jueves, 5 de febrero de 2026

El lunes que fue martes.


¡Ay, amigos, este martes post-fin de semana etílico ha sido como despertar en una cruda cruel! Imagínate: son las 6:45 de la mañana, y el tráfico ya es un kamikaze total, un circo de locos al volante. Claxon por todos lados, pitando a los zombis clavados en el celular, que van como si estuvieran en un capítulo de
 The Walking Dead, pero con filtro de Instagram. ¡Muévete, que no es un paso de cebra, es una autopista!, grita uno. Y los camiones urbanos, ¡uf!, sardineros humanos: pasajes papaloteando en las puertas como banderas en huracán, con mochilas volando y el chófer berreando “¡Recórranse pa’ trasssss, que aquí no cabe ni un alfiler y atrás hay lugares para-dos!”. Yo me imagino al pobre diablo del último en subir, colgando de la puerta como un koala desesperado, pensando “esto es peor que una montaña rusa en forma de solitaria”.

Mientras tanto, las y los alumnos llegan a la escuela como si les hubieran dado un shot de Red Bull mezclado con siesta eterna: ojos rojos, pelo de espantapájaros y el cerebro aún en modo “fiesta del sábado”. “Profe, ¿qué es una clase?”, preguntan con cara de “acabo de ver un OVNI”. Y el profesorado… ¡Ah, los profesores! Los que ayer se pusieron las pilas y organizaron sus útiles de la chamba van más frescos que una lechuga en refri de lujo: con powerpoints relucientes, café en mano y una sonrisa de “hoy conquisto el mundo”. Pero los otros, ¡ay, los otros!, los que hace apenas 40 minutos se acordaron de que hay clases, van revolviendo el desván de las ideas como si fuera un cajón de calcetines disparejos. ¡Eureka! Hoy les enseño matemáticas con chistes de gatos… ¿O era historia con memes de perros? ¡Qué más da, improvisemos que para eso estamos!

Total, que el día arranca con más drama que La Rosa de Guadalupe: sudores, prisas y un olor a café quemado que impregna el aire. Pero oye, en medio de este desmadre matutino, reflexionemos un segundo: la vida escolar es como ese tráfico loco, caótica y llena de imprevistos, pero al final, con un poco de organización (o un milagro), todos llegamos a puerto. Nos recuerda que no hay que ser perfecto para empezar el día; basta con levantarse, reírse del lío y a echarle ganas. Porque si no, ¿qué gracia tiene? ¡Deja de preocuparte por ese martes que parecía lunes, que el fin de semana ya pasó! Recuerda que la próxima, sí inicia en lunes.