban una mano y lo ayudaban a cargar con el bule o guaje, ese recipiente tradicional hecho de una guía similar a la planta de calabaza, que ayudaba a mantener la bebida fresca.

Eso, señores, se llama corazón grande, y eso es lo que dejó Baldo en los rincones y en el alma de la ciudad. Un hombre que, aunque humilde, tenía la grandeza de unirnos con algo tan sencillo y delicioso como una bebida artesanal, pero con un sabor a comunidad y cariño que nadie podrá olvidar en cada sorbo de tuba y en cada sonrisa que nos regaló.

jueves, 31 de julio de 2025

Una lección de generosidad perdida.



En mi lectura de los Evangelios Apócrifos en la vasta biblioteca del seminario, encontré un texto fascinante que describía un encuentro entre el Rey Baltazar y la Sagrada Familia durante su huida a Egipto, huyendo de la persecución del Rey Herodes. Mientras caminaban juntos, el Rey Baltazar se dedicaba a dibujar un mapa del cielo, entretenido en ello ni cuenta se dio de quienes eran. Sin embargo, una vez que la familia continuó su camino, el monarca se sintió abrumado por el remordimiento al pensar en todo lo que podría haber hecho para ayudarlos: ofrecerles provisiones para el largo viaje, regalarle sandalias al niño Jesús, que iba descalzo, y, sobre todo, proporcionarles un dromedario para aliviar su travesía. Este episodio resaltaba la bondad y la generosidad que podría haber compartido en aquel momento y que por indecisión del monarca -ese mismo que un 6 de enero de 1978, me regaló un Kid Acero-, no lo hizo. 

Al texto descrito, le encontré cierta semejanza con el siguiente suceso: Estando quien firma lo que escribe en una lujosa zapatería del Centro Histórico de nuestra ciudad, entre la clientela se encontraba una señora de aspecto humilde y pobreza extrema, quien solicitaba a la dependienta un par de zapatos. Después de probárselos, le pidió si podía apartarlos para el sábado, ya que ese día recibiría una contrata. La empleada, asegurándose de que nadie observara, imprimió un recibo en blanco de la caja registradora y le pidió el nombre a la señora. Al preguntarle por su número de teléfono, la mujer respondió que no tenía, pero proporcionó el número de su vecina. Mientras tanto, dejó 100 pesos como anticipo. Justo cuando la dependienta que la atendía estaba a punto de ser relevada por su compañera, ella rápidamente grapó el billete con la hoja de datos y la escondió debajo de la caja, aparentemente para evitar ser descubierta. Antes de irse, la señora mencionó que, si llovía el sábado, no podría ir por los zapatos porque planchaba ajeno, y le preguntó si podría recogerlos el domingo temprano. La dependienta respondió con un simple “Ajá, está bien”.

Al salir de la tienda, me sentí como el Rey Baltazar, abrumado por el remordimiento de no haber tenido el valor de comprarle los zapatos a la anciana, mientras, ella seguiría el resto de la semana con los que traía sin tapas, desquebrajados de la piel y con la suela tan ingrata como mi pinche corazón. Me reproché a mí mismo por no haber sido más generoso, por no haberle regalado incluso dos pares. La oportunidad se me escapó de las manos, y solo me quedó la sensación de haber fallado en un momento en el que podría haber marcado la diferencia.

jueves, 3 de julio de 2025

El ridículo de llevar el nombre de una generación.



Saben qué es lo que más me gusta de esta generación? Que son como una cebolla, ¿saben por qué? Porque tienen muchas capas… de aburrimiento. Sí, sí, no me lean así, que estoy bromeando. Pero en serio, ¿cómo se puede llamar a una generación “Generación Z”? ¿Z de qué? ¿Z de zánganos? ¿Z de zozobra? Llamarse de esa forma da la impresión de que se les acabaron las letras del alfabeto o lo más espeluznante… que se trata de la última generación, ¡Híjole, qué miedo!

¡Y luego dicen que la educación está mal! ¡Si es que les ponen nombres que parecen de una marca de ropa! “Generación Z, de la moda lo que te acomoda”, “Millennials, la nueva forma de vestir”, “Centennials, a poco no luces bien” … ¿Qué acaso están vendiendo un producto? ¿Y saben qué? Me da igual cómo se llamen, lo importante es que sigan riendo, que la vida es muy corta para estar serio todo el tiempo. Así que, Generación Z, ¡sigan adelante! ¡Que van bien!

