Mientras tanto, las y los alumnos llegan a la escuela como si les hubieran dado un shot de Red Bull mezclado con siesta eterna: ojos rojos, pelo de espantapájaros y el cerebro aún en modo “fiesta del sábado”. “Profe, ¿qué es una clase?”, preguntan con cara de “acabo de ver un OVNI”. Y el profesorado… ¡Ah, los profesores! Los que ayer se pusieron las pilas y organizaron sus útiles de la chamba van más frescos que una lechuga en refri de lujo: con powerpoints relucientes, café en mano y una sonrisa de “hoy conquisto el mundo”. Pero los otros, ¡ay, los otros!, los que hace apenas 40 minutos se acordaron de que hay clases, van revolviendo el desván de las ideas como si fuera un cajón de calcetines disparejos. ¡Eureka! Hoy les enseño matemáticas con chistes de gatos… ¿O era historia con memes de perros? ¡Qué más da, improvisemos que para eso estamos!
Total, que el día arranca con más drama que La Rosa de Guadalupe: sudores, prisas y un olor a café quemado que impregna el aire. Pero oye, en medio de este desmadre matutino, reflexionemos un segundo: la vida escolar es como ese tráfico loco, caótica y llena de imprevistos, pero al final, con un poco de organización (o un milagro), todos llegamos a puerto. Nos recuerda que no hay que ser perfecto para empezar el día; basta con levantarse, reírse del lío y a echarle ganas. Porque si no, ¿qué gracia tiene? ¡Deja de preocuparte por ese martes que parecía lunes, que el fin de semana ya pasó! Recuerda que la próxima, sí inicia en lunes.