¡Y no se preocupen por el futuro, que ya se preocuparan cuando llegue! Mientras tanto, disfruten del presente, que es lo que importa. Y si alguien les pregunta qué significa la “Z”, díganle que es de “Zafiro de la vida”. ¡Bueno, bueno, me callo, que me estoy pasando!

Para terminar, les dejo con una frase profunda, no es de ningún filósofo, es de la señora Emilia, que vende tamales en el mercado Pancho Villa, y dice: “la vida es como un tamal a las brasas, aunque esté quemado, sigue siendo comestible”. Así que, Generación Z, sigan adelante y no se vayan a quemar demasiado.

jueves, 26 de junio de 2025

Expectativas y realidad.


¿Saben lo que son las expectativas? ¡Eso que te hace pensar que la vida es como un tráiler de película exitosa y luego resulta que es el detrás de cámaras de una peli de serie B! Figúrense, yo desde pequeño, cada vez que llegaba mi cumpleaños, tenía la expectativa de que me iban a regalar la bici del vecino, la que tenía cambios, amortiguadores, bocina, ¡y hasta canastilla! Y al final… ¿con qué me salía mi familia? Unos calcetines a rayas y un suéter de lana que picaba más que un cactus, saquen la cuenta durante los pinches días frescos que tenemos en el invierno colimense. ¡Eso sí que era un regalo de supervivencia!

Pero lo de las expectativas no acaba ahí, no, no… ¡Que levante la mano quien no haya esperado haciendo changuitos con los dedos para que la Selección de México no falle en los penales! ¡Vamos, muchachos! Todos ahí, con la camiseta, la bandera, la botana, rezando a todos los santos, y cuando llega el momento… ¡zas! El balón sale más desviado que mis propósitos de año nuevo. ¡Si yo tuviera un peso por cada penal fallado, ya me habría comprado la bici del vecino!

Y luego están las expectativas con las personas. A ustedes les ha pasado que conocen a alguien por internet o por redes, y piensas: Este “amigo” en Facebook es la neta del planeta, seguro que en persona es igual. Y luego, cuando lo ves, resulta que habla menos que una estatua y te mira como si fueras el inspector de Hacienda. ¡Expectativas y realidad, amigos!

Pero lo mejor de todo son las expectativas en clase. El primer día de curso, el profesor entra pensando: “Este año sí, estos alumnos van a ser aplicados, estudiosos, ¡van a cambiar el Mundo!” Y los alumnos, mientras tanto, miran al profe y piensan: “Este mai parece buena onda, seguro que no deja mucha tarea y sube a 6 la calificación de 5.7”. ¡A los 5 minutos, el profe ya está más harto de lo mismo, los alumnos mirando el reloj y todos deseando que llegue el receso!

En fin, que las expectativas son como los espejos de los probadores: te ves de una manera y cuando sales a la calle, te das cuenta de que no era para tanto. Pero oye, ¡que no nos quiten la ilusión! Porque, al final, esperar siempre algo mejor es lo que nos mantiene vivos… ¡y con la esperanza de que algún día, la selección mexicana meta todos los penales y yo reciba, por fin, la bici del vecino!


jueves, 19 de junio de 2025

¿Frustrado yo?



¿Saben lo que me frustra de verdad? ¡Pero de verdad, de verdad! Esa sensación universal de que el Mundo conspira contra mí, pero no en plan “me va a tocar la lotería”, no, no… En plan: ¡te va a ocurrir algo desagradable hoy, Marcial!

Por ejemplo, el semáforo. ¿Quién diseña los semáforos? ¿Un enemigo personal mío? Porque siempre pasa igual: tú vas con prisa, te ves venir el verde, te pones modo atleta olímpico, y justo cuando estás a dos metros… ¡PUM! Rojo. Pero rojo, rojo pasión. Y ahí te quedas, con cara de tonto, viendo cómo pasa la abuela con el andador, que ella sí ha cruzado, porque el semáforo la respeta. ¡A mí no! A mí me ve la cara y dice: “Tú, parado, reflexiona sobre tus decisiones e inseguridades”.

Y luego está lo del coche de mi colega… Hasta creen que voy a escribir su nombre, ¡no sean morbosos! Este probresor no es de coches caros, pero se compró uno “decente”, para sentirse Checo Pérez en el Gran Premio de Mónaco. ¡Mentira! Siempre lo rebasa un coche peor. Un Tsuru del 82, con el tubo de escape atado con alambre, y el conductor con gorra del sindicato y cigarro sin filtro. ¡Lo adelanta! Y él ahí, apretando el acelerador, hablando con el coche: “¡Vamos, campeón, que tú puedes!”. Pero nada. El Tsurito se va, y él se queda oliendo a gasolina y a derrota.

Pero lo mejor es cuando planeas algo. Porque uno, en su casa, lo ve clarísimo: “Hoy voy a hacer esto, esto y esto”. ¡Mentira! El Mundo te tiene preparado un festival del desastre. Que si el pinche camión pasa repleto de gente y ni hace parada en la zona donde tu estas, que si el café se te cae encima de la camisa blanca, que si el jefe te llama justo cuando te ibas… Y tú, que te habías hecho la película de que hoy sí, hoy sale todo bien, acabas diciendo: “¿Para qué me levanté de la cama?”

En fin, que la vida es así: una sucesión de pequeños fracasos que, si los cuentas con gracia, ¡parecen anécdotas! Porque si no te lo tomas con humor, acabas cruzando el semáforo llorando, viajando de papalote colgado en la puerta de acceso a la ruta 10 y con la camisa manchada de café… ¡Y eso sí que no!

jueves, 12 de junio de 2025

Fin de curso.


¡Ay, el final del curso! Ese momento en el que las y los profesores sacan la lista de asistencia como quien saca la carta de la baraja que te va a arruinar el juego. Porque algunos profes, en junio, se transforman. El resto del año parecen buena gente, pero en la evaluación final… ¡Ojo! Se convierten en una mezcla entre juez de MasterChef y notario público.

Tú entras a la última clase y el profe te mira con esa cara de: A ver, Pepito, ¿tú qué has hecho este semestre? Y tú piensas: Profe, pues, respirar, venir a clase y no causar mucho desmadre. Pero no, el profe quiere más. Quiere trabajos, exámenes, participación… ¡Y hasta que no le das la respuesta correcta, no te deja en paz!

Y luego está su método de calificación. Que eso es como la ruleta rusa:

Si has cumplido con las tareas, hay puntos.

Si has levantado la mano, medio punto.

Si no has molestado, otro medio.

Si has traído la bata de laboratorio el día de prácticas de biología… ¡Un aplauso, pero calificación, poca!

Y llega el momento de capturar las calificaciones en la aplicación esa donde ellos las suben, que parece que están hackeando la NASA. El profe, sudando, porque sabe que de su click depende tu recibimiento familiar en casa los próximos meses.

Y tú en casa, esperando la calificación como si fuera el Gran Sorteo Especial de la lotería. Que tu madre, en lugar de saludarte y abrazarte, sale con: ¿Qué tal, hijo? ¿Cómo te fue este semestre? Y tú: Pues depende de cómo se levante el profe mañana…

Porque hay profes que son de los de “es el fin de cursos y se viene el verano, playa, arena, jaiboles, todos aprobados, ¡alegría!”. Y otros que son de los de “aquí no aprueba nadie, para que luego anden con sus guasas entre los pasillos de que soy un Titanic”.

Y al final, tú ves la calificación y piensas: Pues ni tan mal, para lo que he hecho… Y tu madre: ¿Y esto? Y tú: Mamá, es que el profe califica por emociones, como los árbitros con el VAR, según el día que tenga… Después de redactar estos tres puntos, recuerdo que mis estudiantes comentan por ahí que soy un tipo ordinario, pero cómo explicarles que me vuelvo vulgar al concluir cada clase, esto último es un parafraseo de un fragmento de la canción “Ojos de gata” de Los Secretos, que a su vez parafrasearon el fragmento de “Y nos dieron las diez” de Joaquín Sabina.